Salsa

Cien años de la Sonora Matancera y su historia de amor con Cali

La historia de la legendaria agrupación arrancó un 12 de enero de 1924, precisamente en la ciudad de Matanzas, cuando se conformó un grupito que se llamó La Tuna Liberal, que se creó inicialmente en la casa de Valentín Cané, director y tresero, para amenizar las fiestas de un grupo político de la entonces Cuba emergente.

Cien años de la Sonora Matancera y su historia de amor con Cali
Especial para 90minutos.co

La historia de la legendaria agrupación arrancó un 12 de enero de 1924, precisamente en la ciudad de Matanzas, cuando se conformó un grupito que se llamó La Tuna Liberal, que se creó inicialmente en la casa de Valentín Cané, director y tresero, para amenizar las fiestas de un grupo político de la entonces Cuba emergente.

Compartir

“El domingo próximo
Espérame allá en el bajío
Y verás el gran palmar
Que tengo juntito a mi bohío

Linda guajira
Cómo te quiero

Y al despuntar el día
Y alegre canta el gallo
Divisarás desde allí mi sitial y mi caballo
Que serán nuestra felicidad

(Guajira), tú serás para mi
(Guajira), yo seré para ti

Por Gerardo Quintero Tello, Director de 90 Minutos.

En 1958, ya la Sonora hacía saltar las radiantes rocolas de los bares populares de la ciudad. En las cantinas del añejo Barrio Obrero ya se discutía sobre cuál era la mejor voz si la de Bienvenido Granda, ‘El bigote que canta’, o la de ‘El Jefe’ Daniel Santos. El Teatro Belalcázar, situado entonces sobre la Carrera 10 con Calle 21, a pocas cuadras del Parque Eloy Alfaro, por supuesto en el Obrero, fue testigo de su agónico ‘lamento borincano’ y su dolorosa ‘Despedida’.

En ese año, Cali apenas se recuperaba de la gran tragedia que enlutó a la ciudad el 7 de agosto de 1956 y que costó la vida a más de cuatro mil personas. La ciudad estaba estremecida y el corazón de la rumba de entonces también latía con menos intesidad. En medio de ese ambiente que golpeaba aún la ciudad salió el álbum ‘Navidades con la Sonora Matancera’. Doce cortes que sonaban en el tocadiscos a 33 revoluciones por minuto y que se transformaron en un paliativo para la nostalgia. Con cada año que transcurría, la Sonora se instalaba sin retorno en el alma musical de Cali.

Con la Sonora Matancera aprendimos que la Nochebuena era más buena si teníamos vino con sabor de uva, bastante cidra de España, dulce ‘melao’ de caña y buñuelos de Cuba. Y no solo eso, gracias a Celio González, el gran ‘flaco de oro’ que inmortalizó ‘En la Nochebuena’, uno de los discos emblemático de la agrupación cubana que aún suenan por esta época, supimos que el guanajo era un pavo y que si se servía relleno era mejor. Y toda esa gastronomía de la Isla la fuimos saboreando, degustando, casi que oliendo, así nunca hubiésemos probado ni siquiera un manjar de aquellos. Y mientras todos en coro cantábamos ‘qué buena es la Nochebuena, qué buena es la Nochebuena’, nos enteramos que complementando al guanajo con platanitos tostones, avellanas y turrones y yuca con mojo de ajo era que se gozaban las navidades en Cubita, la bella Cubita.

Qué buena es la Nochebuena
qué buena es la Nochebuena
qué buena es la Nochebuena
qué buena es la Nochebuena

Vino con sabor de uva
bastante cidra de España
dulce melado de caña
y buñuelos de mi Cuba”

Hablar del conjunto más célebre de Matanzas es adentrarse en el genoma musical de Cali. Como una huella única e indeleble, la Sonora marcó el destino rítmico de esta capital que está más cerca del Pacífico que del mar Caribe, pero que tiene palmeras, huele a coco, tiene brisa y respira mar, así no tenga playa.

Guillermo Cabrera Infante, el escritor y sabio cubano, le adjudicó a Umberto Valverde, uno de los más reconocidos historiadores de la Sonora, un calificativo que solo se lo concedió a cinco personas, el de tener “La música adentro”. Valverde nació en el Obrero, el barrio centenario en donde se escucharon los primeros acordes de la vieja Matancera. La historia la resume así el escritor de ‘Reina Rumba’, el libro que narra la historia de Celia Cruz, una de las más célebres cantantes de esta orquesta.

“Con la música adentro, eso es la herencia de mi barrio, no sólo para mí sino para la ciudad. Cali se quedó con la memoria de la música cubana, de la salsa, gracias a nuestros antepasados. Ellos retomaron la música cubana en los finales del 30, con la aparición de la radio. Después, con el cine mexicano, con el cine de rumberas, un periodo de más de 200 películas a partir de 1946, una especie de subgénero, donde las protagonistas eran bailarinas, casi todas cubanas (Tongolele, Meche Barba, Ninón Sevilla, etc), y, donde aparecían fundamentalmente dos orquestas, la Sonora Matancera (con Celia Cruz, Daniel Santos) y la orquesta de Pérez Prado, con el mambo, que dio origen al bailado pachuco que se tomó la zona de tolerancia de Cali, que quedaba incrustada entre el barrio Sucre y el Obrero”.

Puede leer: Cuba Libre Son Band y la hora del 'Pateperro'

En el Obrero, la Sonora era la reina

Carlitos Molina, el hijo del hombre que creó el Museo de la Salsa en el barrio Obrero, desanda los pasos de sus ancestros y recuerda lo que le contaron. “La Sonora Matancera en Cali prácticamente comienza a trazar parte de su identidad por el sinnúmero de cantantes y artistas que se identificaban con la música antillana y afrocaribeña”. Armando Molina, un tío de Carlitos, se convirtió en la mano derecha de Daniel Santos durante sus visitas a Cali e incluso una prima, Jasmeli, era hija del ‘Inquieto Anacobero’ que marcó época con la orquesta cubana. “La Sonora tenía una cercanía con los caleños impresionante, todo lo que se escuchaba en esa época se relacionaba con la Sonora. Aunque era un fenómeno mundial trazado por la típica guaracha cubana, marcó una tendencia en el baile caleño”.

Gracias a sus inquietas investigaciones, Carlos no tiene dudas de que las fiestas decembrinas se transformaron en la ciudad con la llegada del álbum ‘Navidades con la Sonora Matancera’. Las tres grandes voces que sobresalen en los números más escuchados por los caleños son las de Carlos ‘Argentino’ Torres, Celio González y la gran Celia Cruz.

“Vámonos pa’l campo mi compay pero enseguidita vámonos que estas navidades si es verdad que no me las voy a perder yo…

Ulelolai lelola lelolai en toditos los hogares ya se ve mucha algarabía /  todo el mundo se prepara a celebrar los alegres días / Vaya ensillando la yegua mi compay que nos vamos ya / prepárese  la parranda que se acerca la Navidad”

‘Vamonos pa’l Campo’ es precisamente uno de esos temas que se quedó sembrado en el alma de los caleños, traspasó generaciones y se instaló en el ADN rumbero y nostálgico de los barrios populares. De 1958, este tema fue interpretado por el gran Carlos ‘Argentino’ Torres, conocido como ‘El rey de la pachanga’ y que falleció en Buenos Aires el 23 de junio de 1991. Una oda al recuerdo, a pasarla bien y a reunirse con los amigos y la familia. ‘Vámonos Pa’ El Campo’ se volvió la historia de aquello que todos queríamos vivir el fin de año: “Yo quiero pasar la fiesta mi compay en mi terruñito subiendo y bajando cuesta, pero bien y bien borrachito / Quiero bailar más que un trompo y gozar con mis amistades porque no hay cosa más linda  mi compay que las Navidades” .

Un rumbero de la vieja guardia, quien para 1958 prestaba servicio militar, tiene claro el significado de la decana de las orquestas cubanas. “Uno se iba para las discotecas de la Carrera Octava donde estaba la rumba brava y todo era con Sonora, también se escuchaba a Celina y Reutilio, mejor dicho, todo lo antillano. Recuerdo los bailes en ‘Séptimo Cielo’, al frente de Bavaria, ‘Aretama’ y ‘El Infierno’, que quedaban seguidas una de otra, en la Carrera Octava entre calles 27 y 28”.

Fernando López, a quien los amigos conocían como ‘Pinto’, no puede dejar de recordar la mota que usaban los chicos en sus peinados ni el zapato blanco que no podía faltar en la rumba. Hincha de ‘La Mechita’, como buen habitante que era del barrio Obrero, recuerda también como los ‘cocacolos’ (los pelados de la época) llegaban hasta el grill San Nicolás, que quedaba en la Carrera 5 con Calle 19 u otras veces hacían estación en el ‘Café 20 de Julio’, donde la calurosa tarde caleña se matizaba con las primeras cervezas que auguraban una rumba hasta el amanecer.

“Deseando a todos mil felicidades en los días alegres de las navidades… Nuestra felicitación a la tierra del encanto, esa isla tan bendita que todos queremos tanto…”.

Esta estrofa del ‘Aguinaldo Antillano’, en la voz de Celia, se inmortalizó en cada casa de los barrios populares caleños de los años cincuenta y sesenta. Aún hoy, los entonces adolescentes hoy convertidos en tiernos abuelos y abuelas intentan trasmitir la herencia luchando a brazo partido con las explícitas letras del reggaeton.

Lea también: Museo Pioneros de la Salsa Caleña: Un recorrido por los inicios de la salsa

Hubo un tiempo en Cali en el cual sino sabías bailar, lo más probable era que no consiguieras pareja, que no socializaras, que no consiguieras amigos. Hay una historia que relata que en los viejos teatros Imperio, Caribe, Troncal, Palermo y San Nicolás los chicos se retaban no a cuchillo sino al que más pasos improvisara a la usanza de Germán Valdez, El famoso ‘Tin Tan’, que llenó de alegría a la muchachada de entonces.

“Mira ya tú ves
llegaron las Navidades
y les deseamos
mil felicidades

Esta es la Sonora
que trae alegría
y felicidades
con sus melodías”

‘Rumba en Navidad’ es otro de esos discos que nunca pasan de moda entre los caleños. Toda la versatilidad vocal de Celio Adán González, ‘El flaco de oro’ nacido en Camajuaní, Cuba, puesta en esa rítmica envolvente y navideña. El álbum ‘Navidades con la Sonora’ se convirtió en un hito de la música afrocaribeña. Fueron doce cortes que dejaron huella: ‘Recuerdos de Navidad’, ‘Feliz Navidad’, ‘Llegaron las Navidades’, ‘En la Nochebuena’, ‘Aguinaldo Antillano’, ‘Mi Navidad’, ‘Vamos Pa’El Campo’, ‘Jingle Bells’, ‘Cuando llegue la Navidad’, ‘A los reyes magos’, ‘El cha cha cha de la Navidad’ y ‘Rumba en Navidad’.

“Esta es la parranda de los antillanos
viene saludando a nuestros hermanos
deseando a todos mil felicidades
en los días alegres de las navidades

En estos días alegres traemos salutación
a los hijos de Quinqueya, hermanos del corazón
virgencita de Alta Gracia líbralos de todo mal
a la tierra del merengue, queremos felicitar

Deseando a todos mil felicidades
en los días alegres de las navidades

 ‘El aguinaldo antillano’, en la voz de la gran Celia Cruz, termina siendo el gran saludo de la Sonora a los pueblos hermanados a través del tambor, el piano y los sonidos afrocubanos. Remenbranzas de un bello pasado como el que relata Jaime Salcedo Pereira: “Qué recuerdos de mi infancia, el señor Álvarez, vecino mío, tenía una colección de la Sonora y apenas pisaba diciembre esta era la primera canción que colocaba, yo me iba para su casa y me contaba las historias de cada canción, por eso soy matancerómano y no me cambio”.

“Recordando tu querer
Y pensandoooo lloraba
Mira que yo tengo que fe que yo nunca te olvidaba
Mira que yo tengo que fe que yo nunca te olvidaba

Mala mujer, no tiene corazón
Mala mujer, no tiene corazón
Mala mujer, no tiene corazón
Mala mujer, no tiene corazón”

Justamente los recuerdos afloran cuando se habla de la decana de las orquestas del Continente. El 26 de diciembre de 1976 los caleños enloquecieron con la Sonora Matancera, durante un espectáculo realizado en el Paseo Bolívar, en pleno centro de la ciudad. Rogelio Martínez (director); Yayo el Indio y Jorge Maldonado con sus voces inconfundibles cantando ‘Mala Mujer’; Alfredo ‘Chocolate’ Armenteros tronando su trompeta venezolana; el legendario percusionista ‘Papaíto’ y la concentración musical que emanaba ese negro hermoso y larguirucho de Caíto, que había ingresado a la orquesta en 1926 y que con ese juego tan particular con las maracas y coros enloquecieron de nuevo a los caleños, como 20 años atrás lo habían hecho con los rumberos de San Nicolás y el Obrero.

Quienes llegaron a este evento en el corazón caleño dicen que a las nueve de la noche ya había más de cuarenta mil personas esperando los primeros acordes de la Sonora y que fue la única vez en la historia, mientras hubo casetas en Cali, que estas no se llenaron por ‘culpa’ del sonido matancero. Ese mismo 26 de diciembre hubo más hitos porque allí mismo se presentaron el ídolo de la rumba caleña Píper Pimienta Diaz y el querido ‘negrito del batey’, Alberto Beltrán.

Jorge Tello Barrera, un consagrado coleccionista y melómano caleño, recuerda que estuvo en ese concierto y que aunque era menor de edad para ese momento, sabía lo que significaba la Sonora porque en su casa sus padres Liborio y Angélica y sus hermanos eran fanáticos de la orquesta cubana. “Recuerdo que hubo un hecho muy curioso y es que el presentador del evento era el locutor Alfredo Palacios Rivera y resultó que tal vez por hacerse el chistoso presentó en un momento dado al director Rogelio Martínez como la guitarra que no suena y se armó un bororó porque el chiste no le gustó a don Rogelio”. La fantástica anécdota que relata Jorge Tello no terminó allí, pues el problema fue que Rogelio se molestó tanto que amagó con bajar la orquesta de la tarima, finalmente Alfredo Palacios se disculpó, la gente siguió coreando a la Sonora y el concierto continuó sin dificultades.

Este reconocido melómano, amante de la música afroantillana y que llegó a tener una extensa colección con más de diez mil ‘long play’, tampoco eludió la batalla musical que se armó en Cali entre Bievenido y Daniel. Lo curioso es que aunque dice que su tema favorito y con el que se ‘casó’ fue el Columpio de la vida, de Daniel Santos, que escuchaba en el Chorrito Antillano, su preferido es ‘El Bigote que canta’. “Para mí Bienvenido fue el mejor, sin duda. Me parece más versátil y la voz más natural. Creo que Daniel impostaba un poco la voz”, y tal vez explicando la dicotomía que se le armó en su torrente musical ante la pregunta que le formulo, Tello explica que “el columpio de la vida me gusta, pero por la letra. Seguramente si lo hubiera cantado Bienvenido me gustaría más su versión. Yo prefiero las versiones de Bienvenido frente a las que hizo Daniel de los mismos temas”

Esas fueron discusiones musicales muy serias que se abrieron en la ciudad en aquellos años. Y ahora, cuando el Decano de los Conjuntos de América cumple cien años, Cali sigue manteniendo vivo su legado. En noviembre pasado fue la casa de un gran homenaje en el que participaron los cantantes Domingo Quiñónez, Betty Kar y Tito Murillo, quienes conformaron una tripleta de artistas fantásticos que revivieron a través de un teatro musical, en el que también participó Salsa Ballet de Colombia, esta historia de rumba, recuerdos y sabor.

Le puede interesar: ‘Glow’, una salsera que ‘no se arrepiente de nada’

El cantante nacido en Manhattan, pero con alma puertorriqueña, Domingo Quiñones, sabe que la ‘decana’ marcó a toda una generación de artistas. “Qué puedo decirte, todos aprendimos con la Sonora Matancera, yo no estaría aquí sino hubiera sido por ellos”, me dice Domingo con la humildad del artista agradecido.

“Todo comenzó con la Sonora Matancera, existía mucha gente, pero el impacto de La Sonora Matancera, su disciplina, sus letras poéticas, su guapería, el contrate de sonidos, con la voz de Laíto, Caíto y tantos cantantes que pasaron por la Sonora le dieron un toque demasiado especial. He notado, además, que en Cali  hay un amor muy especial por la Sonora Matancera y es de los lugares del mundo que he conocido donde más se respeta y valora a la Sonora”, me relata Domingo, mientras no puede dejar de pensar en aquellas letras de Celio González, Vicentico Valdés, Carlos Argentino, Nelson Pinedo y tantos otros, que al igual que a nosotros, marcaron su niñez y adolescencia.

Algo similar a lo que piensa la cantante caleña Betty Kar, quien no olvida su niñez escuchando las melodías cubanas que su padre le gustaba poner a tronar en la sala de la casa. Ella tiene claro su cantante predilecta y no podía ser otra que la gran Celia Cruz, que llegó en 1950 a la agrupación y dejó un recuerdo imborrable con las más altos índices de ventas con títulos como ‘Burundanga’, ‘Juancito Trucupey’, ‘El Yerbero Moderno’ ,’Tu Voz, entre otros

“Para nadie es un secreto que la mayor representante de la salsa es Celia Cruz, ella fue la que más se destacó y como artista y mujer me gusta emularla, recordar sus discos, para mí ha sido un gran honor participar en este homenaje por todo lo que representa, la exigencia vocal, el manejo escénico, como ella se transformaba en el escenario”, dice Betty mientras no puede ocultar la emoción que siente cuando habla de ‘La Reina Rumba’

“Guede Zaina, uoy, uoy, guede zaina
Guede Zaina, uoy, uoy
Guede Zaina, uoy, uoy, guede zaina

Guede Zaina yo te compro puyo pu yegua, uoy, uoy, guede zaina
Guede Zaina yo te compro puyo pu yegua, uoy, uoy, guede zaina
Guede Zaina yo te compro puyo pu yegua, uoy, uoy, guede zaina

Guede Zaina, uoy, uoy, guede zaina
Guede Zaina, uoy, uoy
Guede Zaina, uoy, uoy, guede zaina”

La historia de la legendaria agrupación arrancó un 12 de enero de 1924, precisamente en la ciudad de Matanzas, cuando se conformó un grupito que se llamó La Tuna Liberal, que se creó inicialmente en la casa de Valentín Cané, director y tresero, para amenizar las fiestas de un grupo político de la entonces Cuba emergente.

Humberto Cané, hijo del señor Valentín Cané, remitió en una oportunidad una carta al bloguero Eduardo Livia Daza, en el que da cuenta de la gestación del conjunto: “La Sonora Matancera se hizo en mi casa y se formó cuando yo tenía seis años (1924) en la calle de Salamanca, de la ciudad de Matanzas. Sus primeros músicos fueron: Domingo Medina y Julio Govín –guitarristas-, Pablo ‘bubú’ Vásquez –contrabajista- ‘El Jimagua (nunca pude saber su nombre), Ismael Goberna –trompetista y cornetín- , Carlos Manuel Alonso ‘caíto’ –maracas-, Rogelio Martínez –clave y cantante- y Valentín Cané –director y tresista-.

“Primeramente mi padre la bautizó con el nombre de Tuna Liberal  porque se dedicaba a amenizar las fiestas políticas del partido Liberal y después le cambió el nombre a Estudiantina Matancera. Ya organizado mi padre sacó unas tarjetas de presentación donde decía ‘Estudiantina Matancera… Director Valentín Cané’, lo que no le gustó a los integrantes pues también exigían sus créditos, a lo que mi padre les contestó: -Bueno, muchachos, este grupo es mío y por lo tanto ya que ustedes no están de acuerdo, los despido y así ustedes pueden hacer su grupo’…

“Tiempo más tarde se enteraron que mi padre estaba formando otro grupo y fueron a pedirle disculpas, y como en esos tiempos no había muchos músicos dónde escoger, los aceptó de nuevo, incluyendo además otros integrantes: Ismael Goberna –trompeta-, Juan Bautista Llopiz –guitarra-, Pablo Vásquez –contrabajo-,  José Rosario Chávez –timbalito-, Rogelio Martínez –clave y cantante, Carlos Manuel Alonso ‘caíto’ –maracas-, y por supuesto mi padre Valentín Cané –director y tresista-. Desde este momento le cambió el nombre al grupo por el de Sonora Matancera”.

Un hecho fue crucial para la internacionalización de la agrupación y fue sin duda el triunfo de los ‘barbudos’ de la revolución que encabezó Fidel Castro. Conocidos en el exterior, Rogelio Martínez no se resistió a que el conjunto se quedará confinado a los límites del océano que circunda la isla. Y fue el 15 de julio de 1960 cuando la Sonora abandona el aeropuerto de La Habana, rumbo a México, la nueva meca artística sin que muchos de los músicos supieran que se trataba de un viaje sin regreso.

Lea también: La melodía más íntima de Ramón Rodríguez

El director Martínez no les dijo nada y creían que simplemente iban a cumplir un nuevo compromiso. La única verdad es que ni él ni los restantes músicos volvieron a pisar suelo cubano. La encrucijada de saber que iban a convertirse en una agrupación controlada por el gobierno revolucionario desató el rechazo de Rogelio quien quería tener las manos libres para seguir creando y proyectando a la más sonora de Matanzas. Muchos especulan que de haberse quedado afincada en la Isla, la Sonora no hubiera pasado de ser una banda más y sus artistas habrían tenido que someter a la regulación de la época que obligaba a unas tarifas de compensación obligatorias y únicas, de acuerdo con la cantidad de actuaciones.

Para entender la vigencia musical de la Sonora y comprender las razones por las cuales se ha mantenido en el corazón de los latinoamericanos y especialmente de los caleños por tantos años basta con volver a la respuesta que le dio Calixto Leicea al escritor cubano Cristóbal Díaz Ayala, durante una entrevista hecha en 1986 en la capital del Valle.

“Nosotros nunca tuvimos problema con ningún cantante, nunca tratábamos de imponerles nuestro estilo, sino al contrario, nos adaptábamos al cantante”.

“Linda caleña, caleñita sin igual tu eres
La belleza donde cantan los amores
Tienes la gracia y la dulzura tropical
Por eso caleñita yo te canto mis canciones

Cuando tú bailas con frenética emoción
Y mueves sabrosito tu bonita cinturita
Toda la gente va sintiendo admiración
Por ser tú la más bella y adorable morenita

Yo no te olvidare jamás
Y solo cantare por ti”

La música en Cali ha sido amor y pasión. Esta composición del maestro colombiano Lucho Bermúdez fue adaptada por la Sonora Matancera en 1954, cantada por Olga Chorens y Tony Álvarez, mientras los coros los hacían Bienvenido Granda, Caíto y Laíto. ‘El numerito’ tuvo gran suceso en una ciudad que comenzaba a identificar su sello musical.  Y es que hay que recordar que hubo una época en que los caleños enamoraban con boleros de Daniel Santos, Celia Cruz, Leo Marini o Alberto Beltrán susurrados al oído de la pareja y bailados lentamente en una sola baldosa de aquellas coloridas que adornaban los antiguos barrios de la ciudad.

Y es que cómo olvidar canciones como ‘Aquel 19’, de Alberto Beltrán, un bolero que se convirtió en el himno de los hinchas del América que se tarareaba y se bailaba apretado durante aquel inolvidable 19 de diciembre de 1979; o aquellos temas que inmortalizó Bienvenido Granda y que suelen plantar un tremendo lagrimón: ‘Angustia’, ‘Por dos caminos’, ‘Ojos malos’ o en la ‘orilla del mar’. O qué tal aquellas crónicas tormentosas interpretadas por Celio González y que poseían esos nombres tan potentes como las sentencias de un togado: ‘Amarga Navidad’, ‘Total’ o ‘Sin pensar sin ti’. Y es que cómo no puede sucumbir un corazón atormentado por los dolores del amor cuando escuchas ese canto desgarrado del gran Celio clamando…  ‘Yo no sé cómo puede la luna brillar/ Cómo pueden las aves cantar si ya no me amas tu / Yo no sé, cómo es que puede el sol alumbrar / Cómo puede la tierra girar si ya no me amas tú / Con tu adiós el alma se resiste a creer que la vida pueda continuar con lo que sufro yo / Yo no seeeee’.

No hay duda de que embriagarse a través de los sonidos de la Sonora Matancera es un viaje con pasaporte a la nostalgia. Es una expedición a la añoranza de la mano de un señor que se parece a un abuelito nuestro, al tío que se marchó, a la abuelita que hacía los buñuelos, a la madre que nos regaló los primeros acordes. La Sonora nos transporta a una ‘saudade’ sin retorno y más aún en diciembre cuando su historia musical nos conduce por los insondables recovecos de nuestro más bello patrimonio personal y único: Los recuerdos.

Lea también: Salsa y Feria con 90: Charlie Aponte resaltó su amor por Cali

Daniel, Celia y Bienvenido, los reyes

Medardo Arias, escritor y salsero de corazón, dice estar seguro que uno de las grandes responsables de ese culto desbordado por la rumba en Cali es justamente la Sonora Matancera. Daniel Santos, Celia Cruz y Bienvenido Granda eran voces familiares escondidas dentro de una radiola que servían para aliviar penas, aflorar recuerdos o simplemente gozar en ‘los días alegres de las navidades’.

La Sonora Matancera dejó una huella imborrable con artistas como Daniel Santos, Bienvenido Granda, Celia Cruz, Alberto Beltrán  o Nelson Pinedo, entre otros, que grabaron decenas de discos, hasta los que tan solo pudieron grabar uno o dos, como ‘Chito’ Galindo y la colombiana Gladys Julio. Expertos coinciden en señalar que fueron cerca de 62 los cantantes que pasaron por la Sonora.

Sin embargo, hay otros musicólogos como Héctor Ramírez en su libro ‘Historia de la Sonora Matancera y sus Estrellas’, quien discrimina la participación de los artistas de la siguiente forma:47 cantantes que pasaron por el estudio de grabación, de ellos once fueron mujeres, 26 cubanos, once puertorriqueños, dos colombianos, dos argentinos, dos mexicanos , una haitiana, un venezolano, un uruguayo y un nicaragüense.

Y es que ‘matancerómano’ que se respete recuerda voces como las de Alberto Beltrán, Bienvenido Granda, Bobby Capó, Carlos Argentino, Carlos Manuel Díaz ‘Caíto’, Carmen Delia Dipini, Celia Cruz, Celio González, Daniel Santos,  ‘Yayo El Indio’, Estanislao Sureda ‘Laíto’, Jorge Maldonado, Justo Betancourt, Leo Marini, Linda Leída, Manuel Licea ‘Puntillita’, Miguelito Valdés, Myrta Silva, Nelson Pinedo, Olga Chorens, Toña ‘La Negra’, Vicentico Valdés, Willy Rodríguez "El Baby", entre otros, incluso hasta Ismael Miranda, que grabó con la Sonora un bello tema llamado ‘Si quisieras olvidar’, uno de mis favoritos, junto con Río Manzanares, de Víctor Peñeiro. De acuerdo con el experto Héctor Ramírez, el total de grabaciones fueron cerca de 1.100, de los cuales 380 tenían el sabor del bolero.

Tampoco podemos olvidar que fueron dos los colombianos que grabaron con la Sonora, una es la cantante cartagenera llamada Gladys Julio, a quien solo se le permitió grabar un par de temas en ritmos de porro (Playa Blanca y Dolor que mata), mientras que Nelson Pinedo (el barranquillero que triunfó en la Sonora) superó las cincuenta grabaciones. Y el otro colombiano que estuvo con la Sonora fue nuestro gran Tito Cortés. El ‘Ciclón del Pacífico’ siempre soñó con grabar con la ‘Decana de los conjuntos’ y aunque no lo pudo hacer, si pudo cantar con ellos en un concierto una vez en Cali.

“Angustia, de no tenerte aquí
Tormento, de no tener tu amor
Angustia, de no dejarte más
Nostalgia, de no escuchar tu voz

Nunca podré olvidar
Nuestras noches junto al mar
Contigo, se fue toda ilusión
La angustia llenó a mi corazón”

Lea también: Hermes Manyoma ‘impuso su Ley’

Y es precisamente esta estela musical la que en Cali se guarda con tanto esmero y dedicación. Esa misma que el escritor Umberto Valverde recuerda casi con detalle cuando desde el vientre de su madre prácticamente comenzó a escuchar los sonidos matanceros.

“Yo nací en el barrio obrero y lo primero que escuché fue la música cubana, básicamente la Sonora Matancera y Pérez Prado. En mi juventud, fue la pachanga, pero no la cubana, sino la de Nueva York, la de Pacheco, Palmieri, Sexteto La Plata, Randy Carlos, en fin, tantos grupos. Después llegó el boogaloo, Richie Ray fue a Cali en 1968, y, después todo se llamó Salsa. Humberto Corredor, amigo de infancia del barrio, se fue a Estados Unidos, se convirtió en coleccionista, llegó a tener una colección de 25 mil piezas únicas, dueño de discotecas, propietario de siete sellos disqueros, entre ellos El Abuelo y Caimán Records. Era una especie de protector y empresario de la Sonora Matancera, compadre de Celia Cruz, una persona muy poderosa en el mundo musical de Nueva York, además Larry Landa, quien fue el primer manager de Fania para Sudamérica, con ellos de la mano, Nueva York era como el barrio obrero, todo estaba a la mano”.

Para Valverde la discusión sobre quién fue mejor entre ‘El bigote qué canta’ y el ‘Jefe’ está zanjada, el escritor ya tiene su veredicto: “Muchos cantantes fueron espectaculares, pero siempre he sido incondicional de Bienvenido Granda, de Tito Rodríguez, claro de doña Celia Cruz”.

Y es que todos  los caleños pareciera que tenemos algo con ver con la Sonora. Los destacados periodistas Darío Gómez y Álvaro Miguel Mina –el negro querido- me recordaron una anécdota de esas increíbles que tuvieron en una oportunidad con el director de la Sonora Matancera, don Rogelio Martínez.

“Don Rogelio y su conjunto estaban alojados en el Hotel Intercontinental de Cali. Fue nuestro invitado al estudio de Super Noticias, con El ‘Enano’ Holguin y todo el grupo, en el barrio San Vicente, para dialogar sobre los orígenes del Son Cubano e historia musical del caribe. Ese día no hubo para el Taxi y le tocó a Don Rogelio, montarse cómo parrillero en la ‘Peorrita’, la moto azul, Yamaha 100 Cc de dos tiempos, de nuestro compañero y abogado Ricardo Téllez Bautista. El connotado músico ascendió sin problemas a montarse en el humeante velocípedo, hasta el lugar de la cita radial. Al final de la entrevista con nuestro invitado de honor fuimos a desayunar dónde Emilio, ahí mismo en calles del barrio San Vicente. Don Rogelio, en medio de risas y lágrimas nos recordó sus desplazamientos en Matanzas Cuba, a bordo de una motoneta para ir a los ensayos y así crear La Tuna Liberal y posteriormente la exitosa Sonora Matancera, en Cuba”, así lo recordó el ‘temible’ y querido reportero Álvaro Miguel Mina".

Hoy los recuerdos se mantienen en cinco lugares donde he sido testigo de que la magia Matancera se agiganta cada noche, sitios donde Daniel sigue siendo El Jefe; Bienvenido canta como nunca antes; Celio se desplaza por las mesas siempre afinado y Alberto Beltrán nos sigue interpretando saetas en el oído que desgarran el alma y el corazón. El Anacobero, en Guayaquil; El Habanero, en Alameda; La Matraca, en el Obrero; El Chorrito y la Nellytk, son el portaestandarte de una historia musical y cultural de la ciudad.

Ahora es Annelies Romero, una rumbera de paso fino, quien lo cuenta: “Mi padre subía el volumen y cantaba las canciones de ese LP de la Sonora. En ese entonces yo no comprendía el motivo de tanta emoción. Unos años más tarde me alegraba escucharlas porque significaba que había llegado la Navidad con sus brillantes luces y juguetes. Había otras fiestas, pero a mí me encantaba quedarme en casa y bailar con él estas canciones con las que evocaba las navidades de mi niñez. Ahora mi viejo ya no baila, su andar es lento, pero las seguimos escuchando cada Navidad y le subimos el volumen cantando y bailando con el corazón”… Y es que al final, como dice Annelies con una voz que pareciera representar a todos los caleños: “Hay canciones que se quedan en el alma para siempre haciendo parte de tu historia”. ¡Gracias, querida Sonora Matancera!

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales:

Lee más noticias

Salsa

Vanessa Manzano y la voz de la esperanza salsera en Cali

Cantante y compositora, Vanessa ha trabajado de la mano del maestro Jorge Herrera, y hasta ha hecho parte del equipo de la Misma Gente, una banda legendaria de la región que impuso un estilo y varios éxitos que aún resuenan en el firmamento musical.

Cantante y compositora, Vanessa ha trabajado de la mano del maestro Jorge Herrera, y hasta ha hecho parte del equipo de la Misma Gente, una banda legendaria de la región que impuso un estilo y varios éxitos que aún resuenan en el firmamento musical.

Compartir

Vanessa Manzano hace parte de una nueva estirpe salsera caleña que se abre paso a golpe de bongo, sonidos de piano y la fortaleza de la trompeta. Con una fusión de sonidos latinoamericanos; musicalmente la joven Vanessa apuesta sin temores por aquella vieja salsa que tanto apreciamos.

Cantante y compositora, Vanessa ha trabajado de la mano del maestro Jorge Herrera, y hasta ha hecho parte del equipo de la Misma Gente; una banda legendaria de la región que impuso un estilo y varios éxitos que aún resuenan en el firmamento musical.

Lea también: Cien años de la Sonora Matancera y su historia de amor con Cali

Egresada del Instituto Popular de Cultura, Vanessa trabajó su voz durante 10 años con el maestro John Fernando Zapata, conocido como John 'Borondo’, y ahora con su orquesta potencia composiciones como Soy el Bongó, y la magia del tambor, propuestas sin límite creativo.

Con tonalidades que recuerdan los sonidos de leyendas como Tito Puente, Machito y sus Afrocubans y el gran Willie Rosario; Vanessa reconoce la historia de aquellas mujeres que abrieron la senda salsera en la ciudad.

Aunque nunca integró alguna de estas orquestas recordadas, siente un profundo respeto por la historia que dejaron y el camino que trazaron para permitir que hoy su talento sea respetado.

Las mujeres en el movimiento salsero

Vanessa sabe que ellas labraron un camino, en un momento en que era muy difícil para las mujeres tener un espacio en medio del movimiento salsero.

La joven artista, sin embargo, reconoce que ella ante todo es una amante de la música y por eso algunos sonidos como la música latinoamericana; aquella de Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, continúa allí, latente, esperando salir de nuevo.

Nada de eso se contrapone con lo que está haciendo hoy y por eso se siente orgullosa de producir salsa, porque al final es una música que la acerca con lo mejor de los pueblos del continente.

Este jueves 29 de febrero, Vanessa y su Orquesta se presentarán en la Topa Tolondra; ese espacio que ha creado Carlos Ospina y que se ha convertido en un verdadero medidor del talento local y regional. Será una dura prueba para Vanessa, bailadores y melómanos llegarán para dar su veredicto. Vanessa tiene talento de sobra y con ella, la salsa está asegurada.

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales:

Lee más noticias

Salsa

Un hotel centenario, con una historia anclada en el Grupo Niche

Mauricio Ríos es el gerente de este hotel que le ha pertenecido a su familia por décadas. Y fue precisamente su abuela la que tuvo la audacia de crear este hotel que lleva por nombre el mismo y prestigioso nombre de Savoy, que le ha dado la vuelta al mundo.

Mauricio Ríos es el gerente de este hotel que le ha pertenecido a su familia por décadas. Y fue precisamente su abuela la que tuvo la audacia de crear este hotel que lleva por nombre el mismo y prestigioso nombre de Savoy, que le ha dado la vuelta al mundo.

Compartir

En el corazón de Cali, hay una edificación que a pesar del paso de los años late llena de vida. Cuando se desciende por la Carrera Primera; un hotel centenario nos recuerda que hace parte de la tradición de la ciudad y que además guarda una historia desconocida.

El salón central del Hotel Savoy, que da acceso a la entrada, es un museo vivo: vehículos de los años 40 y 50, fotografías inéditas de Jairo Varela, centenares de vinilos, radios de tubos que se deben calentar para funcionar y que transmiten recuerdos sonoros hacen parte de esta emblemática arquitectura que guarda un pedazo de la historia de Cali y del Grupo Niche.

Lea también: ‘Venite al Obrero’ Un evento que no se puede perder ¿De qué se trata?

Mauricio Ríos es el gerente de este hotel que le ha pertenecido a su familia por décadas. Y fue precisamente su abuela la que tuvo la audacia de crear este hotel que lleva por nombre el mismo y prestigioso nombre de Savoy; que le ha dado la vuelta al mundo.

El gerente del Savoy recuerda que cuando Varela llegó de Bogotá con el grupo en busca de una oportunidad musical, decidió instalarse en el hotel por la cercanía con el centro y porque le dieron una acogida bien especial, “había cariño en este espacio”.

Esto hizo que Varela pernoctara por un buen tiempo en el hotel, que utilizara siempre la misma habitación con balcón hacia la Carrera Primera y que por varias horas también subiera a la terraza a perderse en sus pensamientos, a crear y a pensar, de seguro, en esa Cali que comenzaba a quedarse por siempre en el corazón.

Y es que el prodigioso compositor siempre profesó un amor especial por el Hotel, ensayó los primeros acordes de ‘Al pasito’, ese tremendo disco que cantó Álvaro Del Castillo y que fue un tremendo éxito comenzando los años ochenta.

Hoy ese mismo salón espacioso donde ensayaba el Grupo Niche por varias horas lleva el mismo nombre del destacado compositor en homenaje a esa historia que une al Hotel Savoy y Jairo Varela.

Hoy como ayer, los recuerdos persisten, la historia se niega a marcharse y la música siempre tiene algo que decir. Jairo Varela y su grupo Niche viven en los detalles de un centenario amigo que los albergó cuando apenas eran unos soñadores.

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales:

Lee más noticias

Salsa

Jhonny Pacheco y su declaración de amor por Cali

Hoy 15 de febrero se cumplen tres años de la partida del artista fundamental para la historia de la salsa, en 90 Minutos recordamos la historia de cómo Jhonny Pacheco decidió declarar a Cali como capital mundial de la salsa. Con sus protagonistas, rememoramos un episodio clave para que esta ciudad continuara protegiendo un legado que uno de sus creadores entregó a los caleños.

Jhonny Pacheco y su declaración de amor por Cali
Tomada de redes sociales.

Hoy 15 de febrero se cumplen tres años de la partida del artista fundamental para la historia de la salsa, en 90 Minutos recordamos la historia de cómo Jhonny Pacheco decidió declarar a Cali como capital mundial de la salsa. Con sus protagonistas, rememoramos un episodio clave para que esta ciudad continuara protegiendo un legado que uno de sus creadores entregó a los caleños.

Compartir

A pesar de los muchos inviernos y sobre todo veranos que han pasado durante estos años en Nueva York, Miguel Yusti, el inquieto caleño rumbero de los años setenta y joven estelar de aquella generación. Él aún recuerda con detalles la primera vez que conoció a quien se convertiría en un gran amigo y cómplice de aquellas largas noches furtivas de desenfreno rumbero: el señor Jhony Pacheco.

Fue un verano en Nueva York, como nos cantó el Gran Combo, cuando Yusti visitó a su hermano Álvaro, quien vivía en esa capital del mundo en 1976. La ciudad cosmopolita ya era una amalgama de sonidos, pura experimentación no solo musical sino también con las drogas que se descubrían. Era un mundo pleno de amor libre y de una juventud que luchaba por cambiar estructuras.

Miguel Yusti, que por entonces era directivo de la Universidad del Valle, se asomaba a ese mundo con la expectativa de escuchar a esos monstruos a los que solo tenía acceso a través de los Long Play que compraba en el centro caleño, en el almacén de Alcibiades Bedoya, o cuando sonaba alguna de las ‘panelas’ en Radio Tigre o Radio El Sol.

Aquel jueves

Un jueves de aquel julio caluroso, el académico Yusti se fue con su hermano al legendario Corso, el mismo de la Calle Ochenta y Seis de la 205 Este, saliendo de la Tercera Avenida. El Corso competía ‘mano a mano’ con otros sitios como El Chez Jose o el Palladium por los sonidos que provenían del barrio latino. Además, por la cantidad de audiencias que se congregaban en aquellos emblemáticos lugares. Basta recordar que el Chez Jose abrió sus puertas en 1965 con nadie más que con la mismísima orquesta de Larry Harlow.

Y vaya qué casualidad pues cuando Yusti llegó con su hermano Álvaro al Corso, quien se presentaría esa noche era la orquesta de ‘El judío Maravilloso’. El Corso tenía sus puertas abiertas desde 1927, pero realmente durante muchos años se mantuvo como un restaurante que atendía americanos-alemanes que vivían por la zona.

Solo fue a mediados de los años sesenta cuando Pete Bonet, un cantante puertorriqueño, consiguió convencer al nuevo dueño del restaurante, Tony Raymone, para que le permitiera innovar con noches de música latina. Y así comenzó la leyenda. Machito, Palmieri, La Sonora Matancera, Fajardo y su Orquesta, Tito Puente, toda la realeza musical del sonido latino comenzó a tejer la leyenda de El Corso.

A ese sitio llegó el caleño rumbero con un sueño que ya le había revelado a su hermano, quería conocer a ese inquieto músico del que todos hablaban, el gran Jhonny Pacheco. La suerte no pudo estar más del lado de Yusti, el hombre se ganó el ‘premio mayor’ no solo porque esa noche se presentaba Larry Harlow sino porque el invitado era precisamente el flautista, percusionista, arreglista, director, productor, cantante y compositor dominicano.

¿Cómo fue la noche?

Pero si ya aquella noche prometía ser inolvidable, Miguel y su hermano terminaron viendo cómo tres violines se deshacían en el escenario: Andy Harlow, el maestro Félix ‘Pupi’ Legarreta  y un jovencísimo Alfredito de la Fe que comenzaba a andar sus primeros pasos. Mientras esta banda se divertía en tarima, abajo Pacheco y su Tumbao se preparaban con Héctor Casanova y el ‘Pete’ Conde Rodríguez liderando la avanzaba vocal que enardecería al público asistente. 

A unos metros, Miguel contemplaba extasiado la sinfonía musical y esperaba pacientemente el momento del encuentro. Todo fue más fácil de lo que esperaba. Media hora después de que terminó semejante zafarrancho orquestal, Álvaro, el hermano de Miguel, sentó en su propia mesa al ‘Zorro plateado’. Un estrechón de mano, un saludo cordial y un recuerdo de una rumba añeja fue suficiente para comenzar a construir una relación que se extendió por 45 años.

Tercer aniversario de fallecimiento

Este jueves 15 de febrero del 2024, cuando se cumple el tercer aniversario del fallecimiento del hombre orquesta del sabor afrolatino Yusti recuerda para 90 Minutos cómo se forjó esa amistad y busca una explicación a esa extraña obsesión de convertirlo en ciudadano ilustre de Cali y entregarle las llaves de la ciudad.

Pasaron muchos años, transcurrieron muchas rumbas, se tomaron muchos tragos y hubo muchos toques antes que de la mano de Manolito Vergara, otro entrañable amigo caleño de la rumba, Miguel Yusti lograra su cometido de traer al gran artista dominicano para honrarlo como hijo de esta ciudad que lo quiso y lo bailó como a pocos.

Manuel Vergara, el hombre fuerte de El Habanero, el emblemático espacio cultural aledaño al Parque Alameda, conoció a Pacheco también en Nueva York. Pero en esa oportunidad gracias a Humberto Corredor, el polifacético caleño tan cercano a la Sonora Matancera.

Siempre fue un gran caballero, un señor, tipo cariñoso y se daba sus lujitos como ‘el zorro plateado’ que era pues en ese tiempo le gustaba mostrar su melena al viento en un Mustang descapotable del año 65 que tenía”, recuerda este gestor cultural, que lleva más de 20 años al frente de El Habanero.

El ritmo de Pacheco

Y es que, claro, Pacheco no fue un músico más. Era la última frontera, el final de una raza de grandes ‘caballos pura sangre’ de la salsa continental que convirtieron el género en algo más que una simple expresión artística de esta parte del mundo. Con Pacheco y sus producciones, la salsa se volvió internacional. Su ritmo fue llevado a los mejores escenarios de España, Gran Bretaña, Italia, Francia, Japón y hasta la madre África supo de este hombre de pelo blanco, delgado, de sonrisa fácil, voz aguda y flauta versátil que junto con Jerry Masucci crearon la Fania All Star en los albores de los años 70 y construyeron ‘nuestra cosa latina’.

Pacheco hijo de Rafael Azarías Pacheco, quien en su país era director y clarinetista de la orquesta ‘Ritmo del Yaque’, y de Octavia Knipping Rochet nieta del colono francés Cristophe Rochette. Fue de su padre de quien recibió su primer instrumento musical. A los once años salió de República Dominicana rumbo a Nueva York, donde aprendió a tocar instrumentos de percusión en la Escuela Juilliard.

A finales de los años 50 hizo parte del conjunto del pianista Charlie Palmieri. Arrancando la década de los sesenta formó su primera orquesta llamada Pacheco y su Charanga, que tuvo un tremendo éxito. La orquesta firmó con el sello Alegre Records y vendió más de 100.000 copias de su primer álbum titulado Pacheco y su Charanga Vol. 1.

Desde ese momento y hasta finales de 1963, se convirtió en una estrella internacional y realizó giras en Estados Unidos, Europa, Asia y Latinoamérica. Incluso, ‘Pacheco y su Charanga’, fue la primera banda latina en presentarse en Teatro Apollo en Harlem, en 1962 y 1963.

Giros inesperados

El giro de la vida se produjo en 1964 cuando se encuentra con el abogado de ascendencia italiana Jerry Masucci y crean Fania Records. Esta se convertiría en el gran monstruo de la producción musical afroamericana. Ese mismo año el sello lanzó su primer disco ‘Cañonazo’, el álbum contaba con Pete ‘El Conde’ Rodríguez como vocalista.

Como ejecutivo de la compañía, director creativo y productor musical, Pacheco fue responsable del inicio de las carreras de muchas estrellas de la Fania. Algunos como Ray Barretto, Bobby Valentín y Rubén Blades, le agradecen sus inicios.

Otro momento histórico de su vida ocurrió en 1968, cuando unió a todos los músicos del sello y los presentó en un concierto. Esto marcó el nacimiento de la legendaria agrupación Las Estrellas de la Fania, una era inolvidable que cambió la historia de la música afrolatina.

Durante varias décadas, Johnny Pacheco simplemente era el caballo más grande. Lo que dijera Pacheco se hacía y a quien bendijera, ese era el elegido. Pacheco apadrinó decenas de artistas, produjo centenares de álbumes, fue corista de esos trabajos o tocó la flauta. Pacheco era omnipresente.

Lea también: Bob Marley y la increíble historia de su muerte

 ‘La cosa caleña’

Pasaron los años y la idea de traer a Pacheco a Cali para entregarle las llaves de la ciudad seguía rondando a Yusti. En el 2004 se anunció que venía a la Sucursal después de muchos años de ausencia, pero un empresario quedó mal y se canceló.

Yusti, quien para entonces hacía parte del gobierno caleño de aquellos años, sintió que se había perdido la mejor oportunidad para el reconocimiento que planeaba. Pues no era muy bien visto que pareciera más interesado en la rumba caleña que en los complejos avatares de la política local.

El entonces Secretario de Gobierno creyó que ya todo estaba cancelado, pero un viaje a Fort Lauderdale en 2005 le permitió ver a la Orquesta de Willie Rosario. Allí se encontró con una persona que resultó siendo muy cercana a Pacheco y su empresario. “La cosa es que al otro día, cuál no sería mi sorpresa, me llamó el propio Pacheco y su saludo fue: ‘Yucti, yo voy pa’ Cali, dime cuándo’”.

Todo quedó listo para traer al ‘rey del tumbao añejo’ a mediados de año. Pacheco se entusiasmó tanto –recuerda Yusti- que armó hasta un ‘casting’ para tratar de venir con voces similares a las de ‘El Conde’ Rodríguez y Héctor Casanova, cosa que obviamente no logró por la dificultad de llegar a alcanzar tonos como los que poseían ese par de ‘caballos salseros’.

Unidos como los compadres (a propósito de Pacheco y ‘El Conde’) Yusti y Vergara se pusieron en la tarea de elaborar pergaminos. Además, realizar fotografías para sorprender al maestro dominicano con una distinción que recordara por toda su existencia.

El esperado día

Ese día por fin llegó y a mediados de junio del 2005, un Pacheco emocionado llegó al despacho de Miguel Yusti, para entonces alcalde encargado de la ciudad (y es que hasta Oshun, Yemayá, Orulo y Obatalá se confabularon en favor del salsero), quien le rendiría el merecido homenaje al director dominicano que había alegrado tantas noches caleñas.

“Pacheco fue reconocido por la ciudad a través de la Administración Municipal. Como amigo y dándole curso a una invitación que le hice, llegó con su orquesta ‘Pacheco y su Tumbao’, fue portador de las llaves de la ciudad y condecorado por mí”, recuerda Yusti con gran nostalgia.

Para este docente universitario, que conoció como pocos el movimiento salsero de esta ciudad, el gran valor de Pacheco como productor y director musical fue el de recuperar el gran espectáculo de la salsa que había sido roto cuando apareció Joe Cuba y su Sexteto, que marcó un derrumbe de las espectaculares ‘big band’ de los años sesenta. 

“Lo que hizo Pacheco fue montar el formato de las grandes orquestas, con la matriz de la Sonora Matancera, para mí ese es su gran aporte. Muchos en esa época no le dieron la importancia que Pacheco tuvo como el más extraordinario arreglista de la salsa”, dice ahora Miguel, quien recuerda un episodio que hoy es una anécdota divertida más, pero que en los ochenta pudo ser una triste noticia mundial.

La historia que condujo a Yusti a vivir una anécdota como pocas se han contado sucedió así. En locos años ochenta, Larry Landa, el díscolo y discutido empresario que trajo a tantos artistas a Cali, invitó a Jhonny Pacheco y la Fania a un concierto en esta ciudad.

La rumba continúa

En esos tiempos, relatan muchos testigos de excepción, los artistas no solo venían por los dólares que tan generosamente se ofrecían sino también porque aquí había suficiente polvo blanco y mujeres por montón que ‘alegraban’ la vida de estos artistas. Pues bien, el relato de Yusti es contundente. Una noche después del concierto y estando en el Hotel Petecuy, el desaparecido hostal del Centro ubicado en la Carrera 9 con Calle 15 que albergó a todos los artistas que pasaron por Cali, por poco pasa a la historiacomo el lugar en el que casi pierde la vida Pacheco.

“Esa noche -recuerda Yusti- terminamos en el ‘penthouse’ y continuamos la rumba. De un momento a otro Pacheco dejó de hablar y me pareció muy extraño porque era muy conversador. Eran las tres de la mañana y de pronto veo a Pacheco que se me fue quedando, como cerrando los ojos y sin cómo poder volver a la rumba. Me asusté porque se sentía mal, como sin aire, entonces me tocó urgente mandar a comprar leche y todos estos remedios que uno sabía que se usaban para ‘volverlo a la vida’”.

Yusti, hace muchos años alejado de los excesos, pero no de la buena melodía que  sigue palpitando, ahora suele escuchar el tumbao añejo de Pacheco pero en su apartamento porque dejó de asistir a los viejos grilles de Alameda desde hace un año cuando el maldito bicho lo sorprendió y casi se lo lleva de la última rumba, sin siquiera haberla bailado. Ahora mientras hace una pausa en el relato, me recuerda que Pacheco nunca se olvidó de esta anécdota que luego recordarían en medio del jolgorio. “¿Te imaginás que Pacheco se nos hubiera muerto en Cali?, nooooo, qué tragedia”, me dice Miguel, mientras señala sonriente el cuadro que está en El Habanero donde emerge la figura del gran director musical.

Una declaración que sorprendió

Pero en lo que coinciden los otros compadres (Manolito y Yusti) es que ese día de la condecoración, de la entrega de las llaves de la ciudad y de la consagración como ciudadano ilustre de esta capital, Jhonny Pacheco los sorprendió al anunciar que sin lugar a dudas “Cali es la capital mundial de la salsa”.

Esa retribución de Pacheco, conocedor como pocos de lo que se estaba cocinando en el ambiente salsero, fue una clara muestra de que entendía que esta capital era el último baluarte de un movimiento que él transformó.

Ahora intento comprender que su anuncio no obedeció a una devolución de atenciones sino simplemente a que como buen visionario que fue toda su vida, el dominicano vio claro que la salsa perduraría en el tiempo en la medida que una ciudad (Cali) la protegiera, la conservara y la multiplicara. Esto a través de sus bailarines que la llevarían por todo el mundo y que consagrarían un estilo único de goce en las pistas, el estilo caleño.

“Hay que poner atención porque esa es la única declaración formal que existe de una ciudad como capital mundial de la salsa y es un gran mérito que la haya entregado Pacheco porque él cruzó todos los océanos llevando el nombre de la salsa al mundo. Se le ocurrió eso en plena celebración, nosotros no sugerimos nada, nos dijo: ‘ustedes son la memoria musical de la salsa para el mundo’”.

recuerda Manolo Vergara.

"Cali: Una historia en nuestros corazones"

Incluso, rememora el propietario de ‘El Habanero Club’, Pacheco contó como anécdota que muchas veces, en diciembre, tenía problemas para conformar orquestas porque la mayoría estaba en Cali. “Esta ciudad es una historia en nuestros corazones, en nuestros sentimientos”, les decía el dominicano.

Por eso, Manolo no duda en decir que ese impulso que le dio Pacheco a Cali fue una especie de entrega de una posta, de un legado, de una herencia musical que le ha dado a la ciudad la oportunidad de seguir creciendo con sus más de 2.500 bailarines, más de 200 academias de baile, medio centenar de orquestas y decenas de lugares donde se sigue cultivando el gusto por la música afroantillana.

Devolver la salsa a sus raíces

Pacheco fue el primero en devolver la salsa a su origen, a la cuna de Obatalá y del eco de un tambor.“Con la orquesta mía tuve la dicha de que fuera la primera en tocar en el África. El amor que le tienen a nuestra música es increíble. A ellos les gusta cualquier tipo de música que tenga ritmo bailable, especialmente el son y la guajira, y son tremendísimos. Por eso les toqué ‘Vikingo caliente’. Lo primero de nosotros que llegó a África fue ‘Acuyuyé’ y una guajira llamada ‘El piñarero’, que pienso grabar de nuevo con Celio González”, recordó alguna vez el propio Pacheco en una conversación con el investigador César Pagano.

“Un soñador de lo imposible”, qué bella frase… Así se autodenominó en una entrevista el destacado músico. Un hombre que al repasar las huellas dejadas en la arena rumbera podía sentirse orgulloso de lo que ejecutó por sus raíces artísticas.

Y hoy, cuando se conmemoran tres años de su partida y los salseros no terminamos de lamentar su partida, hay que recordar el amor de Pacheco por Cali y cómo una declaración suya se convirtió en el pasaporte para que la ciudad fuera conocida como la capital mundial de la salsa, honremos su legado…

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales: