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Toribío Hilfiger

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

Toribío Hilfiger
Especial para 90minutos.co

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

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Después del puente Guillermo León Valencia que divide al Valle y al Cauca, la zozobra comienza a respirarse y todas las miradas exhalan desconfianza. A los lados del viaducto que rinde homenaje al nefasto poeta y no menos funesto presidente de Colombia -abuelo de la equiparable Paloma Valencia-; ya no venden pescado y lo que hay son barricadas del Ejército construidas con bolsas llenas de arena, lo único que ahora se saca del río. Bueno, eventualmente, muertos. Y algún bocachico, diminuto, solitario y ahogado. Antes del peaje se cruza a la izquierda y el asfalto de la Panamericana se pierde para convertirse en una trocha que parece cualquier calle ucraniana después de un bombardeo.

La vía que conduce a Guachané y Caloto (también a Villa Rica, a la que le dicen dos mentiras) es una vergüenza. A pesar de ser una zona plana –por ello, dicen los ‘expertos’- su deterioro se incrementa con el invierno. Lo cierto es que entre frondosos cañaduzales los cráteres, la desolación y el abandono se llenan de lodo y transitarla es serpentear entre la opulencia y la indigencia. La mixtura entre la tierra y el agua salpica la vida de un territorio que es prueba de la profunda, estrecha e histórica brecha social. En la vereda El Sauce una solitaria cancha es el espacio de las ilusiones. Por aquí sólo es posible labrarse un buen futuro a las patadas: con el fútbol. Como Yerry Mina o Dávinson Sánchez. O a las brazadas: cortando caña. O como jornalero de algún galpón o una porqueriza.

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Aunque lejos están los tiempos de la gran Hacienda, en Caloto los vestigios de la “muy noble y leal” se palpan por doquier. En su arquitectura, en sus casas coloniales y su iglesia consagrada a la Niña María, en el blanco impoluto de esa Popayán de la que se abrió en 1809 tras el grito de Independencia de Quito, declarándose ciudad confederada junto a Cali, Buga, Cartago, Anserma y Toro. Como en la última estrofa de la canción ecuatoriana Dolencias, la tierra se desmorona y el calicanto falsea. Hace más de 30 años hay que ingresar al centro del poblado para seguir hacia Toribío, pues el histórico puente sobre el río Grande está cerrado y se sostiene apuntalado con guaduas. Se derrumba así otra joya del patrimonio arquitectónico ante la desidia administrativa.

Un hombre negro con ínfulas de blanco republicano, sentado en un costado del parque que como los mil y pico de municipios de Colombia tiene el letrero ‘Yo amo a…’, nos advierte que Toribío es un hueco, una olla. Ascenderemos hasta los 1.700 metros. Caloto está a 1.100. Apenas salimos del casco urbano de la otrora Nueva Segovia de San Esteban de Caloto, cuando nos sorprende La Emperatriz. Hasta hace poco una gran Hacienda del siglo XIX. Hoy está convertida en una pequeña base militar, una sede de batallón. Es un objetivo de recuperación del territorio ancestral de los indígenas, que pretenden anexar al resguardo de López Adentro, en un principio de 1.730 hectáreas, 7.186 metros cuadrados, sus fértiles tierras usurpadas.

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Como dice Darío Fajardo, nuevo viceministro de desarrollo rural, “para sembrar la paz, hay que aflojar la tierra”, y por eso resulta tan complejo para la mayoría entender el fenómeno, si uno de los argumentos del Pueblo Nasa es que 12.000 años antes de Cristo esta era su tierra, su Pachamama. Derecho de prexistencia. Hoy esta comunidad habita 1.300 km cuadrados y más del 80% son improductivos. Irónicamente hace 30 años exigían tierra para la gente y ahora ellos mismos claman gente para tierra. Los frutos de las luchas de Juan Tama de la Estrella y Manuel Quintín Lame, no sólo se recogen, sino que todavía se siembran, ya no en terrenos tan fértiles. La tecnología, los medios, el desarrollo, cada uno o todos juntos, han erosionado de a poco a sus nuevas generaciones.

El ascenso a Toribío comienza en El Palo, lugar donde Bolívar derrotó a los españoles el 5 de julio de 1815, con la ayuda de los indígenas. Les pagó con tierra. Un siglo después el gobierno los declara “terrenos baldíos” y arranca un proceso violento de recolonización a cargo de exconvictos. La vía está en buen estado, aunque con pasos estrechos por pérdida de bancada. Estratégicamente en los puntos donde se reduce la velocidad hay publicidad de las Farc-Ep. “Camarada Yonier, con tu ejemplo venceremos”. “Columna móvil Dagoberto Ramos presente”. “58 años de lucha. Seguiremos defendiendo el territorio y sus comunidades”. “Todo carro con los vidrios polarizados llevarlos abajo. Gracias”. No hay una sola señal de tránsito limpia. Dos retenes de la Guardia Indígena -que ahora se llaman Puntos de armonización- y cuatro estaciones de servicio.

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La temperatura desciende y en el ambiente se respira el aroma de la marihuana, apagada claro. El olor impregnó estas “montañas de la tierra adentro” como las llamaron los españoles, porque todos alumbran sus cultivos para subir los niveles de su componente activo: el tetrahidrocannabinol. Sembradíos y bultos a la vera del camino. Ya no hay casuchas miserables de bahareque. Ahora todas son en ladrillo y baldosa, con estructuras metálicas y techos de zinc. Automóviles sencillos y también camionetas de alta gama en sus parqueaderos. Las motos son enjambres que zumban en todos los sentidos y también el comercio.

El pueblo es apacible y no cuesta creer que haya sido tomado y hostigado tantas veces. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas. Las ruinas alrededor de la Estación de Policía –el edificio más grande de Toribío- son testimonio silente. Allí sólo se escucha el cacareo de 40 gallinas ponedoras en un improvisado galpón entre los escombros. Son coloradas, con el pescuezo pelado y, como todas las gallinas, cobardes. Casi en secreto de confesión, una señora me dice que son de la Policía. Y con la malicia indígena resultado de tantos siglos de ultraje, sentencia: “Se necesitan muchos huevos para ser policía en Toribío”. Hay zozobra es cierto, pero también una exagerada percepción mediática del peligro.         

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Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario. Fue una de las 87 haciendas del lugar. Tiene 80 hectáreas y fue el sitio donde los terratenientes y las autoridades planearon el asesinato del Padre Álvaro Ulcué Chocué, ocurrido en Santander de Quilichao el 10 de noviembre de 1984, por difundir entre su pueblo los principios de la Teología de la Liberación. Ahora allí se planea la vida, tal vez con más arraigo que en las otras 19 instituciones educativas que tiene el municipio.

Aquí los jóvenes escuchan reguetón y también andan cabizbajos sumergidos en las redes sociales… de su teléfono. Hay Wifi gratuito en el Parque y además de punto de encuentro es escenario de primeros amores furtivos. Cae la tarde y en un parpadeo los uniformes y las sudaderas dan paso a la ropa de calle. Lucen jeans, chaquetas, blusas, sacos, tenis, buzos y gorras de todas las marcas. Adidas, Nike, Gucci, Versace, Tommy Hilfiger... Todas las marcas. Todas ‘chiviadas’ e ilegales. Todas chinas o ecuatorianas o paisas. Los almacenes han crecido exponencialmente. En menos de una década pasaron de dos, tres, a una veintena. Celulares, bafles, portátiles... Un ‘corrientazo’ vale entre 12 y 15 mil pesos. Debieron imponer Ley seca de lunes a viernes. Ya hay incremento en el consumo de bareta. Los mayores añoran la autodeterminación y la resistencia.

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En Toribío nadie habla, pero todo el pueblo grita. Ya no es el mismo. Esa vaina llamada progreso entró con todo y arrasó con la pobreza y por ahí derecho llevaron del bulto la identidad y las tradiciones. Y lo hizo de nuevo de la mano del tráfico de plantas alucinógenas: la coca, que siempre ha estado en el territorio ancestral; luego la amapola, que rayaron y ordeñaron por años; y ahora la nueva bonanza marimbera. Se estima que en los resguardos de Toribío, San Francisco y Tacueyó puede haber 9.000 cultivos. Legales, se registran 350 hectáreas (podrían ser 940) de todas las variedades creepy: red tangerine o mandarina, gorila, banano plus, uvita, tangelato, blanca o amnesia y la patimorada, a la que los muchachos lugareños llaman Hilfiger.

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Las cifras de seguridad en Cali a tres años de gobierno

Este 2022 se cumplen tres años de la actual administración de Jorge Iván Ospina. Un período lleno de crisis locales, nacionales y globales.

Las cifras de seguridad en Cali a tres años de gobierno

Este 2022 se cumplen tres años de la actual administración de Jorge Iván Ospina. Un período lleno de crisis locales, nacionales y globales.

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Este 2022 se cumplen tres años de la actual administración de Jorge Iván Ospina. Un período lleno de crisis locales, nacionales y globales. Una pandemia mundial y un paro nacional sin precedentes recientes en la historia de Cali y de Colombia han dejado grandes marcas en nuestra ciudad.

Especialmente en el tema de la seguridad ciudadana muchos caleños sienten que la inseguridad no da tregua. La última encuesta de Cali Cómo Vamos para noviembre de 2021 situaba la percepción de inseguridad en más de 80%.

Sin embargo, las cifras de delitos de alto impacto para este año 2022 son relativamente positivas y registran disminuciones significativas con años previos. Todos los delitos de alto impacto registran disminuciones respecto a 2019, un año antes que empezara la pandemia. ¿Significa esto entonces que la inseguridad en Cali es cuestión de percepción? ¿Estamos más seguros ahora que hace 5 o 10 años?

La respuesta, claramente y como lo saben todos los que vivimos en Cali, es no. Desde la Fundación Objetivo Cero nos propusimos realizar un balance parcial, con cifras y datos, sobre el comportamiento de los delitos de alto impacto en Cali en estos primeros tres años de administración. Esto con el fin de brindar un panorama más amplio y con argumentos sólidos sobre el estado de la seguridad en nuestra ciudad.

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El panorama general de los primeros tres años de gobierno en comparación a los tres primeros años de las 2 últimas administraciones muestra un aumento significativo en varios delitos. De once delitos de alto impacto seis (54,5%) han aumentado, cuatro (34,5%) han mejorado y uno (9%) mantienen la misma tendencia en los tres períodos analizados.

La extorsión ha aumentado 87,1% respecto al periodo 2016-2018. El total de casos durante el período 2020-2022 se registró en 1.615 casos y superó el acumulado a tres años de las dos administraciones anteriores (863 y 551 casos respectivamente).

Igualmente, el hurto a comercios ha aumentado en 21%. En el periodo 2016-2018 se registraron 10.279 hurtos de este tipo, mientras que de 2016-2018 se registraron 8.945. A falta de dos meses para terminar el año 2022, ya esta cifra supera las registradas anteriormente.

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El hurto a celulares, un verdadero dolor de cabeza para los caleños ha aumentado 30% los últimos 3 años. En este periodo se han registrado 35.976 hurtos de acuerdo con datos de la policía. La situación es más grave considerando que para el período 2016-2018 este delito ya tuvo un aumento de 178,1%. La tendencia no para de crecer.

Los caleños ven como la inseguridad de sus barrios y comunas cada vez es mayor. Por eso, la seguridad debe ser una de las principales prioridades de nuestra ciudad. Sin embargo, para el próximo año se espera una reducción del 23% para el presupuesto en esta materia. Los caleños estamos cansados de la inseguridad y la poca acción de las autoridades. La seguridad debe ser una prioridad YA. 

Escrito por: Gustavo A. Orozco Lince y Dilan Alexander Marmolejo Sanchez*

*Dilan Alexander Marmolejo es investigador de la Fundación Objetivo Cero enfocada en la reducción de la violencia en la ciudad de Cali.

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Hay que erradicar la violencia contra la mujer

La ruta de atención no ha funcionado y necesita ser modificada. En mi opinión, hacen falta otras disposiciones que permitan avanzar en la prevención y atención en casos de violencia contra la mujer.

Hay que erradicar la violencia contra la mujer
Especial para 90minutos.co

La ruta de atención no ha funcionado y necesita ser modificada. En mi opinión, hacen falta otras disposiciones que permitan avanzar en la prevención y atención en casos de violencia contra la mujer.

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El pasado 25 de noviembre se conmemoró el ‘Día internacional de la erradicación de la violencia contra la mujer’, con el propósito de sensibilizar a la sociedad sobre la importancia de prevenir y acabar con esta problemática que ha cobrado millones de vidas y que ha tenido fuerte impacto en el bienestar social de los países.

No es un asunto menor que la violencia contra la mujer haya sido declarada por la OMS como un problema de salud pública que obliga a la institucionalidad a tomar medidas que se encuentren a la altura para salvaguardar la vida y la integridad de quienes son el 52% de la población.

A lo largo de mi carrera política y social he buscado influir en la reducción de las violencias contra las mujeres desde el legislativo y el ejecutivo. Como congresista lideré la sanción de la Ley 1257 del 2008, a través de la cual se consideró la violencia contra la mujer como un delito y se dispusieron las medidas de prevención, atención y sanción.

Como Gobernadora de los vallecaucanos, desarrollamos políticas para generar más oportunidades para las mujeres. Para ello, posicionamos la Secretaría de la Mujer y Diversidad Sexual para impulsar el mejoramiento de su calidad de vida a través del programa ‘El Valle Cuida a sus Mujeres’, con acciones para el empoderamiento político, el fortalecimiento institucional y la prevención y atención de las violencias contra ellas.

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También fortalecimos el Observatorio de Género, creamos el Consultorio Rosa en el HUV para que las mujeres agredidas contaran con un acompañamiento idóneo en su ingreso a la justicia e invertimos recursos importantes para facilitar el trabajo de la Fiscalía General de la Nación en la descongestión de las medidas de atención y sanción.

Sin embargo y a pesar de los esfuerzos institucionales, este fenómeno sigue siendo una grave problemática en el país. En el año 2021 los feminicidios crecieron 12.3% con respecto al 2020, es decir, fueron asesinadas 210 mujeres, mientras que hasta julio del 2022 ya se habían registrado 129 víctimas, según el observatorio Feminicidios Colombia.

Lo anterior evidencia que la ruta de atención no ha funcionado y necesita ser modificada.   En mi opinión, hacen falta otras disposiciones que permitan avanzar en la prevención y atención en casos de violencia contra nosotras, sobre todo, con la intención de evitar los feminicidios.

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Para que las mujeres accedan a la justicia, actualmente existen cuatro puertas de entrada: la Comisaria de Familia, la Fiscalía, las IPS y el Icbf, en caso de que la violencia sea contra las niñas. Si bien, cada una de estas instituciones en la mayoría de los casos prestan un importante servicio, también es cierto que los feminicidios son la expresión más extrema de violencia contra la mujer y que con un seguimiento riguroso se pueden evitar.

Por eso, hago un llamado al Gobierno Nacional para que en el Plan de Desarrollo Nacional se incluyan disposiciones que permitan ambientar la posibilidad de reducir el número de puertas de entrada a la justicia por parte de las mujeres víctimas con la intención de reducir las entidades responsables en la atención de las mujeres.

También es necesario que, en articulación con la Academia, se generen las disposiciones necesarias para que, en las carreras de psicología, trabajo social, medicina y derecho, se incluya en el currículo académico conocimientos para tomar las decisiones correctas en la atención de este tipo de casos. Hoy, los recursos que invierte el Estado en capacitaciones a funcionarios y funcionarias se podrían reducir drásticamente si la violencia contra la mujer definitivamente es tratada como un problema de salud pública.

Desde La U escuchamos a las comunidades para actuar en su favor. Por eso, estaremos dispuestos a liderar, tramitar y trabajar con rigurosidad para encontrar los elementos que nos permitan que el 25 de noviembre de los años venideros las cifras de violencia contra la mujer y los feminicidios encuentren el camino hacia su erradicación.

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¡He dejado de ser hombre!

No faltará la desdichada que haya padecido mi lecho que diga que siempre lo supo. O el enclosetado que trémulo de emoción confiese para sus adentros que ojo de loca no se equivoca.

¡He dejado de ser hombre!
Especial para 90minutos.co

No faltará la desdichada que haya padecido mi lecho que diga que siempre lo supo. O el enclosetado que trémulo de emoción confiese para sus adentros que ojo de loca no se equivoca.

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No faltará la desdichada que haya padecido mi lecho que diga que siempre lo supo. O el enclosetado que trémulo de emoción confiese para sus adentros que ojo de loca no se equivoca. E incluso la persona seria que a partir de este título resuelva todas las incógnitas que mi abyecta personalidad le planteaba. Cualquier mujer pasada por armas en campos horizontales –con verticalidad proba– intuirá que sobreviene alguna extrañeza sosegada o, de cualquier modo, inocua. Todos esos conocidos que optaron por otras preferencias mundanas –contrarias a natura– estarán seguros de lo contrario. Y hasta aquellos que me admiran de una forma vedada e irrefrenable –es decir, que me odian– sabrán de buena tinta que no es posible. Pero sí, he dejado de ser hombre: ya no me emociona el Mundial de fútbol.

He perdido el interés por un espectáculo donde pareciera que lo que menos importa es el travieso que se sale del libreto y los contextos que trazan derroteros que trascienden la simpleza del juego y alcanzan gestas épicas consideradas sobrehumanas. Eso por lo menos es lo que hacen sentir los periodistas que embelesados con nimiedades atosigan a las audiencias con una producción de contenidos detenida en las idolatrías, el mercado y los sesgados análisis históricos, que es –para recoger una metáfora vomitiva– como atiborrar a los comensales de comida chatarra cuando lo que se necesita es deleite, balance y buena nutrición. Con todo y el fresco que recorrió mi ser con la derrota de Argentina, genera escozor que los medios insistan en centrar todo en la impotencia y vergüenza de Messi; y desconozcan las virtudes de Arabia Saudita.

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Siento lástima por ‘el mejor del mundo’. Me conmueve este hombre circunspecto y apocado que no ha dejado de ser el niño pequeño que sólo quiere jugar con la pelota. Silente y cabizbajo, al que a veces –cada vez menos– un gol le dibuja una sonrisa y lo saca de ese confinamiento obtuso en el que vive en diálogo silencioso con sí mismo. Como un Atlas que debe llevar sobre sus hombros el peso de toda una nación cuyas desgracias trata de tapar con el fútbol y sus dioses hechos a las patadas. Es muy evidente que a pesar de toda su fama y riqueza no es un ser feliz. Y no digo que no pueda serlo como esposo o padre, hijo o hermano, como humano cualquiera y no como la figura rutilante de ese planeta fútbol, que han armado los simios que convirtieron todo en negocio.

Sólo en una sociedad como la argentina pudo conformarse una iglesia y declarar como dios a un hombre como Maradona. Un gran jugador de futbol sin duda, sino el mejor uno de los mejores, pero más que el fútbol son las condiciones humanas exacerbadas a través de su juego y logros, las que hacen que las multitudes encuentren válvulas de escape para que una nación no estalle socialmente, sino de júbilo. Para que una sola virtud borre todas las debilidades de un ser humano y las masas sean llevadas a esa especie de paroxismo. Esas son las razones que han llevado a los deportistas a convertirse en los héroes de estos tiempos, en los semidioses modernos que la publicidad fortalece y la economía exprime hasta desecharlos cuando ya no sirven a sus intereses. A las utilidades del Olimpo. A pesar de sus millones, sus mansiones, sus yates y sus aviones, son unos pobres condenados al éxito –unos millonarios prematuros, dice Bielsa y le dicen loco– que aún caídos en desgracia son estrujados hasta la saciedad por unos medios ante una sociedad a la que ellos mismos convencieron de que eran invencibles y de otro mundo.

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Valdría recordar a Sócrates, el médico brasilero que consideró el fútbol un medio pasajero para lo más importante en su vida: acercarse a las clases necesitadas. El ideólogo de la Democracia Corinthiana, un modelo que llenó de títulos al equipo y de miedo a los dirigentes, en plena dictadura.  Un centrocampista elegante, inteligente y eficaz. Cuando llegó Italia para jugar con Fiorentina le preguntaron los periodistas cuál era su principal objetivo y respondió: leer a Antonio Gramsci en su idioma. Unos días después organizó una fiesta en su casa y espero a sus invitados en la puerta con unas tijeras para cortarles la prenda inútil: la corbata. Murió un 4 de diciembre, como Hobbes, otro filósofo al que leía con profusión. Vale recordarlo porque para él, el fútbol no era sólo un juego, como tampoco fue para los soldados alemanes y ingleses que, en la Navidad de 1916 en plena trinchera, compartieron cigarrillos y un partido, porque debajo de los uniformes eran los mismos y les gustaba lo mismo.    

Siento mucho decepcionar a quien se haya creído este título desgraciado, pero he dejado se der hombre en la convencionalidad, en esa imagen creada y recreada del hombre calvo, panzón y cervecero que intenta -sin vergüenza- emular junto con sus amigotes, a sus ídolos. Que juega o intenta jugar fútbol para ratificarse en un juego de varones, de machos, de choque y pasiones, de sudor y tensiones. Que se niega a dejar el fútbol, aunque este lo haya dejado a él. Pero al que le queda la televisión y la cerveza. Y bolas para rascarse. He dejado de ser hombre de pollas, que gane cualquiera así no sea el mejor, al fin y al cabo, ya ha pasado. He dejado de sentir esa pulsión por ver todos los partidos. Ninguna camiseta me encabrona y jamás he llenado un álbum, pero me hincha el corazón que se derrumben mitos, que se conozcan sobornos, que la fetidez de los muertos incomode. Que todo cambie para que todo siga igual, como nos dejó dicho Giuseppe Tomasi di Lampedusa, de la Italia ausente.

Tal vez sea todo lo contrario a lo plateado en el título. Tal vez ahora sea menos hombre y más ser humano. Tal vez ahora comprenda mejor el pundonor y el patriotismo. Tal vez ahora tenga la certeza de que en el fútbol a veces lo de menos es el juego y que esos 22 hombres son muchos más hombres, mujeres y seres del mundo; y mucho más que un resultado o un título. Tal vez ahora vislumbre que, en medio de la opulencia, muchos hijos de la pobreza llegan a patear idolatrías mediáticas para levantar a su patria y sacar a sus pueblos de las impuestas miserias cotidianas. Tal vez tantísimos millones sirvan para reconocer que ese intangible llamado patria es más que unos símbolos. Tal vez ahora entienda más a Albert Camus: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

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