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Toribío Hilfiger

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

Toribío Hilfiger
Especial para 90minutos.co

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

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Después del puente Guillermo León Valencia que divide al Valle y al Cauca, la zozobra comienza a respirarse y todas las miradas exhalan desconfianza. A los lados del viaducto que rinde homenaje al nefasto poeta y no menos funesto presidente de Colombia -abuelo de la equiparable Paloma Valencia-; ya no venden pescado y lo que hay son barricadas del Ejército construidas con bolsas llenas de arena, lo único que ahora se saca del río. Bueno, eventualmente, muertos. Y algún bocachico, diminuto, solitario y ahogado. Antes del peaje se cruza a la izquierda y el asfalto de la Panamericana se pierde para convertirse en una trocha que parece cualquier calle ucraniana después de un bombardeo.

La vía que conduce a Guachané y Caloto (también a Villa Rica, a la que le dicen dos mentiras) es una vergüenza. A pesar de ser una zona plana –por ello, dicen los ‘expertos’- su deterioro se incrementa con el invierno. Lo cierto es que entre frondosos cañaduzales los cráteres, la desolación y el abandono se llenan de lodo y transitarla es serpentear entre la opulencia y la indigencia. La mixtura entre la tierra y el agua salpica la vida de un territorio que es prueba de la profunda, estrecha e histórica brecha social. En la vereda El Sauce una solitaria cancha es el espacio de las ilusiones. Por aquí sólo es posible labrarse un buen futuro a las patadas: con el fútbol. Como Yerry Mina o Dávinson Sánchez. O a las brazadas: cortando caña. O como jornalero de algún galpón o una porqueriza.

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Aunque lejos están los tiempos de la gran Hacienda, en Caloto los vestigios de la “muy noble y leal” se palpan por doquier. En su arquitectura, en sus casas coloniales y su iglesia consagrada a la Niña María, en el blanco impoluto de esa Popayán de la que se abrió en 1809 tras el grito de Independencia de Quito, declarándose ciudad confederada junto a Cali, Buga, Cartago, Anserma y Toro. Como en la última estrofa de la canción ecuatoriana Dolencias, la tierra se desmorona y el calicanto falsea. Hace más de 30 años hay que ingresar al centro del poblado para seguir hacia Toribío, pues el histórico puente sobre el río Grande está cerrado y se sostiene apuntalado con guaduas. Se derrumba así otra joya del patrimonio arquitectónico ante la desidia administrativa.

Un hombre negro con ínfulas de blanco republicano, sentado en un costado del parque que como los mil y pico de municipios de Colombia tiene el letrero ‘Yo amo a…’, nos advierte que Toribío es un hueco, una olla. Ascenderemos hasta los 1.700 metros. Caloto está a 1.100. Apenas salimos del casco urbano de la otrora Nueva Segovia de San Esteban de Caloto, cuando nos sorprende La Emperatriz. Hasta hace poco una gran Hacienda del siglo XIX. Hoy está convertida en una pequeña base militar, una sede de batallón. Es un objetivo de recuperación del territorio ancestral de los indígenas, que pretenden anexar al resguardo de López Adentro, en un principio de 1.730 hectáreas, 7.186 metros cuadrados, sus fértiles tierras usurpadas.

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Como dice Darío Fajardo, nuevo viceministro de desarrollo rural, “para sembrar la paz, hay que aflojar la tierra”, y por eso resulta tan complejo para la mayoría entender el fenómeno, si uno de los argumentos del Pueblo Nasa es que 12.000 años antes de Cristo esta era su tierra, su Pachamama. Derecho de prexistencia. Hoy esta comunidad habita 1.300 km cuadrados y más del 80% son improductivos. Irónicamente hace 30 años exigían tierra para la gente y ahora ellos mismos claman gente para tierra. Los frutos de las luchas de Juan Tama de la Estrella y Manuel Quintín Lame, no sólo se recogen, sino que todavía se siembran, ya no en terrenos tan fértiles. La tecnología, los medios, el desarrollo, cada uno o todos juntos, han erosionado de a poco a sus nuevas generaciones.

El ascenso a Toribío comienza en El Palo, lugar donde Bolívar derrotó a los españoles el 5 de julio de 1815, con la ayuda de los indígenas. Les pagó con tierra. Un siglo después el gobierno los declara “terrenos baldíos” y arranca un proceso violento de recolonización a cargo de exconvictos. La vía está en buen estado, aunque con pasos estrechos por pérdida de bancada. Estratégicamente en los puntos donde se reduce la velocidad hay publicidad de las Farc-Ep. “Camarada Yonier, con tu ejemplo venceremos”. “Columna móvil Dagoberto Ramos presente”. “58 años de lucha. Seguiremos defendiendo el territorio y sus comunidades”. “Todo carro con los vidrios polarizados llevarlos abajo. Gracias”. No hay una sola señal de tránsito limpia. Dos retenes de la Guardia Indígena -que ahora se llaman Puntos de armonización- y cuatro estaciones de servicio.

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La temperatura desciende y en el ambiente se respira el aroma de la marihuana, apagada claro. El olor impregnó estas “montañas de la tierra adentro” como las llamaron los españoles, porque todos alumbran sus cultivos para subir los niveles de su componente activo: el tetrahidrocannabinol. Sembradíos y bultos a la vera del camino. Ya no hay casuchas miserables de bahareque. Ahora todas son en ladrillo y baldosa, con estructuras metálicas y techos de zinc. Automóviles sencillos y también camionetas de alta gama en sus parqueaderos. Las motos son enjambres que zumban en todos los sentidos y también el comercio.

El pueblo es apacible y no cuesta creer que haya sido tomado y hostigado tantas veces. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas. Las ruinas alrededor de la Estación de Policía –el edificio más grande de Toribío- son testimonio silente. Allí sólo se escucha el cacareo de 40 gallinas ponedoras en un improvisado galpón entre los escombros. Son coloradas, con el pescuezo pelado y, como todas las gallinas, cobardes. Casi en secreto de confesión, una señora me dice que son de la Policía. Y con la malicia indígena resultado de tantos siglos de ultraje, sentencia: “Se necesitan muchos huevos para ser policía en Toribío”. Hay zozobra es cierto, pero también una exagerada percepción mediática del peligro.         

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Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario. Fue una de las 87 haciendas del lugar. Tiene 80 hectáreas y fue el sitio donde los terratenientes y las autoridades planearon el asesinato del Padre Álvaro Ulcué Chocué, ocurrido en Santander de Quilichao el 10 de noviembre de 1984, por difundir entre su pueblo los principios de la Teología de la Liberación. Ahora allí se planea la vida, tal vez con más arraigo que en las otras 19 instituciones educativas que tiene el municipio.

Aquí los jóvenes escuchan reguetón y también andan cabizbajos sumergidos en las redes sociales… de su teléfono. Hay Wifi gratuito en el Parque y además de punto de encuentro es escenario de primeros amores furtivos. Cae la tarde y en un parpadeo los uniformes y las sudaderas dan paso a la ropa de calle. Lucen jeans, chaquetas, blusas, sacos, tenis, buzos y gorras de todas las marcas. Adidas, Nike, Gucci, Versace, Tommy Hilfiger... Todas las marcas. Todas ‘chiviadas’ e ilegales. Todas chinas o ecuatorianas o paisas. Los almacenes han crecido exponencialmente. En menos de una década pasaron de dos, tres, a una veintena. Celulares, bafles, portátiles... Un ‘corrientazo’ vale entre 12 y 15 mil pesos. Debieron imponer Ley seca de lunes a viernes. Ya hay incremento en el consumo de bareta. Los mayores añoran la autodeterminación y la resistencia.

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En Toribío nadie habla, pero todo el pueblo grita. Ya no es el mismo. Esa vaina llamada progreso entró con todo y arrasó con la pobreza y por ahí derecho llevaron del bulto la identidad y las tradiciones. Y lo hizo de nuevo de la mano del tráfico de plantas alucinógenas: la coca, que siempre ha estado en el territorio ancestral; luego la amapola, que rayaron y ordeñaron por años; y ahora la nueva bonanza marimbera. Se estima que en los resguardos de Toribío, San Francisco y Tacueyó puede haber 9.000 cultivos. Legales, se registran 350 hectáreas (podrían ser 940) de todas las variedades creepy: red tangerine o mandarina, gorila, banano plus, uvita, tangelato, blanca o amnesia y la patimorada, a la que los muchachos lugareños llaman Hilfiger.

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El miedo que no se va

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

El miedo que no se va
Tomado de Unsplash. / Imagen de referencia.

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

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Por: Carmen Andrea Rengifo, periodista caleña, excorresponsal de medios de comunicación en Venezuela

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente. En agosto de 2018 terminó mi vida allá, después de ocho años de ejercer periodismo bajo persecución, miedo constante y ataques. Ser corresponsal en una dictadura no solo te quita la tranquilidad, te va rompiendo por dentro.

Desde entonces he querido volver para abrazar a mis amigos, a mi familia escogida, para caminar por las calles que por años fueron mi hogar. No he podido. Me da miedo. Y me duele porque el miedo no debería expulsarte del país que amas.

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He atravesado distintos duelos por la salida, pero sobre todo por ver, año tras año, cómo las esperanzas se esfumaban. Cómo cada intento de salida democrática era aplastado por el chavismo que se convirtió en madurismo radical cerrando más medios, encarcelando opositores, persiguiendo periodistas, robándose elecciones, controlándolo todo.

Y esto no es una opinión personal, es una realidad documentada. Presos políticos, ejecuciones extrajudiciales, censura sistemática, millones de personas obligadas a huir. El chavismo es una dictadura. Negarlo es insultar a los millones de víctimas venezolanas, porque las víctimas no son solo los muertos o los perseguidos, también son a quienes les tocó que abandonar su patria en busca de un mejor futuro.

Y, sin embargo, hoy estamos parados frente a otro punto de quiebre, una situación compleja, delicada y hasta peligrosa.

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Nicolás Maduro fue un dictador. Lo fue, y lo digo en pasado porque ya no está en el poder.

La pregunta es: ¿qué viene ahora y a qué costo?

Cuando una dictadura elimina todas las salidas democráticas, la historia ha demostrado que la única opción es violenta y entender esto no significa celebrarlo. Que algo parezca inevitable no lo vuelve justo.

No puedo celebrar ataques ni intervenciones que se presentan como liberación que están atravesadas por intereses económicos explícitos. El petróleo venezolano es una ambición declarada por muchos países, un producto que se ha convertido en la maldición de ese país.

Hoy, además, el discurso que vuelve a imponerse desde Estados Unidos habla de control energético, de recursos, de poder. Cuando la narrativa se convierte en moneda de cambio, el pueblo queda reducido a una cifra o a la nada.

Y entonces me niego a elegir entre dos formas de violencia: la de una dictadura que destruyó a su pueblo y la de la geopolítica que dice venir a salvarlo. Mientras calcula sus beneficios y lo dice sin pudor, como si el país le perteneciera.

Entiendo la rabia. Entiendo la celebración de quienes sienten que, por fin, algo se mueve. Las preguntas que he escuchado por años desde Venezuela son siempre las mismas: ¿qué va a pasar?, ¿hasta cuándo esta situación? No juzgo ese alivio.

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De alguna forma, también me siento aliviada al saber que Maduro ya no está en el poder, pero mi preocupación más profunda está en quienes hoy salen a abastecerse con miedo, en mis amigos, en mis colegas, en la gente que está atrapada en medio de órdenes y decisiones de las que no fue parte.

A estas alturas no está claro qué está pasando ni quién está mandando realmente. Si la jugada era sacar a Maduro del poder, lo cierto es que el resto de la estructura dictatorial sigue ahí, al menos hasta ahora. Delcy Rodríguez de presidenta, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y la cúpula política y militar aparecen juntos, cerrando filas, reacomodándose, defendiendo con fiereza lo que queda de un régimen que no se ha desmantelado.

Y Estados Unidos, sin pudor, escala el discurso a uno que atiza la confrontación entre hermanos venezolanos y latinoamericanos, un discurso que no es de cuidado ni de reparación, sino de condiciones y advertencias. Donald Trump ha sido explícito: si no se cumple lo que exige, habrá más ataques. No habla de democracia, habla de control, de recursos, de fuerza. Y cuando una salida se plantea así, la vida de la gente vuelve a quedar en riesgo.

A eso se suma algo aún más inquietante para la región: las declaraciones de Trump contra México y Colombia y contra el presidente Gustavo Petro, insinuando escenarios que no solo son irresponsables, sino peligrosos.

Colombia no es Venezuela. Aquí no hay una dictadura. Y normalizar ese tipo de discursos es abrir la puerta a una violencia que este país ya conoce demasiado bien.

Esta no es una postura partidista ni ideológica y me niego a aceptar que me califiquen o me pongan de un lado o del otro desde los radicalismos. Por estos días, me han dicho desde facha hasta guerrillera. Y no, ese discurso radical que nos quieren imponer ya lo conozco, ya lo conocemos y siempre termina mal.

Colombia y Venezuela son países vecinos y profundamente conectados no solo por los miles de kilómetros de frontera que nos une sino porque nos reconocemos como pueblos hermanos. Lo que ocurra allá nos atraviesa aquí en esta Colombia, herida, preelectoral, polarizada y rota, que debería mirar este momento con cuidado, sin fanatismos y sin repetir ese lenguaje de odio y de acciones violentas que tanto daño nos han hecho.

Defiendo los derechos humanos por encima de todo. No soy de medias tintas, no los defiendo según quién oprime o quién interviene. No los defiendo ni por ideología, ni por partidismos. Los defiendo siempre, sin excepciones y sin bandos. Los derechos humanos son lo que nos hace humanos.

Son horas complejas y no puedo sentir alivio cuando no se sabe qué va a pasar mañana allá y acá, ni quién decide, ni hasta dónde puede escalar todo esto.

Tal vez no había otra salida. Tal vez esta era la única salida posible.

Pero mientras el miedo y el control sigan enquistados en un pueblo y empiecen a extenderse como amenaza sobre toda nuestra región, no hay alivio posible. Mucho menos cuando se habla de intervención con tanta facilidad, desde la comodidad del micrófono o las redes sociales o la distancia, como si no se tratara de vidas reales. Colombia no es Venezuela, pero tampoco está al margen. Y normalizar ese lenguaje es abrir una herida que nuestro país ya conoce demasiado bien.

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“El falso feminismo es una gran lacra”

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

“El falso feminismo es una gran lacra”
Especial para 90minutos.co

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

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Primero lo primero. Nadie debe besar a nadie en contra de su voluntad. Eso debe estar claro y no amerita discusión alguna. Ni hacer absolutamente nada que no sea acordado, aunque ese acuerdo en las relaciones interpersonales suele ser tácito.

De lo contrario, estaríamos al frente de la deshumanización y la automatización de lo idílico, de los flirteos iniciales del romance convencional, los galanteos o ligues precedentes, previos al enamoramiento. Valga decir que estamos ante la sexualización de las relaciones interpersonales en una sociedad “datasexual” e “infómana”, que todo lo publica y debate en redes por íntimo que sea.

Segundo. Ante la sexualización de relaciones entre humanos que no necesariamente buscan un encuentro sexual o una relación de pareja, tocará conocerse a través de una aplicación y llenar un formato donde se pida autorización para dar el primer beso, que se da con la mirada y tiene una profundidad que llega hasta lo más insondable del alma y lo más recóndito del espíritu.

O salvoconducto para tomar una mano entre las nuestras, que es la forma más genuina de la caricia. O una licencia para abrazar, la maniobra más efectiva para unir los pedazos de un corazón roto. Porque hay lenguajes del cuerpo que trascienden todos los lenguajes.

Tercero. Un amigo entrañable dice –para casos como el de esta columna y su título– que sale flote mi vocación de sparring, esa propensión a pelear para que otro mejore sin más recompensa que recibir golpes como opositor invisible.

Lo anterior, por supuesto, no alcanza para una disposición permanente al suicidio por mano ajena, sólo una provocación reflexiva esporádica –belicosa si se quiere, una pulsión del pensamiento crítico que siempre será mejor que agarrase a golpes– que espero no se convierta en inmolación.

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Cuarto. El motivo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica alrededor del beso de Luis Rubiales, presidente de la Federación Española de Fútbol, a la jugadora de la selección española, Jennifer Hermoso, tras la obtención del título mundial en Australia.

¿Impulso emocional o agresión razonada? Opinar es una moderna y novedosa forma de suicidio social, pero qué carajos, cuando uno tiene más pasado que futuro, madrazos y aplausos se reciben con la misma actitud: usted piense lo que quiera que yo escribo lo que pienso.

No hay quinto malo. En España y en buena parte del mundo occidental, la situación ha dado para todo. La condena social ha sido una cacería mediática que tiene visos de melodrama y película de terror.

Un beso catalogado como violencia sexual, que el acusado ha considerado un pico espontáneo y consentido, dos términos que de entrada encierran una gran contradicción o, por lo menos, un ingenuo contrasentido. Y la mamá de la implicada, califica como algo intrascendente frente al título mundial.

“Que el hecho no quede impune”, ha manifestado la jugadora y el sindicato de jugadores pide la cabeza del calvete que ha dicho que “el falso feminismo es una gran lacra en España”. Y ahí fue Troya. Lacra es un escupitajo. Por supuesto, lo que no se cuenta en los medios ni se ventila en las redes, es que detrás del hecho está la disputa política por un cargo con unas implicaciones económicas y sociales tremendas.

Les va bien entonces a las aves de rapiña y a las jaurías de hienas, propiciar y esperar la muerte del atacado para acceder sin reparos al sanguinario festín.

El escándalo del beso siempre es carroña para los medios. Con este, el ingrediente adicional es la llamada “violencia de género”. Los picos entre Britney Spears y Madona, y entre la reina del pop y Cristina Aguilera, confirman que las ninfas son adorables. Entre Johnny Deep y Jimmy Kimmel, ratifican una amistad sin prejuicios.  

Entre Sandra Bullock y Scarlett Johansson, que ya quisiera era uno ser el labial. Y entre Miguel Bosé y el colombiano Manuel Medrano, un mensaje de amor artístico, según afirmó en su momento el cantante de Una y otra vez.

Todos, besos entre personas del mismo sexo, algunos de los cuales no se han declarado bisexuales u homosexuales. Al fin que –para los dos casos: la elección de su sexualidad o la revelación pública– es su decisión.

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Pero volvamos a la pelota, sin más enumeraciones, pero sí con cifras. En el pasado mundial un medio de Sidney registró 30 casos de jugadoras lesbianas o bisexuales. Y lo hizo para argumentar de manera contundente que señalar a todas las futbolistas como lesbianas, es como asegurar que no hay hombres futbolistas homosexuales.

En los dos vestuarios habrá todavía quienes no se atrevan a salir del closet y eso debe respetarse. Una sociedad llena de prejuicios, manipulada por la tecnología, no es el mejor indicador de equilibrio. Amén de la “demencia libertina” que padece esta sociedad, para evocar la condena al Marqués de Sade.

El pecado de Rubiales fue darle un pico a una mujer (dice él que, con su consentimiento, afirmación que ella ha negado); una mujer que si bien no ha declarado su orientación sexual (no está obligada a hacerlo) es vocera LGBTI+ y tiene gran influencia en su país pues es la goleadora histórica de su selección.

Hay nuevas formas de masculinidad, mucho más afines y respetuosas que el legado patriarcal. Pero también –hay que decirlo sin temor a ser lapidado– equivocadas formas de feminismo que rayan en lo que algunos han llamado ‘hembrismo’.

Es un fenómeno en boga, tal vez ese “falso feminismo” al que se refiere Rubiales con el infeliz adjetivo al final. Mujeres en apariencia empoderadas que basan su vida en actuar como actúa un hombre machista, porque con esa actitud creen reivindicarse.

No, no es imitando a los hombres que una mujer se libera de las formas atávicas del machismo pasado. Es con inteligencia, no con superioridades ficticias ancladas en prácticas culturales también condenadas a los hombres.

El alcoholismo y la promiscuidad –para citar sólo dos ejemplos– no está bien ni para hombres, ni para mujeres, ni para nadie.

Los niños pueden llorar y jugar con muñecas; y las niñas pueden jugar fútbol y con carritos. Los estereotipos nos han hecho mucho daño y siguen haciéndolo. Un vocabulario soez es vulgar en la boca de cualquiera, independientemente de su sexo y sexualidad.

La agresión sexual lo es al margen de quién la ejecute. La agresión física es tan grave como la agresión verbal o psicológica, venga de quien venga. El feminicidio debe condenarse tanto como el masculinicidio o androcidio, aunque el último no tenga aún soporte jurídico.

No es una cuestión sólo semántica, es un asunto social que debe atenderse en aras de la convivencia.

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La sola andanada de insultos e improperios que desencadenará este texto, son una prueba misma de lo que aquí se plantea. Emergerán reencarnaciones de Lilith, de la femme fatal, que fue todo lo contrario de la esposa fiel y la madre abnegada.

La mujer que se rebeló contra Adán, la que lo desafió, la que sólo quería copular encima de él y gustaba de la sangre de los niños y el semen desperdiciado de los hombres. La que tuvo muchos amantes por su sexualidad desenfrenada, ilícita y morbosa; y que la llevó a terminar desterrada a orillas del Mar Caspio al lado de Asmodeo, un monstruo horripilante con lujurioso deseo carnal similar al de ella, con el que se dedicó a engendrar miles de demonios.

¡Habrá algo más machista! Sí, que cualquier género se considere superior a otro en el aspecto que sea.

Ya está bien de tanta satanización. Ya está bien de tanta guerra de sexos. El listado de los futbolistas que se han besado con sus compañeros da para una enciclopedia y no han hecho tanta escandalera. No armen más tormentas en aras del respeto y de la igualdad.

Mujeres y hombres son infieles. Hombres y mujeres maltratan. Mujeres y hombres quieren imponer dominio. Hay buenas y malas personas en los dos sexos y en las múltiples sexualidades. Inventen los géneros que quieran, que cuando de genitalidad y enfermedades se trate irán sólo adonde dos especialistas: ginecólogo y urólogo. Ahí les queda pues. ¡Pasen al festín!

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El zar de Puerto Tejada

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

El zar de Puerto Tejada
Especial para 90minutos.co

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

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A Pedro Antonio Zape Jordán le cuesta pararse, poner de pie su humanidad para recordarle a la vida que los robles son mortales, pero inquebrantables en su porte y robustez. Es el peso y el paso de los años que sin embargo no le impiden erigirse como uno de los más grandes arqueros del fútbol colombiano de todos los tiempos. Es de pocas palabras y de muy buen humor. Maneja un doble sentido que, como debe ser, se mueve entre la simpleza y la perversión. Como todas las leyendas vivas, parece más grande de lo que es y a sus 74 años los brazos todavía se le descuelgan de sus hombros como los dos largueros de las porterías que protegió cual cancerbero del infierno durante 22 años, del 66 al 88.

Como en el cuento de Gabo, El ahogado más hermoso del mundo, este hombre desde siempre ha tenido cara de llamarse Pedro, Pedro el grande. Así se llama el documental que le hizo Héctor Fabio Grueso, para rendirle homenaje. Podrá no ser el título más original –así era llamado Pedro I, el zar de la dinastía Romanov de Rusia–, pero es verdad. El que sí es muy original es el nombre de la productora: Grueso calibre. Este hombre nacido en Puerto Tejada-Cauca, estaba condenado a la grandeza en la dinastía Zape. Todos sus hermanos jugaban fútbol y para Pedro Antonio –el más entrañable de ellos, Constantino, ya fallecido–, era mejor que él. Su inspiración. El modelo que quiso seguir.

Por eso, porque no ser creía el mejor, cuando llegó al fútbol profesional no jugaba con el número uno en la espalda, como la mayoría de los guardametas, sino con el 24 o con el 22, o con cualquier número o camiseta que no tuviera dueño. El número nunca tuvo nada de especial, sólo que estuviera disponible. Pedro Antonio no era el más alto, pero sí el más ágil. No era el más fuerte, pero sí el más corajudo para enfrentar a las tribunas del Pascual Guerrero cuando lo silbaban. Afirma sin titubeos que cuando lo ofendían atajaba de todo. Su partido era una lucha aparte contra la dignidad. Jamás sufrió delirios de grandeza y todavía hoy, mira al piso como buscando respuestas ante el que considera un inmerecido homenaje. Tal vez por esa humildad que nunca fue necedad, era un tipo cuya calidad en aquellos tiempos a casi nadie le cabía en la imaginación.

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A él tampoco le cabía ni en la cabeza ni el corazón que el auditorio principal de la Escuela Nacional del Deporte estuviera tan lleno y que tantos amigos del fútbol hubieran acogido el emocionante llamado de la distinción reservada para aquellos que sobresalen de la manada. Varias veces los ojos de los asistentes auscultaron detrás de las gafas del portero, si las lágrimas se asomarían en los ojos algo apagados pero pícaros de un hombre sinigual; o atendieron con sigilo si la voz se le quebraría, pero el arquero estiraba su espíritu con un silencio breve y despachaba la nostalgia con una sonrisa, que es como uno de esos saques que promueve un contragolpe certero, que por supuesto, termina convertido el gol.

Cada vez es más extraño encontrar a una persona a la que todos quieran sin reparo alguno. Hasta sus regaños y ‘putiadas’ en medio del juego y los entrenamientos, se recuerdan con cariño. La mayoría lo considera el número uno. Sí, el mismo que nunca buscó tener en su espalda y ahora porta como estandarte en el espíritu, en el corazón, en el alma, en cualquier de esos lugares intangibles donde se guarda lo que no se puede tocar, pero se puede sentir. Son cosas del alma, dice. Guarda silencio. Parece melancólico. Baja la cabeza. Se acerca el micrófono y remata: “Son cosas de alma, del almanaque”. Como buen humorista, no se ríe. El auditorio estalla en una sonora carcajada.     

A reventar, así estaba el lugar en el que se dieron cita viejas glorias del fútbol. Muchos merecen iguales o mejores homenajes. Le dieron todo al fútbol y éste les devolvió un par de monedas y muchas patadas, algunas de ellas con nombre propio: indiferencia y olvido. Algunos como Jairo el Maestro Arboleda y Ángel María el Ñato Torres se conservan bien, atléticos y con una figura longilínea. Aunque canosos y con los pliegues de la vida como medallas en el rostro. Eduardo Niño, como si no hubieran pasado los años y el Profe Barragán, en lo suyo, el liderazgo. Norman Emilio el Barby Ortiz, Oscar el Moño Muñoz y Pedro Nel Ospina, unos abuelitos adorables que evocan sus años mozos con una picardía apenas comparable con la del ahora reposado Jairo el Tigre Castillo.

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A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán. Su agilidad ahora es mental y no física. Ya no se abalanza como un felino sobre la pelota, pero sí sobre un suculento sancocho o cualquiera de los platos típicos de su Puerto Tejada del alma, cuyo estadio lleva su nombre. Es otro tributo en vida, otro reconocimiento a su grandeza y a su nobleza. Ni su guayabera azul cielo ocultó su prominente panza, ni su voz la inmensa nostalgia por una vida deportiva que toma visos de leyenda. Una y otra vez aseguró no tener palabras para expresar lo que sentía, mientras su economía verbal sentenciaba sabiduría. Varias veces manifestó no merecer tanto y cada vez que lo hizo el público grito: “Claro que sí y mucho más”.

La suya –como subraya el subtítulo del documental, es una historia de fortaleza y victoria. La primera, una condición menoscabada por los años y los achaques de la edad; pero la segunda, una condición reservada para los elegidos, para los ungidos por los dioses para ganar aun en la derrota, para vencer siempre, incluso cuando la vida de a poco se va yendo y llegará la derrota final a manos de la parca. Pero los ídolos nunca se mueren del todo. Pedro el grande lo sabe y se mofa del comentario de otro grande de los tres palos, Julio César Falcioni: “Estamos viejitos y por eso nos hacen homenajes”. No es sólo por viejos Julio, es por grandes. Y entonces las manos fuertes y firmes que atraparon tantos balones –ahora un poco temblorosas y rígidas- se unen en un acto de sumisión sobre su pecho para agradecer a toda la concurrencia. Gracias a vos Zape por las atajadas, por las voladas, pero, sobre todo, por el pundonor y el arrojo como ejemplos para la vida. ¡He ahí tu grandeza!

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