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¿Vecino qué tiene de 100 pesos?

En cinco años el peso cumplirá 190 años y los cien pesos en un año con dificultad llegarán a los cien, al siglo. Ya queda poco, casi nada de aquel que fuera en 1931 casi lo mismo que un dólar: 1,05 pesos.

¿Vecino qué tiene de 100 pesos?
Especial para 90minutos.co

En cinco años el peso cumplirá 190 años y los cien pesos en un año con dificultad llegarán a los cien, al siglo. Ya queda poco, casi nada de aquel que fuera en 1931 casi lo mismo que un dólar: 1,05 pesos.

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Estaba condenado al fracaso. No podía haber sido de otra forma. Como el antiguo Palacio de Justicia en Bogotá, el Colegio Santa Librada en Cali, la Hacienda Hatogrande en Sopó o Santander de Quilichao en Valle del Cauca. Nada que en este país ofrende, rinda culto u homenaje al bellaco de Francisco de Paula Santander; puede aspirar buenos augurios y encierra un destino aciago, casi un sino trágico, una condena. Y eso le pasó primero al billete y muchos años después a la moneda de cien pesos colombianos.

Ahora que los pobres ricos de la nación aúllan por el precio interno del dólar –que no es más que el reflejo de las medidas calculadas del gobierno gringo por su déficit e inflación; el mediático conflicto internacional del Tío Sam con Rusia que desdeña otras guerras que no generan ganancias; y una economía criolla que hace 30 años celebró la apertura económica de Gaviria y hoy padece sus funestas consecuencias– vale echarle un vistazo al que fuera por mucho tiempo el rubro de más alta denominación en Colombia.

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La vaina comenzó por allá en 1923, cuando ya habíamos ‘vendido’ Panamá y cuando la corrupción no se robaba el mayor porcentaje del erario producto de los negocios del Estado. Recordemos que con los veinticinco millones de dólares que nos dieron por ese pedazo de patria; el gobierno de José Manuel Marroquín pensaba paliar la tremenda recesión económica –que se agudizó–; aunque después ese billetico sirvió para crear el Banco de la República y reorganizar el incipiente sistema monetario.

Ya por entonces los dueños de los bancos eran los más ricos, don Pepe Sierra –que hoy presta su nombre a una avenida que atravesó tierras de sus otrora haciendas– o Nemesio Camacho que –hoy hace lo propio con el estadio capitalino; porque donó el terreno–, para citar sólo dos casos. El presidente Pedro Nel Ospina –el que recibió la ‘indemnización’ por Panamá– invitó a un gran economista estadounidense –siguen sin cambiar las cosas– para que liderara a un grupo de expertos que ayudaran a enderezar el rumbo de la economía colombiana, la cual venía de una terrible crisis comercial y financiera entre 1920 y 1921.

De modo que la Misión Kemmerer definió entre otras cosas las funciones del banco, la composición de su Junta Directiva, sus estatutos, etc. También estableció la necesidad de crear la Superintendencia Bancaria y la Contraloría General de la República; esta última entidad una cosa rarísima que se gasta 100 millones por cada millón que recupera.

Una de las primeras funciones de la gerencia fue recoger todos los billetes de diferentes emisiones que circulaban en el país y cambiarlos por billetes del nuevo Banco de la República; respaldados con oro. Y ahí apareció el billete de cien pesos, que parecía más una gran estampilla que un billete. Por su cara ocre estaba “Casandro”, el inefable bigotudo de Santander, enmarcado por un óvalo; y por su anverso rojo; la esfinge característica del banco: Mariana de la Libertad. Circuló hasta 1957 y era llamado popularmente “Sangre de toro”.  

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El que a mí me tocó de niño y bien niño –el billete digo–, tiró a Santander al costado derecho –era el lugar natural para “Trabuco”; el primer billarista de Colombia a quien Bolívar después de expropiar Hatogrande se la adjudicó cuando todavía eran panas y no se habían puesto apodos–, se volvió grisáceo y en su revés, estaba el Capitolio Nacional; verdoso, muy parecido al color de los dólares, que tienen el mismo diseño hace siglos y aun así una envidiable estabilidad y fortaleza.

Corría 1969, el hombre había pisado la luna y el Deportivo Cali era campeón, un equipo serio. El cacareado ‘Hombre de las leyes’ acogía una con profusión: la ley del embudo. Prestó billete para la tal “Campaña libertadora” y se pasó la vida recibiendo los réditos económicos y los créditos patrióticos. Era menos monárquico que Bolívar, todo hay que decirlo, aunque más clasista y miserable que “longanizo”.

En cinco años el peso cumplirá 190 años y los cien pesos en un año con dificultad llegarán a los cien, al siglo. Ya queda poco, casi nada de aquel que fuera en 1931 casi lo mismo que un dólar: 1,05 pesos. Pero ahora ni los limosneros los reciben y qué hablar de los limpiavidrios y de los vigilantes callejeros del trapo rojo; que nada de liberales tienen. Ya por cien pesos ni cucarachas, los dulcecitos aquellos. 

La Guerra de los mil días –que en realidad duró 1.117 días con sus noches– fue el primer golpe al billete de cien pesos al que en 1903 por cuenta de la inflación y la recesión que generó el conflicto –nada que aprendemos– se le quitaron dos ceros y terminó convertido en un peso. 90 años después, en 1993, una demanda de Pablo Victoria ante el Consejo de Estado hizo que la palabra oro desapareciera de los billetes lo mismo que el “pagará al portador”.

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De modo que el billete de cien pesos es un sobreviviente de la historia que en Colombia se ha escrito con sangre; con babas y con mucho billete, con plata y con plomo, no con oro. Bueno, aunque el oro estuvo en las gargantas de los traquetos, en sus pistolas del cinto, en sus grifos y sanitarios, y en las joyas de sus damiselas. Hoy da más más plata un kilo de oro que uno de coca y se corren menos riesgos. Pero volvamos a los pesos oro.

La familia número 17 de billetes cumple siete años en circulación y todavía más de la mitad de colombianos no ha tenido al chiquito Lleras entre sus manos, es decir, no ha tenido uno de cien mil pesos entre sus bolsillos. Los de sólo cien son cosa del pasado. En 1977 y después de los grisáceos, a Santander lo corrieron más al centro y al Capitolio Nacional lo pusieron en perspectiva.

El color era una especie de mezcla entre violeta, palo de rosa y un beige suavecito; lo que hoy se denomina ‘tonos pastel’. Santander también está en el de 500 pesos ese año y en el que se emitió en 1984. Este avaro que aparece en el mayor número de billetes junto con Bolívar –de hecho, compartieron galería en el billete de un peso en 1959– es acusado de robarse el primer empréstito de lo que hoy es Colombia. Mejor dicho, fue el primer gran corrupto de una práctica ya común. Y eso que fomentó la educación y Cali le debe su primer y más emblemático colegio, hoy venido a menos.

Como en la exitosa serie de Netflix La casa de papel, en 1881 los integrantes de la mesa directiva del Banco Nacional emitieron billetes para su beneficio. La corrupción fue tan grande que no le salió barato al gobierno de Miguel Antonio Caro; durar quince años en tomar la decisión de cerrarlo: en 1896. Aunque hoy cien pesos son poco menos que nada, aún son mucho para los que no tienen nada. La monedita de cobre, aluminio y níquel, circula desde 1992 y es probable que siga rodando.

Todavía hoy se venden 100, 200, 300, 400, 500 pesos de mercado en las tiendas de los barrios subnormales. Aún hoy en las denominadas “ollas del vicio” cien pesos son algunas “lukas”. Todavía hoy en las cárceles se mata por una deuda de cien pesos; porque mañana son 200, pasado 400, al otro día 800, luego 1.600 y después 3.200… ¡12.800 en una semana! Y aun así el señor de los dulces me responde a la pregunta; para no recibirle un cambio: ¿vecino qué tiene de cien pesos?: –Ya ni el saludo mijo, porque ese está tan caro que todo el mundo se lo ahorra. ¡Bueno señor, hasta luego!

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El último salvavidas de Telco

Estos son los grandes desafíos del rescate de Telco. Tenemos que apostar por el avance de la ciudad. Cuando lo logremos, esta será la parte más importante de Emcali.

El último salvavidas de Telco
Especial para 90minutos.co

Estos son los grandes desafíos del rescate de Telco. Tenemos que apostar por el avance de la ciudad. Cuando lo logremos, esta será la parte más importante de Emcali.

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La situación de la división de telecomunicaciones de Emcali es lamentable y una carga insostenible para el bolsillo del municipio. Hay muy pocas opciones para rescatar una parte de la empresa que podría ser la joya de la corona.

Telco, como es conocida, ha dejado pérdidas por siete años consecutivos que suman cerca de 600 mil millones de pesos. Esta cifra está destinada a aumentar, porque sus usuarios están disminuyendo. Empezando 2022, eran 200 mil. Terminando el año se fueron más de 25 mil usuarios. Es una situación que se hará reiterativa con los años, si no tomamos medidas.

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En la industria privada, una situación así ya hubiera sido causa de una liquidación. Pero en lo público es un proceso demasiado lento y contraproducente; traumático. Pensemos en el caso de Emsirva.

Descartando la liquidación, el único camino posible que tenemos es el de la renovación y el fortalecimiento. Porque Telco es el vínculo de la infraestructura de Cali; con un mundo que ya gira alrededor de la tecnología.

Lo más importante es que no estamos tan lejos. Acá están las cinco empresas más importantes en el desarrollo de software a nivel nacional. Tenemos que escucharlas para entender el potencial que hay en este componente de telecomunicaciones, y a la vez; desvanecer la falta de visión y la corrupción que ha atrapado y enquistado a este segmento.

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Nos vamos a enfrentar a varios problemas. El primero es el robo de cable, del cual se reportaron 4 mil casos en 2022 que generaron pérdidas por más de 10 mil millones de pesos. Esto hay que enfrentarlo de inmediato. Pareciera que existe un cartel dedicado a robar el cobre; o a afectar a Telco para llevarla a un proceso de compra.

El segundo; es la falta de un sistema eficiente de gestión de la información. La comunicación entre el área comercial, planeación y operativa es de pésima calidad. Esto se ha reflejado en la planificación y la prestación de servicio. Es una desconexión que afecta profundamente a Telco. Movistar y Claro tienen la pelea ganada.

El tercer problema es el envejecimiento de los equipos y del entrenamiento. No ha habido una renovación necesaria en los últimos dos a cuatro años en las instalaciones del servicio de telecomunicaciones. Y la planta de más de 450 personas; carece del entrenamiento suficiente para enfrentar algunas dinámicas tecnológicas. Además, muchos procesos requieren bilingüismo.

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Hay una cuarta situación y es el desperdicio de una inversión muy importante. Emcali contribuyó con 21 millones de dólares a las obras de un cable submarino, a cambio se le dio un uso libre y exclusivo a la compañía de unos 80 mil megabytes, durante 15 años. Lamentablemente, con eso no se ha hecho nada.

¿Cuáles son las posibles soluciones? Debemos incrementar nuestra atención a este sector tecnológico y hacer que Cali sea el catalizador tecnológico de Colombia. Empezar de nuevo no es el camino.

El mercado laboral de la ciudad debe poder desarrollar aplicativos y software, desarrollos en la nube, internet de las cosas y domótica, y Telco tiene que ser el enclave. Estos servicios deben beneficiar a Cali, pero también considerar a los municipios aledaños y al extranjero.

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Para lograrlo, el distrito debe garantizar un mínimo vital de internet; a través de un convenio interadministrativo que resulte en un subsidio para los estratos 1, 2 y 3 y las zonas rurales. Esto desbloquearía inversión por parte del gobierno.

Telco tiene 23 bienes que, a pesar de su ubicación privilegiada y su nula generación de ingresos, no deben ser vendidos. Hablamos del Edificio Versalles; de la Central Telefónica de Tequendama y de la sede en el Centro. Estos pueden ser los primeros centros académicos para formar al personal de Emcali, espacios para co-work; parques de paneles solares, incubadoras de emprendimiento o incluso parqueaderos eléctricos. Deben empezar a ser productivos lo más pronto posible, y si no hay dinero es necesario desarrollar comodatos o alianzas público-privadas; que permitan desarrollar ideas o negocios.

Por último, Emcali debe apostarle a la creación de una red neutra. Se trata de una red pública de alto rendimiento; que permite el transporte de datos que ofrece internet a través de la fibra óptica. Esto optimiza recursos y permite ofrecer telefonía, video e internet de alta calidad en un solo punto. El principal beneficiado es el usuario final; porque cualquier operador puede ofrecer servicios a la medida. En lo práctico, estas redes ocupan menor espacio y ordenamiento en los ductos por donde se ingresa el cableado de telecomunicaciones. Es mucho más eficiente. Emcali tiene 13 mil postes para empezar el proceso de creación y operación de una red neutra.

Estos son los grandes desafíos del rescate de Telco. Tenemos que apostar por el avance de la ciudad. Cuando lo logremos, esta será la parte más importante de Emcali.

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La salud de los colombianos está en juego

Como médica, estoy convencida de que la salud es un derecho sagrado y uno de los factores primordiales que nos permitirá cerrar las brechas que nos aqueja. Esa ha sido una de mis banderas a lo largo de mi vida pública.

La salud de los colombianos está en juego
Especial para 90minutos.co

Como médica, estoy convencida de que la salud es un derecho sagrado y uno de los factores primordiales que nos permitirá cerrar las brechas que nos aqueja. Esa ha sido una de mis banderas a lo largo de mi vida pública.

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Los colombianos estamos a la espera de que el Gobierno Nacional dé a conocer el texto final del proyecto de Reforma a la Salud que presentará en el Congreso y del cual sólo ha revelado algunos aspectos. Este debe ser el punto de partida para iniciar un amplio y profundo debate que permita construir, a partir de los construido, un sistema de Salud que tenga en el centro a los pacientes y su derecho fundamental a gozar de la salud; además de igualar la financiación, para disfrutar de los mismos derechos todos los colombianos y no tener régimen contributivo y subsidiado, sino un sistema único de salud.

No cabe duda que después de 30 años la Ley 100 logró importantes avances, como el de haber alcanzado más del 95% de cobertura en salud, aumentar la financiación, menor gasto de bolsillo y resultados sanitarios importantes. Pero también arrastra problemas que deben ser subsanados, como la falta de acceso, fragmentación del servicio, posición dominante y cartera a los hospitales y clínicas que tienen las EPS. De acuerdo a la Superintendencia Nacional de Salud, se adeudan en total cerca de $23,3 billones.

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Por todo esto, considero que la discusión no debe girar sólo si se eliminan o no las EPS, que es lo que ha pasado hasta ahora, sino que requiere el abordaje desde múltiples aspectos. Al respecto, considero que sí debe haber equilibrio entre los actores del Sistema, sin integración vertical. Sin embargo, determinar que permanezcan o no las EPS, es una decisión que se debe tomar a través del consenso. En tal caso, el Gobierno deberá explicar en su propuesta quién va asumir el papel y las funciones de estas entidades, para así poder establecer su conveniencia. Ahora, considero fundamental mantener el aseguramiento.

En lo que sí estoy completamente de acuerdo es que el sistema debe girar alrededor de la atención primaria, con redes integradas e integrales de servicios (privadas, públicas o mixtas), para lograr la continuidad en el servicio, sin autorizaciones, desde la promoción y la prevención hasta la rehabilitación, con intervención en los determinantes sociales. Por cierto, tengo que decir que ya existe un capítulo en la Ley 1438 de atención primaria, que ha sido parcialmente implementado por deficiencia de recursos.

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Otro punto neurálgico de esta discusión gira en torno a la importancia de buscar soluciones para que el Sistema de Salud en las regiones sea diferencial, que contemple las particularidades que existen en cada territorio, especialmente en el sector rural, en regiones apartadas geográficamente y su población dispersa. Allí persiste una enorme desigualdad del servicio respecto al sector urbano. En mi opinión, la prestación del servicio debe hacerse de manera integral en esas regiones, sin barreras administrativas, que debe suministrarse por el Estado, para garantizar la integralidad.

Por otra parte, la participación ciudadana es fundamental. Estoy de acuerdo con restablecer el Consejo Nacional de Seguridad Social y los Consejos Territoriales, así podremos fortalecer la rectoría y por supuesto, la gobernanza. Además, considero que el Sistema de Información Único es una necesidad para dar mayor transparencia a los procesos, al igual que implementar el giro directo desde la Adres a los prestadores en el régimen contributivo, ya que en el régimen subsidiado existe desde que se estableció en la Ley 1438. La reforma también debe proponer, dignificar y fortalecer el recurso humano en salud, con políticas de bienestar, de reconocimiento e incentivos.

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Como médica, estoy convencida de que la salud es un derecho sagrado y uno de los factores primordiales que nos permitirá cerrar las brechas que nos aqueja. Esa ha sido una de mis banderas a lo largo de mi vida pública. 

Como Senadora de la República trabajé para mejorar las condiciones del sector, siendo autora y ponente de las Reformas a la salud con la Ley 1122 y 1438 y de la Ley Antitabaco, entre otras. En la Gobernación del Valle, junto a la Secretaría de Salud, construimos una propuesta de redes integradas de servicio de salud en integración público-privada en todos los niveles de atención. Ahora, desde la presidencia de La U, trabajaremos activamente en el Congreso para apoyar todo lo que tenga que ver con mejorar el derecho fundamental a la salud de los ciudadanos.  

La salud de los colombianos está en juego. Por eso, mi invitación al Gobierno Nacional es a que presente el proyecto de Reforma a la Salud con todo su articulado, que permita generar un debate con argumentos sólidos, información técnica y cifras reales, en el que se escuche la voz de todos los actores del sistema, los pacientes y ciudadanos. La Reforma a la Salud sí es necesaria, pero construyendo sobre lo que hemos construido durante tantos años.

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Periodismo vomitivo

Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

Periodismo vomitivo
Especial para 90minutos.co

Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

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Antes de que sea lapidado en redes y condenado a la hoguera de Twitter, debo decir que el gobierno del presidente Gustavo Petro ha cometido errores y que estos se centran en su obligación legal de comunicar. No sólo no lo ha hecho bien, sino que insiste en desconocerlo y –como si lo anterior fuera poco–, arremete contra los medios, que es como pretender culpar a la avalancha de la tragedia desconociendo que fue el impacto humano sobre la naturaleza la causa de la situación. No. Los medios de comunicación –con todo y su incompetencia y manipulación– no son los culpables de los desaciertos del gobierno en términos de comunicación, pero sí de los imaginarios sociales que construyen y deconstruyen a partir de esos yerros en la comunicación para atender los intereses de sus propietarios y socios.

La tergiversación mediática –que incluye la que ocurre en redes sociales, auténticas y pagadas– sobre absolutamente todas las decisiones del gobierno, comprueba primero el poder histórico aferrado a sus privilegios y apelando a todas las formas posibles de pataleo y afiladas garras para no perderlos; segundo, la manipulación en la producción de contenidos a través de todos sus organismos de difusión y tentáculos en procura de la defensa de sus intereses económicos y políticos, que son un maridaje indisoluble; y tercero, la tremenda ignorancia de las audiencias, que debe decirse, han sido a través del tiempo llevadas a esta condición con base en una educación precaria y una democracia cuyo segundo pilar es la pobreza. Todos sabemos que los medios sólo entretienen, distraen y ocultan mostrando; porque de información y educación, muy poco.

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De modo pues que con la agenda setting asistimos cada día a un ejercicio de periodismo que comienza con la radio en la madrugada y es como tomarse antes del desayuno una infusión cargada de manzanilla, tomillo y laurel: tendrá náuseas todo el día y vómito justo después de los noticieros de televisión. Las redes sociales y la prensa contienen algunos paliativos, que en realidad no alcanzan para estar bien informado y a lo sumo entregan un poco más de variedad. El periodismo determina qué asuntos poseen interés informativo y cuánto espacio e importancia se les otorga en cada emisión. Es lo que se ha hecho siempre y así funciona, lo que no significa que sea lo correcto o lo que las audiencias necesitan.

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Pero lo que está sucediendo en Colombia es que la trascendencia se le otorga a lo nimio, a lo simple, a la banalidad, y se le cubre con un manto de solemne importancia desbordada cuyo único fin –en el corto y mediano plazo– es crear desconfianza, zozobra y temor dentro de la ciudadanía para desestabilizarlo todo; y a largo plazo –con su latosa y descarda persistencia–, es horadar y socavar la posibilidad de que un sistema de gobierno diferente al que estuvo dos siglos en el poder, pueda tener continuismo y llevar a Colombia por otros senderos de progreso y oportunidades. Sin decir con lo anterior que la vía para un futuro mejor sea la reelección o la dictadura, como aseguran los que todavía creen en espantos y a los que asustaron con los dos muertos del cacareado castrochavismo.  

Para proseguir, pido prestadas dos líneas de la columna más reciente de dos grandes filósofas de librea y corbatín, Tola y Maruja: “A propósito de Petro: lo critican porque está nombrando amigos en el gobierno, pero tiene tan poquitos que le toca dejar empotraos a los enemigos”. Sí, otro desacierto –y fue acertada estrategia de campaña para llegar a la presidencia– fue tragarse los sapos de gobernar con algunos enemigos. Mejor dicho, hacer pactos con varios diablos. Y el periodismo, silente. Ah, pero ante el nombramiento de amigos en el gobierno –una práctica condenable tan antigua como la democracia misma– saltan las liebres a criticar lo que han callado años y de la que son incluso beneficiarios.

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Hace muy poco el mismo Luis Carlos Sarmiento Angulo –el hombre más rico de Colombia– reconoció en un reportaje en la Revista Semana (propiedad del grupo Gilinski) que se sentía orgulloso de haber redactado artículos que hoy eran leyes en nuestro país. Hombre, se quedó corto el hombre con la cuenta más larga del país (dueño de El Tiempo, Portafolio, Siete días, ADN…) que también ‘recomienda’ nombres para cargos públicos o lleva de la política nombres para que dirijan sus medios. Lo mismo hacen claramente RCN (del grupo Ardilla Lule) y Caracol (del grupo Valorem de la familia Santodomingo) y todas sus filiales llámese La FM, Blu Radio, La W Radio, La Kalle, El Espectador, Cine Colombia o cualquiera otra.

La esperanza de un periodismo libre e independiente encierra desde siempre algo de utopía y quimera, es cierto. Pero no lo es menos que existen medios alternativos que están haciendo bien la tarea, aunque son una débil corriente –algunas agonizantes– en medio del maremágnum avasallador de los medios tradicionales y su indiscutible poder de penetración: Cuestión Pública, Las2 Orillas, La Cola de la Rata, Razón Pública, Verdad Abierta, Noticia Uno, La Silla Vacía, Vice... Ya ni el humor, que era la posibilidad más grande de libertad de expresión, se salva. Programas como La Luciérnaga, Voz populi o El Tren hacen parte de la jauría, de los perros guardianes del poder que ladran a conveniencia del patrón que algún día también les pateará el trasero, para que no se que crean que por ladrar pueden dormir dentro de la casa.

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Justo cuando el país necesita de un mejor periodismo, esta vocación (ni oficio, ni profesión) se desdibuja. No es imparcial ni equilibrado. No explica a las audiencias. No es mediador entre los sucesos y la sociedad. Toma partido, no contrasta fuentes. Es un periodismo mercenario que procura validar la posición que defiende a ultranza no por convicción, sino para cumplir con el mandado. Su lupa no está puesta para ampliar la mirada, sino para quemar a su objetivo. Sin duda alguna el nefasto apelativo de periodismo prepago les va con precisión. Se ha prostituido al punto de la ridiculización. No estudia los procesos, no mira los contextos, no examina el entorno ni evalúa el dintorno. No respeta sus principios elementales y menos intenta comprender para informar con veracidad. Cualquier gobierno se hace elegir para implementar reformas estructurales y producir cambios sociales. La cuestión es que este lo intenta hacer para las mayorías, para el bien común y la justicia social. Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

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