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Turismo y especulación

Todos aquí sabemos que vacacionar es cansarse de otra manera; nadie que gane en pesos, piense en pesos y ahorre pesos, es rico en realidad.

Turismo y especulación
Especial para 90minutos.co

Todos aquí sabemos que vacacionar es cansarse de otra manera; nadie que gane en pesos, piense en pesos y ahorre pesos, es rico en realidad.

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Todos aquí sabemos que vacacionar es cansarse de otra manera. También, que las vacaciones son ese breve espacio en el que el pobre asalariado se gasta el excedente exiguo que le otorga una primita miserable que estira hasta la estrangulación del cajero y/o el bolsillo. Eso claro, para quienes tienen el afortunado privilegio de ser explotados laboralmente. A la primita se le suman unos pesitos por las vacaciones y como para despistar más la paupérrima condición, le pagan alguito del salario de enero. ¡Dispensarán tanto diminutivo! El atolondrado individuo gasta entonces en apariencia sin medida y cree estarse dando la gran vida de excesos y ostentación de los millonarios, cuando en realidad no alcanza ni siquiera a ser remedo de rico, que en Colombia vendría a ser apenas un pobretón con ciertas ínfulas de grandeza.

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Nadie que gane en pesos, piense en pesos y ahorre pesos, es rico en realidad. Ya lo dijo el gran filósofo de La Catedral cuando se ganó su primer millón de dólares subiendo cocaína a los Yores: “Yo estoy aterrado de lo pobres que son los ricos de Medellín”. De modo pues que a ese periodo de felicidad impuesta al que somete la Navidad, deben sumársele las vacaciones de fin o comienzo de año donde –como escribió Bukowski– todo se llena. Y cuando digo todo, es todo, no sólo los tugurios, vertederos, manicomios, hospitales y tumbas, que menciona el insigne exponente del realismo sucio en mención; se llenan también los hoteles y las playas, las cantinas y las discotecas, los moteles y los balnearios, las terminales y los aeropuertos, maldita sea, se llena todo y eso que estamos en crisis económica.

A estas alturas querido lector habrá usted advertido que además de Grinch soy asalariado, pero falla si cree que estuve de vacaciones. No. Lo cierto es que no me alcanzó para irme a cansar a otro lado. Sólo viajé al refugio de mis amores: a mi pueblo natal. Y allí también hay gente en vacaciones. Bueno, si ingerir licor como un televisor viejo –sin control– es estar de vacas. Es el municipio de Tolima con el mayor consumo per cápita de aguardiente Tapa Roja del departamento, un primer puesto en el que la mayoría de sus habitantes pareciera empeñarse no sólo para conservar, sino para sacar considerable distancia con el segundo. Lo refiero porque allá tampoco percibí la inflación. Todo el mundo se queja –eso es deporte nacional– pero todos gastan dinero como si lo obtuvieran a raudales.

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Dónde está la crisis, le pregunté a un amigo economista y me respondió sin inmutarse: en el crédito. El colombiano promedio es capaz de endeudarse aún sin tener capacidad de pago y lo peor, no por inversión, sino por diversión. Pasa hasta en las mejores familias, me puntualiza. Un jornalero se bebe su semana de trabajo cada ocho días en la cantina y hay un señalamiento social. Y una persona con un empleo formal hace lo mismo con sus pocos excedentes y con el crédito que puede verse representado en tiquetes, hospedaje y alimentación, en vacaciones. El efectivo –como el del jornalero– es para beber, para comer algún manjarcillo y subir la foto a redes sociales, así el resto del mes coma arroz con huevo; ese sí, un verdadero manjar. O arroz con atún o con sardinas. En fin, arroz con cualquier cosa que llene. De esto pocos se escapan, porque si algo dejó claro la pandemia, es que incluso los profesionales hacen parte de otra línea de pobreza: asan y comen. Viven al ras con ras. Mejor, dicho, en palabras del economista: se gastan lo que se ganan.  

No importa el lugar del país, la situación es la misma. Todo está caro, por las nubes. Sin embargo, el derroche es la norma en vacaciones y la explotación del turista una constante. Puede ser en Cartagena, donde ya se han vuelto paisaje y hasta chiste los exagerados cobros a paseadores incautos. Mojarras a precio de caviar y cervezas a precio D'Amalfi Limoncello Supreme. (Ahora que buscó en Google, sabe que la botellita vale la friolera de 44 millones dólares. ¡Absurdo no!) O en cualquier pueblito grande, como Cali, demos por caso. En el Parque de la Caña, por ejemplo, cuya entrada cuesta 20.000 con derecho a nada, porque una silla para sentarse o para asolearse vale 5.000 pesos. Pero si lo suyo es el campo, alquilar un neumático de tractomula que opera como bote salvavidas en Aguaclara, vale 10.000 pesos.

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Es que todo ha subido. Ese es el argumento, el responso recurrente a la queja del miserable paseador. Una camándula interminable de razones por las que todo está tan costoso: Mire usted, ganó Petro, subió el precio del dólar, no para la guerra en Ucrania, en Estados Unidos la vaina está peor, perdió Bolsonaro, Argentina ganó el Mundial, la cuestión es en toda Latinoamérica, el fenómeno del Niño, el de la Niña, es diciembre, es enero, mucho sol, mucha lluvia, el incremento en los combustibles, la Reforma Tributaria, el ganado está escaso, los cerdos exportándose y los pollos con gripe, es que la Dian nos apretó, son coletazos de la pandemia, de la Primera línea, de nombrar Gestores de paz a esos vándalos, del ELN que no quiere la Paz total, todo se debe al derrumbe en Rosas, y la más reciente: Shakira ya no llora, ahora factura.

Lo cierto es que cobra sentido cobrarle más al turista, porque no resultaría descabellada la lógica de quien vende, que podría ser: en medio de esta situación si tiene plata para pasear, es porque le sobra. Digo yo, eso puede pensar el usurero. No se había rodado la primera piedra en Cauca y ya la papa triplicaba su precio, porque como viene de Nariño. Y lo mismo el plátano. Y muchos otros productos agrícolas, porque con el derrumbe nada viene del altiplano cundiboyacense, ni del Eje Cafetero, ni de ninguna otra parte. Ahora resulta que el esturión, la merluza y el salmón, vienen de la Laguna de la Cocha. También las aceitunas. Y se me olvidaba, también los fríjoles paisas, la butifarra y el suero costeños, el tamal y la lechona tolimenses, y hasta pepitoria y las hayacas santandereanas, están carísimas por el derrumbe; y por el desgraciado de Pique y la quitamaridos de la Clara Chía.

Lo que parece no ha subido es el licor. Porque por lo menos en Cali la Industria de Licores del Valle ha reportado ventas y utilidades récords en la reciente Feria de Cali. Y las fiestas no pararán en Colombia, ya pasaron la Feria de Manizales, el Carnaval de Negros y Blancos; vienen las del 20 de enero en Sincelejo; el Carnaval de Barraquilla en febrero, el del Fuego en Tumaco; en marzo Francisco el Hombre en Riohacha… y ya llega Semana Santa. Pero la consigna es quejarse sin saber que gran porcentaje de la carestía es mera especulación.  

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Las prioridades de Ospina

Es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Hace pocos días, el alcalde Jorge Iván Ospina sugirió en Twitter regular las actividades de los motociclistas que realizan piques y acrobacias ilegales, en su imaginario, estos tendrían acompañamiento institucional y permiso para desarrollar en corredores pactados las prácticas que hoy se realizan donde les place. No es la primera vez que el alcalde sale con una propuesta desconcertante. Durante el año pasado dejó algunas perlas como la Empresa Comercial Cannabis Cali como Empresa Industrial y Comercial del Estado, y por supuesto la de dar contratos a los miembros de la famosa Primera Línea, tras los bloqueos y saqueos masivos realizados por sus militantes.

Las anteriores son solo algunas muestras de la larga lista de pronunciamientos que evidencian desconexión absoluta del alcalde con la realidad y el sentimiento de los caleños. En un contexto donde la ciudad se encuentra asolada por la inseguridad, donde la movilidad es imposible y donde la decadencia se evidencia en su imagen misma, el alcalde parece no tener otra prioridad que la de complacer la delincuencia y la ilegalidad mientras ignora la situación en la que sus ciudadanos viven. En este orden de ideas, es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Conforme a la estrategia de participación ciudadana liderada por la Cámara de Comercio, Comfenalco, Pro pacífico y ciertas universidades a finales del año pasado, puede evidenciarse que la principal preocupación de los caleños radica en el tema de seguridad ciudadana. Nada realmente sorprendente, puesto que la delincuencia está alcanzando niveles alarmantes, donde cada vez se ven nuevas y aterradoras modalidades de robo (popularizándose recientemente los robos en bandas de motociclistas). Como preocupaciones alternativas pueden observarse el acceso y la calidad de la educación y la salud, condiciones básicas de alimentación, embellecimiento de la ciudad y protección del medio ambiente, y por supuesto, mejora del sistema de transporte y la malla vial.

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En su posesión como alcalde el 1 de enero del 2020, Ospina señaló que las prioridades que tendría su administración serian la movilidad, centrada en el llamado tren de cercanías (para conectar Cali, Palmira, Yumbo y Jamundí); combatir la violencia, centrado en el trabajo conjunto de la ciudadanía y la fuerza pública para el desmantelamiento de bandas criminales; el cuidado del medio ambiente, centrada en el cuidado del río Cauca, de los animales y de los espacios verdes; y la recuperación ciudadana, centrada en aspectos como la recuperación del Jarillon en dialogo con la ciudadanía o hacer la ciudad amigable con energías limpias y sostenibles.

Viendo en retrospectiva, puede observarse que las prioridades originales del alcalde se encontraban parcialmente alineadas con la ciudadanía. Si bien parecía comprender el problema del medio ambiente, de la delincuencia y del desplazamiento hacia otros municipios, no se veía tanto énfasis en el transporte al interior de la ciudad, donde pareciera que los trancones cada vez aumentan, y que a la malla vial pareciera no caberle un hueco más. Ahora bien, si del dicho al hecho hay mucho trecho, esto adquiere un nuevo significado con la gestión de Ospina, donde el medio ambiente y la estética de la ciudad continúan en franca decadencia, y donde los delincuentes no solamente se encuentran desatados, sino que pareciera que complacerlos es la prioridad del alcalde. Además, deja la ciudad endeudada y con una débil imagen institucional, esperemos en que como él dijo: Pronto podamos descansar de Ospina. La ciudad necesita pasar este trago amargo lo más rápido posible.   

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De loro viejo a old parrot

Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático.

De loro viejo a old parrot
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Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático.

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Junto con la clasificación absurda hecha por algún infeliz desocupado de que somos el país más feliz del mundo, hay una cantidad de vergonzantes primeros lugares que no vienen al caso, pero servirían para recordar otra nimiedad: dizque hablamos el mejor español del mundo. Otra mentira vergonzante. Una pérfida fruslería expelida por algún gaznápiro inefable. Pierda usted cuidado, no debe avergonzarse porque desconoce cinco palabras de la frase anterior. Es normal. El léxico de un colombiano promedio no llega a las mil palabras y eso que buena parte de ellas son deformaciones del lenguaje. De modo que a lo sumo –si algo puede reconocerse de nuestra forma de hablar– es que los colombianos tenemos la posibilidad de neutralizar el acento.

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En Nueva York, por ejemplo –el lugar del mundo que concentra en Queens la mayor diversidad étnica del planeta– basta con que cualquier hispano abra la boca para identificar su nacionalidad. Mexicanos, cubanos, puertorriqueños, venezolanos, chilenos o argentinos, tienen dejes y formas del lenguaje más fuertes que sus rasgos físicos o su arraigo gastronómico. No es arrogancia, pero tampoco equivocado afirmar que si no se atraviesa el acento regional, los colombianos podemos hablar ‘limpio’. No se habita un país, se habita una lengua; decía el rumano Emile Ciorán, un poeta maldito que sabía bastante sobre la divinidad de la palabra y que escribió su obra en francés. El dinamismo de la lengua y el lenguaje es un maridaje que atiende el deber ser: cada uno por lado, aunque las sagradas instituciones intenten unirlos y regularlos.  

Hay un gran abismo entre el español que se habla en la calle de forma cotidiana y el que se escribe en medios e instituciones, por eso acaso no sea una ligereza decir que logramos entendernos, pero no comunicarnos bien y tal vez allí radica una de nuestras peores tragedias nacionales. ¿Si hablamos el mismo idioma por qué llevamos tanto sin entendernos? Ha de ser porque somos muy expresivos, muy lenguaraces. Porque inventamos palabras para todo. Porque el habla ha perdido su pureza y ha ganado en grandeza. Porque las clases sociales hablan diferente. Porque la élite no habla como el populacho. Porque el metalenguaje (lenguaje infantil, técnico, informático, etc.) y el paralenguaje (el lenguaje o argot de la calle, del hampa, de la salsa, del fútbol, etc.) son sólo algunas de las madres nutricias de esa forma única de hablar que caracteriza a cada pueblo.

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¡160 idiomas se hablan en Queens! Entiende uno aquello de que Nueva York es la Capital del mundo. Latinos, judíos, chinos, italianos, griegos, polacos, rumanos, alemanes y un etcétera más largo que el Empire State acostado. Y todos intentan aprender inglés porque lo necesitan. Y todos hablan un tipo de inglés –no en términos formales claro–, sino en las maneras y adaptaciones a su lengua. Y todos se entienden y se hacen entender. Y todos conservan y preservan la propia, aunque se deban al inglés, que se convierte en otra forma de exclusión y marginalidad cuando no se habla o entiende. Si un colombiano maneja en promedio 1.000 palabras, solo utiliza el 1% de las existentes. De ahí que aprender español sea una tarea compleja, para la que no alcanza la vida, como le pasó a Rufino José Cuervo con el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana. Murió cuando iba en la letra e y la palabra espera. ¡Qué ironía!

Con empresas menos quijotescas que las de don Rufino –que tomó a sus seguidores más de un siglo concluir–, se ha intentado en este hilacho de vida garabatear el español con cierto decoro y menos aplauso, pues son mis fieles lectores un puñado de familiares, amigos de la cuadra y dos o tres féminas entristecidas con mi compañía. De modo que la noticia de que debía estudiar inglés porque a la universidad con la que trabajo le picó el bicho de la globalización y la educación virtual en pandemia, me dejó turulato. No ha sido fácil estudiar inglés con más de medio a siglo a cuestas y tratando en todo este tiempo de aprender español y tener la certeza de cuánta ilustración me falta aún en la lengua patria.

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Pero cuando toca toca, dijo la loca y se lo echó a la boca. El inglés es desde 1880 con los británicos y tras la finalización de la II Guerra Mundial con los estadounidenses, una especie de ‘lengua universal’ que atiende los designios de la globalización económica y, por efecto directo, su impacto sobre todas las culturas es inobjetable. Hay lugares de los Estados Unidos donde no se necesita hablar inglés. De hecho, hay muchos latinos que saben parlotearlo y no escriben una sola línea. Lo irónico es que haya trabajos en Colombia donde sea indispensable un nivel óptimo de lectoescritura. Y aunque las aplicaciones hoy permiten cierto nivel de comunicación, es mejor saber inglés y no depender de los intérpretes y traductores que parecieran tener nuestro destino en sus manos.

Ahí vamos entonces, volviendo a escuchar música en inglés. Sesentera, setentera y ochentera, porque de alguna manera –a diferencia del rock y el metal– atenúa la resistencia ideológica que calendas atrás me generaba la figura del yanqui colonialista. Viendo series y películas sin traducción simultánea o letreros para ver qué logro entender. Leyendo fragmentos literarios (en realidad aforismos) de Poe, de Twain, de Hemingway, de Faulkner, Dickinson; y textos periodísticos breves de Fitzgerald, Capote, Hersey, Wolfe y el gran Gay Talese, que como el Gringo Viejo de Carlos Fuentes, cruzó la frontera para bajar al patio trasero de su imperio nación. Tratando de traducirlo todo, haciendo un esfuerzo hasta hace poco impensable: pensar en inglés. Y claro, volviendo chiste esta vieja tarea aplazada.

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Así como jugar ajedrez mejora la inteligencia (para jugar ajedrez), saber inglés la fortalece para lo mismo. Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático. No les va mal con el vocabulario, pero su pronunciación es un despeñadero. Y de la escritura mejor no escribir. Si los gringos debieron imponer el inglés como primera lengua en zonas fronterizas con México, entiende uno que la posibilidad de insertamos en el mercado mundial requiera del inglés. ¡Nuevo colonialismo! Es una forma de conocer cómo piensa el monstruo. A eso se dedicó Nelson Mandela los 27 años que estuvo preso: a aprender inglés para intentar comprender a su opresor. Bueno, el empleo es una forma moderna de condena y esclavitud. Ya habré de liberarme.

Spanish tells me where I come from, maybe English tells me where I'm going.

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Una apuesta por el derecho a la vivienda

Para solucionar el déficit habitacional en el país es necesario implementar alternativas que permita a más colombianos acceder al derecho universal de tener una vivienda en la que vivan con dignidad y seguridad.

Una apuesta por el derecho a la vivienda
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Para solucionar el déficit habitacional en el país es necesario implementar alternativas que permita a más colombianos acceder al derecho universal de tener una vivienda en la que vivan con dignidad y seguridad.

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Uno de los grandes desafíos que tiene el país es el de generar políticas para que cada vez más colombianos puedan acceder a una vivienda digna. Se trata de una tarea a todas luces titánica. Según el Dane, en 2021 el 31% de los hogares colombianos presentaron déficit habitacional, es decir que en Colombia hay un faltante de 5,24 millones de viviendas.

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Según el Gobierno Nacional, esta situación implica que, para superar el déficit habitacional en el país se necesitará construir 400.000 viviendas nuevas cada año y una inversión de cerca de $197 billones para su financiación.

Pero detrás de estas cifras tan desconsoladoras está el anhelo de millares de colombianos que sueñan con tener una vivienda digna y mejorar así su calidad de vida. En mi recorrido por el país he tenido la posibilidad de escuchar sus historias y su frustración por la falta de oportunidades para acceder a este derecho fundamental.

Precisamente, bajo nuestra premisa de escuchar para actuar, La U presentó en el Congreso de la República un Proyecto de Ley a través del cual se busca promover la inversión en programas de viviendas de interés social en las modalidades de construcción en sitio propio o autoconstrucción; mejoramiento de vivienda y adquisición de vivienda usada.

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La iniciativa propone que se invierta al menos el 30% del presupuesto de recursos de Vivienda de Interés Social para esta finalidad. Igualmente establece que las Cajas de Compensación Familiar destinen cada año el 20% de los recursos del Fondo de Vivienda de Interés Social -Fovis, para atender programas dirigidos a familias damnificadas por eventos catastróficos, crisis fronteriza y a víctimas del conflicto armado.

Con esta medida se podrá garantizar el acceso a vivienda usada a través de asignación de subsidios y cobertura en las tasas de interés para deudores de crédito de vivienda usada; se fija un monto de Subsidio Familiar de Vivienda para la construcción de vivienda en sitio propio y se destinan recursos de adquisición o construcción para Organizaciones Populares de Vivienda.

Pero, además de promover el acceso de los colombianos a un techo digno, el Proyecto de Ley busca dinamizar el sector de la construcción, uno de los más importantes de la economia del país, y fortalecer la generación de empleo haciendo que en los procesos de diseño, ejecución y seguimiento, se priorice el uso de la mano de obra local y la autoconstrucción por parte de la población que acceda a los proyectos.

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También estimula el desarrollo sostenible, al crear incentivos de ahorro en servicios públicos para la construcción de vivienda sostenible y establece el uso de ecodiseños y la construcción con materiales que reduzcan el impacto ambiental, facilitando así el ahorro y generando un beneficio social.

En mi opinión, para solucionar el déficit habitacional en el país es necesario implementar alternativas que permita a más colombianos acceder al derecho universal de tener una vivienda en la que vivan con dignidad y seguridad. Lo bueno de esta propuesta de La U es que establece igualdad en la asignación de subsidios para vivienda nueva o usada, dándole así la oportunidad a más familias de mejorar su calidad de vida.

Como dice el refrán, “tener casa no es riqueza, pero no tenerla es pobreza”. Por eso reafirmo mi compromiso de seguir trabajando por reducir las brechas sociales que nos aquejan, para generar empleo, desarrollo, bienestar y así aportar a la construcción de un país más incluyente, que potencie todo lo bueno que tenemos.

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