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Rumbo a la sed

La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa.

Rumbo a la sed
Especial para 90minutos.co

La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa.

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“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava

construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban

por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.”

Cien años de soledad – Gabriel García Márquez.

Ayer no más, hace 25.000 años, las límpidas aguas del Río Cauca fluían por donde hoy intenta correr la Autopista Simón Bolívar. Quienes conocen Cali saben que el trazado de esta otra mentira (la ciudad no tiene autopistas), dista cuando menos un par de kilómetros de la orilla de la cloaca en la que hemos convertido el mayor afluente del Magdalena, la gran alcantarilla nacional. La Simón (así le decimos los confianzudos) se trazó hace casi 40 años (no se ha dejado de construir) y se sumaba a la gran pavimentación de lo que fueran los extensos humedales y zonas lacustres de la antigua corriente. Las lagunas de Charco Azul, Aguablanca y El Pondaje, todas estrategias de desecación que regulaban las aguas en invierno, terminaron cubiertas por escombros y –gracias a visionarios politiqueros y urbanizadores piratas- por ranchos miserables que, dada la resistencia, el empuje, la laboriosidad y los sacrificios de los huyentes pobres, la migración convirtió en el inmenso Distrito Especial de Aguablanca.

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Pero, ¿cómo se corrió el río? No, no fueron los políticos. Aunque en Colombia se pueden robar un río como el Ranchería en Guajira, para regar el carbón de la Anglo Gold Ashanti y reducir las molestias causadas por el viento, dejar sin agua a todo el pueblo wayuu y alterar sus ya precarias condiciones, fueron los seis afluentes de la ciudad los que empujaron el Cauca hasta Juanchito. Los ríos Pance, Lili, Meléndez, Cañaveralejo, Aguacatal y Cali, con su carga de sedimentos provocaron que el Caucayaco (así le decían los aborígenes) se marchara al que muchísimos años después se inundaría con la rumba caleña y otros efluvios. El fenómeno se denomina técnicamente colmatación. Y eso que la presencia humana en estas tierras es de antier apenas, 30.000 años. El gentío vino después. Para 1793 habitaban el villorrio 6.548 almas y 1.106 eran ‘desalmados’, mejor dicho, esclavizados. 200 de ellos de la Hacienda Cañasgordas, que iba desde el Río Cañaveralejo hasta el Río Jamundí y desde Los Farallones de Cali hasta el Río Cauca. Esa era la tierrita del Alférez Real, el más destacado lameculos del Rey en estos dominios.

En 257 años Cali era el asentamiento que más había prosperado de todos los que refundaron los españoles en la zona. Sabrán ustedes que ellos -los gilipollas- no fundaron nada. A su llegada, moraban en la zona aledaña a la hoy capital vallecaucana 40.000 seres, que un siglo después no superaban el millar. La espada, la cruz y las enfermedades, mataban seres como “moscas”. Así les decían los ‘conquistadores’ a los muiscas, término que para los nuestros significaba hombre. Y no era la comunidad más grande de lo que hoy es Colombia, habitada entonces por entre 80 y cien pueblos indígenas. En lo que hoy es Cartagena, estaba Calamarí, un lugar donde convivían 300.000 seres humanos. Y en la sabana de Bogotá medio millón. Pero volvamos al cauce. Sólo en los últimos 30 años el nivel de turbiedad del Rio Cauca alcanza las 30.000 partículas. Y el dato lo arroja una medición que se hace en Cali, en Valle del Cauca, el segundo departamento de los siete que toca en su recorrido de 1.350 km desde el Macizo Colombiano hasta el Brazo de Loba en la Depresión Momposina. Son más de 180 municipios los que le arrojan sus inmundicias y Cali, la salsera, la resquebrajada y atormentada Cali, la flamante Sucursal del cielo, deja al río con cero niveles de oxígeno. Y, aun así, la vida continua. ¡Increíble!

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La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa. En el museo que le rinde homenaje en Honda-Tolima, pueden verse fotografías que hoy resultan inimaginables. “Colombia es un regalo del Río Magdalena”, asegura el antropólogo Wade Davis en su libro Magdalena. Historias de Colombia (2021). Esta nación no hubiera sido posible sin el Magdalena y sin Honda; así como el país vallecaucano no hubiera sido posible sin el Cauca y sin Cali. No le hemos hecho museo al Cauca, pero se evocan tiempos mejores, cuando los barcos a vapor debían alternarse para descargar en Puerto Mallarino o los aviones acuatizaban en su lecho, mientras se suspendían las regatas de las elites caleñas que lo recorrían en sus lanchas mientras pescaban, cazaban y se emborrachaban. Hoy como hace millones de años, serpentea en esta pampa de 420.000 hectáreas de origen aluvial todavía manso (en lengua indígena, cauca) y, tal vez por ello, agonizante.

Los expertos aseguran que al río hay que meterle ciudadanía. No más burocracia y papelería. La institucionalidad se queda en diagnósticos; y las buenas intenciones y acciones, en los ideales de Quijotes que trabajan prácticamente solos. Desde 1998 se han barajado más de 35 propuestas para garantizar los 8.500 litros de agua que en promedio consume Cali por segundo y sólo una es viable: recuperar el Río Cauca, que aporta el 75%. Pero la lógica parece habérsela llevado el río hace tiempo. A escasos metros de la bocatoma, inaugurada en 1978 para una población 1’100.00 habitantes, Cali arroja sus aguas residuales. Es decir, le echa mierda al agua que ha de beber. En 70 años el río ha perdido más de 100 de sus 135 madreviejas, viejos cauces reguladores. Salvar un río no es cuestión de un gobierno, sino de varias generaciones. Así se solucionan los grandes problemas: con el trabajo permanente de todos y en el tiempo.

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Si la humanidad depredadora camina con los ojos abiertos hacia el abismo, a pesar de todas las advertencias, podemos decir que en Cali vamos rumbo a la sequía con una costosa botella de agua en la mano. Porque no es sólo la cantidad, sino la calidad del agua la que está en juego. El suministro de agua del Cauca es insostenible en el tiempo sino se comienza ya un proceso de recuperación que supone trabajar en su cuenca. En 25 años la escasez será inminente. Racionamientos primero y luego cortes totales. Con una población tres veces menor que Bogotá, Cali consume 1.75 más que un habitante de la capital de la república. La advertencia, y la mayoría de datos de este texto, los escuché con asombro en el diálogo Entre ríos: el Magdalena y el Cauca, realizado en el Auditorio Changó de la Feria del Libro de Cali, con el ronronear del Río Cali en el fondo tras un aguacero pertinaz.

Si en Inglaterra recuperaron el Támesis que atraviesa Londres; en Alemania el Elba, cuya contaminación era tal que podían revelarse rollos fotográficos en sus pútridas aguas; y el Rhin, que costó 50 mil millones de euros, será posible salvar el Cauca. Sería otra de las tantas cosas que podrían hacerse con los 50 billones de pesos anuales que se embolsilla la corrupción y que cubrirían dos veces lo destinado a transporte, agro, justicia, inclusión social, comercio, industria, turismo, ambiente, desarrollo, relaciones exteriores, deporte recreación, planeación, comunicaciones, cultura, ciencia y tecnología. Pero el recién aprobado Presupuesto General de la Nación la semana pasada redujo un 18% el rubro para Ciencia y Tecnología, vital en la tarea de recuperación ambiental. Todos estos procesos de redención de ríos emblemáticos duraron más de 20 años. Allá no faltaban normas ambientales, lo que hacía falta era voluntad para cumplirlas. Por eso todos los panelistas insistieron: al río hay que meterle ciudadanía. No otros cien años de soledad, digo. Es un río joven, apenas tiene dos millones de años, pero ya parece un viejo recuerdo.

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Fútbol y mafia

El fútbol en Colombia, hay que reconocerlo, es una verdadera mafia, en todos sus niveles. El que se mete en el fútbol profesional sabe a qué se atiene. Es triste, pero he hablado con colegas, directivos y exjugadores que cuentan todo en voz baja, porque la ‘omertá’ o ley del silencio que convive en este deporte impide las denuncias.

Fútbol y mafia
Especial para 90minutos.co

El fútbol en Colombia, hay que reconocerlo, es una verdadera mafia, en todos sus niveles. El que se mete en el fútbol profesional sabe a qué se atiene. Es triste, pero he hablado con colegas, directivos y exjugadores que cuentan todo en voz baja, porque la ‘omertá’ o ley del silencio que convive en este deporte impide las denuncias.

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El vergonzoso ascenso del Unión Magdalena a la primera división del fútbol colombiano es simplemente el iceberg de la corrupción que carcome a este deporte. La forma como los jugadores de Llaneros dejaron pasar a sus rivales sin ninguna contención se convirtió en noticia mundial lo que dejó tan mal parada a la dirigencia que tuvieron que iniciar una investigación.

La verdad nada es nuevo. Hace tan solo unos años, en el 2004, Real Cartagena le hizo cuatro goles en cinco minutos al Valledupar, lo que sacó de carrera al Cúcuta que hasta ese momento clasificaba a la final por diferencia de goles. En el 2012 el delantero Julián Lalinde convirtió un gol que hubiera regresado al América de nuevo a la primera división y sin embargo fue anulado de manera absurda. Luego fue el propio Cúcuta Deportivo el que estuvo involucrado en una polémica luego de que un gol que le dio el ascenso a la Categoría A fuera convertido por el paraguayo Lázaga con la mano. Una infracción que todos vieron, menos el árbitro del encuentro.

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Y si nos vamos más atrás, en  la década de los ochenta, pues el dinero del narcotráfico bullía a borbotones. Más de la mitad de los clubes tenían dinero de procedencia del narcotráfico y los torneos de fútbol se volvieron contiendas en los que los carteles se medían y apostaban grandes cantidades de dinero. Incluso, en 1989 el torneo fue suspendido luego de que el árbitro Álvaro Ortega fuera asesinado después de un partido entre Medellín y América. También en esos años ochenta el Deportivo Cali fue una víctima de bochornosos episodios. Una noche el goleador de Millonarios, Juan Gilberto Funes, convirtió un escandaloso gol con la mano que todo el estadio vio, menos el juez central y el asistente de línea. Al año siguiente, de manera muy extraña su arquero ‘El gato’ Fernández, muy seguro durante muchas fechas, en Manizales regaló dos goles que al final fueron claves para que América fuera campeón.

El fútbol en Colombia, hay que reconocerlo, es una verdadera mafia, en todos sus niveles. El que se mete en el fútbol profesional sabe a qué se atiene. Es triste, pero he hablado con colegas, directivos y exjugadores que cuentan todo en voz baja, porque la ‘omertá’ o ley del silencio que convive en este deporte impide las denuncias.

Es tan mafiosa y corrupta la dirigencia que maneja este deporte que recientemente El Espectador reveló cómo la Superintendencia de Industria y Comercio detectó que 16 clubes afiliados a la Dimayor acordaron censurar a un grupo de jugadores para obligarlos a quedarse en sus equipos y obtener réditos económicos por sus pases, una práctica que también fue denunciada en México.

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De esa manera lo que hacían estos equipos era bloquear al jugador y ponerse de acuerdo para no contratarlo, con el propósito de que volviera a negociar con su equipo de origen por menos pretensiones económicas que el jugador exigía, una verdadera mafia. Conozco de casos de técnicos profesionales que pedían un dinero para darle unos minutos a un jugador o para subirlos de categoría; también supe de cómo bloquearon a un grupo de mujeres futbolistas que jugaron un tiempo en América  y cuando intentaron llegar al Deportivo Cali les mandaron a decir que quedaba bloqueada cualquier posibilidad de continuar sus carreras porque simplemente habían tenido participación en el equipo escarlata. ¿No es esa una actitud censurable, por decir lo menos?

O qué tal las historias de técnicos o exjugadores consagrados que exigían un dinero para recomendar jóvenes prospectos o solo para verlos diez minutos, aprovechándose de las esperanzas de sus padres. Más allá están esos directivos que compran pases de jugadores y los convierten en los esclavos de la modernidad. Son dueños de su vida y de su futuro, algo infame.

Pero como la corruptela es a todo nivel desde que el narcotráfico y el paramilitarismo invadieron el fútbol, todas esas prácticas llegaron hasta la propia Federación del Fútbol Colombiano donde el presidente Luis Bedoya está preso por haberse apoderado de millones de dólares junto con otros delincuentes dirigentes del continente. Todo esto amparado en el silencio de autoridades cómplices y periodistas que también voltearon la mirada hacia otro lado. Las bacanales y regalos con que los hermanos Rodríguez, del Cartel de Cali, agasajaban a periodistas de todo el país en el Hotel Inter, aún hoy son recordadas por los comunicadores más veteranos.

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Al final también es cierto como alguna vez se lo escuché al profesor Maturana, ‘se juega como se vive’ y el fútbol es una expresión más de un país descompuesto, enfermo, donde desde sus más altas esferas se regodean con platas de la droga, donde se pierden millones de pesos que debían ser destinados para la educación de los niños, donde se cierran hospitales porque sencillamente se los roban. Y es que de acuerdo con una investigación de la organización Transparencia por Colombia, entre el 2016 y el 2020 se robaron $13,67 billones. Entonces al final el fútbol es otra expresión de un país que vive en el borde de la cornisa.

Recientemente la Dimayor decidió que el fútbol lo patrocinara una casa de apuestas, qué esperaban entonces. Es mucho dinero el que se está moviendo y un país con la tradición de violencia, mafia y corrupción pues nada raro era que pasara lo sucedido entre Unión y Llaneros. La verdad es una sola y es que hoy el fútbol es el gran negocio oscuro, que mueve y lava miles de millones de pesos, lleno de mafias y corruptelas donde nadie se atreve a decir nada porque como se dice en el argot futbolero: ‘todos comen de allí’.

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Alcalde Ospina creará empresa mixta que lesionará a Emcali

De acuerdo con Ortiz, el alcalde Jorge Iván Ospina debe desistir en la creación de esta empresa, debido a que lesiona a Emcali económicamente.

De acuerdo con Ortiz, el alcalde Jorge Iván Ospina debe desistir en la creación de esta empresa, debido a que lesiona a Emcali económicamente.

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El concejal de Cali, Roberto Ortiz, cuestionó el anuncio sobre la creación de una empresa mixta, la cual se denominará ‘Cali Inteligente’.

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De acuerdo con Ortiz, el alcalde Jorge Iván Ospina debe desistir en la creación de esta empresa, debido a que lesiona a Emcali económicamente.

Mira el video y déjanos en los comentarios tu opinión sobre esta video columna de opinión de Roberto Ortiz.

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CMJ, una cita con la historia

Los Consejos Municipales de Juventud, CMJ. Creo, con toda convicción, que este se convertirá en un espacio fundamental de debate, crecimiento y desarrollo de futuros liderazgos.

CMJ, una cita con la historia
Especial para 90minutos.co

Los Consejos Municipales de Juventud, CMJ. Creo, con toda convicción, que este se convertirá en un espacio fundamental de debate, crecimiento y desarrollo de futuros liderazgos.

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Por Norma Hurtado Sánchez
Representante a la Cámara por el Valle del Cauca

Los jóvenes en Colombia siempre han sido protagonistas de gestas excepcionales, regalándonos históricos momentos que nos han marcado como país, en áreas tan importantes como el arte, el deporte, la academia, entre muchas otras. Es “normal” ver nuestros jóvenes triunfando en mundiales de patinaje, alcanzando medallas olímpicas, llevando nuestro nombre, con orgullo, por todo el mundo.

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No obstante, nuestra patria no ha sido recíproca con las nuevas generaciones. Las cifras de desempleo en adolescentes van en alza, alcanzando un 23.3% en el año 2021. De igual manera, han persistido problemáticas tan álgidas como la deserción escolar, dificultades de acceso a educación superior, además de la ya mencionada barrera que se evidencia en el mercado laboral.

Pese a lo mencionado, soy una mujer que siempre busca ver las oportunidades aún en las más complejas situaciones. Vivimos en una democracia que nos brinda la oportunidad de elegir y ser elegidos; que nos posibilita acceder a espacios en los que podemos representar muchas voces que no son escuchadas, y llevar a diferentes instancias un mensaje sobre qué es lo que debemos trabajar, para hacer de esta hermosa tierra un mejor lugar.

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Eso, justamente es lo que pienso de los Consejos Municipales de Juventud, CMJ. Creo, con toda convicción, que este se convertirá en un espacio fundamental de debate, crecimiento y desarrollo de futuros liderazgos, que empoderará a las nuevas generaciones para que continúen esa importante labor de ayudar a construir país, de enriquecer el accionar local, regional y nacional, a partir de su particular forma de ver el mundo, y desde luego, de sus frescos conocimientos que se alimentan de la vitalidad y energía que trae consigo esa hermosa etapa de la vida. 

Nuestro deber es brindarles a los jóvenes mayores oportunidades, abrirles la puerta para que la política se convierta en otro de los escenarios en los que brillan con luz propia, y sin temor a equivocarme, tenemos que trabajar arduamente para lograr que sean actores de primera línea, tomadores de decisiones, visionarios, los nuevos líderes de Colombia.

 Todos los jóvenes tienen una cita el próximo domingo: salir a votar, a respaldar a sus líderes, a quien consideren que los representará de la mejor manera en los CMJ y empezar a ser protagonistas activos del ejercicio democrático, incluyendo en las agendas nacionales, departamentales y municipales, temas de juventudes que los involucren y los beneficien.

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