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Punto de oropel

'Punto de oropel', es la nueva columna del famoso escritor Lizandro Penagos, en exclusiva para el Noticiero 90 Minutos.

Punto de oropel
Especial para 90minutos.co

'Punto de oropel', es la nueva columna del famoso escritor Lizandro Penagos, en exclusiva para el Noticiero 90 Minutos.

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Uno entiende que Caracol Televisión como accionista de la Selección Colombia hable sólo lindezas del pírrico empate ante los brasileros, al que antecede el lacónico ante los charrúas en Montevideo, que, en la triada inexorable de los resultados futbolísticos, también pudo ganarse. Pero que la mayoría absoluta de colombianos festeje como triunfo estos dos empates, es otra prueba del descomunal complejo de inferioridad de nos habita. Ningún punto de oro. Ningún Colombia frenó a Brasil. Ningún sumamos. Ningún otro paso firme a Qatar 2022. Los juegos de local se ganan. Sí o sí. Punto. Así lo hacen los dos únicos países grandes de Latinoamérica en el planeta fútbol: Brasil y Argentina. El resto es subordinación, baja autoestima y eludir la competencia como escenario donde se deben poner en evidencia las virtudes. Seguimos en zona de repechaje. Chilingueando. Alguien rebuznará: no se puede negar la superioridad. Todas las hazañas se consiguen bajo el amparo de un pleonasmo: negando esa negación. 

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Cuando el héroe de un partido es el arquero, hay que revisar el funcionamiento del equipo. Es como si el corrector de estilo escribe mejor que el escritor. Hay que revisar el contrato con la editorial. Pienso en la efectividad de la figura literaria y me despabila un pequeño intruso. Se acerca mi sobrinito de seis años mientras intento garabatear alguna idea sensata y me dice: “A mí no me gusta escribir tío, yo lo que quiero es ser cocinero, pintor y atrapar villanos”. Bueno, a mí me gusta cocinar y se han deleitado algunos paladares; he pintado pajaritos en el aire, lo confieso sin el más mínimo asomo de vergüenza; pero me da un toque de pena declarar que siento más aversión por el poder abusivo que por los villanos heroicos. Me detendré en lo último, pues reitero, lo de Caracol -dada su exclusividad en las transmisiones- es patético. Espejo de nuestra idiosincrasia y me disculparán ustedes la desgastada metáfora. Reflejo es reflejo.  

Volvamos. Tiene uno que soportarse el frívolo carnaval que antecede a cada encuentro, las chicas de farándula con las trivias sobre el resultado, todos ellos asombrosos. (No han superado el 5-0 a Argentina en 1993 y por lo visto tampoco el 4-4 antes la URSS en Chile 62. ¡Sabrán que ocurrieron!) Luego a los corresponsales de curramba con la camiseta de Colombia, más desabrochados y ligeros que de costumbre. Y por supuesto, al final, la arbitraria subjetividad de sus comentaristas, que están al nivel de las presentadoras de entretenimiento. Después, todo este conformismo ridículo y apasionado que no deja espacio para la interpretación honesta del juego y el resultado. En Brasil le han dado palo al 'Scratch du Oro' por el empate y aquí evocamos satisfechos a don Jorge Villamil y su oropel: esa cosa de poco valor que aparenta valer mucho. ¡Y son los punteros absolutos! Por eso son los pentacampeones. Sólo les sirve ser primeros. Un subcampeonato es una derrota.     

David Ospina se lleva todos los aplausos por evitar los goles. Para eso están los arqueros. Y los delanteros para meterla. Así de simple, diría el técnico Osvaldo Juan Zubeldía, un viejo zorro del fútbol. O la saeta rubia, Alfredo Di Stéfano, la leyenda argentina que aseguraba que el fútbol, era como el sexo, todos lo hacían, pero ninguno como él. O el mexicano Hugo Sánchez, que no se cansaba de decir que su equipo podía ganar 10-0, pero si él no marcaba se iba derrotado para su casa. Por eso fueron grandes, porque eran inconformes, vencedores natos, el triunfo no era una posibilidad sino una obligación acorde con su talento. Como el del irlandés George Best, quien manifestó haber pensado siempre que era el mejor jugador, así se veía. “Nunca he mirado a otro jugador y me he sentido inferior”. Y quien había dicho que él era el mejor de la historia, había sido nadie menos que Pelé. David es ahora el héroe, pero este país olvida rápido.

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Se lee en El fútbol a sol y sombra (1995) del magistral Eduardo Galeano: “También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped”. Pero no es tan malo ningún arquero como Atila, rey de los hunos, de donde infiero el uruguayo recoge la hipérbole. Una de sus condenas sin duda es la ubicación en el centro del arco, donde suele acabarse la hierba, algo similar a lo que refiere el mito sobre el caballo de Atila, el gran Othar, que nada tuvo que ver con la quemazón en la hoguera de por lo menos 2.000 seres humanos, que ordenó su sanguinario jinete. Es una posición ingrata en la que, como el condenado a muerte, el arquero se enfrenta solitario a su verdugo. Con su destreza y con sus manos, único privilegio. Y Ospina tenía al frente a los más temerarios. Fueron tres balones determinantes y por eso los dos puntos de los seis que hasta el momento se han disputado, y de los nueve posibles en esta jornada de Eliminatorias, le pertenecen a él. Ahora es el héroe, pero falta Ecuador que nos metió 6-1 en Quito.

Ayer no más, en un partido más aburrido que una alocución presidencial de ya tu sabes, el arquero de España Unai Simón pasó de héroe a villano en la única jugada buena que tuvo Kylian Mbappé en todo el juego, que, dicho sea, pasó de villano a héroe en el mismo instante, para que Francia venciera 2-1 y retuviera la Copa de la Liga de Naciones de la UEFA. Ahí está de nuevo el retrato. La postal injusta de un par de posiciones que lo determinan casi todo en el fútbol. Barranquilla ayer aplaudió a Falcao y a ‘Quinterito’, dos buenos muchachos, pero en la historia sólo quedan los goles y las victorias, y en la estadística los registros: tiros al arco, atajadas, posesión y toda esa vaina que sirve para teorizar sobre un juego como si fuera una ciencia. No valen taquitos, ni pundonor, ni la jugadita de Lucho Díaz o las tímidas embestidas del toro Zapata, nada. Colombia empató y Colombia celebró. Un equipo hace apenas lo posible y un país sumido en la mediocridad lo ovaciona.

Me pregunta un amigo: “¿Es que vos no crees en la selección o qué?” Había puesto en mi estado de WhatsApp, antes del partido, la frase: Sin mucha fe. Junto con las banderas de Colombia y de Brasil. Y como fondo la imagen de un arcoíris, esa ilusión óptica a la que tantas culturas prehispánicas atribuyeron cuestiones mágicas y divinas. Por lo visto no han cambiado mucho las cosas. Estos empates con sabor a triunfo ya me saben a queso podrido, trofeos a la insuficiencia. Querido amigo, le respondo al final del cotejo, no creo en el país voy a creer en unos muchachos que como el colombiano promedio celebran un empate. Y entonces me reta a subirlo también al estado. Lo hago, movido por la provocación, y claro, por la estupidez. La andanada de críticas por poco supera los hinchas del Metropolitano y los granos de la arenosa. Para todos ustedes, queridos e inermes conformistas, estas líneas. Pronto me dedicaré sólo a la cocina, para dominar el fuego; a seguir pintado pajaritos en el aire, para volar en el cielo infinito de las pasiones; y a atrapar villanos, para que me enseñen a escribir la verdadera historia.

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¡A la mierda!

En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos.

¡A la mierda!
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En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos.

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Sucedió en la portería de la universidad donde trabajo. Le decía un estudiante -vamos a llamarlo así porque su carné obliga- a su imberbe compinche en el pasillo que lleva al parqueadero: “Yo siempre asisto a las primeras clases para ver si uno puede dejar de ir a esa mierda y no pasa un culo”. Así se refería este rufián en potencia ¿o en formación? a las clases que seguramente pagarán sus padres, vaya a saber uno si con esfuerzo o por una simple especie de rutina social: pagarle a su vástago una carrera para que se haga profesional. No se puede juzgar la condición del estudiantado o de la juventud entera por el comentario de uno, es cierto; como tampoco la situación humanística de este pillín sin pensar qué tipo de educación o ejemplo ha recibido en el hogar, la familia y su casa. Y la salvedad es precisa, pues se puede tener casa, pero no hogar y vivir en grupo sin tener familia. Me llamó la atención que no había transcurrido una hora desde el inicio de la jornada e iban rumbo a la salida. Supuse que la clase de donde emigraron efectivamente les había parecido una mierda.

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Con los valores trastocados de nuestra sociedad -es un error decir que se han perdido, lo que están es vueltos mierda- la macondiana sentencia de este perezoso obliga alguna reflexión. La primera y más obvia recala en la palabra mierda, que tiene tantas acepciones como marrones hay en el excremento. Su polisémica funcionalidad le permite ser interjección o sustantivo y tener tantos significados que nos volveríamos locos tratando de explicarlos todos. Y del consecuente culo, ni se diga. De modo que será cuestión de inferir qué quiso decir este pequeño bribón con los dos términos y la frase. Lo primero, sería la contrariedad expresada con las metáforas en la que mierda es igual a clase y culo sinónimo de poca jerarquía. Si no le gusta estudiar, resulta lógico que no le guste ninguna clase, o las considere sin importancia y de allí su desprecio. Lo otro sería que quien escribe le esté poniendo mucha tiza a un par de expresiones de uso coloquial en la jerga de la mayoría.

Pero como también somos lo que hablamos, considero por lo menos sensato especular al respecto y compartir algunas ideas. Como rezan los cánones de la calle, del bajo mundo, del hampa y de las altas esferas de los negocios, el mozalbete está midiéndole el aceite a la clase, que no es otra cosa que medírselo al profesor. Quién lo creyera –porque es un gran contrasentido-, le está haciendo inteligencia. Estudia su comportamiento, su nivel de rigurosidad, sus procesos pedagógicos, sus contenidos teóricos, su manejo conceptual, su sistema de evaluación y sus criterios; entonces el bellaco evalúa sus probabilidades de holgazanería académica y ausencia física e intelectual sin detrimento de la nota, que es en últimas su botín. No el conocimiento, que le parece una absurda entelequia, algo innecesario en el mundo de los vivos, de los avispados, de los que siempre toman atajos para conseguir sus objetivos y se saltan y asaltan las normas, las leyes y la buena fe. Y lo caña, lo prueba retirándose.

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La cacareada virtualidad dejó unos vicios que tomará un tiempo reconocerlos, ponerlos en evidencia y erradicarlos; o darles manejo, como sugieren los que ven la educación como un negocio donde el cliente siempre tienen la razón. Uno de ellos, la rígida flexibilidad, entendida como la posibilidad de hacer en la clase y con la clase lo que se les dé la gana. Aplica para alumnos y profesores, por supuesto. Ya no media una pantalla donde el ausentismo era latente aún bajo el eufemismo de la ‘presencialidad virtual’; ahora de nuevo la relación con el otro genera unas dinámicas insuperables que se han resignificado con la crisis, provocada o no. Si todo sigue igual o peor, no sirvió para repensar el ser y estar en este mundo. El aula no es un simple salón de clases, no debe asumirse así. Es un espacio de enseñanza y aprendizaje, de relaciones que se mueven entre lo cultural, lo afectivo, lo político y hasta lo económico; de encuentros y a veces desencuentros que deben trabajarse para aportar en las competencias en procura de una proyección verdaderamente profesional con sentido social.

Un profesor no es un recreacionista que deba entretener a unos jovencitos que papito y mamita malcriaron porque les inculcaron poco o nada de compromiso, disciplina, orden, honestidad, trabajo, lealtad, esfuerzo, perseverancia u otros valores. Un docente debe ser un guía que oriente y acompañe un proceso donde cada persona descubra lo quiere ser y cómo quiere serlo. Qué le gusta y cómo aportará ese gusto a su progreso, a su desarrollo en diversos ámbitos, sobre todo el personal; y a la construcción de nación y de mundo. Despertar ese poder que cada ser humano tiene de cambiar la realidad que le ha correspondido vivir y hacerlo consciente de que es un sujeto social e histórico, que será único e irrepetible si y sólo si logra ser consecuente entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Eres lo que hagas, así de simple. Salirse de clase hace parte del libre albedrío y si los argumentos son válidos y expresados, es probable que sea el actuar necesario para cambiar la historia de esa clase. Pero cualquier otra actitud es una insolente vagabundería.

Viene a mi memoria con esta coprológica anécdota una práctica cultural de los artistas franceses surgida en la París de la Edad Media, que era literalmente una mierda. En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos. Entonces, si en la puerta del teatro había gran cantidad de mierda, significaba un lleno total, lo que podía suponer mucho éxito. De ahí que todavía muchos artistas se deseen suerte repitiendo la palabra mierda. Hoy en Colombia pagar una universidad privada es un privilegio. Ya no se ven montones de mierda, de caballo claro.

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Cuatro años de desconexión

Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba

Cuatro años de desconexión
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Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba

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Iván Duque pasará a la historia. Lo que no sabemos es exactamente cómo, fundamentalmente porque no logró definir la narrativa de su gobierno ni sabemos con precisión qué tenía en mente cuando decidió que quería ser presidente. Para ponernos en contexto, Uribe impuso como bandera la seguridad democrática y Santos la búsqueda de la paz, ejes que definieron su discurso, sus políticas y sus intenciones. En el caso de Duque, vimos que intentó posicionar la economía naranja, sin que pasara de ser un nombre rimbombante sin mayor contenido. Habló de paz con legalidad, pero el recrudecimiento de la violencia en zonas del país no deja ver que la paz y la estabilización territorial fuese su gran objetivo y legado. En últimas, el saliente es un presidente sin identidad.

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El de Iván Duque será un gobierno difícil de ponderar. Estará marcado por el fracaso de la política de seguridad, que nos dejó escenas como un paro armado que paralizó a toda la Costa Caribe; el manejo de la protesta social, que nos dejó ingratos recuerdos como los desmanes del 21 de noviembre de 2019 o las trágicas escenas del Paro Nacional de 2021, donde se cometieron toda clase de excesos y dejó un balance de muertos inaceptable y, por supuesto, nos queda un presidente desconectado de la realidad, vanidoso y arrogante, que desafió al país con nombramientos cuestionables y permitió que ocurrieran vergüenzas como el escándalo de Centros Poblados y de los recursos de los PDET.

Duque no entendió al país. O no lo quiso entender. Mientras el Clan del Golfo paralizaba a media Colombia, prefirió ir a la posesión del presidente de Costa Rica; decidió nunca hacer una alocución radial televisada para así hacerle el quite al estatuto de oposición que faculta a los partidos opositores a replicar el discurso presidencial usando los mismos medios que el jefe de Estado, lo que dejó claro su desdén hacia los partidos alternativos. Esa ausencia de voluntad de diálogo marcó un cuatrienio sin causas comunes ni intentos de acuerdo.

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Por supuesto, no todo lo de Duque es negativo. Su manejo de la pandemia fue sobresaliente y el plan de vacunación es un caso de éxito. También es importante la gestión en materia de infraestructura, acelerando la entrega de más de 10 proyectos de vías 4G y dejar avanzando obras como el Metro de Bogotá y la Malla Vial del Valle del Cauca, aunque quedó la deuda de la vía Mulaló- Loboguerrero y de dejar más en firme el tren de cercanías de Cali, una promesa de su campaña.

Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba y que sucumbió a las vanidades palaciegas de Bogotá. El suyo fue un gobierno centralista, que acentuó las divisiones sociales y que no supo comunicar a los colombianos una narrativa y su aspiración para el cuatrienio. Quizás porque nunca la tuvo clara y así se le fueron sus cuatro años.

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Un día con Darío

Darío era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz.

Un día con Darío
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Darío era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz.

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Aunque los medios han hecho sonar con sevicia Nadie es eterno y el mismo artista reconocía este elemental epitafio sonoro como su canción más emblemática, fue Así se le canta al despecho la canción que permitió su rebautizo y la inscripción con sello imborrable en la historia de la cultura popular colombiana. Y fue un caleño, Nelson Moreno Holguín, el director de Radio Calidad, el que lo coronó en medio de un concierto en el Parque de la caña como El rey del despecho, cuando la entrada más cara costaba $1.500. Por mucho tiempo, Darío le regalaba un concierto al año al periodista como prueba de su gratitud eterna. Hasta aquí no hay mucho que no se sepa en medio de esta nueva tragedia nacional empapada con lágrimas, sudor y trago.

Si algo nuevo se pudiera decir, es preciso decirlo ahora, antes claro de que nos arrope el sueño profundo. Nelson, que para la fecha era un hombre tan corpulento como reconocido y consentido por el mismísimo Carlos Ardilla Lulle, dueño del letrero donde trabajaba, por el éxito arrollador de la emisora con programas como La hora de los adoloridos, hacía en Telepacífico un programa llamado Candilejas (que después se llamaría Ídolos del pueblo) y me propuso hacerle un reportaje especial a Darío Gómez. Se trataba de acompañarlo todo un día y realizar una crónica para el Magazín 9PM, que yo dirigía. A cambio nos entregaría discos y boletas para los televidentes que llamaran al programa. Accedí con beneplácito. Yo pagaba $500 en el Bar La 15 por escuchar Yo por qué me la tuve que encontrar y pedirle que me diera su querer…

De modo que poner las cámaras del programa al servicio del ídolo en ciernes, no era ningún trabajo y más bien un gran privilegio. Ocurrió el 18 de agosto de 1998. Hace 24 años. Mi memoria es pésima, pero lo escrito es indeleble. En la parte interna de los CD´s que me regaló el hombre de San Jerónimo- Antioquia ese día, se puede leer con claridad: “Para Lisandro Penagos, un tolimense con mucho talento, recuerdos de…” Y la firma. Murió equivocado el pobre Darío Gómez, que era riquísimo. Buena parte de su fortuna arrancó cantándole a Henry Loaiza Ceballos, alías El Alacrán, Lo que va a ser para uno. El narcotraficante le pagaba un millón de pesos cada vez que la cantaba y en cierta ocasión lo hizo ver el amanecer, tal vez en una de esas noches de despecho revanchista. Supone uno que con parte de ese dinero montó Discos DAGO y por eso ha sido el único artista con sello discográfico propio en Colombia.

No será una imprudencia lo anterior, al fin y al cabo, los dos están muertos y en Colombia los secretos a voces son deporte nacional. No pudimos recogerlo en el aeropuerto, los recursos de producción eran limitados. Fernando Parra Duque Televisión era una empresa pobre, pero honrada. Debí poner mi nave al servicio de este compromiso. Mi primer carro. Un flamante Chevrolet Chevette, color blanco, modelo 84, placas NWJ078, reconocido entre mis compañeros por el varonil remoquete que le puso mi mamá: Copito. Allí monté a Las Urracas, Rubén y Solmar, un par de negros maravillosos que fungían como camarógrafo y asistente, respectivamente. Y quedamos de recoger a Darío Gómez en la peluquería de Gonzalo Echeverry, la ‘Gonchis’, un hombre valiente, un adelantado a su época. No de otra forma había podido enfrentar su condición de homosexual siendo hijo de una de las familias más ricas de la ciudad, dueña de la emblemática Torre de Cali y de una desmedida reputación.

Por aquellas calendas Darío tenía el corte de todos: el zeta. Era una especie de unificada identidad unisex, un peluqueado sin estrato y una característica de esa generación, hoy considerada vejete. Consistía en una mota generosa, una cola a la que se le decía gata y una patilla recta cual machetazo preciso. Lo recogimos y el primer comentario aludió a la espera y la demora por la cantidad de clientela en el Salón de belleza. El segundo fue un sablazo demoledor: “Oiga hermano, cómo es que un tipo tan pinta se mariquea así de feo”. Y prendió el primer Marlboro. Le dije que debíamos ir a la Avenida Sexta a grabar unas imágenes con Los Aterciopelados y accedió con la condición de que luego fuéramos a comer alguito. No había almorzado. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago estaban mimetizados, comprándole chucherías a los hippies. Solmar –que tenía unas gafas enormes- los descubrió. Abordamos a la florecita rockera.

Terminamos de hacer las imágenes y un par de preguntas para completar el informe y una vez de nuevo en el carro Darío manifestó sin pudor alguno: “Oiga, qué hijueputa tan fea”. Y todos soltamos a reír. No porque tuviera razón -¿o sí?-, sino porque demostraba que era un tipo excesivamente normal. Un paisa desabrochado, como Rigo, no una figura engreída por el dinero o la fama, que ya lo había atenazado. Machista, como todos los hijos de la Colonización Antioqueña. Con su estrafalario blazer satinado fue la sensación en el Drive in. Fotos, autógrafos y besos. Muy poca comida. Estuvimos en el Parque El Peñón, en Belalcázar, en San Antonio, en la Loma de la cruz y hasta nos echamos un par de cervezas en una tiendita del hombre que hacía las máscaras de carnaval. Bromeó con la similitud de su nariz y la del diablo de la caja de fósforos.

Lo regresamos a la Torre de Cali. Nos invitó a su presentación en Changó. Asistimos en la noche. En camerino, whiskey al piso y cigarrillos en forma. Se soplaba dos paquetes diarios por aquellos tiempos. Muchas personas en su séquito. Todavía con su segunda esposa Olga Lucía, que nunca dejó de ser su manager, incluso después de su separación. Era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz. Padeció la tragedia y saboreó la fama, que también lo escupió algunas veces. Me preguntó: ¿Querés dedicar algún tema? Y yo elegí uno de los que más me gusta de su palmarés, con el que siempre evoco unos ojos en los que hace rato no me veo, pero que no puedo olvidar: Tu lindo mirar. Darío cerró los ojos para siempre. Mañana será sepultado. Los de ella aún son reflejos que brillan ya convertidos en ilusión.