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¿El País de las maravillas?

“Semana compró El País de Cali. Sólo El Tiempo dirá si fue un buen negocio”. Con este trino batí mi exiguo récord en Twitter.

¿El País de las maravillas?
Especial para 90minutos.co

“Semana compró El País de Cali. Sólo El Tiempo dirá si fue un buen negocio”. Con este trino batí mi exiguo récord en Twitter.

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Semana compró El País de Cali. Sólo El Tiempo dirá si fue un buen negocio”. Con este trino batí mi exiguo récord en Twitter. Por respeto a ustedes y vergüenza propia no mencionaré la cifra de visualizaciones: una miseria frente a las de Shak y su monetizado despecho. Un simple juego de palabras con el que apenas quería pronunciarme frente al que ya es considerado el gran negocio mediático de Colombia en este año que apenas arranca. Se desencadenaron una serie de comentarios mucho más agudos y graciosos que el mío y, por supuesto, un par de insultos de algunas personas frustradas que lo consideraron un mal chascarrillo. La verdad es que todo será –el negocio y el comentario– menos un chiste. Lo que a continuación refiero, sí es gracioso.

Ahora resulta que el periódico El País es el decano del periodismo vallecaucano, el referente, el registro de la historia de la comarca, el semillero del periodismo regional y no sé qué tatas otras exageraciones. Hombre, no. Este diario es un poco de todo lo anterior es cierto, pero sólo un poco, porque por sobre todas las cosas y esencia es el medio de la godarria caleña, el aparato informativo con el que han manipulado la información a sus intereses y antojo. Ah, otra cosa es que en medio de esos intereses a veces se hizo la tarea: buen periodismo, pero no por decisión de sus dueños o directivos, sino por la calidad y entereza de algunos de sus periodistas.

Es una de las grandes paradojas de los medios de comunicación aquí y en cualquier lugar del mundo donde funciona esta máquina de ponerle precio a la información, que termina sin valor alguno o relativo para los lectores. ¿Cómo puede un periódico llegar a la decrepitud periodística teniendo en sus filas gente tan calidosa? Pues de la misma forma en la que un equipo de fútbol lleno de estrellas fracasa por las orientaciones del técnico y las decisiones de los directivos. La metáfora me parece precisa para El País y la Selección Colombia de fútbol que no fue a Qatar. No me alcanzaría el espacio para hacer el listado de buenos periodistas que han pasado y aún están en este medio. Colegas a los que respeto, admiro y quiero.

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Pero lejos está el periódico de ser un referente de buen periodismo o de mis afectos profesionales. Lo segundo, obviamente en estricto sentido, no le debe importar un carajo a nadie. Nunca trabajé en El País, aunque colaboré con algunos textos y fui varias veces consultado por sus reporteros. Esto me permite pronunciarme sin ataduras de ningún tipo. No les debo nada y no me han hecho ningún favor, al contrario, no soy de los afectos de varias de sus vacas sagradas porque he dicho lo mismo en cuanto escenario de debate público he podido. Ahora bien, no es este periódico diferente a Occidente o El Pueblo, este último ya desaparecido. Sólo más o menos malo, de modo que entre el diablo y escoja.

Tuvo tiempos mejores, claro. Hubo unas calendas donde se dejaba leer el domingo y la Gaceta incluso daban ganas de coleccionarla. Que, dicho sea, se quitaban cuando uno recordaba la soberbia de su editor. Era un periódico con buen contenido y peso editorial. En su ocaso la delgadez es famélica, tanto en el número de páginas como en su vergonzante y descarado contenido que refleja una posición politiquera que raya en la extorsión informativa, que no alcanza para ser alinderamiento ideológico. Cuando le hicieron el último gran rediseño –donde la forma comenzó a ganarle al contenido– le comenté a un gran amigo que consagró su vida a El País que no podía creerle a un periódico que tardó más de medio siglo en ponerle la tilde a país. Era una exageración, pero no lo fue el argumento de su jefe ante un debate ético: “Así son las cosas aquí y esa es la posición del periódico. Usted decide”.

Ocurre en todos los medios y en los regionales con más ahínco, pues no hay muchas opciones laborales en la provincia. Con el tiempo mi amigo decidió irse ante semejante deicidio del mayor de los esbirros del periódico y de la familia propietaria. Siempre ha sido tema vedado en este periódico, demos por caso, la estafa que Álvaro José Lloreda y su hijo Jorge Alberto le hicieron al municipio en beneficio de las empresas de su conglomerado. Es un secreto a voces en Cali que están en los Estado Unidos viviendo a sus anchas y a expensas de las ganancias de sus negocios, que no me compete a mí calificarlos de ilícitos. Todos saben también en la ciudad que sus empresas pagan mal y que son pésimos patrones.

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Ha de ser el lastre de don Ulpiano Lloreda que no trajo el primer carro a la ciudad, pero sí el que primero se estrelló y dejó varios heridos en el Hospital San Juan de Dios. Y la primera estación de servicio que vendió gasolina. Y la primera fábrica de hielo. Y la fábrica de jabones. Y la de velas. Y la de puntillas. Y la navegación por Río Cauca. Y la de aceites. Y el hipódromo. Y el cine. Y la de televisión por cable. Todo había comenzado con tierras, ganado y café. Y fieles a su legado sus descendientes jamás han sacado plata de una empresa para salvar otra de sus mismos bolsillos. En 1925 don Ulpiano tenía 192 empleados y prácticas donde usufructuaba del bien común para sus intereses particulares. Por ejemplo, las aguas del acueducto público con las que se hacía pajas propias.

De modo que es paja eso de que con la venta de El País a los Gilinski se acaba el estandarte del periodismo local. Es otro negocio para sostener más de lo mismo, para defender intereses económicos particulares, para atacar enemigos en los negocios y adular a sus aliados en la política que a su vez defienden sus negocios, en suma, para manosear la información y desinformar a las masas. Y en algún momento, harán algo de buen periodismo y descollará una buena crónica, un perfil enaltecedor o una columna con buenos argumentos y análisis. Las elites no tienen amigos, sino socios. El periódico ha sobrevivido gracias a sus periodistas, a los que les pagan poco y cada vez más lejos. Si este negocio ha de servir para que les paguen lo justo y a tiempo, bienvenido.

Pero me temo que sólo servirá para tres cosas: para inyectarle unos dólares a los Lloreda por un periódico agonizante; para debilitar el impreso y fortalecer el señuelo virtual y de video que hoy todos persiguen; y para ampliar el portafolio del cuatro grupo económico en disputa, en la misión de adueñarse de todo en este país.

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Periodismo vomitivo

Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

Periodismo vomitivo
Especial para 90minutos.co

Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

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Antes de que sea lapidado en redes y condenado a la hoguera de Twitter, debo decir que el gobierno del presidente Gustavo Petro ha cometido errores y que estos se centran en su obligación legal de comunicar. No sólo no lo ha hecho bien, sino que insiste en desconocerlo y –como si lo anterior fuera poco–, arremete contra los medios, que es como pretender culpar a la avalancha de la tragedia desconociendo que fue el impacto humano sobre la naturaleza la causa de la situación. No. Los medios de comunicación –con todo y su incompetencia y manipulación– no son los culpables de los desaciertos del gobierno en términos de comunicación, pero sí de los imaginarios sociales que construyen y deconstruyen a partir de esos yerros en la comunicación para atender los intereses de sus propietarios y socios.

La tergiversación mediática –que incluye la que ocurre en redes sociales, auténticas y pagadas– sobre absolutamente todas las decisiones del gobierno, comprueba primero el poder histórico aferrado a sus privilegios y apelando a todas las formas posibles de pataleo y afiladas garras para no perderlos; segundo, la manipulación en la producción de contenidos a través de todos sus organismos de difusión y tentáculos en procura de la defensa de sus intereses económicos y políticos, que son un maridaje indisoluble; y tercero, la tremenda ignorancia de las audiencias, que debe decirse, han sido a través del tiempo llevadas a esta condición con base en una educación precaria y una democracia cuyo segundo pilar es la pobreza. Todos sabemos que los medios sólo entretienen, distraen y ocultan mostrando; porque de información y educación, muy poco.

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De modo pues que con la agenda setting asistimos cada día a un ejercicio de periodismo que comienza con la radio en la madrugada y es como tomarse antes del desayuno una infusión cargada de manzanilla, tomillo y laurel: tendrá náuseas todo el día y vómito justo después de los noticieros de televisión. Las redes sociales y la prensa contienen algunos paliativos, que en realidad no alcanzan para estar bien informado y a lo sumo entregan un poco más de variedad. El periodismo determina qué asuntos poseen interés informativo y cuánto espacio e importancia se les otorga en cada emisión. Es lo que se ha hecho siempre y así funciona, lo que no significa que sea lo correcto o lo que las audiencias necesitan.

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Pero lo que está sucediendo en Colombia es que la trascendencia se le otorga a lo nimio, a lo simple, a la banalidad, y se le cubre con un manto de solemne importancia desbordada cuyo único fin –en el corto y mediano plazo– es crear desconfianza, zozobra y temor dentro de la ciudadanía para desestabilizarlo todo; y a largo plazo –con su latosa y descarda persistencia–, es horadar y socavar la posibilidad de que un sistema de gobierno diferente al que estuvo dos siglos en el poder, pueda tener continuismo y llevar a Colombia por otros senderos de progreso y oportunidades. Sin decir con lo anterior que la vía para un futuro mejor sea la reelección o la dictadura, como aseguran los que todavía creen en espantos y a los que asustaron con los dos muertos del cacareado castrochavismo.  

Para proseguir, pido prestadas dos líneas de la columna más reciente de dos grandes filósofas de librea y corbatín, Tola y Maruja: “A propósito de Petro: lo critican porque está nombrando amigos en el gobierno, pero tiene tan poquitos que le toca dejar empotraos a los enemigos”. Sí, otro desacierto –y fue acertada estrategia de campaña para llegar a la presidencia– fue tragarse los sapos de gobernar con algunos enemigos. Mejor dicho, hacer pactos con varios diablos. Y el periodismo, silente. Ah, pero ante el nombramiento de amigos en el gobierno –una práctica condenable tan antigua como la democracia misma– saltan las liebres a criticar lo que han callado años y de la que son incluso beneficiarios.

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Hace muy poco el mismo Luis Carlos Sarmiento Angulo –el hombre más rico de Colombia– reconoció en un reportaje en la Revista Semana (propiedad del grupo Gilinski) que se sentía orgulloso de haber redactado artículos que hoy eran leyes en nuestro país. Hombre, se quedó corto el hombre con la cuenta más larga del país (dueño de El Tiempo, Portafolio, Siete días, ADN…) que también ‘recomienda’ nombres para cargos públicos o lleva de la política nombres para que dirijan sus medios. Lo mismo hacen claramente RCN (del grupo Ardilla Lule) y Caracol (del grupo Valorem de la familia Santodomingo) y todas sus filiales llámese La FM, Blu Radio, La W Radio, La Kalle, El Espectador, Cine Colombia o cualquiera otra.

La esperanza de un periodismo libre e independiente encierra desde siempre algo de utopía y quimera, es cierto. Pero no lo es menos que existen medios alternativos que están haciendo bien la tarea, aunque son una débil corriente –algunas agonizantes– en medio del maremágnum avasallador de los medios tradicionales y su indiscutible poder de penetración: Cuestión Pública, Las2 Orillas, La Cola de la Rata, Razón Pública, Verdad Abierta, Noticia Uno, La Silla Vacía, Vice... Ya ni el humor, que era la posibilidad más grande de libertad de expresión, se salva. Programas como La Luciérnaga, Voz populi o El Tren hacen parte de la jauría, de los perros guardianes del poder que ladran a conveniencia del patrón que algún día también les pateará el trasero, para que no se que crean que por ladrar pueden dormir dentro de la casa.

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Justo cuando el país necesita de un mejor periodismo, esta vocación (ni oficio, ni profesión) se desdibuja. No es imparcial ni equilibrado. No explica a las audiencias. No es mediador entre los sucesos y la sociedad. Toma partido, no contrasta fuentes. Es un periodismo mercenario que procura validar la posición que defiende a ultranza no por convicción, sino para cumplir con el mandado. Su lupa no está puesta para ampliar la mirada, sino para quemar a su objetivo. Sin duda alguna el nefasto apelativo de periodismo prepago les va con precisión. Se ha prostituido al punto de la ridiculización. No estudia los procesos, no mira los contextos, no examina el entorno ni evalúa el dintorno. No respeta sus principios elementales y menos intenta comprender para informar con veracidad. Cualquier gobierno se hace elegir para implementar reformas estructurales y producir cambios sociales. La cuestión es que este lo intenta hacer para las mayorías, para el bien común y la justicia social. Estamos ante un periodismo que exige en seis meses, por lo que ha guardado silencio siempre. Y lo hace desde un descarado y vergonzante lugar de enunciación: los negocios particulares de sus propietarios.

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Las prioridades de Ospina

Es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Hace pocos días, el alcalde Jorge Iván Ospina sugirió en Twitter regular las actividades de los motociclistas que realizan piques y acrobacias ilegales, en su imaginario, estos tendrían acompañamiento institucional y permiso para desarrollar en corredores pactados las prácticas que hoy se realizan donde les place. No es la primera vez que el alcalde sale con una propuesta desconcertante. Durante el año pasado dejó algunas perlas como la Empresa Comercial Cannabis Cali como Empresa Industrial y Comercial del Estado, y por supuesto la de dar contratos a los miembros de la famosa Primera Línea, tras los bloqueos y saqueos masivos realizados por sus militantes.

Las anteriores son solo algunas muestras de la larga lista de pronunciamientos que evidencian desconexión absoluta del alcalde con la realidad y el sentimiento de los caleños. En un contexto donde la ciudad se encuentra asolada por la inseguridad, donde la movilidad es imposible y donde la decadencia se evidencia en su imagen misma, el alcalde parece no tener otra prioridad que la de complacer la delincuencia y la ilegalidad mientras ignora la situación en la que sus ciudadanos viven. En este orden de ideas, es necesario cuestionarse cuáles son las prioridades para Cali, y cuál será el desempeño del alcalde en su último año de mandato de un periodo lleno de frustraciones.

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Conforme a la estrategia de participación ciudadana liderada por la Cámara de Comercio, Comfenalco, Pro pacífico y ciertas universidades a finales del año pasado, puede evidenciarse que la principal preocupación de los caleños radica en el tema de seguridad ciudadana. Nada realmente sorprendente, puesto que la delincuencia está alcanzando niveles alarmantes, donde cada vez se ven nuevas y aterradoras modalidades de robo (popularizándose recientemente los robos en bandas de motociclistas). Como preocupaciones alternativas pueden observarse el acceso y la calidad de la educación y la salud, condiciones básicas de alimentación, embellecimiento de la ciudad y protección del medio ambiente, y por supuesto, mejora del sistema de transporte y la malla vial.

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En su posesión como alcalde el 1 de enero del 2020, Ospina señaló que las prioridades que tendría su administración serian la movilidad, centrada en el llamado tren de cercanías (para conectar Cali, Palmira, Yumbo y Jamundí); combatir la violencia, centrado en el trabajo conjunto de la ciudadanía y la fuerza pública para el desmantelamiento de bandas criminales; el cuidado del medio ambiente, centrada en el cuidado del río Cauca, de los animales y de los espacios verdes; y la recuperación ciudadana, centrada en aspectos como la recuperación del Jarillon en dialogo con la ciudadanía o hacer la ciudad amigable con energías limpias y sostenibles.

Viendo en retrospectiva, puede observarse que las prioridades originales del alcalde se encontraban parcialmente alineadas con la ciudadanía. Si bien parecía comprender el problema del medio ambiente, de la delincuencia y del desplazamiento hacia otros municipios, no se veía tanto énfasis en el transporte al interior de la ciudad, donde pareciera que los trancones cada vez aumentan, y que a la malla vial pareciera no caberle un hueco más. Ahora bien, si del dicho al hecho hay mucho trecho, esto adquiere un nuevo significado con la gestión de Ospina, donde el medio ambiente y la estética de la ciudad continúan en franca decadencia, y donde los delincuentes no solamente se encuentran desatados, sino que pareciera que complacerlos es la prioridad del alcalde. Además, deja la ciudad endeudada y con una débil imagen institucional, esperemos en que como él dijo: Pronto podamos descansar de Ospina. La ciudad necesita pasar este trago amargo lo más rápido posible.   

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De loro viejo a old parrot

Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático.

De loro viejo a old parrot
Especial para 90minutos.co

Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático.

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Junto con la clasificación absurda hecha por algún infeliz desocupado de que somos el país más feliz del mundo, hay una cantidad de vergonzantes primeros lugares que no vienen al caso, pero servirían para recordar otra nimiedad: dizque hablamos el mejor español del mundo. Otra mentira vergonzante. Una pérfida fruslería expelida por algún gaznápiro inefable. Pierda usted cuidado, no debe avergonzarse porque desconoce cinco palabras de la frase anterior. Es normal. El léxico de un colombiano promedio no llega a las mil palabras y eso que buena parte de ellas son deformaciones del lenguaje. De modo que a lo sumo –si algo puede reconocerse de nuestra forma de hablar– es que los colombianos tenemos la posibilidad de neutralizar el acento.

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En Nueva York, por ejemplo –el lugar del mundo que concentra en Queens la mayor diversidad étnica del planeta– basta con que cualquier hispano abra la boca para identificar su nacionalidad. Mexicanos, cubanos, puertorriqueños, venezolanos, chilenos o argentinos, tienen dejes y formas del lenguaje más fuertes que sus rasgos físicos o su arraigo gastronómico. No es arrogancia, pero tampoco equivocado afirmar que si no se atraviesa el acento regional, los colombianos podemos hablar ‘limpio’. No se habita un país, se habita una lengua; decía el rumano Emile Ciorán, un poeta maldito que sabía bastante sobre la divinidad de la palabra y que escribió su obra en francés. El dinamismo de la lengua y el lenguaje es un maridaje que atiende el deber ser: cada uno por lado, aunque las sagradas instituciones intenten unirlos y regularlos.  

Hay un gran abismo entre el español que se habla en la calle de forma cotidiana y el que se escribe en medios e instituciones, por eso acaso no sea una ligereza decir que logramos entendernos, pero no comunicarnos bien y tal vez allí radica una de nuestras peores tragedias nacionales. ¿Si hablamos el mismo idioma por qué llevamos tanto sin entendernos? Ha de ser porque somos muy expresivos, muy lenguaraces. Porque inventamos palabras para todo. Porque el habla ha perdido su pureza y ha ganado en grandeza. Porque las clases sociales hablan diferente. Porque la élite no habla como el populacho. Porque el metalenguaje (lenguaje infantil, técnico, informático, etc.) y el paralenguaje (el lenguaje o argot de la calle, del hampa, de la salsa, del fútbol, etc.) son sólo algunas de las madres nutricias de esa forma única de hablar que caracteriza a cada pueblo.

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¡160 idiomas se hablan en Queens! Entiende uno aquello de que Nueva York es la Capital del mundo. Latinos, judíos, chinos, italianos, griegos, polacos, rumanos, alemanes y un etcétera más largo que el Empire State acostado. Y todos intentan aprender inglés porque lo necesitan. Y todos hablan un tipo de inglés –no en términos formales claro–, sino en las maneras y adaptaciones a su lengua. Y todos se entienden y se hacen entender. Y todos conservan y preservan la propia, aunque se deban al inglés, que se convierte en otra forma de exclusión y marginalidad cuando no se habla o entiende. Si un colombiano maneja en promedio 1.000 palabras, solo utiliza el 1% de las existentes. De ahí que aprender español sea una tarea compleja, para la que no alcanza la vida, como le pasó a Rufino José Cuervo con el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana. Murió cuando iba en la letra e y la palabra espera. ¡Qué ironía!

Con empresas menos quijotescas que las de don Rufino –que tomó a sus seguidores más de un siglo concluir–, se ha intentado en este hilacho de vida garabatear el español con cierto decoro y menos aplauso, pues son mis fieles lectores un puñado de familiares, amigos de la cuadra y dos o tres féminas entristecidas con mi compañía. De modo que la noticia de que debía estudiar inglés porque a la universidad con la que trabajo le picó el bicho de la globalización y la educación virtual en pandemia, me dejó turulato. No ha sido fácil estudiar inglés con más de medio a siglo a cuestas y tratando en todo este tiempo de aprender español y tener la certeza de cuánta ilustración me falta aún en la lengua patria.

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Pero cuando toca toca, dijo la loca y se lo echó a la boca. El inglés es desde 1880 con los británicos y tras la finalización de la II Guerra Mundial con los estadounidenses, una especie de ‘lengua universal’ que atiende los designios de la globalización económica y, por efecto directo, su impacto sobre todas las culturas es inobjetable. Hay lugares de los Estados Unidos donde no se necesita hablar inglés. De hecho, hay muchos latinos que saben parlotearlo y no escriben una sola línea. Lo irónico es que haya trabajos en Colombia donde sea indispensable un nivel óptimo de lectoescritura. Y aunque las aplicaciones hoy permiten cierto nivel de comunicación, es mejor saber inglés y no depender de los intérpretes y traductores que parecieran tener nuestro destino en sus manos.

Ahí vamos entonces, volviendo a escuchar música en inglés. Sesentera, setentera y ochentera, porque de alguna manera –a diferencia del rock y el metal– atenúa la resistencia ideológica que calendas atrás me generaba la figura del yanqui colonialista. Viendo series y películas sin traducción simultánea o letreros para ver qué logro entender. Leyendo fragmentos literarios (en realidad aforismos) de Poe, de Twain, de Hemingway, de Faulkner, Dickinson; y textos periodísticos breves de Fitzgerald, Capote, Hersey, Wolfe y el gran Gay Talese, que como el Gringo Viejo de Carlos Fuentes, cruzó la frontera para bajar al patio trasero de su imperio nación. Tratando de traducirlo todo, haciendo un esfuerzo hasta hace poco impensable: pensar en inglés. Y claro, volviendo chiste esta vieja tarea aplazada.

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Así como jugar ajedrez mejora la inteligencia (para jugar ajedrez), saber inglés la fortalece para lo mismo. Conozco zoquetes que no organizan un par de ideas, pero hablan buen inglés. Y un par de amigos brillantes cuya resistencia al inglés es sólo comparable con la que le tienen al Centro Democrático. No les va mal con el vocabulario, pero su pronunciación es un despeñadero. Y de la escritura mejor no escribir. Si los gringos debieron imponer el inglés como primera lengua en zonas fronterizas con México, entiende uno que la posibilidad de insertamos en el mercado mundial requiera del inglés. ¡Nuevo colonialismo! Es una forma de conocer cómo piensa el monstruo. A eso se dedicó Nelson Mandela los 27 años que estuvo preso: a aprender inglés para intentar comprender a su opresor. Bueno, el empleo es una forma moderna de condena y esclavitud. Ya habré de liberarme.

Spanish tells me where I come from, maybe English tells me where I'm going.

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