Opinión

La decencia de Luigui Texidor

Larga vida a Luigi Texidor y gracias por enseñarnos con el ejemplo y con la música como se debe vivir la vida, como llamar con sinceridad cada cosa por su nombre, al pan pan y al vino vino.

La decencia de Luigui Texidor

Larga vida a Luigi Texidor y gracias por enseñarnos con el ejemplo y con la música como se debe vivir la vida, como llamar con sinceridad cada cosa por su nombre, al pan pan y al vino vino.

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Nació moreno porque así tenía que ser, su padre, descendiente de los africanos que 400 años atrás trajeron como esclavos a Borinquen, que era como llamaban a la isla los indios tainos, trabajaba en el Central Aguirre en el municipio de Salinas, uno de los pocos ingenios azucareros que quedaban en Puerto Rico y que había sido adquirido por Monsanto Co. unos años antes del nacimiento de Luis Guillermo Texidor Ortiz, quien vio el cielo en un manantial de sabor el 20 de Enero de 1935 en la Colonia Florida (Santa Isabel), un caserío donde vivían en extrema pobreza los trabajadores de la Central.

Ante la falta de electricidad, la diversión de Luis Guillermo era unirse con su padre en las rumbas caseras; a Él no lo apodaban guaguancó, pero le salían bien las bombas y las plenas, y entre los toques de conga de su padre empezó a interesarse por la música, en especial por la percusión, todavía no sabía que era el negrito del sabor por su voz de melaza, y todavía no lo llamaban Luigi, todos le decían Luigui como apocope de su nombre.

Fue el único sobreviviente de su familia, sus cinco hermanos murieron siendo niños, su madre murió en 1951 y su padre murió en 1953, recién cumplía la mayoría de edad y ya eran solo la pobreza y Él; decide entonces enlistarse en el ejercito, quería estudiar y esa era casi la única opción que le quedaba para lograrlo. La difícil infancia había forjado en Luigui un hombre con temperamento pero también la pobreza había sembrado en Él esa chispa del repentismo y el buen humor, herramientas vitales para el bueno sonero, que le permitieron aliviar la carga de rebuscarse el pan y el vino cada día o de acostarse con el estómago vacío.

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En Alemania durante su vida militar se dedicó al deporte, el boxeo y el béisbol eran su rutina, y además tuvo la oportunidad de conocer a Elvis Presley el “rey del Rock”, encuentro que tuvo que haber generado en Luigui la inquietud de cantar y cimentado aún más la posibilidad de dedicarse a la música. En 1956 estaba de regreso en Puerto Rico, con 20 años, tenía ya una vida completa recorrida digna de contarse y cantarse en canciones que el mismo escribiría muchos años después.

Su sueño de niño, el sueño de muchos puertorriqueños, lo cumplió y de sobrada manera, durante 14 años hizo parte de la Sonora Ponceña, una de las bandas más populares y experimentales de la salsa, allí desarrolló y desplegó toda su inventiva y voz sonera dejando para la eternidad grandes interpretaciones y pregones que el barrio más de 40 años después sigue cantando en la calle y en la esquina.

En 1977 abandona La Ponceña dejando como despedida la tremenda interpretación de Boranda, uno de los temas más recordados de la salsa; Bobby Valentín quien por esos días ya no contaba con la voz festiva y recursiva del Marvin Santiago, al darse cuenta de la vacancia de Luigui, quien estaba firmado con FANIA, le pide a Jerry Masucci autorización para grabar con su banda y este, en un acto de inusual generosidad acepta, y no tendría porque haberse negado, el Bobby fue fundamental en la formación del sonido de la Fania All Stars.

Y ya convertido en Luigi, por obra y gracia de Jerry Masucci que le sonó mejor el nombre en acento italiano que el Luigui de sus años de barriada en la Colonia Florida, llega a la banda del Bobby con una sorpresa musical bajo el brazo. Francisco Alvarado “Chalina” miembro también de la Sonora Ponceña desde su primera grabación, quien había logrado conocer a Luigui, perdón Luigi, durante todo el tiempo que compartieron juntos en tarima le había escrito una canción que reflejaba su vida y la vida de la raza que representaba: “Moreno soy”; lo habían interpretado en vivo por mas de un año pero Papo Lucca no alcanzó a llevarlo al vinilo antes de la salida de Luigi, y si, Bobby Valentín lo grabó y lo tituló “Nací Moreno”, y fue el tema que abrió el lado A del álbum Musical Seduction de 1978.

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Musical Seduction fue un total éxito, la voz de Luigi Texidor bautizada con los tres toques de la conga ya cultivaba el pasó de los años de vida sonera; esta maduración se siente especialmente en el tema Todo El Mundo Escucha, que inicialmente había grabado Luigi con la Sonora Ponceña en 1971, sonaba casi una década después mucho más potente en la versión que vocalizaría para el Bobby Valentín, y junto a Linda Teresa y Nací Moreno, serían los temas más bailados de este álbum.

Preparaba entonces Bobby Valentín el segundo álbum con Luigi Texidor y fue nuevamente a tocar las puertas de Jerry Masucci, este con ojos de dollar y ante el éxito del álbum Musical Seduction bajo un sello que no era el suyo le pide al Bobby por el préstamo de Luigi una suma exorbitante que era impagable por cualquier banda salsera, decide Bobby entonces buscar otro vocalista, encontrando al Cano Estremera, y decide Masucci lanzar como solista a Luigi con un primer álbum titulado El Negrito del Sabor, alias vendedor que hacia énfasis a la festivas interpretaciones de Luigi de los temas salseros, pero dejaba de lado una cualidad muy valiosa de este sonero, su forma de reflejar la dura vida que la había tocado en canciones que dejaban un mensaje universal exaltando virtudes como la humildad y la decencia.

Fueron muchas más, pero quiero resaltar cuatro composiciones de Luigi Texidor que con letras y prosas sencillas nos dan una idea de la vida de este gran sonero y que después de bailarlas y cantarlas nos dejan en el corazón un mensaje aplicable a muchos momentos de nuestras vidas.

Quien trabajará. La grabaría Luigi en su primer álbum como solista en 1979. A manera de sátira nos dice que el pobre es el único que trabaja y si este desaparece “Quien va a repartir la leche, quien nos va a traer el pan”, pero también “con dinero para gastar quien va a doblar el lomo”. Igualmente en este primer elepé de Luigi como solista viene uno de los clásicos de las salsotecas compuesto por el Tite Curet: “Tema de una flor”.

Para su segundo álbum como solista se hace más justicia con la figura de Luigi Texidor y lo titulan “Caballero” que es como se le debe reconocer  cuando se ha conocido su vida recorrida. En este álbum son dos composiciones monumentales de Luigi las que se prensan: “Decencia” y “El testamento”. La decencia, con los arreglos de Luis Quevedo, es una canción que habla de una de las virtudes que a todos nos debería acompañar, “que no se tiene por el color, ni por credo ni por raza, tampoco se guarda en casa, se lleva en el interior”, y que “para mucha gente es palabra desconocida, misión imposible, para una mente torcida”.  Por el otro lado “Mi testamento”, es un disco jocoso pero lleno de mucha realidad sobre la doble moral de la sociedad, “Que nadie llore, que nadie grite, mi testamento dirá no sientan pena, que nadie diga de mi que bueno era”, si en vida no hubo sinceridad, que no se espere a la muerte para valorar a las personas en toda la extensión de su existencia, que nadie lloré que nadie grite.

La pobreza y yo, es el ejemplo claro de como un mensaje sencillo puede calar en lo mas profundo y acompañarnos forever si va adornado de una melodía que invite al canto y también al baile, por eso no se debe mirar de manera inofensiva cuando el pegajoso reguetón lanza tanto mensaje misógino en canciones que se repiten hasta la saciedad por todos los medios sonoros; volviendo a La Pobreza y Yo, fue una  composición de Luigi Texidor para el tercer elepé de la Sonora Ponceña de 1971 la cual puede leerse de muchas formas, una de ellas es la de siempre conservar a los amigos que nos acompañaron en los primeros años cuando caminábamos en las calles sin asfalto, porque puede pasar que cualquier caso fortuito, quizás una pandemia, nos vuelva a llevar a morder el polvo, y nos toque desde abajo volver a comenzar.

Y con la pobreza, volverme a encontrar, porque la pobreza y yo somos hermanos.

Larga vida a Luigi Texidor y gracias por enseñarnos con el ejemplo y con la música como se debe vivir la vida, como llamar con sinceridad cada cosa por su nombre, al pan pan y al vino vino.

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“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava

construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban

por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.”

Cien años de soledad – Gabriel García Márquez.

Ayer no más, hace 25.000 años, las límpidas aguas del Río Cauca fluían por donde hoy intenta correr la Autopista Simón Bolívar. Quienes conocen Cali saben que el trazado de esta otra mentira (la ciudad no tiene autopistas), dista cuando menos un par de kilómetros de la orilla de la cloaca en la que hemos convertido el mayor afluente del Magdalena, la gran alcantarilla nacional. La Simón (así le decimos los confianzudos) se trazó hace casi 40 años (no se ha dejado de construir) y se sumaba a la gran pavimentación de lo que fueran los extensos humedales y zonas lacustres de la antigua corriente. Las lagunas de Charco Azul, Aguablanca y El Pondaje, todas estrategias de desecación que regulaban las aguas en invierno, terminaron cubiertas por escombros y –gracias a visionarios politiqueros y urbanizadores piratas- por ranchos miserables que, dada la resistencia, el empuje, la laboriosidad y los sacrificios de los huyentes pobres, la migración convirtió en el inmenso Distrito Especial de Aguablanca.

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Pero, ¿cómo se corrió el río? No, no fueron los políticos. Aunque en Colombia se pueden robar un río como el Ranchería en Guajira, para regar el carbón de la Anglo Gold Ashanti y reducir las molestias causadas por el viento, dejar sin agua a todo el pueblo wayuu y alterar sus ya precarias condiciones, fueron los seis afluentes de la ciudad los que empujaron el Cauca hasta Juanchito. Los ríos Pance, Lili, Meléndez, Cañaveralejo, Aguacatal y Cali, con su carga de sedimentos provocaron que el Caucayaco (así le decían los aborígenes) se marchara al que muchísimos años después se inundaría con la rumba caleña y otros efluvios. El fenómeno se denomina técnicamente colmatación. Y eso que la presencia humana en estas tierras es de antier apenas, 30.000 años. El gentío vino después. Para 1793 habitaban el villorrio 6.548 almas y 1.106 eran ‘desalmados’, mejor dicho, esclavizados. 200 de ellos de la Hacienda Cañasgordas, que iba desde el Río Cañaveralejo hasta el Río Jamundí y desde Los Farallones de Cali hasta el Río Cauca. Esa era la tierrita del Alférez Real, el más destacado lameculos del Rey en estos dominios.

En 257 años Cali era el asentamiento que más había prosperado de todos los que refundaron los españoles en la zona. Sabrán ustedes que ellos -los gilipollas- no fundaron nada. A su llegada, moraban en la zona aledaña a la hoy capital vallecaucana 40.000 seres, que un siglo después no superaban el millar. La espada, la cruz y las enfermedades, mataban seres como “moscas”. Así les decían los ‘conquistadores’ a los muiscas, término que para los nuestros significaba hombre. Y no era la comunidad más grande de lo que hoy es Colombia, habitada entonces por entre 80 y cien pueblos indígenas. En lo que hoy es Cartagena, estaba Calamarí, un lugar donde convivían 300.000 seres humanos. Y en la sabana de Bogotá medio millón. Pero volvamos al cauce. Sólo en los últimos 30 años el nivel de turbiedad del Rio Cauca alcanza las 30.000 partículas. Y el dato lo arroja una medición que se hace en Cali, en Valle del Cauca, el segundo departamento de los siete que toca en su recorrido de 1.350 km desde el Macizo Colombiano hasta el Brazo de Loba en la Depresión Momposina. Son más de 180 municipios los que le arrojan sus inmundicias y Cali, la salsera, la resquebrajada y atormentada Cali, la flamante Sucursal del cielo, deja al río con cero niveles de oxígeno. Y, aun así, la vida continua. ¡Increíble!

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La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa. En el museo que le rinde homenaje en Honda-Tolima, pueden verse fotografías que hoy resultan inimaginables. “Colombia es un regalo del Río Magdalena”, asegura el antropólogo Wade Davis en su libro Magdalena. Historias de Colombia (2021). Esta nación no hubiera sido posible sin el Magdalena y sin Honda; así como el país vallecaucano no hubiera sido posible sin el Cauca y sin Cali. No le hemos hecho museo al Cauca, pero se evocan tiempos mejores, cuando los barcos a vapor debían alternarse para descargar en Puerto Mallarino o los aviones acuatizaban en su lecho, mientras se suspendían las regatas de las elites caleñas que lo recorrían en sus lanchas mientras pescaban, cazaban y se emborrachaban. Hoy como hace millones de años, serpentea en esta pampa de 420.000 hectáreas de origen aluvial todavía manso (en lengua indígena, cauca) y, tal vez por ello, agonizante.

Los expertos aseguran que al río hay que meterle ciudadanía. No más burocracia y papelería. La institucionalidad se queda en diagnósticos; y las buenas intenciones y acciones, en los ideales de Quijotes que trabajan prácticamente solos. Desde 1998 se han barajado más de 35 propuestas para garantizar los 8.500 litros de agua que en promedio consume Cali por segundo y sólo una es viable: recuperar el Río Cauca, que aporta el 75%. Pero la lógica parece habérsela llevado el río hace tiempo. A escasos metros de la bocatoma, inaugurada en 1978 para una población 1’100.00 habitantes, Cali arroja sus aguas residuales. Es decir, le echa mierda al agua que ha de beber. En 70 años el río ha perdido más de 100 de sus 135 madreviejas, viejos cauces reguladores. Salvar un río no es cuestión de un gobierno, sino de varias generaciones. Así se solucionan los grandes problemas: con el trabajo permanente de todos y en el tiempo.

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Si la humanidad depredadora camina con los ojos abiertos hacia el abismo, a pesar de todas las advertencias, podemos decir que en Cali vamos rumbo a la sequía con una costosa botella de agua en la mano. Porque no es sólo la cantidad, sino la calidad del agua la que está en juego. El suministro de agua del Cauca es insostenible en el tiempo sino se comienza ya un proceso de recuperación que supone trabajar en su cuenca. En 25 años la escasez será inminente. Racionamientos primero y luego cortes totales. Con una población tres veces menor que Bogotá, Cali consume 1.75 más que un habitante de la capital de la república. La advertencia, y la mayoría de datos de este texto, los escuché con asombro en el diálogo Entre ríos: el Magdalena y el Cauca, realizado en el Auditorio Changó de la Feria del Libro de Cali, con el ronronear del Río Cali en el fondo tras un aguacero pertinaz.

Si en Inglaterra recuperaron el Támesis que atraviesa Londres; en Alemania el Elba, cuya contaminación era tal que podían revelarse rollos fotográficos en sus pútridas aguas; y el Rhin, que costó 50 mil millones de euros, será posible salvar el Cauca. Sería otra de las tantas cosas que podrían hacerse con los 50 billones de pesos anuales que se embolsilla la corrupción y que cubrirían dos veces lo destinado a transporte, agro, justicia, inclusión social, comercio, industria, turismo, ambiente, desarrollo, relaciones exteriores, deporte recreación, planeación, comunicaciones, cultura, ciencia y tecnología. Pero el recién aprobado Presupuesto General de la Nación la semana pasada redujo un 18% el rubro para Ciencia y Tecnología, vital en la tarea de recuperación ambiental. Todos estos procesos de redención de ríos emblemáticos duraron más de 20 años. Allá no faltaban normas ambientales, lo que hacía falta era voluntad para cumplirlas. Por eso todos los panelistas insistieron: al río hay que meterle ciudadanía. No otros cien años de soledad, digo. Es un río joven, apenas tiene dos millones de años, pero ya parece un viejo recuerdo.

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