Columnas

Sin mucho para celebrar

Y en Colombia asistimos impávidos a la crisis de unos medios alejados de cualquier intención de cimentación social.

Sin mucho para celebrar
Blog de Lizandro Penagos

Y en Colombia asistimos impávidos a la crisis de unos medios alejados de cualquier intención de cimentación social.

Compartir

Y de nuevo las modernas credenciales inundaron las redes con cartelitos descontextualizados con frases de García Márquez o Ryszard Kapuściński, para conmemorar el Día del periodista. Unas líneas bonitas arrancadas de cualquier portal, repetidas hasta el cansancio para pregonar aquello que el periodismo ya no es y acaso nunca haya sido. Para decirlo en el argot periodístico, unos refritos sin interpretación o contexto, que ponen en evidencia que sus emisores no han leído tres párrafos completos del autor de las mismas. Con honestidad debe reconocerse, que el periodismo nacional –por lo menos el mediático- es un fiasco, una caja de resonancia del poder y un ejercicio de espaldas a la realidad del país.

Todo el periodismo, incluso el mal hecho, permite sondear la sociedad a la que pertenece y los niveles de construcción o devastación de la misma. Y en Colombia asistimos impávidos a la crisis de unos medios alejados de cualquier intención de cimentación social; y preocupados exclusivamente por la reputación y el bolsillo de sus propietarios. El modelo de negocio cambió y arrasó con la ética, porque libertad e independencia no ha habido nunca. Estamos ante la reproducción de información cuyo fondo es la manipulación, donde la repetición incesante de mentiras intrascendentes son mostradas como novedades de suma importancia que solo intentan perpetuar nuestra profundos abismos sociales.

La doctrina de la derecha tradicionalista, enmarañada de corrupción y dominio, se propaga por los medios como un coronavirus nacional que lo debilita todo, con saña e iniquidad. La mayoría de los medios nacionales no atienden el país y sus regiones. Aquí los noticieros de televisión se regodearon con la muerte de Kobe Bryant y apenas reseñan la de cada líder social. Se solidarizaron con el positivo de Robert Farah y después con su absolución, pero apenas nombraron a la treintena de deportistas nacionales que en la misma situación no tienen una familia adinerada que pueda pagar un abogado. Se alarman por los muertos en Wuhan y no dicen nada por los que mata la malaria todos los días.

Tal vez sea el problema de lo viral, de todo aquello que se masifica en un instante, eso que el mundo virtual pide como un heroinómano encabronado, ese tremendo mal de lo inmediato que nos corroe célula a célula, el mismo que de una noche para otra nos convierte en orgullosos caleños porque Cali Pachanguero suena de fondo en la ceremonia del cine desde el que se nos impone casi todo, pero no hablan de esa Cali matadero. Los mismos que como los cinéfilos de ocasión no se han visto ninguna de las películas nominadas, pero en la noche de los Oscar se unen al coro de cineastas que impone Hollywood, para pontificar sobre lo que les han dictado en las redes. La cuestión es no quedarse por fuera del concierto de likes y figurar en este mundo.

Le puede interesar: 

https://90minutos.co/ya-ni-medios-lizandro-penagos-20-12-2019/

A ningún colombiano o latino le debe ser indiferente que Shakira y J.Lo actúen en Super Bowl y que ritmos hasta hace muy poco vistos como obscenos y del populacho, como el mapalé o la champeta, esa noche junto con los acordes negros del Bronx, hayan destacado. Lo grave es desconocer la virulenta realidad de quienes con su trabajo soportan el peso del imperio. Y más aún, que en Colombia, que en Valle del Cauca, que en Cali, quienes hacen música y arte se mueran de la manera más miserable, como Oliva Arboleda Cuero o Samuel Caicedo Portocarrero, que lo entregaron todo y no tuvieron nada, no dejaron nada, ni siquiera con qué brindarse un sepelio digno.

Y los medios registraron las noticias de sus muertes, pero por ningún lado emergieron para denunciar el abandono estatal ante sus enfermedades, las precarias formas de contratación que nos les permitieron seguridad social, las difíciles situaciones que enfrentan en su patria los que enarbolan su bandera por el mundo. Solo la caridad y un evento en la Cevichería Guapi, permitió recolectar fondos para despedir a quienes desde la danza hicieron de este un mejor vividero. Algo similar ocurrió con Washington Cabezas, de Washington y sus latinos, tal vez la más importante orquesta salsera de Colombia antes de que nos vendieran productos como Maluma.

En La Topa Tolondra y en Zaperoco, los músicos caleños -o radicados en Cali, pues hay de todo el Pacífico y el país- hicieron dos maratones salseras con el mismos fin, ayudar a quienes tocados por el infortunio, no tienen más apoyo que el de sus colegas, un conjunto de hombres y mujeres solidarias, que cantan para subsistir, que tocan para ganarse la vida y alegrar la existencia. Todos al unísono para apoyar también al bajista Mike Arango, que además de gran músico, es abogado y dicta clases de matemáticas a los hijos de sus colegas sin cobrar un peso. Y ayudar a Wencer Aguilar, un gran bongosero caído en desgracia. Todos bajo la batuta del maestro Tarry Garcés, un hombre con dos cualidades que de a poco se pierden: la honestidad y el buen humor. El mismo que al ser contactado para participar del documental sobre Jairo Varela, respondió: “Yo no tengo nada qué decir de ese granh…”. Y ahí lo dijo todo.

Historias que se pierden en el mar de babas en el que flotan los medios. Historias que cambian vidas, que hacen patria, que construyen nación. No pantomimas como las de Guaidó o Duque, o detenerse en el traje de Aida Merlano y no en sus denuncias. O en el futuro y no el pasado de cada Fiscal. Que ayudarían a levantar este país de sus ruinas éticas y morales, donde a casi nadie le gusta escuchar la verdad. Que rinden homenaje al periodismo serio. A ese que cuando se hace bien, con fundamentos éticos e investigación, cimentado en los principios que rigen el deber ser social, anclado en los valores humanos y en sus derechos, el buen periodismo es el faro desde donde se guía a la sociedad y se enciende la luz bajo cuyo amparo se escribe la historia.

Vea también: 

https://90minutos.co/que-lidia-blog-lizandro-penagos-cali-15-01-2020/

 

Lee más noticias

Columnas

El miedo que no se va

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

El miedo que no se va
Tomado de Unsplash. / Imagen de referencia.

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

Compartir

Por: Carmen Andrea Rengifo, periodista caleña, excorresponsal de medios de comunicación en Venezuela

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente. En agosto de 2018 terminó mi vida allá, después de ocho años de ejercer periodismo bajo persecución, miedo constante y ataques. Ser corresponsal en una dictadura no solo te quita la tranquilidad, te va rompiendo por dentro.

Desde entonces he querido volver para abrazar a mis amigos, a mi familia escogida, para caminar por las calles que por años fueron mi hogar. No he podido. Me da miedo. Y me duele porque el miedo no debería expulsarte del país que amas.

Únete a nuestro canal de WhatsApp

He atravesado distintos duelos por la salida, pero sobre todo por ver, año tras año, cómo las esperanzas se esfumaban. Cómo cada intento de salida democrática era aplastado por el chavismo que se convirtió en madurismo radical cerrando más medios, encarcelando opositores, persiguiendo periodistas, robándose elecciones, controlándolo todo.

Y esto no es una opinión personal, es una realidad documentada. Presos políticos, ejecuciones extrajudiciales, censura sistemática, millones de personas obligadas a huir. El chavismo es una dictadura. Negarlo es insultar a los millones de víctimas venezolanas, porque las víctimas no son solo los muertos o los perseguidos, también son a quienes les tocó que abandonar su patria en busca de un mejor futuro.

Y, sin embargo, hoy estamos parados frente a otro punto de quiebre, una situación compleja, delicada y hasta peligrosa.

Lea además: ¿Cómo impactará la captura de Maduro a Colombia? Analistas explican detalladamente

Nicolás Maduro fue un dictador. Lo fue, y lo digo en pasado porque ya no está en el poder.

La pregunta es: ¿qué viene ahora y a qué costo?

Cuando una dictadura elimina todas las salidas democráticas, la historia ha demostrado que la única opción es violenta y entender esto no significa celebrarlo. Que algo parezca inevitable no lo vuelve justo.

No puedo celebrar ataques ni intervenciones que se presentan como liberación que están atravesadas por intereses económicos explícitos. El petróleo venezolano es una ambición declarada por muchos países, un producto que se ha convertido en la maldición de ese país.

Hoy, además, el discurso que vuelve a imponerse desde Estados Unidos habla de control energético, de recursos, de poder. Cuando la narrativa se convierte en moneda de cambio, el pueblo queda reducido a una cifra o a la nada.

Y entonces me niego a elegir entre dos formas de violencia: la de una dictadura que destruyó a su pueblo y la de la geopolítica que dice venir a salvarlo. Mientras calcula sus beneficios y lo dice sin pudor, como si el país le perteneciera.

Entiendo la rabia. Entiendo la celebración de quienes sienten que, por fin, algo se mueve. Las preguntas que he escuchado por años desde Venezuela son siempre las mismas: ¿qué va a pasar?, ¿hasta cuándo esta situación? No juzgo ese alivio.

Lea además: Delcy Rodríguez se pronunció tras captura de Nicolás Maduro en Caracas

De alguna forma, también me siento aliviada al saber que Maduro ya no está en el poder, pero mi preocupación más profunda está en quienes hoy salen a abastecerse con miedo, en mis amigos, en mis colegas, en la gente que está atrapada en medio de órdenes y decisiones de las que no fue parte.

A estas alturas no está claro qué está pasando ni quién está mandando realmente. Si la jugada era sacar a Maduro del poder, lo cierto es que el resto de la estructura dictatorial sigue ahí, al menos hasta ahora. Delcy Rodríguez de presidenta, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y la cúpula política y militar aparecen juntos, cerrando filas, reacomodándose, defendiendo con fiereza lo que queda de un régimen que no se ha desmantelado.

Y Estados Unidos, sin pudor, escala el discurso a uno que atiza la confrontación entre hermanos venezolanos y latinoamericanos, un discurso que no es de cuidado ni de reparación, sino de condiciones y advertencias. Donald Trump ha sido explícito: si no se cumple lo que exige, habrá más ataques. No habla de democracia, habla de control, de recursos, de fuerza. Y cuando una salida se plantea así, la vida de la gente vuelve a quedar en riesgo.

A eso se suma algo aún más inquietante para la región: las declaraciones de Trump contra México y Colombia y contra el presidente Gustavo Petro, insinuando escenarios que no solo son irresponsables, sino peligrosos.

Colombia no es Venezuela. Aquí no hay una dictadura. Y normalizar ese tipo de discursos es abrir la puerta a una violencia que este país ya conoce demasiado bien.

Esta no es una postura partidista ni ideológica y me niego a aceptar que me califiquen o me pongan de un lado o del otro desde los radicalismos. Por estos días, me han dicho desde facha hasta guerrillera. Y no, ese discurso radical que nos quieren imponer ya lo conozco, ya lo conocemos y siempre termina mal.

Colombia y Venezuela son países vecinos y profundamente conectados no solo por los miles de kilómetros de frontera que nos une sino porque nos reconocemos como pueblos hermanos. Lo que ocurra allá nos atraviesa aquí en esta Colombia, herida, preelectoral, polarizada y rota, que debería mirar este momento con cuidado, sin fanatismos y sin repetir ese lenguaje de odio y de acciones violentas que tanto daño nos han hecho.

Defiendo los derechos humanos por encima de todo. No soy de medias tintas, no los defiendo según quién oprime o quién interviene. No los defiendo ni por ideología, ni por partidismos. Los defiendo siempre, sin excepciones y sin bandos. Los derechos humanos son lo que nos hace humanos.

Son horas complejas y no puedo sentir alivio cuando no se sabe qué va a pasar mañana allá y acá, ni quién decide, ni hasta dónde puede escalar todo esto.

Tal vez no había otra salida. Tal vez esta era la única salida posible.

Pero mientras el miedo y el control sigan enquistados en un pueblo y empiecen a extenderse como amenaza sobre toda nuestra región, no hay alivio posible. Mucho menos cuando se habla de intervención con tanta facilidad, desde la comodidad del micrófono o las redes sociales o la distancia, como si no se tratara de vidas reales. Colombia no es Venezuela, pero tampoco está al margen. Y normalizar ese lenguaje es abrir una herida que nuestro país ya conoce demasiado bien.

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales:

Lee más noticias

Columnas

“El falso feminismo es una gran lacra”

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

“El falso feminismo es una gran lacra”
Especial para 90minutos.co

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

Compartir

Primero lo primero. Nadie debe besar a nadie en contra de su voluntad. Eso debe estar claro y no amerita discusión alguna. Ni hacer absolutamente nada que no sea acordado, aunque ese acuerdo en las relaciones interpersonales suele ser tácito.

De lo contrario, estaríamos al frente de la deshumanización y la automatización de lo idílico, de los flirteos iniciales del romance convencional, los galanteos o ligues precedentes, previos al enamoramiento. Valga decir que estamos ante la sexualización de las relaciones interpersonales en una sociedad “datasexual” e “infómana”, que todo lo publica y debate en redes por íntimo que sea.

Segundo. Ante la sexualización de relaciones entre humanos que no necesariamente buscan un encuentro sexual o una relación de pareja, tocará conocerse a través de una aplicación y llenar un formato donde se pida autorización para dar el primer beso, que se da con la mirada y tiene una profundidad que llega hasta lo más insondable del alma y lo más recóndito del espíritu.

O salvoconducto para tomar una mano entre las nuestras, que es la forma más genuina de la caricia. O una licencia para abrazar, la maniobra más efectiva para unir los pedazos de un corazón roto. Porque hay lenguajes del cuerpo que trascienden todos los lenguajes.

Tercero. Un amigo entrañable dice –para casos como el de esta columna y su título– que sale flote mi vocación de sparring, esa propensión a pelear para que otro mejore sin más recompensa que recibir golpes como opositor invisible.

Lo anterior, por supuesto, no alcanza para una disposición permanente al suicidio por mano ajena, sólo una provocación reflexiva esporádica –belicosa si se quiere, una pulsión del pensamiento crítico que siempre será mejor que agarrase a golpes– que espero no se convierta en inmolación.

Lea también: Autoridades vs. Usuarios: Este es el panorama de seguridad en el MÍO

Cuarto. El motivo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica alrededor del beso de Luis Rubiales, presidente de la Federación Española de Fútbol, a la jugadora de la selección española, Jennifer Hermoso, tras la obtención del título mundial en Australia.

¿Impulso emocional o agresión razonada? Opinar es una moderna y novedosa forma de suicidio social, pero qué carajos, cuando uno tiene más pasado que futuro, madrazos y aplausos se reciben con la misma actitud: usted piense lo que quiera que yo escribo lo que pienso.

No hay quinto malo. En España y en buena parte del mundo occidental, la situación ha dado para todo. La condena social ha sido una cacería mediática que tiene visos de melodrama y película de terror.

Un beso catalogado como violencia sexual, que el acusado ha considerado un pico espontáneo y consentido, dos términos que de entrada encierran una gran contradicción o, por lo menos, un ingenuo contrasentido. Y la mamá de la implicada, califica como algo intrascendente frente al título mundial.

“Que el hecho no quede impune”, ha manifestado la jugadora y el sindicato de jugadores pide la cabeza del calvete que ha dicho que “el falso feminismo es una gran lacra en España”. Y ahí fue Troya. Lacra es un escupitajo. Por supuesto, lo que no se cuenta en los medios ni se ventila en las redes, es que detrás del hecho está la disputa política por un cargo con unas implicaciones económicas y sociales tremendas.

Les va bien entonces a las aves de rapiña y a las jaurías de hienas, propiciar y esperar la muerte del atacado para acceder sin reparos al sanguinario festín.

El escándalo del beso siempre es carroña para los medios. Con este, el ingrediente adicional es la llamada “violencia de género”. Los picos entre Britney Spears y Madona, y entre la reina del pop y Cristina Aguilera, confirman que las ninfas son adorables. Entre Johnny Deep y Jimmy Kimmel, ratifican una amistad sin prejuicios.  

Entre Sandra Bullock y Scarlett Johansson, que ya quisiera era uno ser el labial. Y entre Miguel Bosé y el colombiano Manuel Medrano, un mensaje de amor artístico, según afirmó en su momento el cantante de Una y otra vez.

Todos, besos entre personas del mismo sexo, algunos de los cuales no se han declarado bisexuales u homosexuales. Al fin que –para los dos casos: la elección de su sexualidad o la revelación pública– es su decisión.

Le puede interesar: Será extraditada a Estados Unidos la famosa diseñadora caleña, Nancy González

Pero volvamos a la pelota, sin más enumeraciones, pero sí con cifras. En el pasado mundial un medio de Sidney registró 30 casos de jugadoras lesbianas o bisexuales. Y lo hizo para argumentar de manera contundente que señalar a todas las futbolistas como lesbianas, es como asegurar que no hay hombres futbolistas homosexuales.

En los dos vestuarios habrá todavía quienes no se atrevan a salir del closet y eso debe respetarse. Una sociedad llena de prejuicios, manipulada por la tecnología, no es el mejor indicador de equilibrio. Amén de la “demencia libertina” que padece esta sociedad, para evocar la condena al Marqués de Sade.

El pecado de Rubiales fue darle un pico a una mujer (dice él que, con su consentimiento, afirmación que ella ha negado); una mujer que si bien no ha declarado su orientación sexual (no está obligada a hacerlo) es vocera LGBTI+ y tiene gran influencia en su país pues es la goleadora histórica de su selección.

Hay nuevas formas de masculinidad, mucho más afines y respetuosas que el legado patriarcal. Pero también –hay que decirlo sin temor a ser lapidado– equivocadas formas de feminismo que rayan en lo que algunos han llamado ‘hembrismo’.

Es un fenómeno en boga, tal vez ese “falso feminismo” al que se refiere Rubiales con el infeliz adjetivo al final. Mujeres en apariencia empoderadas que basan su vida en actuar como actúa un hombre machista, porque con esa actitud creen reivindicarse.

No, no es imitando a los hombres que una mujer se libera de las formas atávicas del machismo pasado. Es con inteligencia, no con superioridades ficticias ancladas en prácticas culturales también condenadas a los hombres.

El alcoholismo y la promiscuidad –para citar sólo dos ejemplos– no está bien ni para hombres, ni para mujeres, ni para nadie.

Los niños pueden llorar y jugar con muñecas; y las niñas pueden jugar fútbol y con carritos. Los estereotipos nos han hecho mucho daño y siguen haciéndolo. Un vocabulario soez es vulgar en la boca de cualquiera, independientemente de su sexo y sexualidad.

La agresión sexual lo es al margen de quién la ejecute. La agresión física es tan grave como la agresión verbal o psicológica, venga de quien venga. El feminicidio debe condenarse tanto como el masculinicidio o androcidio, aunque el último no tenga aún soporte jurídico.

No es una cuestión sólo semántica, es un asunto social que debe atenderse en aras de la convivencia.

Vea más contenido: Actriz de Chepe Fortuna sufrió un derrame cerebral: ¿Qué le pasó?

La sola andanada de insultos e improperios que desencadenará este texto, son una prueba misma de lo que aquí se plantea. Emergerán reencarnaciones de Lilith, de la femme fatal, que fue todo lo contrario de la esposa fiel y la madre abnegada.

La mujer que se rebeló contra Adán, la que lo desafió, la que sólo quería copular encima de él y gustaba de la sangre de los niños y el semen desperdiciado de los hombres. La que tuvo muchos amantes por su sexualidad desenfrenada, ilícita y morbosa; y que la llevó a terminar desterrada a orillas del Mar Caspio al lado de Asmodeo, un monstruo horripilante con lujurioso deseo carnal similar al de ella, con el que se dedicó a engendrar miles de demonios.

¡Habrá algo más machista! Sí, que cualquier género se considere superior a otro en el aspecto que sea.

Ya está bien de tanta satanización. Ya está bien de tanta guerra de sexos. El listado de los futbolistas que se han besado con sus compañeros da para una enciclopedia y no han hecho tanta escandalera. No armen más tormentas en aras del respeto y de la igualdad.

Mujeres y hombres son infieles. Hombres y mujeres maltratan. Mujeres y hombres quieren imponer dominio. Hay buenas y malas personas en los dos sexos y en las múltiples sexualidades. Inventen los géneros que quieran, que cuando de genitalidad y enfermedades se trate irán sólo adonde dos especialistas: ginecólogo y urólogo. Ahí les queda pues. ¡Pasen al festín!

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales:

Lee más noticias

Columnas

El zar de Puerto Tejada

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

El zar de Puerto Tejada
Especial para 90minutos.co

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

Compartir

A Pedro Antonio Zape Jordán le cuesta pararse, poner de pie su humanidad para recordarle a la vida que los robles son mortales, pero inquebrantables en su porte y robustez. Es el peso y el paso de los años que sin embargo no le impiden erigirse como uno de los más grandes arqueros del fútbol colombiano de todos los tiempos. Es de pocas palabras y de muy buen humor. Maneja un doble sentido que, como debe ser, se mueve entre la simpleza y la perversión. Como todas las leyendas vivas, parece más grande de lo que es y a sus 74 años los brazos todavía se le descuelgan de sus hombros como los dos largueros de las porterías que protegió cual cancerbero del infierno durante 22 años, del 66 al 88.

Como en el cuento de Gabo, El ahogado más hermoso del mundo, este hombre desde siempre ha tenido cara de llamarse Pedro, Pedro el grande. Así se llama el documental que le hizo Héctor Fabio Grueso, para rendirle homenaje. Podrá no ser el título más original –así era llamado Pedro I, el zar de la dinastía Romanov de Rusia–, pero es verdad. El que sí es muy original es el nombre de la productora: Grueso calibre. Este hombre nacido en Puerto Tejada-Cauca, estaba condenado a la grandeza en la dinastía Zape. Todos sus hermanos jugaban fútbol y para Pedro Antonio –el más entrañable de ellos, Constantino, ya fallecido–, era mejor que él. Su inspiración. El modelo que quiso seguir.

Por eso, porque no ser creía el mejor, cuando llegó al fútbol profesional no jugaba con el número uno en la espalda, como la mayoría de los guardametas, sino con el 24 o con el 22, o con cualquier número o camiseta que no tuviera dueño. El número nunca tuvo nada de especial, sólo que estuviera disponible. Pedro Antonio no era el más alto, pero sí el más ágil. No era el más fuerte, pero sí el más corajudo para enfrentar a las tribunas del Pascual Guerrero cuando lo silbaban. Afirma sin titubeos que cuando lo ofendían atajaba de todo. Su partido era una lucha aparte contra la dignidad. Jamás sufrió delirios de grandeza y todavía hoy, mira al piso como buscando respuestas ante el que considera un inmerecido homenaje. Tal vez por esa humildad que nunca fue necedad, era un tipo cuya calidad en aquellos tiempos a casi nadie le cabía en la imaginación.

Le puede interesar: ¡Cracktalina!

A él tampoco le cabía ni en la cabeza ni el corazón que el auditorio principal de la Escuela Nacional del Deporte estuviera tan lleno y que tantos amigos del fútbol hubieran acogido el emocionante llamado de la distinción reservada para aquellos que sobresalen de la manada. Varias veces los ojos de los asistentes auscultaron detrás de las gafas del portero, si las lágrimas se asomarían en los ojos algo apagados pero pícaros de un hombre sinigual; o atendieron con sigilo si la voz se le quebraría, pero el arquero estiraba su espíritu con un silencio breve y despachaba la nostalgia con una sonrisa, que es como uno de esos saques que promueve un contragolpe certero, que por supuesto, termina convertido el gol.

Cada vez es más extraño encontrar a una persona a la que todos quieran sin reparo alguno. Hasta sus regaños y ‘putiadas’ en medio del juego y los entrenamientos, se recuerdan con cariño. La mayoría lo considera el número uno. Sí, el mismo que nunca buscó tener en su espalda y ahora porta como estandarte en el espíritu, en el corazón, en el alma, en cualquier de esos lugares intangibles donde se guarda lo que no se puede tocar, pero se puede sentir. Son cosas del alma, dice. Guarda silencio. Parece melancólico. Baja la cabeza. Se acerca el micrófono y remata: “Son cosas de alma, del almanaque”. Como buen humorista, no se ríe. El auditorio estalla en una sonora carcajada.     

A reventar, así estaba el lugar en el que se dieron cita viejas glorias del fútbol. Muchos merecen iguales o mejores homenajes. Le dieron todo al fútbol y éste les devolvió un par de monedas y muchas patadas, algunas de ellas con nombre propio: indiferencia y olvido. Algunos como Jairo el Maestro Arboleda y Ángel María el Ñato Torres se conservan bien, atléticos y con una figura longilínea. Aunque canosos y con los pliegues de la vida como medallas en el rostro. Eduardo Niño, como si no hubieran pasado los años y el Profe Barragán, en lo suyo, el liderazgo. Norman Emilio el Barby Ortiz, Oscar el Moño Muñoz y Pedro Nel Ospina, unos abuelitos adorables que evocan sus años mozos con una picardía apenas comparable con la del ahora reposado Jairo el Tigre Castillo.

Lea también: Infómanas y datasexuales

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán. Su agilidad ahora es mental y no física. Ya no se abalanza como un felino sobre la pelota, pero sí sobre un suculento sancocho o cualquiera de los platos típicos de su Puerto Tejada del alma, cuyo estadio lleva su nombre. Es otro tributo en vida, otro reconocimiento a su grandeza y a su nobleza. Ni su guayabera azul cielo ocultó su prominente panza, ni su voz la inmensa nostalgia por una vida deportiva que toma visos de leyenda. Una y otra vez aseguró no tener palabras para expresar lo que sentía, mientras su economía verbal sentenciaba sabiduría. Varias veces manifestó no merecer tanto y cada vez que lo hizo el público grito: “Claro que sí y mucho más”.

La suya –como subraya el subtítulo del documental, es una historia de fortaleza y victoria. La primera, una condición menoscabada por los años y los achaques de la edad; pero la segunda, una condición reservada para los elegidos, para los ungidos por los dioses para ganar aun en la derrota, para vencer siempre, incluso cuando la vida de a poco se va yendo y llegará la derrota final a manos de la parca. Pero los ídolos nunca se mueren del todo. Pedro el grande lo sabe y se mofa del comentario de otro grande de los tres palos, Julio César Falcioni: “Estamos viejitos y por eso nos hacen homenajes”. No es sólo por viejos Julio, es por grandes. Y entonces las manos fuertes y firmes que atraparon tantos balones –ahora un poco temblorosas y rígidas- se unen en un acto de sumisión sobre su pecho para agradecer a toda la concurrencia. Gracias a vos Zape por las atajadas, por las voladas, pero, sobre todo, por el pundonor y el arrojo como ejemplos para la vida. ¡He ahí tu grandeza!

Artículo relacionado

Sigue nuestras redes sociales: