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Los retos frente a las comunidades afro del Pacífico

Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de estas comunidades, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste.

Los retos frente a las comunidades afro del Pacífico
Especial para 90minutos.co

Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de estas comunidades, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste.

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Las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras, representan cerca del 10% de los colombianos. Se trata de una población que con su trabajo y riqueza cultural ha contribuido a la construcción de lo que hoy somos como país. Sin embargo, en mis recorridos por sus territorios he podido palpar cómo sus gentes padecen el atraso y el abandono, una deuda histórica que estamos obligados a pagar.

Basta con revisar los índices de pobreza multidimensional. Por ejemplo, en el Pacífico, antes de la pandemia, en 2018 este indicador estaba en 11 puntos por encima de la media nacional, una situación que ha sido agravada por la crisis sanitaria. Y vemos casos como en Nariño, donde el promedio superó los 23 puntos.

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Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de esta región, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste. Por ejemplo, se expidió la Ley 70, que busca reconocer a las comunidades negras que han venido ocupando tierras baldías, pero no se ha reglamentado en su totalidad.

Considero que es necesario que la ley reivindique este derecho a las comunidades organizadas que existen tanto en la zona rural como urbana. La reglamentación de la ley permitiría que las comunidades Narp tuvieran mayor incidencia en los planes de desarrollo y en los instrumentos de planificación existentes en los entes territoriales.

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De otra parte, es importante materializar políticas de desarrollo económico y social de largo plazo las cuales deben garantizar la participación de las comunidades en la toma de decisiones. Además, en estas iniciativas la bioeconomía y el ecoturismo deben tener un papel preponderante. También, es necesario incentivar mercados ágiles y funcionales, aprovechando la ubicación geográfica estratégica para atraer inversión internacional, y desarrollar una planificación con enfoque étnico, que impacte positivamente a las comunidades al identificar las subregiones y sus diferentes vocaciones productivas.

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Otro reto fundamental es la salud, cuya problemática se puede resumir en la falta de centros de atención, talento humano insuficiente y escasos recursos para el transporte de los enfermos de las zonas rurales, entre otros factores.

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Para mitigar esta situación es urgente desarrollar un modelo de atención primaria integral en salud con enfoque etnocultural. También, reforzar el Plan Decenal de Salud Pública, que desarrolle una red integral e integrada en salud, que vaya desde la promoción y prevención, hasta la rehabilitación del paciente y además, estimular económica y académicamente a los profesionales de la salud para que laboren en estos territorios.

Pero no podemos olvidar que la violencia generalizada en el Litoral es un factor que frena muchas iniciativas sociales y económicas. Por eso es importante propender por una cultura política de paz, que garantice los derechos humanos, el desarrollo y el fin de la pobreza extrema. Para lograrlo se necesita la presencia integral del Estado. Esto debe ir de la mano con el desarrollo de oportunidades para la población. Finalmente, se debe fortalecer jurídicamente al Sistema Nacional de Atención y Reparación a las Víctimas, con una mayor articulación entre las entidades nacionales y territoriales encargadas de hacer efectivo el goce de derechos de las víctimas del conflicto armado.

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Apoyar el desarrollo de las comunidades afro, ha sido uno de mis mayores compromisos. Así lo demostré en mi labor como gobernadora del Valle del Cauca, en donde fuimos el único departamento de Colombia que construyó un capítulo étnico - afro en el marco del plan de desarrollo, además creamos el Plan Decenal, una política pública para la población afro. También, a través de la Universidad del Valle se aumentaron los cupos para el acceso de esta población en la educación superior, del 4 al 8%, y creamos el canal de televisión Orígenes, dirigido a las comunidades étnicas, entre otros logros.

Es necesario que desde el país también exista un mayor reconocimiento, respeto y transparencia en el desarrollo de políticas en favor de las comunidades afro de nuestro Pacífico. Esto es posible a través de un liderazgo colectivo, que nos permita tomar decisiones firmes pese a las dificultades y así podamos crear caminos para la construcción de un país más equitativo, más justo, con más inversión, crecimiento y oportunidades para todos.

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¡A la mierda!

En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos.

¡A la mierda!
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En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos.

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Sucedió en la portería de la universidad donde trabajo. Le decía un estudiante -vamos a llamarlo así porque su carné obliga- a su imberbe compinche en el pasillo que lleva al parqueadero: “Yo siempre asisto a las primeras clases para ver si uno puede dejar de ir a esa mierda y no pasa un culo”. Así se refería este rufián en potencia ¿o en formación? a las clases que seguramente pagarán sus padres, vaya a saber uno si con esfuerzo o por una simple especie de rutina social: pagarle a su vástago una carrera para que se haga profesional. No se puede juzgar la condición del estudiantado o de la juventud entera por el comentario de uno, es cierto; como tampoco la situación humanística de este pillín sin pensar qué tipo de educación o ejemplo ha recibido en el hogar, la familia y su casa. Y la salvedad es precisa, pues se puede tener casa, pero no hogar y vivir en grupo sin tener familia. Me llamó la atención que no había transcurrido una hora desde el inicio de la jornada e iban rumbo a la salida. Supuse que la clase de donde emigraron efectivamente les había parecido una mierda.

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Con los valores trastocados de nuestra sociedad -es un error decir que se han perdido, lo que están es vueltos mierda- la macondiana sentencia de este perezoso obliga alguna reflexión. La primera y más obvia recala en la palabra mierda, que tiene tantas acepciones como marrones hay en el excremento. Su polisémica funcionalidad le permite ser interjección o sustantivo y tener tantos significados que nos volveríamos locos tratando de explicarlos todos. Y del consecuente culo, ni se diga. De modo que será cuestión de inferir qué quiso decir este pequeño bribón con los dos términos y la frase. Lo primero, sería la contrariedad expresada con las metáforas en la que mierda es igual a clase y culo sinónimo de poca jerarquía. Si no le gusta estudiar, resulta lógico que no le guste ninguna clase, o las considere sin importancia y de allí su desprecio. Lo otro sería que quien escribe le esté poniendo mucha tiza a un par de expresiones de uso coloquial en la jerga de la mayoría.

Pero como también somos lo que hablamos, considero por lo menos sensato especular al respecto y compartir algunas ideas. Como rezan los cánones de la calle, del bajo mundo, del hampa y de las altas esferas de los negocios, el mozalbete está midiéndole el aceite a la clase, que no es otra cosa que medírselo al profesor. Quién lo creyera –porque es un gran contrasentido-, le está haciendo inteligencia. Estudia su comportamiento, su nivel de rigurosidad, sus procesos pedagógicos, sus contenidos teóricos, su manejo conceptual, su sistema de evaluación y sus criterios; entonces el bellaco evalúa sus probabilidades de holgazanería académica y ausencia física e intelectual sin detrimento de la nota, que es en últimas su botín. No el conocimiento, que le parece una absurda entelequia, algo innecesario en el mundo de los vivos, de los avispados, de los que siempre toman atajos para conseguir sus objetivos y se saltan y asaltan las normas, las leyes y la buena fe. Y lo caña, lo prueba retirándose.

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La cacareada virtualidad dejó unos vicios que tomará un tiempo reconocerlos, ponerlos en evidencia y erradicarlos; o darles manejo, como sugieren los que ven la educación como un negocio donde el cliente siempre tienen la razón. Uno de ellos, la rígida flexibilidad, entendida como la posibilidad de hacer en la clase y con la clase lo que se les dé la gana. Aplica para alumnos y profesores, por supuesto. Ya no media una pantalla donde el ausentismo era latente aún bajo el eufemismo de la ‘presencialidad virtual’; ahora de nuevo la relación con el otro genera unas dinámicas insuperables que se han resignificado con la crisis, provocada o no. Si todo sigue igual o peor, no sirvió para repensar el ser y estar en este mundo. El aula no es un simple salón de clases, no debe asumirse así. Es un espacio de enseñanza y aprendizaje, de relaciones que se mueven entre lo cultural, lo afectivo, lo político y hasta lo económico; de encuentros y a veces desencuentros que deben trabajarse para aportar en las competencias en procura de una proyección verdaderamente profesional con sentido social.

Un profesor no es un recreacionista que deba entretener a unos jovencitos que papito y mamita malcriaron porque les inculcaron poco o nada de compromiso, disciplina, orden, honestidad, trabajo, lealtad, esfuerzo, perseverancia u otros valores. Un docente debe ser un guía que oriente y acompañe un proceso donde cada persona descubra lo quiere ser y cómo quiere serlo. Qué le gusta y cómo aportará ese gusto a su progreso, a su desarrollo en diversos ámbitos, sobre todo el personal; y a la construcción de nación y de mundo. Despertar ese poder que cada ser humano tiene de cambiar la realidad que le ha correspondido vivir y hacerlo consciente de que es un sujeto social e histórico, que será único e irrepetible si y sólo si logra ser consecuente entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Eres lo que hagas, así de simple. Salirse de clase hace parte del libre albedrío y si los argumentos son válidos y expresados, es probable que sea el actuar necesario para cambiar la historia de esa clase. Pero cualquier otra actitud es una insolente vagabundería.

Viene a mi memoria con esta coprológica anécdota una práctica cultural de los artistas franceses surgida en la París de la Edad Media, que era literalmente una mierda. En esos tiempos sólo podían ir al teatro las personas de las clases más pudientes, que acudían al mismo en coche de caballos. Entonces, si en la puerta del teatro había gran cantidad de mierda, significaba un lleno total, lo que podía suponer mucho éxito. De ahí que todavía muchos artistas se deseen suerte repitiendo la palabra mierda. Hoy en Colombia pagar una universidad privada es un privilegio. Ya no se ven montones de mierda, de caballo claro.

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Cuatro años de desconexión

Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba

Cuatro años de desconexión
Especial para 90minutos.co

Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba

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Iván Duque pasará a la historia. Lo que no sabemos es exactamente cómo, fundamentalmente porque no logró definir la narrativa de su gobierno ni sabemos con precisión qué tenía en mente cuando decidió que quería ser presidente. Para ponernos en contexto, Uribe impuso como bandera la seguridad democrática y Santos la búsqueda de la paz, ejes que definieron su discurso, sus políticas y sus intenciones. En el caso de Duque, vimos que intentó posicionar la economía naranja, sin que pasara de ser un nombre rimbombante sin mayor contenido. Habló de paz con legalidad, pero el recrudecimiento de la violencia en zonas del país no deja ver que la paz y la estabilización territorial fuese su gran objetivo y legado. En últimas, el saliente es un presidente sin identidad.

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El de Iván Duque será un gobierno difícil de ponderar. Estará marcado por el fracaso de la política de seguridad, que nos dejó escenas como un paro armado que paralizó a toda la Costa Caribe; el manejo de la protesta social, que nos dejó ingratos recuerdos como los desmanes del 21 de noviembre de 2019 o las trágicas escenas del Paro Nacional de 2021, donde se cometieron toda clase de excesos y dejó un balance de muertos inaceptable y, por supuesto, nos queda un presidente desconectado de la realidad, vanidoso y arrogante, que desafió al país con nombramientos cuestionables y permitió que ocurrieran vergüenzas como el escándalo de Centros Poblados y de los recursos de los PDET.

Duque no entendió al país. O no lo quiso entender. Mientras el Clan del Golfo paralizaba a media Colombia, prefirió ir a la posesión del presidente de Costa Rica; decidió nunca hacer una alocución radial televisada para así hacerle el quite al estatuto de oposición que faculta a los partidos opositores a replicar el discurso presidencial usando los mismos medios que el jefe de Estado, lo que dejó claro su desdén hacia los partidos alternativos. Esa ausencia de voluntad de diálogo marcó un cuatrienio sin causas comunes ni intentos de acuerdo.

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Por supuesto, no todo lo de Duque es negativo. Su manejo de la pandemia fue sobresaliente y el plan de vacunación es un caso de éxito. También es importante la gestión en materia de infraestructura, acelerando la entrega de más de 10 proyectos de vías 4G y dejar avanzando obras como el Metro de Bogotá y la Malla Vial del Valle del Cauca, aunque quedó la deuda de la vía Mulaló- Loboguerrero y de dejar más en firme el tren de cercanías de Cali, una promesa de su campaña.

Probablemente su gobierno tendrá un juicio justo de la Historia, aunque sin duda sus metidas de pata y su carácter altivo y prepotente dejarán una impronta de un presidente que no logró entender el reto que enfrentaba y que sucumbió a las vanidades palaciegas de Bogotá. El suyo fue un gobierno centralista, que acentuó las divisiones sociales y que no supo comunicar a los colombianos una narrativa y su aspiración para el cuatrienio. Quizás porque nunca la tuvo clara y así se le fueron sus cuatro años.

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Un día con Darío

Darío era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz.

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Darío era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz.

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Aunque los medios han hecho sonar con sevicia Nadie es eterno y el mismo artista reconocía este elemental epitafio sonoro como su canción más emblemática, fue Así se le canta al despecho la canción que permitió su rebautizo y la inscripción con sello imborrable en la historia de la cultura popular colombiana. Y fue un caleño, Nelson Moreno Holguín, el director de Radio Calidad, el que lo coronó en medio de un concierto en el Parque de la caña como El rey del despecho, cuando la entrada más cara costaba $1.500. Por mucho tiempo, Darío le regalaba un concierto al año al periodista como prueba de su gratitud eterna. Hasta aquí no hay mucho que no se sepa en medio de esta nueva tragedia nacional empapada con lágrimas, sudor y trago.

Si algo nuevo se pudiera decir, es preciso decirlo ahora, antes claro de que nos arrope el sueño profundo. Nelson, que para la fecha era un hombre tan corpulento como reconocido y consentido por el mismísimo Carlos Ardilla Lulle, dueño del letrero donde trabajaba, por el éxito arrollador de la emisora con programas como La hora de los adoloridos, hacía en Telepacífico un programa llamado Candilejas (que después se llamaría Ídolos del pueblo) y me propuso hacerle un reportaje especial a Darío Gómez. Se trataba de acompañarlo todo un día y realizar una crónica para el Magazín 9PM, que yo dirigía. A cambio nos entregaría discos y boletas para los televidentes que llamaran al programa. Accedí con beneplácito. Yo pagaba $500 en el Bar La 15 por escuchar Yo por qué me la tuve que encontrar y pedirle que me diera su querer…

De modo que poner las cámaras del programa al servicio del ídolo en ciernes, no era ningún trabajo y más bien un gran privilegio. Ocurrió el 18 de agosto de 1998. Hace 24 años. Mi memoria es pésima, pero lo escrito es indeleble. En la parte interna de los CD´s que me regaló el hombre de San Jerónimo- Antioquia ese día, se puede leer con claridad: “Para Lisandro Penagos, un tolimense con mucho talento, recuerdos de…” Y la firma. Murió equivocado el pobre Darío Gómez, que era riquísimo. Buena parte de su fortuna arrancó cantándole a Henry Loaiza Ceballos, alías El Alacrán, Lo que va a ser para uno. El narcotraficante le pagaba un millón de pesos cada vez que la cantaba y en cierta ocasión lo hizo ver el amanecer, tal vez en una de esas noches de despecho revanchista. Supone uno que con parte de ese dinero montó Discos DAGO y por eso ha sido el único artista con sello discográfico propio en Colombia.

No será una imprudencia lo anterior, al fin y al cabo, los dos están muertos y en Colombia los secretos a voces son deporte nacional. No pudimos recogerlo en el aeropuerto, los recursos de producción eran limitados. Fernando Parra Duque Televisión era una empresa pobre, pero honrada. Debí poner mi nave al servicio de este compromiso. Mi primer carro. Un flamante Chevrolet Chevette, color blanco, modelo 84, placas NWJ078, reconocido entre mis compañeros por el varonil remoquete que le puso mi mamá: Copito. Allí monté a Las Urracas, Rubén y Solmar, un par de negros maravillosos que fungían como camarógrafo y asistente, respectivamente. Y quedamos de recoger a Darío Gómez en la peluquería de Gonzalo Echeverry, la ‘Gonchis’, un hombre valiente, un adelantado a su época. No de otra forma había podido enfrentar su condición de homosexual siendo hijo de una de las familias más ricas de la ciudad, dueña de la emblemática Torre de Cali y de una desmedida reputación.

Por aquellas calendas Darío tenía el corte de todos: el zeta. Era una especie de unificada identidad unisex, un peluqueado sin estrato y una característica de esa generación, hoy considerada vejete. Consistía en una mota generosa, una cola a la que se le decía gata y una patilla recta cual machetazo preciso. Lo recogimos y el primer comentario aludió a la espera y la demora por la cantidad de clientela en el Salón de belleza. El segundo fue un sablazo demoledor: “Oiga hermano, cómo es que un tipo tan pinta se mariquea así de feo”. Y prendió el primer Marlboro. Le dije que debíamos ir a la Avenida Sexta a grabar unas imágenes con Los Aterciopelados y accedió con la condición de que luego fuéramos a comer alguito. No había almorzado. Andrea Echeverri y Héctor Buitrago estaban mimetizados, comprándole chucherías a los hippies. Solmar –que tenía unas gafas enormes- los descubrió. Abordamos a la florecita rockera.

Terminamos de hacer las imágenes y un par de preguntas para completar el informe y una vez de nuevo en el carro Darío manifestó sin pudor alguno: “Oiga, qué hijueputa tan fea”. Y todos soltamos a reír. No porque tuviera razón -¿o sí?-, sino porque demostraba que era un tipo excesivamente normal. Un paisa desabrochado, como Rigo, no una figura engreída por el dinero o la fama, que ya lo había atenazado. Machista, como todos los hijos de la Colonización Antioqueña. Con su estrafalario blazer satinado fue la sensación en el Drive in. Fotos, autógrafos y besos. Muy poca comida. Estuvimos en el Parque El Peñón, en Belalcázar, en San Antonio, en la Loma de la cruz y hasta nos echamos un par de cervezas en una tiendita del hombre que hacía las máscaras de carnaval. Bromeó con la similitud de su nariz y la del diablo de la caja de fósforos.

Lo regresamos a la Torre de Cali. Nos invitó a su presentación en Changó. Asistimos en la noche. En camerino, whiskey al piso y cigarrillos en forma. Se soplaba dos paquetes diarios por aquellos tiempos. Muchas personas en su séquito. Todavía con su segunda esposa Olga Lucía, que nunca dejó de ser su manager, incluso después de su separación. Era un hombre afable, un paisa de mulera y carriel. Hablador y dicharachero. Entrador. Negociante. Entregado al público y muy sencillo. Popular en un pueblo con mayorías pobres. Sabía lo que era ser necesitado e infeliz. Padeció la tragedia y saboreó la fama, que también lo escupió algunas veces. Me preguntó: ¿Querés dedicar algún tema? Y yo elegí uno de los que más me gusta de su palmarés, con el que siempre evoco unos ojos en los que hace rato no me veo, pero que no puedo olvidar: Tu lindo mirar. Darío cerró los ojos para siempre. Mañana será sepultado. Los de ella aún son reflejos que brillan ya convertidos en ilusión.