Tanto sobre qué escribir: la irrefrenable y verdulera verborrea injuriosa de la monita del semanario en contra del peludo aquel; los aviones de Colombia puestos al servicio rastrero de un vecino presidente de mentiras y una primera dama de verdad vergonzante; la muerte de un sicario y el saludo infame del comandante supremo que habla para/militares; la desfachatez de otro militar de alto rango -en uso del buen retiro y la mala leche- que montó/ya su cuento miserable; Armenia como la nueva Sucursal del cielo, según el H.P. (hombre pusilánime); el nuevo paro guerrillero y el viejo culillo del gobierno; las primeras reculadas de los alcaldes/as a un mes y medio de gobierno; en fin, después del primer puesto en corrupción cualquier tema resulta anodino, nimio, trivial, baladí, fútil pueril… ¡Vicky por Dios!
De modo que escribiré sobre los sitios preferidos para la rumba en Cali. Sí, yo sé que es un tema trillado, gastado, machacado, molido, quemado… ¡Vicky no más por favor! Pero es uno de esos temas que los estudiantes de Comunicación Social no abandonan jamás. Por lo menos los de Cali ve. Y lo hago con el ánimo de recuperar algo de eso que nos hizo grandes cuando éramos una ciudad pequeña: la esencia del goce. Sucedió que dos noveles periodistas me abordaron para la realización del que será su gran reportaje. (Todo periodista debe creer que su trabajo será siempre el mejor que se haya hecho al respecto). Profe, ¿cuáles son los tres sitios de la rumba en Cali? No pude evitarlo, en fracción de segundos hice lo que mi abuelita recitaba como leyenda macabra y me daba escalofríos: recogí mis pasos. (Eso decía ella, hacemos los humanos antes de morir. Nunca le cuestioné si le quedaba tiempo a un baleado). Y les contesté poco más o menos lo que relato a continuación.
En Cali o en cualquier ciudad del mundo los sitios de la rumba serpentean como babosa en sal, como bacteria en Isodine, mejor dicho, como millennials sin datos. Estos lugares se mueven sinuosos en el tiempo, al compás de los nuevos ritmos, de las modas que caen como limón en herida para dejar cicatrices en la rebambaramba. Las zonas rosas se vuelven rojas en un parpadeo de 20 años. Lo idílico se torna sucio. El ambiente familiar se vuelve muladar. El ritmo frenético es vicio. La hembra se ha convertido en meretriz y el bailarín en habitante de calle.
Exagero por supuesto, algunos espacios permanecen, se convierten en sitios de culto, inmunes a las incidencias indecentes de sus entornos. O se recuperan de la mano de proyectos de renovación urbana que los relanzan desde la humanización de zonas que fueron de tolerancia. Pocos jóvenes caleños sabrán que la Calle 34 a la altura de la Galería La Floresta fue zona rosa. O la temida Carrera Octava, el lugar donde las élites iban a bailar al son de Lucho Bermúdez y los primeros asomos de la salsa. Que antes de ser casa de lenocinio/putiadero El Limoncito fue un bailadero de clase. O Caracoles o cualquiera otro de los de esa calle maldita.
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Sobre las ruinas de La Caldera del Diablo se levantó la parroquia del barrio Obrero. La caldera original, no la que ahora se codea con La Topa Tolondra, Malamaña o Cimarrón, como los sitios pesados de la salsa; o La Nellyteka o El Chorrito Antillano, templos del bolero, ese baile lleno de cadencia y erotismo que es como hacer el amor parado/de pie, suena más educado. Evocación sigue ahí sobre la Calle Quinta, como Tintindeo, que cambió de lugar y dejó parte de su magia al lado del Club Noel, y a donde ahora van europeos con sus bermudas y en chanclas, a intentar doblar las fustas de sus cinturas tiesas e inflexibles. Y La Matraca que entre tangos y milongas, deja bailar los porros y otros aires nacionales. O El escondite, otro reencauchado.
Hace 25 años, los rumberos de Cali tenían la semana clara: lunes de Cañandonga, martes de Siboney, miércoles de Rumba Habana, jueves de Melodías del Caribe y viernes… viernes de cualquier parte, La Jirafa Roja o La Barra Ejecutiva, Don José o Changó, porque Séptimo Cielo, el Honka Monka y el Club Latino ya eran historia. Y Los Años Locos se estaban poniendo cuerdos. Juanchito con Agapito, la Calle 39 con la Bodega Cubana o la Roosevelt con la casetas Panamericanas o Matecaña, eran cosa aparte. La autopista suroriental no estaba atestada de moteles, ni Zaperoco era lo que es hoy. En Alameda Libaniel o El Habanero no habían despuntado, pero todavía el olor a pescado y a seviche no lo invadía todo. Y tampoco habían migrado otros bailaderos que las inundaciones y los retenes para pescar borrachos al volante sacaron del puente para acá. Jala Jala llegó al barrio y Citroën se quedó casi solo en Juancho.
Yo nos les puedo decir cuáles son los tres lugares de la rumba en Cali así no más, porque según la edad y el género, en Cali hay para todos los gustos. Para rumbear, para ver bailar, para tomar, para escuchar, para evocar y hasta para ciertos rituales. Por ejemplo, para rendir tributo a Daniel Santos, que dejó varias huellas en el Obrero. No solo tuvo dos hijos con Luz Dary, una pelada del barrio; fumó bareta en el parque; mandó a hacer sus trajes con Esnel, el sastre rumbero; y se quedó dormido en un antejardín, donde dibujaron su silueta en el piso y en el que los bohemios brindan hasta perderse En el juego de la vida.
Profe, ¿Y quién es ese Daniel Santos? Y entonces paré el chorro. Caí en la cuenta de que apenas pasan los veinte años. Son hijas del reguetón y adoratrices de Maluma y J. Balvin. Saben de Living, Space, Hangar, de pronto de Salsa y La Maldita Primavera, de Guaro & Tequila o de Punto Baré, de esas discotecas desechables que se montan en algún galpón de Menga y pasan de moda como las canciones de Lady Noriega. Bueno, si es que han estado de moda. Dejan de sonar porque otras les son impuestas. Espacio 10-60, La Pérgola o La Bandida. Para ellas El zaguán del viejo conde o Kukaramákara deben sonar a exorcismos. ¡Óyeme Daniel! ¿Sabrá Dios cuántos les estarán pintando ahora pajaritos en el aire? Ojalá no sea una Esperanza inútil sugerirles inmersión en la historia para que sepan Como se van las noches.
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