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Los diálogos regionales vinculantes: el camino para un desarrollo colectivo

Este es el momento en el que la voz de las protestas y las manifestaciones se debe ver reflejada y deben quedar plasmadas en un documento que brinde garantías a sus ideas

Los diálogos regionales vinculantes: el camino para un desarrollo colectivo
Especial para 90minutos.co

Este es el momento en el que la voz de las protestas y las manifestaciones se debe ver reflejada y deben quedar plasmadas en un documento que brinde garantías a sus ideas

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A partir de esta semana, en todo el país inician los caminos de diálogos sociales en cada una de las regiones con el fin de conseguir información de las comunidades que permita generar un Plan de Desarrollo nacional por y para la misma ciudadanía.

Sin duda, durante décadas, este Plan de Desarrollo se ha enfocado desde el centralismo y con una mirada escueta de las regiones, lo que ha impactado, casi que, de mínima manera, a algunas de ellas, provocando desempleo, hambre y pobreza.

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Hoy, celebramos que con la llegada del nuevo gobierno estas formas cambien. Escuchar a los protagonistas, a sus líderes, a los ciudadanos de a pie, a quienes viven día a día sus regiones permite un modelo de país que de verdad permita el crecimiento económico, humano y social de cerca de 50 millones de personas.

Hay que reconocer un esfuerzo nacional por llegar a cada espacio. Hemos visto como el presidente de la República, Gustavo Petro, ha utilizado algunos de sus primeros días de mandatos para llegar a regiones verdaderamente apartadas y olvidadas y la designación de las comisiones terceras y cuartas del Congreso para escuchar a empresarios, líderes comunales y protagonistas de las subregiones, para crear una hoja de ruta que beneficie a las mayorías.

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Me agrada pensar, como joven, que en el Valle del Cauca estará a cargo de Gabriela Posso, la Alta Consejera para la Juventud escuchando a los protagonistas. En nuestro departamento, las voces frescas y que han venido trabajando de la mano con la Subdirección de Juventudes, han conformado verdaderas inquietudes y propuestas de solución para las mismas que podrían agilizar el trabajo del gobierno nacional para nuestra región.

Además, de la presencia de la vicepresidenta, Francia Márquez, quien encabezará los diálogos en la región pacífico centro, en Buenaventura, y quien escuchará las difíciles condiciones que hoy atraviesa el principal Distrito de nuestro país y que necesita un vuelco social importante para su exaltación.

Lo dijo el presidente Petro en su primera alocución televisada: “Queremos una democracia multicolor profunda. Queremos que el diálogo social en cada territorio sea el camino de la soberanía popular y de la paz”.

Y seguramente será absolutamente necesario escuchar las voces de todos y todas aquellas que nunca han sido escuchadas y que, realmente, permitan la construcción de un cambio duradero. La paz total no se conseguirá si no se tienen en cuenta cada uno de los actores, de las regiones, que queden inmersas en un plan de desarrollo que, de verdad, le dé vía a un nuevo país.

Solo espero que los jóvenes, en esta tarea, demostremos de verdad el por qué nos hemos hecho sentir en los últimos años. Este es el momento en el que la voz de las protestas y las manifestaciones se debe ver reflejada y deben quedar plasmadas en un documento que brinde garantías a sus ideas y oriente el camino que el 07 de agosto Colombia adoptó.

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Toribío Hilfiger

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

Toribío Hilfiger
Especial para 90minutos.co

Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario.

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Después del puente Guillermo León Valencia que divide al Valle y al Cauca, la zozobra comienza a respirarse y todas las miradas exhalan desconfianza. A los lados del viaducto que rinde homenaje al nefasto poeta y no menos funesto presidente de Colombia -abuelo de la equiparable Paloma Valencia-; ya no venden pescado y lo que hay son barricadas del Ejército construidas con bolsas llenas de arena, lo único que ahora se saca del río. Bueno, eventualmente, muertos. Y algún bocachico, diminuto, solitario y ahogado. Antes del peaje se cruza a la izquierda y el asfalto de la Panamericana se pierde para convertirse en una trocha que parece cualquier calle ucraniana después de un bombardeo.

La vía que conduce a Guachané y Caloto (también a Villa Rica, a la que le dicen dos mentiras) es una vergüenza. A pesar de ser una zona plana –por ello, dicen los ‘expertos’- su deterioro se incrementa con el invierno. Lo cierto es que entre frondosos cañaduzales los cráteres, la desolación y el abandono se llenan de lodo y transitarla es serpentear entre la opulencia y la indigencia. La mixtura entre la tierra y el agua salpica la vida de un territorio que es prueba de la profunda, estrecha e histórica brecha social. En la vereda El Sauce una solitaria cancha es el espacio de las ilusiones. Por aquí sólo es posible labrarse un buen futuro a las patadas: con el fútbol. Como Yerry Mina o Dávinson Sánchez. O a las brazadas: cortando caña. O como jornalero de algún galpón o una porqueriza.

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Aunque lejos están los tiempos de la gran Hacienda, en Caloto los vestigios de la “muy noble y leal” se palpan por doquier. En su arquitectura, en sus casas coloniales y su iglesia consagrada a la Niña María, en el blanco impoluto de esa Popayán de la que se abrió en 1809 tras el grito de Independencia de Quito, declarándose ciudad confederada junto a Cali, Buga, Cartago, Anserma y Toro. Como en la última estrofa de la canción ecuatoriana Dolencias, la tierra se desmorona y el calicanto falsea. Hace más de 30 años hay que ingresar al centro del poblado para seguir hacia Toribío, pues el histórico puente sobre el río Grande está cerrado y se sostiene apuntalado con guaduas. Se derrumba así otra joya del patrimonio arquitectónico ante la desidia administrativa.

Un hombre negro con ínfulas de blanco republicano, sentado en un costado del parque que como los mil y pico de municipios de Colombia tiene el letrero ‘Yo amo a…’, nos advierte que Toribío es un hueco, una olla. Ascenderemos hasta los 1.700 metros. Caloto está a 1.100. Apenas salimos del casco urbano de la otrora Nueva Segovia de San Esteban de Caloto, cuando nos sorprende La Emperatriz. Hasta hace poco una gran Hacienda del siglo XIX. Hoy está convertida en una pequeña base militar, una sede de batallón. Es un objetivo de recuperación del territorio ancestral de los indígenas, que pretenden anexar al resguardo de López Adentro, en un principio de 1.730 hectáreas, 7.186 metros cuadrados, sus fértiles tierras usurpadas.

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Como dice Darío Fajardo, nuevo viceministro de desarrollo rural, “para sembrar la paz, hay que aflojar la tierra”, y por eso resulta tan complejo para la mayoría entender el fenómeno, si uno de los argumentos del Pueblo Nasa es que 12.000 años antes de Cristo esta era su tierra, su Pachamama. Derecho de prexistencia. Hoy esta comunidad habita 1.300 km cuadrados y más del 80% son improductivos. Irónicamente hace 30 años exigían tierra para la gente y ahora ellos mismos claman gente para tierra. Los frutos de las luchas de Juan Tama de la Estrella y Manuel Quintín Lame, no sólo se recogen, sino que todavía se siembran, ya no en terrenos tan fértiles. La tecnología, los medios, el desarrollo, cada uno o todos juntos, han erosionado de a poco a sus nuevas generaciones.

El ascenso a Toribío comienza en El Palo, lugar donde Bolívar derrotó a los españoles el 5 de julio de 1815, con la ayuda de los indígenas. Les pagó con tierra. Un siglo después el gobierno los declara “terrenos baldíos” y arranca un proceso violento de recolonización a cargo de exconvictos. La vía está en buen estado, aunque con pasos estrechos por pérdida de bancada. Estratégicamente en los puntos donde se reduce la velocidad hay publicidad de las Farc-Ep. “Camarada Yonier, con tu ejemplo venceremos”. “Columna móvil Dagoberto Ramos presente”. “58 años de lucha. Seguiremos defendiendo el territorio y sus comunidades”. “Todo carro con los vidrios polarizados llevarlos abajo. Gracias”. No hay una sola señal de tránsito limpia. Dos retenes de la Guardia Indígena -que ahora se llaman Puntos de armonización- y cuatro estaciones de servicio.

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La temperatura desciende y en el ambiente se respira el aroma de la marihuana, apagada claro. El olor impregnó estas “montañas de la tierra adentro” como las llamaron los españoles, porque todos alumbran sus cultivos para subir los niveles de su componente activo: el tetrahidrocannabinol. Sembradíos y bultos a la vera del camino. Ya no hay casuchas miserables de bahareque. Ahora todas son en ladrillo y baldosa, con estructuras metálicas y techos de zinc. Automóviles sencillos y también camionetas de alta gama en sus parqueaderos. Las motos son enjambres que zumban en todos los sentidos y también el comercio.

El pueblo es apacible y no cuesta creer que haya sido tomado y hostigado tantas veces. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas. Las ruinas alrededor de la Estación de Policía –el edificio más grande de Toribío- son testimonio silente. Allí sólo se escucha el cacareo de 40 gallinas ponedoras en un improvisado galpón entre los escombros. Son coloradas, con el pescuezo pelado y, como todas las gallinas, cobardes. Casi en secreto de confesión, una señora me dice que son de la Policía. Y con la malicia indígena resultado de tantos siglos de ultraje, sentencia: “Se necesitan muchos huevos para ser policía en Toribío”. Hay zozobra es cierto, pero también una exagerada percepción mediática del peligro.         

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Los niños y jóvenes son manada en Toribío. Sólo en el Cecidic (Centro de Educación Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad) estudian 700 y 600 han obtenido un título universitario. Fue una de las 87 haciendas del lugar. Tiene 80 hectáreas y fue el sitio donde los terratenientes y las autoridades planearon el asesinato del Padre Álvaro Ulcué Chocué, ocurrido en Santander de Quilichao el 10 de noviembre de 1984, por difundir entre su pueblo los principios de la Teología de la Liberación. Ahora allí se planea la vida, tal vez con más arraigo que en las otras 19 instituciones educativas que tiene el municipio.

Aquí los jóvenes escuchan reguetón y también andan cabizbajos sumergidos en las redes sociales… de su teléfono. Hay Wifi gratuito en el Parque y además de punto de encuentro es escenario de primeros amores furtivos. Cae la tarde y en un parpadeo los uniformes y las sudaderas dan paso a la ropa de calle. Lucen jeans, chaquetas, blusas, sacos, tenis, buzos y gorras de todas las marcas. Adidas, Nike, Gucci, Versace, Tommy Hilfiger... Todas las marcas. Todas ‘chiviadas’ e ilegales. Todas chinas o ecuatorianas o paisas. Los almacenes han crecido exponencialmente. En menos de una década pasaron de dos, tres, a una veintena. Celulares, bafles, portátiles... Un ‘corrientazo’ vale entre 12 y 15 mil pesos. Debieron imponer Ley seca de lunes a viernes. Ya hay incremento en el consumo de bareta. Los mayores añoran la autodeterminación y la resistencia.

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En Toribío nadie habla, pero todo el pueblo grita. Ya no es el mismo. Esa vaina llamada progreso entró con todo y arrasó con la pobreza y por ahí derecho llevaron del bulto la identidad y las tradiciones. Y lo hizo de nuevo de la mano del tráfico de plantas alucinógenas: la coca, que siempre ha estado en el territorio ancestral; luego la amapola, que rayaron y ordeñaron por años; y ahora la nueva bonanza marimbera. Se estima que en los resguardos de Toribío, San Francisco y Tacueyó puede haber 9.000 cultivos. Legales, se registran 350 hectáreas (podrían ser 940) de todas las variedades creepy: red tangerine o mandarina, gorila, banano plus, uvita, tangelato, blanca o amnesia y la patimorada, a la que los muchachos lugareños llaman Hilfiger.

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Los retos del próximo alcalde

El próximo alcalde tiene el reto de reconciliar a muchos sectores de la sociedad caleña, heridos por la pandemia, por el Paro Nacional y la retórica beligerante que nos ha dividido de forma aún mayor en los últimos meses.

Los retos del próximo alcalde
Especial para 90minutos.co

El próximo alcalde tiene el reto de reconciliar a muchos sectores de la sociedad caleña, heridos por la pandemia, por el Paro Nacional y la retórica beligerante que nos ha dividido de forma aún mayor en los últimos meses.

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Ya el sol está a las espaldas del alcalde Jorge Iván Ospina. Además de estar viviendo una crisis profunda por cuenta de los escándalos de EMCALI, tiene aún la mitad del Plan de Desarrollo sin ejecutar y muchas de sus obras, como el hundimiento de la calle 5 en San Antonio o la remodelación de la Plaza de Mercado de La Alameda, no tienen los recursos asegurados y es improbable que se contraten en lo que queda de 2022. Eso nos hace suponer que quizás no logre cumplir todo lo que se planteó para su cuatrienio y, más bien, sea oportuno concentrarnos en lo que le quedará al próximo inquilino del tercer piso del CAM. Veamos algunos retos que inevitablemente tendrá que enfrentar el próximo alcalde.

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El primer reto que deberá enfrentar el próximo gobierno local será la situación de la deuda pública. El antecedente es que, en 2020, Cali tenía una deuda a seis años, contratada en 2017, por alrededor de 600.000 millones de pesos; con la deuda pública de principios de los años 2000 cancelada y unos ingresos tributarios crecientes, la Administración Armitage adquirió dos empréstitos que debían cancelarse en 2023.

En 2020, en plena coyuntura de la pandemia, el nuevo gobierno solicita al Concejo autorización para refinanciar esa deuda a diez años, lo que supuso que, con los intereses propios de extender plazos, la ciudad quedase con una deuda de casi 900.000 millones hasta 2030. Luego, se autorizó contratar una nueva deuda por 650.000 millones de pesos, lo que hizo que al 31 de diciembre de 2021, la Administración pública caleña le debía al sistema financiero casi 1.8 billones de pesos. El próximo alcalde deberá pagar un billón de pesos de esa deuda, lo que impacta directamente en su capacidad de inversión. Si no quiere tener semejante golpe en sus finanzas que afecten su plan de gobierno, buscar mecanismos financieros para aliviar esa carga será fundamental.

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En segundo lugar, el próximo alcalde deberá darle una solución a la crisis del MIO y asegurar que arranquen las obras del tren de cercanías. El sistema hoy tiene una demanda que no llega a los 250.000 pasajeros al día, muy por debajo del punto de equilibrio. Garantizar un aumento de la demanda, reducir los incumplimientos de algunos concesionarios, mejorar la seguridad dentro del sistema y solventar el Fondo de Estabilización de la Demanda es un chicharrón que exige voluntad política. Adicionalmente, tendrá que asegurar que lleguen los dos billones que vale, en principio, la primera línea del tren de cercanías, lo que supone que Cali deberá disponer de unos recursos muy importantes para aportar el 30% del valor de las obras que le corresponde a los entes territoriales en virtud de la ley de metros.

En tercer lugar, viene el POT, alrededor del cual hay toda una serie de expectativas para corregir el rumbo del crecimiento urbano de Cali, hoy concentrado en la zona de expansión del sur y con compromisos pendientes alrededor de la redensificación del centro y de la renovación urbana. En 2026 ese será el gran debate y definir una hoja de ruta razonable del ordenamiento territorial será la prioridad, toda vez que deberá reflejar los retos ambientales pero también de hábitat, vivienda e infraestructura que hoy tiene la ciudad.

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Por último, la seguridad. De nada sirve emprender grandes obras de infraestructura o habilitar zonas verdes si Cali sigue estando dominada por los fenómenos de la criminalidad y la debilidad institucional para mantener el orden. Acelerar la tendencia descendente de los homicidios, enfrentar los hurtos, reactivar programas y estrategias sociales y de prevención y fortalecer la capacidad judicial y tecnológica de la ciudad tendrán que estar como fundamento de la gestión del próximo alcalde. Hoy Medellín invierte alrededor de tres veces más presupuesto en seguridad, convivencia y justicia que Cali, a pesar de tener la mitad de las muertes violentas. Es inviable un proyecto de ciudad donde la violencia, el crimen y la inseguridad son regla. Cali ha avanzado, pero la exigencia sigue siendo elevada.

El próximo alcalde tiene el reto de reconciliar a muchos sectores de la sociedad caleña, heridos por la pandemia, por el Paro Nacional y la retórica beligerante que nos ha dividido de forma aún mayor en los últimos meses. Levantar el ánimo, el optimismo, cohesionar a la sociedad hacia un logro común y devolverle a la silla del alcalde su capacidad integradora, que se ha erosionado en los últimos dos años y medio, será esencial para avanzar hacia una mejora sustancial de la calidad de vida y para darle a Cali las herramientas que dibujen una nueva senda de desarrollo para la década. La tarea será dura.

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El discurso de “Aureliano”

La cuestión es que el admirado y criticado discurso no tiene nada de relato fantástico y aunque, de alguna manera, asfixia la hipérbole, la transgrede y la supera con el oxímoron, pues la aparente contradicción es más ironía que incoherencia.

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La cuestión es que el admirado y criticado discurso no tiene nada de relato fantástico y aunque, de alguna manera, asfixia la hipérbole, la transgrede y la supera con el oxímoron, pues la aparente contradicción es más ironía que incoherencia.

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Todos los análisis de la obra literaria de Gabriel García Márquez coinciden en una especie de vértice que sostiene lo que en términos generales la crítica llamó Realismo Mágico: la hipérbole como figura retórica predominante. La exageración es la herramienta fundamental de la narrativa garciamarquina (fiel reflejo de la tradición oral del Caribe), que se sostiene además con una prosa cadenciosa y profunda que -en palabras del mismo autor-, tiene como objetivo primordial no permitir que el lector despierte de su sueño, del trance profundo en el que entra cuando se sumerge en su lectura. El mismo presidente Gustavo Petro aseguró que el suyo ante la ONU había sido “un discurso un poco garciamarquiano, que me gusta” y, en ese sentido, consecuente con la admiración que le profesa y que supuso su seudónimo de guerra cuando militó en el M-19.

La cuestión es que el admirado y criticado discurso no tiene nada de relato fantástico y aunque, de alguna manera, asfixia la hipérbole, la transgrede y la supera con el oxímoron, pues la aparente contradicción es más ironía que incoherencia, aunque sus detractores hayan hecho estúpidas afirmaciones y vacíos análisis con no menos absurdas argumentaciones. Debe aclararse para comenzar que quienes han dicho que el discurso es simple Realismo Mágico, que este es el título y el tema de un libro de Franz Roh publicado en 1925 en Alemania, que trata sobre una variante del expresionismo pictórico a principios del siglo XX, desde luego, en Alemania. Y que otros autores, como Alejo Carpentier, incorporaron otra dimensión para describir la realidad que en Latinoamérica muchos coinciden en afirmar, supera la ficción y que el cubano magistral redefinió como lo Real Maravilloso.

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No pretende esta columna ser un escenario de retaliaciones a las críticas del mencionado discurso, pero un impoluto uribista purasangre twitteó: Hoy “Cantinflas” se disfrazó de “poeta de vereda” en Naciones Unidas. Deben estar muy arrepentidos de quienes votaron por semejante charlatán. Además de la bajeza insultante y la degradación clasista que subyace en el trino, le falta lectura a este prohombre exsuperintendente, pues el texto rinde homenaje a la intelectualidad poética y retórica; y en ese sentido el homenaje sería al gran Alfonso Reyes -a quien admiró el mismísimo Borges- y no a Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes. Pero la derecha no ha podido pasar la página y desconoce que el libro de Colombia está en la mano izquierda -como mandan los cánones de la buena lectura- y que la tarea de la diestra es simple: humedecer el dedo del corazón con babas para que avance la lectura.

Otro personaje, pseudoanalista económico con el apellido del que siempre tumbaba a Tontoniel y al servicio de la nueva corona española en Colombia -Grupo Prisa-, dijo que lo único que le faltó a Petro fue decir: Yo soy el camino, la verdad y la vida”. No ha de saber este ex muchas cosas, que Caracol Radio ha de tenerla registrada para hacer algo creíbles sus disfrazadas opiniones, que de análisis muy poco, casi nada. Y muchos otros animales -políticos debe aclararse- vociferaron ante el discurso. Exvices, excandidatos, exalcaldes, postquemados y ardidos que no soportan la altura de estadista de un hombre que con errores y debilidades es con lo mínimo, más de lo que hemos tenido en el último cuarto de siglo. Lo cierto es que la coherencia intelectual y retórica de Gustavo Petro guerrillero, concejal, senador, candidato, presidente y orador ante la ONU, en esta coyuntura continental y mundial, es admirable y debería ser orgullo nacional. Aseguran los de siempre que no pasará nada y es probable, pero alguien debía recordarlo, porque ya se ha dicho y advertido. Fidel Castro, Pepe Mujica, Nayib Bukele y un etcétera breve. Y hacerlo con vehemencia, con dramatismo si se quiere, pero con valor y entereza.

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El mismo Petro, en entrevista con dos que parecen uno, Juan Roberto Vargas y Luis Eduardo Maldonado de Caracol, aseveró frente a la Asamblea 77 de la ONU que “estas reuniones son rutinarias, protocolarias, de lugares comunes, poco eficientes en mi opinión… es más como un rito”; y ubicar a Colombia en el plano internacional y como vocera de una discusión sotto voce que el sistema de poderes mundiales permite expresar, pero desconoce y minimiza a través de su complejo entramado mediático, es un triunfo para el país. No debe dudarse tampoco que Petro al decir “vengo de un continente”, recoge un liderazgo latinoamericano acéfalo en estos momentos y que toda la carga simbólica del discurso tiene como objetivo central impactar. Y ese cometido se cumplió. Otro ‘milenario’ personaje bogotano con el dedo índice romo, lo señala de absurdo y ridículo por la frase: “la solución a la migración es volver a que el agua llene los ríos”. O sea, el agua es vida. ¡Bolardo!

Un discurso de este tipo pocas veces se permite extensos contextos porque está diseñado para golpear emocionalmente, para sacudir y hacer sentir y pensar. Los detractores, por supuesto, se aprovechan de esta condición para acomodar el suyo a su generalizante y temeraria oposición, la mayoría de las veces, discordante. No desconoce Petro -por ejemplo- la importancia del petróleo en la historia de la humanidad. Eso es tan estúpido como desconocer que es finito, que se acabará y que hace rato el ser humano le tiene sus reemplazos, pero que le exprimirá hasta la última gota a la tierra (a costa de lo que sea y de quien sea) para que el negocio no se acabe antes. La fuerza que produce un galón de petróleo es similar a las de cien brazos humanos y el deterioro ambiental del mismo, más nefasto que todos los abrazos que en el mundo se dan los líderes de las potencias mundiales para reducir (jamás acuerdan erradicar) la pobreza, la emisión de gases, el efecto invernadero...

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De modo pues que el discurso de quien fuera el joven “Aureliano” en las filas de la subversión, vuelve a subvertir el orden establecido, ya no sólo en el ámbito político sino en lo social y moral porque la índole de su alocución tiene un arraigo humano de progresismo sincero; y con ello Petro es absolutamente consecuente. Y no hablo del hombre candidato y ahora presidente, hablo del ser humano cuya vida ha estado en consonancia desde lo que piensa, lo que dice y lo que hace. Con este discurso, Petro generó una contradicción fundamental entre la belleza y la muerte, tradicionalmente opuestas, antagónicas e irreconciliables. Ese aparente contrasentido también lo llevó a los terrenos de la ironía cuando con exageración cuestiona a quienes no les cabe en la imaginación -no por elementales, sino por guardianes de intereses- su intención narrativa. Es decir, líderes de opinión en una sociedad con limitaciones incluso en aquello donde la libertad es infinita: la capacidad de imaginar.

El mundo es tan estrecho como limitada sea la visión del mismo. Este discurso puede ser -guardadas las proporciones- otra versión del que a mi juicio es el más hermoso, alegórico y demoledor de los textos de Gabriel García Márquez: El cataclismo de Damocles, una conferencia dictada en Ixtapa-México el 6 de agosto de 1986.Si no lo han leído búsquenlo, entre algunas líneas donde el Nobel propone la recuperación de sabios de las santabárbaras de muerte, para aprovechar sus inteligencias en la educación y justica, reza: “…lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de la paz”. Dirán los mismos estúpidos a carta cabal que es una sarta de estupideces, pero saben ellos que su estupidez es impuesta y eso es mucho más triste y humillante que si fuera genuina.

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