Los primeros que me sonarán los mocos con sus puñetazos críticos son los puristas del lenguaje, que dirán con estrepitosa razón que no se dice gripa, sino gripe. Así como el pijama y no la pijama. Y los circunspectos opinadores de oficio, por escribir majaderías tras los aciagos hechos acaecidos a la patria. Pero estoy muy congestionado y decaído para emprender en los albores del primer mes, cruzadas gramaticales y análisis democráticos, me limitaré a contar por qué al comienzo de todos los años los agripados (¿o agripedos?) somos legión.
El diagnóstico es relativamente sencillo: diciembre es el mes de los excesos. Del ruido y el polvo. De los bailes y las sudoraciones. De la glotonería y el trasnocho. De la transpiración y los fluidos. Del ejercicio fatuo y el cansancio acumulado. Del gasto innecesario y el guayabo económico. De modo que el cuerpo expresa todo aquello que el espíritu ha padecido. Dicho en términos médicos: una reacción lógica. Pero ojo, no hay que confundir las lágrimas con el pañuelo.
Al cuerpito se le da duro en diciembre. Los músculos acostumbrados al letargo de la oficina son sometidos a extenuantes jornadas de algarabía. A intensas andanzas por los vericuetos insondables de la rumba y el sol. A inyecciones de vitalidad similares al envenenamiento de los motores. Los paquidérmicos trabajadores de hoy los encendieron con la lubricación propia de una dama mal cortejada. Y esa fricción, todos sabemos, es dolorosa. Raya pistones y tuerce culatas.
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Pero volvamos al asunto. Todas las vacaciones pueden resumirse en la posibilidad de cambiar de cansancio y gastar en quince días lo que se acumula con miseria todo un año. Un breve suspiro a la moderna esclavitud. La prima no ha llegado y ya se la han comido. He sabido de muchos casos. Entonces la máquina se excede y el cuerpo es forzado a condiciones extremas. Por ejemplo, tomar, bailar y comer en un lapso de tres horas. Eso sin contar con el otro verbo, una vez se llegue a casa. O para los solteros, a esas fincas con habitaciones numeradas donde hay más quejidos que apuñalados en un hospital.
El cuerpo lo sabe es cierto, pero el cerebro que es quien lo organiza, comienza a enviar avisos en medio de las resacas. Las pocas horas de sueño hacen mella. El hígado no alcanza a procesarlo todo. La bolsa biliar está al borde y el páncreas colmatado. Las bebidas frías hacen su aporte. Los duchazos redentores aportan lo suyo. Un piscinazo o el paseo de olla, fungen como choques térmicos letales. Esos consomés hirvientes y otras pócimas milagrosas, como el sancocho trifásico, son un verdadero atentado digestivo. Y la máquina funcionando.
Si el paciente o la dama, además de ingerir bebidas espirituosas, tiene la reputada costumbre de inhalar escama de pescado o cualquier otro sahumerio, la vaina se complica. Pues a todos los humores y pachulíes, a todos los ácaros y tierreros, a todos los pedos y relinchos de las cabalgatas, al nubarrón de la pólvora prohibida, habrá que sumarle la picada de pulmón. Si es solo cigarrillo, trazas de unas 2000 sustancias que oscurecen el bofe. Y que se elevan a 4000, con el smog de las ciudades capitales. Sí, es más sana esta víscera en un campesino mariguanero que en un pulcro hombre de ciudad.
El escalofrío es la maldición. Nada más cruel, más inhumano y más devastador. Un frío terrible en medio de unas sudoraciones espantosas. Un organismo loco que no entiende cómo su dueño pudo cometer tal cantidad de barbaridades en escasos diez días. Quince a lo sumo. Es la fiebre decembrina, esas ganas estúpidas de querer hacerlo todo antes de que se acabe. ¿El día, el mes, el año, la plata? Pasa a todo momento, a cada instante de la vida, pero la fiebre ataca el sistema a tal punto que la lógica termina como el Acuerdo de Paz, hecho trizas.
El dolor de cabeza es la venganza de la inteligencia. Suele venir acompañado de un remordimiento punzante, un martilleo incesante en la sien que taladra inmisericorde cien mil veces: ¿Por qué te gastaste lo que no tenías? A veces hay lagrimeos y cegueras mini temporales, para no ver el tamaño de la cagada. Bueno, también hay diarreas. La tos –que lo mismo que la plata no puede disimularse-, opera como como un catalizador del pensamiento. Es decir, el resignado tose mientras elucubra algún argumento para justificar su desolada desdicha.
El escozor en la garganta es la humillación total. Nada lo quita. Ni el jarabe costoso ni el remedio casero. Es una molestia comparable solo con la imposibilidad de querer decir algo y no encontrar la palabra indicada. Incluso peor, querer insultar a alguien y no tener el valor para hacerlo. Es más, no es un nudo en la garganta sino una suerte de mota de diminutos nudillos de poliéster. Como tener un pedazo de cobija de lana en la garganta. De las cuatro tigres, que pican solo con mirarlas.
Colombia fiel a su tradición de estar bañada por dos océanos, uno de sangre y otro de ignorancia, corre todos los eneros a ponerle otro nombre a la misma gripa. Y se hierven raudales de aguadepanela. Y se exprimen más limones que una fiesta de quince. Y se toman bombas. Otros las ponen. Y se inyectan mezclas innombrables. Cianuro y terrorismo. Y los farmaceutas hacen su agosto. Y los médicos acaban sus talonarios firmando incapacidades. Y yo sigo sin entender por qué, sino hice nada de lo anterior, estoy tan vapuleado. Pero mejor, eso sí, que las víctimas de un nuevo atentado. Vuelve el miedo para vender seguridad.
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