Uno quisiera ser optimista con el futuro de Colombia, pero la realidad mediática del país se lo impide. Uno quisiera ver más equilibrio y menos sesgo en las noticias, pero los noticieros son ciegos voluntarios de aquello que va en contra de quienes les ponen la venda. Uno quisiera comprobar que cumplen a cabalidad con sus tres funciones básicas, pero son tuertos conceptuales frente a lo que la evidencia les pone al frente de la cámara o el micrófono. Uno quisiera decir que educan e informan, pero debe reconocer que solo entretienen, distraen, confunden y polarizan. Así no vamos a avanzar como sociedad, porque todo lo que nos informan es desequilibrado, amañado y parcializado.
La situación de los indígenas del Cauca es el ejemplo más reciente de esta desnaturalización del periodismo. Un control del discurso que comienza con el manejo del lenguaje y termina con el control del poder mental de las mayorías. Mientras los indígenas hablan de movilización social, los medios se refieren a las marchas y el bloqueo. Ellos hablan de defensa y los medios escriben sobre ataques a la sociedad. Está claro que acuden a las vías de hecho. Vivimos en un Estado sin palabra, deshonesto e mentiroso, que no solo no cumple lo que promete, sino que no respeta lo que dialoga y acuerda. La cuestión es que los indígenas, hacen lo que no hace el resto de la ciudadanía: exigen cumplimiento.
Los indígenas además reclaman respeto de la soberanía, cosa extraña para el resto de connacionales. Su autonomía la defienden como se defiende a la familia, porque para ellos la sociedad es la familia extendida. Sus mingas, son una vocación de trabajo colectivo que aplican en todo, en la construcción de una casa o una carretera, o en la exigencia de la preservación de sus recursos, la no titulación de sus territorios como espacios para la minería trasnacional o la destrucción de sus posibilidades alimentarias futuras. La defensa del agua y de la vida, es una lucha en la que deberíamos alistarnos todos los colombianos. Y mientras tanto, los medios se concentran en lo inmediato. Y tapan la caca de Hidroituango, Reficar, Odebrecht, con el cianuro como orín y un Plan Nacional de Desarrollo tan desequilibrado como mezquino.
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No se puede desconocer que bloquear la carretera Panamericana trae consecuencias negativas sobre el resto de la población del suroccidente colombiano, pero tampoco, que si los gobiernos hubiesen cumplido históricamente con sus deberes, la realidad sería diferente. Y la misma carretera es evidencia. Se bloquea una carretera y se afectan cuatro departamentos. ¿Y las vías secundarias y terciarias? Son trochas que la corrupción ha pavimentado tantas veces, como veces se ha exigido que se pavimenten. Inseguras y peligrosas. Estrechas y sin puentes. ¿Y las vías férreas? Las acabó la corrupción pública y la privada, las oligarquías centralistas y las del overol. Una cosa del pasado que en Europa funciona, pero aquí acabaron los señores de las tractomulas y de los Ferrocarriles Nacionales. ¿Y el transporte aéreo? Por las nubes, es un monopolio aupado por el Estado y sostenido apenas sobre el papel. Los precios son tan altos, como bajas las frecuencias, precarios los aviones y deficientes los aeropuertos.
De modo que los indígenas saben y hacen, lo que el resto de colombianos ignora y desdeña. Y los medios informan sobre el camión con papas que no llegará a los centros de acopio, donde los intermediarios no perderán, pero si dejarán de ganar el exagerado incremento que paga el consumidor. Sobre la leche derramada, pero no sobre el monopolio donde gana más la vaca que el lechero. Sobre las hortalizas, pero no sobre el monopolio de las semillas. Sobre las piedras y los palos en la carretera, pero no las granadas y los fusiles de los militares infiltrados. Sobre el impacto a Popayán, pero no sobre su crisis social.
El presidente que en campaña besó niños indígenas, abrazó mamos en la Sierra Nevada y hasta se coronó con penachos de plumas en Putumayo, no va al Cauca porque no comparte la violencia, pero si va a la frontera con Venezuela a respaldar a los guarimberos, objeta la JEP y hace trizas la paz. Porque ese Cauca que parió 17 presidentes de la república, le queda lejos y grande, porque es el mismo que le demuestra al mundo que la resistencia indígena es dignidad y que el peligro de una historia mal contada, es un arma letal contra los menos favorecidos. Un Cauca que dicta lecciones de democracia, de sabiduría, de solidaridad y de periodismo independiente.
Y el país de los medios concentrado en la Voz Kids, Yatra y el partido de la selección. En la camiseta de una de las tres multinacionales que patrocinan el orgullo patrio. Como están las cosas, en este país importa más la rodilla izquierda de Juanfer que el hemisferio derecho del cerebro del primer mandatario. Los profesores también protestan, pero nadie les para bolas, ellos no afectan la economía, solo el futuro de la nación. La represión es ley en una tierra donde el incumplimiento es norma. Tibiezas ante el asesinato sistemático de líderes sociales, pero criminalización de los que se atreven a exigir que el funcionario público trabaje.
Pueda ser que a los indígenas nos les dé por reclamar en La Línea, porque incomunicarían medio país, que solo queda incomunicado día de por medio en una vía que se lleva más de 90 años en construcción. Nadie bloquearía eso sí las periferias de la nación, porque esas no le interesan a nadie, ya están bloqueadas por el olvido estatal y aunque generan riqueza para el centro de la nación, son reductos de la geografía condenados a la pobreza. Uno quisiera ver la izquierda consolidada, pero esos ligamentos tardan en recuperarse mientras la derecha se fortalece. ¡Cómo te pareces a Colombia Juanfer!
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