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El riesgo no es un negocio

Es claro que los habitantes que viven en el Jarillón del río Cauca deben salir de ahí. El riesgo es inminente y sus vidas corren peligro. El problema es ¿cómo garantizarles a todos, los que realmente necesitan, una vida digna después de desocupar? No nos digamos mentiras, quienes dicen ser dueños de los predios –  […]

El riesgo no es un negocio

Es claro que los habitantes que viven en el Jarillón del río Cauca deben salir de ahí. El riesgo es inminente y sus vidas corren peligro. El problema es ¿cómo garantizarles a todos, los que realmente necesitan, una vida digna después de desocupar? No nos digamos mentiras, quienes dicen ser dueños de los predios –  […]

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Es claro que los habitantes que viven en el Jarillón del río Cauca deben salir de ahí. El riesgo es inminente y sus vidas corren peligro. El problema es ¿cómo garantizarles a todos, los que realmente necesitan, una vida digna después de desocupar?

No nos digamos mentiras, quienes dicen ser dueños de los predios –  que en su gran mayoría nunca vivieron ahí -  y que alegan no haber sido tenidos en cuenta en el censo no lo necesitan. Se apropiaron de unos terrenos del municipio, arrendaron algo que no era suyo y pusieron en riesgo a cientos de familias que no tenían a dónde más ir. Convirtieron la necesidad y el riesgo en un negocio, mientras ellos tranquilos vivían en cualquier otra parte de la ciudad.

Muchos se rasgan las vestiduras reclamando algo que no es suyo y pidiendo a través de quienes sí son vulnerables y no tienen nada. Las famosas marraneras y demás animales que hay en la zona son grandes negocios que, según datos de la Secretaría de Vivienda, pertenecen a empresarios que no viven allí y que ponen a una de estas familias a cuidar y a defender algo que no es de ellos.

Hoy cientos de personas que aceptaron salir de la zona tienen su apartamento. Es evidente que no es igual de grande que la casa donde vivían en arrendo,  pero no tienen el peligro constante de ser arrasados por el río.

Ahora, deben garantizarles a todos dónde vivir, tener un techo dónde dormir. Ayer en medio de uno de los desalojos, conocí un caso de una señora que tenía a su hijo invidente y la sacaron a la fuerza de su casa. Fue doloroso ver sus lágrimas y escucharla pidiendo ayuda porque no tenía donde pasar la noche con su hijo. A estas personas se les debe dar la atención necesaria, no sé si realizar un nuevo censo o evaluar cada situación, pero hacer algo por ellos y no dejarlos en la calle.

Lo más triste es que muchos aseguran haber sido engañados por los dueños de las viviendas o por los inquilinos anteriores, quienes fueron reubicados en una unidad de vivienda y arrendaron su propiedad en el Jarillón, a pesar de saber que la iban a tumbar. ¿Por qué se aprovechan de la necesidad de la gente? ¿Por qué hay personas tan deshonestas?

Aunque hay otros casos en los que las familias ven las casas desocupadas y deciden invadirlas para obtener algún beneficio. Aquí hay de todo.

Lo cierto es que las personas que habitan estas zonas deben entender que su vida está en riesgo y que así como no ha pasado nada a lo largo de los años, en cualquier momento puede ocurrir una tragedia. La Administración Municipal debe garantizar condiciones dignas a todas estas familias, que además de una vivienda, necesitan un sustento y un acompañamiento para sobrevivir. Pero que quede claro que: el riesgo no debería ser un negocio.

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EMCALI, una prioridad

EMCALI es una empresa de poco más de dos billones de pesos de ingresos al año. Es la empresa pública más grande de la región y una de las cinco más importantes del Valle del Cauca

EMCALI, una prioridad
Especial para 90minutos.co

EMCALI es una empresa de poco más de dos billones de pesos de ingresos al año. Es la empresa pública más grande de la región y una de las cinco más importantes del Valle del Cauca

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La transparencia en los procesos es uno de los grandes activos intangibles de las empresas. Las firmas más importantes del mundo preservan su reputación, el conocido Good Will, que les permite gozar de la confianza de los mercados y de los inversionistas, accionistas y grupos de interés, que tienen certeza que el negocio es rentable y generará el valor que esperan. Esta confianza solo es posible por la publicación periódica de información del estado de la compañía y por la rendición de cuentas de sus cuadros directivos. Actuar conforme a las reglas de juego e informar de forma veraz es clave para el éxito de cualquier gran empresa.

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EMCALI es una empresa de poco más de dos billones de pesos de ingresos al año. Es la empresa pública más grande de la región y una de las cinco más importantes del Valle del Cauca, un departamento donde tienen sede importantes empresas privadas. Es, además, una de las tres empresas de servicios públicos más grandes de Colombia, de manera que hablamos de una compañía gigante que no puede manejarse sin rigor.

En lo relacionado con la junta directiva y el gobierno corporativo, todos estos hechos nos confrontan con la manera en que se toman las decisiones en estos órganos de gobierno de la empresa, que pasa también por la discusión sobre la forma en que se eligen a sus miembros. Hoy en EMCALI quedan dudas sobre si sus directivos reúnen las condiciones para orientar a la empresa y si, en las condiciones de la empresa, los puestos en la junta se asignan con criterios poco técnicos y transparentes.

El alumbrado navideño móvil, el convenio interadministrativo para rehabilitar malla vial, el contrato con la ERT (que luego supimos subcontrató las actividades con varias empresas) y ahora el contrato que involucra documentación falsa por parte de un contratista relacionado con el escándalo de Centros Poblados, a pesar de las alertas emitidas en junio pasado desde el Concejo, son algunos de los casos que comprometen la transparencia de la empresa y le restan credibilidad en el mercado y frente a la opinión pública. Lo más cuestionable es que, a la fecha, nadie asume la responsabilidad ni les pone el pecho a estos cuestionamientos.

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Mientras la empresa pierde competitividad en el componente de Telecomunicaciones, por ejemplo, sus actuales directivos parecen mucho más preocupados en convertir a EMCALI en una entidad que se embarca en negocios riesgosos, poco claros y que no son de parte de su razón de ser, como la reparación de la malla vial. La principal empresa pública de Cali, que debería manejarse con un código de gobierno corporativo a la altura de las grandes empresas del país, pareciera que se maneja como un fortín político donde abundan los contratos a dedo, donde la información no es clara ni oportuna y donde la transparencia no se les garantiza a sus grupos de interés, principalmente los ciudadanos que son, además, sus usuarios.

Recuperar la credibilidad, asegurar la transparencia en sus procesos y la adecuada rendición de cuentas debería ser la prioridad en estos momentos. En ninguna circunstancia debemos permitir que EMCALI se convierta en el fortín de unos grupos políticos más interesados en hacer negocios que en generar el valor social que se espera de esta empresa pública.

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El alcalde, como presidente de la Junta Directiva, no solo debería preocuparse por asistir a las reuniones de esta instancia. De hecho, ha asistido a seis de las últimas 36 sesiones de la Junta Directiva de EMCALI. Pero en el fondo, el llamado al alcalde es que deje de hacerse el desentendido con una empresa que, si fuese del sector privado, habría perdido hace rato la confianza del mercado y de los inversionistas.  No estamos para permitir dilapidar su patrimonio público, en gran medida representado en esta, su empresa de servicios públicos.

EMCALI es de todos. En lo público se necesitan más ojos; el presente y el futuro de la empresa pública más importante de los caleños no es solo de quienes hacemos política ni de quienes gobiernan a la ciudad. Es de todos y deberian estar involucrados todos los sectores. Es una responsabilidad de todos vigilar y poner la lupa sobre lo que ocurre en la empresa y las decisiones que allá se toman.

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Rumbo a la sed

La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa.

Rumbo a la sed
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La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa.

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“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava

construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban

por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.”

Cien años de soledad – Gabriel García Márquez.

Ayer no más, hace 25.000 años, las límpidas aguas del Río Cauca fluían por donde hoy intenta correr la Autopista Simón Bolívar. Quienes conocen Cali saben que el trazado de esta otra mentira (la ciudad no tiene autopistas), dista cuando menos un par de kilómetros de la orilla de la cloaca en la que hemos convertido el mayor afluente del Magdalena, la gran alcantarilla nacional. La Simón (así le decimos los confianzudos) se trazó hace casi 40 años (no se ha dejado de construir) y se sumaba a la gran pavimentación de lo que fueran los extensos humedales y zonas lacustres de la antigua corriente. Las lagunas de Charco Azul, Aguablanca y El Pondaje, todas estrategias de desecación que regulaban las aguas en invierno, terminaron cubiertas por escombros y –gracias a visionarios politiqueros y urbanizadores piratas- por ranchos miserables que, dada la resistencia, el empuje, la laboriosidad y los sacrificios de los huyentes pobres, la migración convirtió en el inmenso Distrito Especial de Aguablanca.

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Pero, ¿cómo se corrió el río? No, no fueron los políticos. Aunque en Colombia se pueden robar un río como el Ranchería en Guajira, para regar el carbón de la Anglo Gold Ashanti y reducir las molestias causadas por el viento, dejar sin agua a todo el pueblo wayuu y alterar sus ya precarias condiciones, fueron los seis afluentes de la ciudad los que empujaron el Cauca hasta Juanchito. Los ríos Pance, Lili, Meléndez, Cañaveralejo, Aguacatal y Cali, con su carga de sedimentos provocaron que el Caucayaco (así le decían los aborígenes) se marchara al que muchísimos años después se inundaría con la rumba caleña y otros efluvios. El fenómeno se denomina técnicamente colmatación. Y eso que la presencia humana en estas tierras es de antier apenas, 30.000 años. El gentío vino después. Para 1793 habitaban el villorrio 6.548 almas y 1.106 eran ‘desalmados’, mejor dicho, esclavizados. 200 de ellos de la Hacienda Cañasgordas, que iba desde el Río Cañaveralejo hasta el Río Jamundí y desde Los Farallones de Cali hasta el Río Cauca. Esa era la tierrita del Alférez Real, el más destacado lameculos del Rey en estos dominios.

En 257 años Cali era el asentamiento que más había prosperado de todos los que refundaron los españoles en la zona. Sabrán ustedes que ellos -los gilipollas- no fundaron nada. A su llegada, moraban en la zona aledaña a la hoy capital vallecaucana 40.000 seres, que un siglo después no superaban el millar. La espada, la cruz y las enfermedades, mataban seres como “moscas”. Así les decían los ‘conquistadores’ a los muiscas, término que para los nuestros significaba hombre. Y no era la comunidad más grande de lo que hoy es Colombia, habitada entonces por entre 80 y cien pueblos indígenas. En lo que hoy es Cartagena, estaba Calamarí, un lugar donde convivían 300.000 seres humanos. Y en la sabana de Bogotá medio millón. Pero volvamos al cauce. Sólo en los últimos 30 años el nivel de turbiedad del Rio Cauca alcanza las 30.000 partículas. Y el dato lo arroja una medición que se hace en Cali, en Valle del Cauca, el segundo departamento de los siete que toca en su recorrido de 1.350 km desde el Macizo Colombiano hasta el Brazo de Loba en la Depresión Momposina. Son más de 180 municipios los que le arrojan sus inmundicias y Cali, la salsera, la resquebrajada y atormentada Cali, la flamante Sucursal del cielo, deja al río con cero niveles de oxígeno. Y, aun así, la vida continua. ¡Increíble!

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La situación es crítica, no tanto como la del Río Bogotá, pero similar a la de su hermano, el Magdalena, que en menos de 30 años pasó de más de cien mil toneladas de pescado en una subienda, a escasas seis mil, si la Divina Providencia así lo designa. En el museo que le rinde homenaje en Honda-Tolima, pueden verse fotografías que hoy resultan inimaginables. “Colombia es un regalo del Río Magdalena”, asegura el antropólogo Wade Davis en su libro Magdalena. Historias de Colombia (2021). Esta nación no hubiera sido posible sin el Magdalena y sin Honda; así como el país vallecaucano no hubiera sido posible sin el Cauca y sin Cali. No le hemos hecho museo al Cauca, pero se evocan tiempos mejores, cuando los barcos a vapor debían alternarse para descargar en Puerto Mallarino o los aviones acuatizaban en su lecho, mientras se suspendían las regatas de las elites caleñas que lo recorrían en sus lanchas mientras pescaban, cazaban y se emborrachaban. Hoy como hace millones de años, serpentea en esta pampa de 420.000 hectáreas de origen aluvial todavía manso (en lengua indígena, cauca) y, tal vez por ello, agonizante.

Los expertos aseguran que al río hay que meterle ciudadanía. No más burocracia y papelería. La institucionalidad se queda en diagnósticos; y las buenas intenciones y acciones, en los ideales de Quijotes que trabajan prácticamente solos. Desde 1998 se han barajado más de 35 propuestas para garantizar los 8.500 litros de agua que en promedio consume Cali por segundo y sólo una es viable: recuperar el Río Cauca, que aporta el 75%. Pero la lógica parece habérsela llevado el río hace tiempo. A escasos metros de la bocatoma, inaugurada en 1978 para una población 1’100.00 habitantes, Cali arroja sus aguas residuales. Es decir, le echa mierda al agua que ha de beber. En 70 años el río ha perdido más de 100 de sus 135 madreviejas, viejos cauces reguladores. Salvar un río no es cuestión de un gobierno, sino de varias generaciones. Así se solucionan los grandes problemas: con el trabajo permanente de todos y en el tiempo.

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Si la humanidad depredadora camina con los ojos abiertos hacia el abismo, a pesar de todas las advertencias, podemos decir que en Cali vamos rumbo a la sequía con una costosa botella de agua en la mano. Porque no es sólo la cantidad, sino la calidad del agua la que está en juego. El suministro de agua del Cauca es insostenible en el tiempo sino se comienza ya un proceso de recuperación que supone trabajar en su cuenca. En 25 años la escasez será inminente. Racionamientos primero y luego cortes totales. Con una población tres veces menor que Bogotá, Cali consume 1.75 más que un habitante de la capital de la república. La advertencia, y la mayoría de datos de este texto, los escuché con asombro en el diálogo Entre ríos: el Magdalena y el Cauca, realizado en el Auditorio Changó de la Feria del Libro de Cali, con el ronronear del Río Cali en el fondo tras un aguacero pertinaz.

Si en Inglaterra recuperaron el Támesis que atraviesa Londres; en Alemania el Elba, cuya contaminación era tal que podían revelarse rollos fotográficos en sus pútridas aguas; y el Rhin, que costó 50 mil millones de euros, será posible salvar el Cauca. Sería otra de las tantas cosas que podrían hacerse con los 50 billones de pesos anuales que se embolsilla la corrupción y que cubrirían dos veces lo destinado a transporte, agro, justicia, inclusión social, comercio, industria, turismo, ambiente, desarrollo, relaciones exteriores, deporte recreación, planeación, comunicaciones, cultura, ciencia y tecnología. Pero el recién aprobado Presupuesto General de la Nación la semana pasada redujo un 18% el rubro para Ciencia y Tecnología, vital en la tarea de recuperación ambiental. Todos estos procesos de redención de ríos emblemáticos duraron más de 20 años. Allá no faltaban normas ambientales, lo que hacía falta era voluntad para cumplirlas. Por eso todos los panelistas insistieron: al río hay que meterle ciudadanía. No otros cien años de soledad, digo. Es un río joven, apenas tiene dos millones de años, pero ya parece un viejo recuerdo.

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Transformación digital, una oportunidad para las Mipymes

El reto que deben enfrentar las pequeñas empresas colombianas es grande, porque la digitalización hoy en día se ha convertido en un factor fundamental para que sobrevivan, no solo a las nuevas condiciones generadas por la pandemia, sino a un mercado cada vez más sofisticado y competitivo.

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El reto que deben enfrentar las pequeñas empresas colombianas es grande, porque la digitalización hoy en día se ha convertido en un factor fundamental para que sobrevivan, no solo a las nuevas condiciones generadas por la pandemia, sino a un mercado cada vez más sofisticado y competitivo.

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Por Dilian Francisca Toro Torres

La pandemia obligó a las grandes empresas a recurrir al uso de herramientas digitales para sobrevivir a la crisis por el Covid 19. Muchas de ellas pudieron implementar el teletrabajo, realizar compras y ventas online y hasta llevar a cabo sus procesos de producción de forma remota. 

Sin embargo, esta misma suerte no la han tenido las micro, pequeñas y medianas empresas (Mipymes), que conforman el 93% del sector, las cuales han tenido grandes obstáculos no solo para tener acceso a la tecnología, sino al conocimiento de las posibilidades que ésta contiene para beneficio de sus negocios.

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Según un estudio del BID en nuestro país, el año pasado por cada colombiano había 1,2 celulares. No obstante, el uso de aplicaciones productivas y más avanzadas tecnológicamente aún están en manos de sectores como las empresas exportadoras y las de servicios.

Dilian Francisca Toro Torres

Por su parte, entre las Mipymes la mayoría se limita a utilizar este tipo de herramientas para enviar y recibir correos electrónicos y solo el 40% tiene página web.  Entre tanto, según la Cámara de Comercio Electrónico, durante la pandemia esta actividad tuvo un crecimiento de 11% por semana. Pero lo que vemos en la práctica es que un gran porcentaje de las Mipymes, sólo pueden destinar sus recursos a las tareas que exige el día a día.

En medio de estos contrastes el reto que deben enfrentar las pequeñas empresas colombianas es grande, porque la digitalización hoy en día se ha convertido en un factor fundamental para que sobrevivan, no solo a las nuevas condiciones generadas por la pandemia, sino a un mercado cada vez más sofisticado y competitivo.

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Apostar a desarrollar estas herramientas en el tejido empresarial es posible. Así lo hicimos durante mi gestión en la Gobernación del Valle del Cauca, donde con miras a la transformación digital del territorio, fortalecimos la competitividad, la promoción y apropiación de las TIC y la conectividad digital; así mismo consolidamos el ecosistema de innovación digital, a partir del Comité TIC departamental, en el que tienen asiento los 42 directores de información municipales.

Como parte de esta tarea trazamos la ruta para fortalecer la economía digital del departamento mediante la puesta en marcha de iniciativas como la creación del Centro de Tecnología de transformación digital, con laboratorios para la elaboración de prototipos, inteligencia artificial, realidad aumentada y ciberseguridad, para ser utilizados por las incubadoras de empresas y acelerar su desarrollo.

En mi opinión, la transformación digital debe ser ahora. Para ello, las Cámaras de Comercio de todo el país deben jugar un importante papel preparando y capacitando a las Mipymes para hacer uso del comercio digital. También, pueden servir como puente para que los emprendedores y pequeños comerciantes cuenten con conexiones de mayor calidad y dispositivos tecnológicos; así como soluciones digitales que les permita mejorar sus ventas y la gestión empresarial que requieran de acuerdo con su tipo de negocio.

Desde luego, desde el Estado se debe desarrollar una agenda decidida de formación en nuevas profesiones que demanda nuestra sociedad del conocimiento; fortalecer el Sistema Nacional de Competitividad e Innovación y desarrollar programas de formación en herramientas digitales a los micro; pequeños y medianos empresarios, entre otras iniciativas. La transformación digital es una gran oportunidad para fortalecer las Mipymes, el corazón del sector empresarial en el país. De esa manera podremos avanzar para ser ese país que merece volver a confiar y sonreír.

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