No la tiene fácil la televisión en el futuro, los grandes proveedores digitales de contenidos han centrado sus esfuerzos y estrategias en quedarse con el entretenimiento. Y para ello cada día incrementan sus inversiones y –debe reconocerse- también su calidad. De modo que la televisión, particularmente la pública, debe redoblar esfuerzos para no quedarse por fuera del mercado. La privada, fiel a sus patrones económicos e ideológicos, cumple su función de caja de resonancia y aparato de manipulación, mientras pierde audiencia.
Y en medio de ese panorama, las tensiones de la globalización acechan también a los canales regionales, que deben competir y convivir de manera simultánea con nuevas expresiones y fenómenos multimediales. Diversos lenguajes que disponen de grandes capitales y una característica que vale mucho dinero: la movilización a otros territorios. Por eso sus inversiones deben recoger algo de los formatos tradicionales, readaptarlos a sus presupuestos y generar por lo menos la idea de innovación creativa, o de lo contrario, sus propósitos y supervivencia resultarían inalcanzables.
La televisión ha pasado de la rigidez al intimismo, en busca de la identificación. Hay ahora una sombra en el límite que antes separaba lo público de lo privado, un difuso margen que ha llevado a los espectadores a ser protagonistas. Y eso cambia las condiciones de producción, aunque a la postre revierta la ecuación. La televisión convencional hace cada vez más producciones a bajo costo que resultan rentables en el corto plazo, pero que apagan televisores a futuro. El gran paradigma tanto de generación como de recepción de contenidos, es que se pueden haber reducido los costos de producción, pero se han incrementado los de la publicidad adjunta para sostenerse en el mercado.
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Es un hecho que la oferta televisiva ha crecido y con ella el consumo. De su mano, también la competencia y los costos. Y ese dinero, busca no solo recuperarse, sino incrementarse para seguir en el negocio. El dilema es competir con ofertas limpias que no tengan cortes comerciales y seguir siendo rentables. Esa pugna por el mercado se evidencia en los esfuerzos que los canales locales o regionales, hacen para contrarrestar con buenos contenidos, las multimillonarias parrillas de televisión privada o las plataformas cerradas donde se paga por ver. Un gran reto que supone crear alternativas que bajo algunos parámetros de los hábitos de consumo preestablecidos, se atreva propuestas trasformadoras.
Las audiencias hoy prefieren conocer las curiosidades de los contenidos televisivos, a partir de personajes reales que lograron convertir sus pasiones, en grandes espectáculos de entretenimiento. Ver a sus iguales convertidos en rutilantes estrellas del firmamento artístico, en lo alto de la figuración, en el distante cielo que desde la calle popular se percibe como inalcanzable. Por eso los realities son el formato estrella de la televisión mundial, pero al tiempo la estructura que soporta la mayor crítica en cuanto a la producción de contenidos.
La vida democrática se configura en los medios de comunicación. Y en estos formatos, hay participación directa, reconocimiento público, acceso de las minorías, creación de sentido y el surgimiento de nuevas figuras que con base en su habilidad, alcanzan la esfera de lo público. La proyección de esta imagen se fortalece con un tratamiento que logra envolver en su construcción, todos los sentidos que convergen en los horizontes de significación tanto individuales como colectivos. La importancia de los entornos y los contextos en la percepción televisiva, se tienen en cuenta para reivindicar las cualidades de quienes pasan de la calle a la pantalla y reflejan en ella sus aspiraciones.
La televisión, todos sabemos, es el medio de comunicación que mayor impacto y relevancia social tiene en nuestros días. Es sin duda el centro de la vida social y cultural desde donde se configura la mentalidad de la sociedad y a través del cual se desarrolla un nuevo sensorium comunicativo en las audiencias por la combinación de los diversos lenguajes visuales y sonoros. El término arriba mencionado se refiere a la suma de la percepción de un organismo, el lugar donde se experimenta e interpreta el entorno en el que vive y hace posible su percepción consciente del mundo.
En tiempos de convergencia y nuevas tecnologías la televisión debe apuntar hacia nuevas formas que compitan con producciones que la están asediando y por momentos, superando. Hecha para mirar, está siendo mirada, analizada y sometida a críticas que deben forzar cambios transicionales que suponen nuevos desafíos. Bajo esta idea, la televisión colombiana debería atender en mayor proporción la realidad sociocultural del país y de las regiones. Ser pensada desde y para las audiencias, con calidad y anclada en el contexto, vista como industria pero ubicada en el mercado, diseñada bajo las dinámicas de producción y con profundo sentido de la responsabilidad social.
Cuando estamos al frente del televisor, no estamos al frente de un objeto u artefacto inmóvil, sino de cara a una práctica social y cultural en movimiento que construye realidad. No hay televisión estática, pero la nuestra se asemeja a un corcho en un remolino. Un negocio que distrae, que ayuda a mantener a la población sumida en la ignorancia, distraída de los temas importantes. Tapa, levanta muros, instiga inquinas, promueve desigualdades, azuza conflictos, provoca odios, estimula brutalidades y sugestiona. La distorsión es para todos, pero afecta más a los jóvenes, por eso no la ven. Los canales privados con su poderío económico y su debilidad ética, nos ofrecen una televisión de alta definición y bajos contenidos. Y después nos quejamos de la superficialidad de nuestros jóvenes, de su frivolidad. He ahí la distorsión. Valdría que quienes hacen televisión, lean a Chesterton: “Divertido no es lo contrario de serio. Divertido es lo contrario de aburrido, nada más”.
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