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Periodismo al Rincón

Varios de los compungidos amigos de Fredy, exfutbolistas como él, técnicos y periodistas, se lamentaron y lloraron su partida. Hasta ahí, todo normal. Es apenas lógico. Pero ninguno reconoció en su indiscutible menoscabo moral que muchas veces el hoy fallecido les increpó su falta de profesionalismo, de pundonor, de patriotismo y de honestidad

Periodismo al Rincón
Especial para 90minutos.co

Varios de los compungidos amigos de Fredy, exfutbolistas como él, técnicos y periodistas, se lamentaron y lloraron su partida. Hasta ahí, todo normal. Es apenas lógico. Pero ninguno reconoció en su indiscutible menoscabo moral que muchas veces el hoy fallecido les increpó su falta de profesionalismo, de pundonor, de patriotismo y de honestidad

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Tras una semana de ‘verdadera pasión’ por el accidente y la muerte de Fredy Rincón, ya no hay nada más qué decir sobre este exfutbolista cuya situación fue convertida por los medios de comunicación en tragedia nacional. Nada más qué decir sobre él y sus grandes gestas deportivas, por supuesto, porque ningún medio o periodista de los considerados ‘deportivos’ ha hecho un análisis de por qué en Colombia la muerte de un deportista supone una cobertura de semejante dimensión, por encima de la pérdida de cualquier otra persona o figura pública. Allí queda todo por decir. Ninguno se detuvo a examinar las razones que los llevan, primero a ellos y por su influjo a un país, a esta especie de desventura patriótica en medio de muchas otras invisibilizadas por el lamentable cubrimiento.

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Y son muchas las razones, pero vale comenzar por una simpleza, por preguntarle a un colombiano promedio que consumió horas de esta noticia o a un exfutbolista ahora convertido en anecdótico periodista deportivo que destiló horas de verborrea, de dónde viene lo de “El coloso de Buenaventura”, para confirmar el deficiente tratamiento dado a este acontecimiento, sin duda importante, pero -debe insistirse- no en la dimensión de tragedia nacional. La revisión histórica del remoquete está lejos de cualquier ligera asociación para imponer un sobrenombre. El trasfondo de este daría para una sesión completa de historia pura y dura sobre una de las siete maravillas del mundo antiguo, El coloso de Rodas, donde imponencia y puerto, serían claves fundamentales de cualquier análisis comparativo, en lo político, lo artístico y lo comercial.

Pero vamos a lo que vinimos, a la complejidad de un hecho noticioso que no sólo la gran prensa nacional, sino todos los medios, incluso los alternativos y los pequeños -locales y regionales-, sin caudales financieros, pero con ganas y sin fundamento o buen criterio periodístico, convirtieron por momentos en una tragicomedia colombiana, con todo el equivocado folclorismo que caracteriza este tipo de acontecimientos. Un despliegue técnico y humano que nunca está al servicio de hechos noticiosos que devienen para Colombia en verdaderas catástrofes humanitarias que no caben es esta, ni en ninguna otra columna por su asombrosa magnitud. Lo acontecido con este hombre ahora con ribetes míticos, es el resultado del pésimo enfoque que sin duda debe estudiarse y que mínimo redunda en excelentes réditos de pauta publicitaria.

Lo ídolos son constructos de la realidad mediática que surgieron con la imprenta de caracteres móviles que volvió famosos a los escritores -sobre todo a los cercanos a Mainz la ciudad alemana de Gutenberg; luego la radio hizo lo propio con los cantantes, que el cine catapultó al estrellato y de paso creó otra constelación, la de los actores; después la televisión hizo lo propio con los deportistas, en especial con los futbolistas; para encontrarnos ahora con que los famosos son los influencers, youtubers, instagramers, tiktokers y demás estúpidos convertidos en famosos millonarios por una horda de desconocidos estúpidos seguidores. Es un hecho irrefutable que la llegada de cada nueva tecnología de la comunicación ha generado su propio panteón de ilustres.

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De ahí que los ‘nuevos profetas’ hayan arrojado al mar sideral de los olvidados -demos por ejemplo tres casos- a los viejos, a los maestros y a los intelectuales, donde por obvias razones ya no se incluye a líderes políticos, militares o religiosos. La situación del mundo los deja muy mal parados, pero la suplencia resultó peor que la titularidad. Médicos, arquitectos y artistas plásticos también están en la nave del olvido. Desde siempre el ser humano ha creado sus propios dioses y sus héroes con sus leyendas verosímiles, la cuestión es que en épocas de globalización y consumismo es tan delgada la línea entre el periodismo y la farándula en tiempos de redes sociales, que la mayoría de periodistas desconoce la ética como principio y la mediación social como finalidad. Muchos ‘desempolvaron’ alguna foto digital con Fredy para arañar algo de la fama mortuoria y lanzarse a la hoguera de las vanidades, del Dios Yo.

Varios de los compungidos amigos de Fredy, exfutbolistas como él, técnicos y periodistas, se lamentaron y lloraron su partida. Hasta ahí, todo normal. Es apenas lógico. Pero ninguno reconoció en su indiscutible menoscabo moral que muchas veces el hoy fallecido les increpó su falta de profesionalismo, de pundonor, de patriotismo y de honestidad. Los turbios negocios que se mueven en el fútbol profesional y de los que él tampoco escapó, aunque fue absuelto por la justicia. En su momento denunció el festín de reventa de boletas liderado por algunos de sus compañeros de selección en Barranquilla, que cobran por todo y más. Habló claro sobre los lados más oscuros de este deporte donde se erigen y derrumban estatuas mediáticas todos los días y el periodismo es protagonista y cómplice, como lo fue de la dupla fútbol y narcotráfico.

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Es un hecho que la muerte violenta y temprana mitifica. El ídolo convertido en leyenda roza la perfecta divinidad y es deshumanizado al exacerbar sus cualidades y borrar de la historia sus debilidades íntimas, que jamás se hicieron públicas o que, aun siendo públicas, son desviadas al cambiar el enfoque noticioso. No serían lo mismo el Che Guevara, Marilyn Monroe, James Dean o Jorge Eliécer Gaitán si mueren de viejos. El desprecio por la vejez es una característica de la modernidad y otro filón de análisis inexplorado en estos tiempos de belleza superflua y tatuajes en pieles que han de suponer nunca se arrugarán. En Colombia las masacres -cumbre de las muertes violentas- son paisaje, ya nadie se escandaliza porque los medios las trivializan con su despliegue minúsculo, su cubrimiento exiguo y su cobertura centralista.

Es probable que nunca se sepa quién cruzó la luz roja o se tarde mucho en develar la imagen de quien la pasó en verde. Las dos situaciones por la misma razón: una justicia ineficaz y un periodismo ineficiente. A los dos el fanatismo los pondría en la picota pública. Lo que sí deberíamos saber todos los colombianos es por qué los medios de comunicación le dan tanto despliegue a estos hechos noticiosos sobre la vida y muerte de quienes ellos convierten en ídolos: porque somos una sociedad llevada a la ignorancia por la suplantación y alteración de los valores fundamentales y la manipulación de la consciencia y la inconsciencia en medio de una sociedad inundada de vacíos de todo tipo, que van desde los básicos como los económicos y educativos; hasta los emocionales y espirituales, de más hondo calado y, por ello, de mayor afectación.

Adenda: Una persona conocida que trabaja en Medicina Legal me envió al WhatsApp una imagen del rostro amortajado de Fredy Rincón. La borré de inmediato y le sugerí que hiciera lo mismo. Prefiero guardar la icónica imagen de su grito temerario, pues ese sí resume la tragedia de un país.

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El miedo que no se va

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

El miedo que no se va
Tomado de Unsplash. / Imagen de referencia.

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente...

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Por: Carmen Andrea Rengifo, periodista caleña, excorresponsal de medios de comunicación en Venezuela

Hace casi ocho años, cuando salí de Venezuela, salí enferma, emocional, psicológica y físicamente. En agosto de 2018 terminó mi vida allá, después de ocho años de ejercer periodismo bajo persecución, miedo constante y ataques. Ser corresponsal en una dictadura no solo te quita la tranquilidad, te va rompiendo por dentro.

Desde entonces he querido volver para abrazar a mis amigos, a mi familia escogida, para caminar por las calles que por años fueron mi hogar. No he podido. Me da miedo. Y me duele porque el miedo no debería expulsarte del país que amas.

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He atravesado distintos duelos por la salida, pero sobre todo por ver, año tras año, cómo las esperanzas se esfumaban. Cómo cada intento de salida democrática era aplastado por el chavismo que se convirtió en madurismo radical cerrando más medios, encarcelando opositores, persiguiendo periodistas, robándose elecciones, controlándolo todo.

Y esto no es una opinión personal, es una realidad documentada. Presos políticos, ejecuciones extrajudiciales, censura sistemática, millones de personas obligadas a huir. El chavismo es una dictadura. Negarlo es insultar a los millones de víctimas venezolanas, porque las víctimas no son solo los muertos o los perseguidos, también son a quienes les tocó que abandonar su patria en busca de un mejor futuro.

Y, sin embargo, hoy estamos parados frente a otro punto de quiebre, una situación compleja, delicada y hasta peligrosa.

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Nicolás Maduro fue un dictador. Lo fue, y lo digo en pasado porque ya no está en el poder.

La pregunta es: ¿qué viene ahora y a qué costo?

Cuando una dictadura elimina todas las salidas democráticas, la historia ha demostrado que la única opción es violenta y entender esto no significa celebrarlo. Que algo parezca inevitable no lo vuelve justo.

No puedo celebrar ataques ni intervenciones que se presentan como liberación que están atravesadas por intereses económicos explícitos. El petróleo venezolano es una ambición declarada por muchos países, un producto que se ha convertido en la maldición de ese país.

Hoy, además, el discurso que vuelve a imponerse desde Estados Unidos habla de control energético, de recursos, de poder. Cuando la narrativa se convierte en moneda de cambio, el pueblo queda reducido a una cifra o a la nada.

Y entonces me niego a elegir entre dos formas de violencia: la de una dictadura que destruyó a su pueblo y la de la geopolítica que dice venir a salvarlo. Mientras calcula sus beneficios y lo dice sin pudor, como si el país le perteneciera.

Entiendo la rabia. Entiendo la celebración de quienes sienten que, por fin, algo se mueve. Las preguntas que he escuchado por años desde Venezuela son siempre las mismas: ¿qué va a pasar?, ¿hasta cuándo esta situación? No juzgo ese alivio.

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De alguna forma, también me siento aliviada al saber que Maduro ya no está en el poder, pero mi preocupación más profunda está en quienes hoy salen a abastecerse con miedo, en mis amigos, en mis colegas, en la gente que está atrapada en medio de órdenes y decisiones de las que no fue parte.

A estas alturas no está claro qué está pasando ni quién está mandando realmente. Si la jugada era sacar a Maduro del poder, lo cierto es que el resto de la estructura dictatorial sigue ahí, al menos hasta ahora. Delcy Rodríguez de presidenta, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino y la cúpula política y militar aparecen juntos, cerrando filas, reacomodándose, defendiendo con fiereza lo que queda de un régimen que no se ha desmantelado.

Y Estados Unidos, sin pudor, escala el discurso a uno que atiza la confrontación entre hermanos venezolanos y latinoamericanos, un discurso que no es de cuidado ni de reparación, sino de condiciones y advertencias. Donald Trump ha sido explícito: si no se cumple lo que exige, habrá más ataques. No habla de democracia, habla de control, de recursos, de fuerza. Y cuando una salida se plantea así, la vida de la gente vuelve a quedar en riesgo.

A eso se suma algo aún más inquietante para la región: las declaraciones de Trump contra México y Colombia y contra el presidente Gustavo Petro, insinuando escenarios que no solo son irresponsables, sino peligrosos.

Colombia no es Venezuela. Aquí no hay una dictadura. Y normalizar ese tipo de discursos es abrir la puerta a una violencia que este país ya conoce demasiado bien.

Esta no es una postura partidista ni ideológica y me niego a aceptar que me califiquen o me pongan de un lado o del otro desde los radicalismos. Por estos días, me han dicho desde facha hasta guerrillera. Y no, ese discurso radical que nos quieren imponer ya lo conozco, ya lo conocemos y siempre termina mal.

Colombia y Venezuela son países vecinos y profundamente conectados no solo por los miles de kilómetros de frontera que nos une sino porque nos reconocemos como pueblos hermanos. Lo que ocurra allá nos atraviesa aquí en esta Colombia, herida, preelectoral, polarizada y rota, que debería mirar este momento con cuidado, sin fanatismos y sin repetir ese lenguaje de odio y de acciones violentas que tanto daño nos han hecho.

Defiendo los derechos humanos por encima de todo. No soy de medias tintas, no los defiendo según quién oprime o quién interviene. No los defiendo ni por ideología, ni por partidismos. Los defiendo siempre, sin excepciones y sin bandos. Los derechos humanos son lo que nos hace humanos.

Son horas complejas y no puedo sentir alivio cuando no se sabe qué va a pasar mañana allá y acá, ni quién decide, ni hasta dónde puede escalar todo esto.

Tal vez no había otra salida. Tal vez esta era la única salida posible.

Pero mientras el miedo y el control sigan enquistados en un pueblo y empiecen a extenderse como amenaza sobre toda nuestra región, no hay alivio posible. Mucho menos cuando se habla de intervención con tanta facilidad, desde la comodidad del micrófono o las redes sociales o la distancia, como si no se tratara de vidas reales. Colombia no es Venezuela, pero tampoco está al margen. Y normalizar ese lenguaje es abrir una herida que nuestro país ya conoce demasiado bien.

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“El falso feminismo es una gran lacra”

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

“El falso feminismo es una gran lacra”
Especial para 90minutos.co

Lo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica por el beso de Luis Rubiales y Jenni Hermoso. Un beso catalogado como violencia sexual.

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Primero lo primero. Nadie debe besar a nadie en contra de su voluntad. Eso debe estar claro y no amerita discusión alguna. Ni hacer absolutamente nada que no sea acordado, aunque ese acuerdo en las relaciones interpersonales suele ser tácito.

De lo contrario, estaríamos al frente de la deshumanización y la automatización de lo idílico, de los flirteos iniciales del romance convencional, los galanteos o ligues precedentes, previos al enamoramiento. Valga decir que estamos ante la sexualización de las relaciones interpersonales en una sociedad “datasexual” e “infómana”, que todo lo publica y debate en redes por íntimo que sea.

Segundo. Ante la sexualización de relaciones entre humanos que no necesariamente buscan un encuentro sexual o una relación de pareja, tocará conocerse a través de una aplicación y llenar un formato donde se pida autorización para dar el primer beso, que se da con la mirada y tiene una profundidad que llega hasta lo más insondable del alma y lo más recóndito del espíritu.

O salvoconducto para tomar una mano entre las nuestras, que es la forma más genuina de la caricia. O una licencia para abrazar, la maniobra más efectiva para unir los pedazos de un corazón roto. Porque hay lenguajes del cuerpo que trascienden todos los lenguajes.

Tercero. Un amigo entrañable dice –para casos como el de esta columna y su título– que sale flote mi vocación de sparring, esa propensión a pelear para que otro mejore sin más recompensa que recibir golpes como opositor invisible.

Lo anterior, por supuesto, no alcanza para una disposición permanente al suicidio por mano ajena, sólo una provocación reflexiva esporádica –belicosa si se quiere, una pulsión del pensamiento crítico que siempre será mejor que agarrase a golpes– que espero no se convierta en inmolación.

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Cuarto. El motivo que me lleva de nuevo a exponerme es la polémica alrededor del beso de Luis Rubiales, presidente de la Federación Española de Fútbol, a la jugadora de la selección española, Jennifer Hermoso, tras la obtención del título mundial en Australia.

¿Impulso emocional o agresión razonada? Opinar es una moderna y novedosa forma de suicidio social, pero qué carajos, cuando uno tiene más pasado que futuro, madrazos y aplausos se reciben con la misma actitud: usted piense lo que quiera que yo escribo lo que pienso.

No hay quinto malo. En España y en buena parte del mundo occidental, la situación ha dado para todo. La condena social ha sido una cacería mediática que tiene visos de melodrama y película de terror.

Un beso catalogado como violencia sexual, que el acusado ha considerado un pico espontáneo y consentido, dos términos que de entrada encierran una gran contradicción o, por lo menos, un ingenuo contrasentido. Y la mamá de la implicada, califica como algo intrascendente frente al título mundial.

“Que el hecho no quede impune”, ha manifestado la jugadora y el sindicato de jugadores pide la cabeza del calvete que ha dicho que “el falso feminismo es una gran lacra en España”. Y ahí fue Troya. Lacra es un escupitajo. Por supuesto, lo que no se cuenta en los medios ni se ventila en las redes, es que detrás del hecho está la disputa política por un cargo con unas implicaciones económicas y sociales tremendas.

Les va bien entonces a las aves de rapiña y a las jaurías de hienas, propiciar y esperar la muerte del atacado para acceder sin reparos al sanguinario festín.

El escándalo del beso siempre es carroña para los medios. Con este, el ingrediente adicional es la llamada “violencia de género”. Los picos entre Britney Spears y Madona, y entre la reina del pop y Cristina Aguilera, confirman que las ninfas son adorables. Entre Johnny Deep y Jimmy Kimmel, ratifican una amistad sin prejuicios.  

Entre Sandra Bullock y Scarlett Johansson, que ya quisiera era uno ser el labial. Y entre Miguel Bosé y el colombiano Manuel Medrano, un mensaje de amor artístico, según afirmó en su momento el cantante de Una y otra vez.

Todos, besos entre personas del mismo sexo, algunos de los cuales no se han declarado bisexuales u homosexuales. Al fin que –para los dos casos: la elección de su sexualidad o la revelación pública– es su decisión.

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Pero volvamos a la pelota, sin más enumeraciones, pero sí con cifras. En el pasado mundial un medio de Sidney registró 30 casos de jugadoras lesbianas o bisexuales. Y lo hizo para argumentar de manera contundente que señalar a todas las futbolistas como lesbianas, es como asegurar que no hay hombres futbolistas homosexuales.

En los dos vestuarios habrá todavía quienes no se atrevan a salir del closet y eso debe respetarse. Una sociedad llena de prejuicios, manipulada por la tecnología, no es el mejor indicador de equilibrio. Amén de la “demencia libertina” que padece esta sociedad, para evocar la condena al Marqués de Sade.

El pecado de Rubiales fue darle un pico a una mujer (dice él que, con su consentimiento, afirmación que ella ha negado); una mujer que si bien no ha declarado su orientación sexual (no está obligada a hacerlo) es vocera LGBTI+ y tiene gran influencia en su país pues es la goleadora histórica de su selección.

Hay nuevas formas de masculinidad, mucho más afines y respetuosas que el legado patriarcal. Pero también –hay que decirlo sin temor a ser lapidado– equivocadas formas de feminismo que rayan en lo que algunos han llamado ‘hembrismo’.

Es un fenómeno en boga, tal vez ese “falso feminismo” al que se refiere Rubiales con el infeliz adjetivo al final. Mujeres en apariencia empoderadas que basan su vida en actuar como actúa un hombre machista, porque con esa actitud creen reivindicarse.

No, no es imitando a los hombres que una mujer se libera de las formas atávicas del machismo pasado. Es con inteligencia, no con superioridades ficticias ancladas en prácticas culturales también condenadas a los hombres.

El alcoholismo y la promiscuidad –para citar sólo dos ejemplos– no está bien ni para hombres, ni para mujeres, ni para nadie.

Los niños pueden llorar y jugar con muñecas; y las niñas pueden jugar fútbol y con carritos. Los estereotipos nos han hecho mucho daño y siguen haciéndolo. Un vocabulario soez es vulgar en la boca de cualquiera, independientemente de su sexo y sexualidad.

La agresión sexual lo es al margen de quién la ejecute. La agresión física es tan grave como la agresión verbal o psicológica, venga de quien venga. El feminicidio debe condenarse tanto como el masculinicidio o androcidio, aunque el último no tenga aún soporte jurídico.

No es una cuestión sólo semántica, es un asunto social que debe atenderse en aras de la convivencia.

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La sola andanada de insultos e improperios que desencadenará este texto, son una prueba misma de lo que aquí se plantea. Emergerán reencarnaciones de Lilith, de la femme fatal, que fue todo lo contrario de la esposa fiel y la madre abnegada.

La mujer que se rebeló contra Adán, la que lo desafió, la que sólo quería copular encima de él y gustaba de la sangre de los niños y el semen desperdiciado de los hombres. La que tuvo muchos amantes por su sexualidad desenfrenada, ilícita y morbosa; y que la llevó a terminar desterrada a orillas del Mar Caspio al lado de Asmodeo, un monstruo horripilante con lujurioso deseo carnal similar al de ella, con el que se dedicó a engendrar miles de demonios.

¡Habrá algo más machista! Sí, que cualquier género se considere superior a otro en el aspecto que sea.

Ya está bien de tanta satanización. Ya está bien de tanta guerra de sexos. El listado de los futbolistas que se han besado con sus compañeros da para una enciclopedia y no han hecho tanta escandalera. No armen más tormentas en aras del respeto y de la igualdad.

Mujeres y hombres son infieles. Hombres y mujeres maltratan. Mujeres y hombres quieren imponer dominio. Hay buenas y malas personas en los dos sexos y en las múltiples sexualidades. Inventen los géneros que quieran, que cuando de genitalidad y enfermedades se trate irán sólo adonde dos especialistas: ginecólogo y urólogo. Ahí les queda pues. ¡Pasen al festín!

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El zar de Puerto Tejada

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

El zar de Puerto Tejada
Especial para 90minutos.co

A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán.

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A Pedro Antonio Zape Jordán le cuesta pararse, poner de pie su humanidad para recordarle a la vida que los robles son mortales, pero inquebrantables en su porte y robustez. Es el peso y el paso de los años que sin embargo no le impiden erigirse como uno de los más grandes arqueros del fútbol colombiano de todos los tiempos. Es de pocas palabras y de muy buen humor. Maneja un doble sentido que, como debe ser, se mueve entre la simpleza y la perversión. Como todas las leyendas vivas, parece más grande de lo que es y a sus 74 años los brazos todavía se le descuelgan de sus hombros como los dos largueros de las porterías que protegió cual cancerbero del infierno durante 22 años, del 66 al 88.

Como en el cuento de Gabo, El ahogado más hermoso del mundo, este hombre desde siempre ha tenido cara de llamarse Pedro, Pedro el grande. Así se llama el documental que le hizo Héctor Fabio Grueso, para rendirle homenaje. Podrá no ser el título más original –así era llamado Pedro I, el zar de la dinastía Romanov de Rusia–, pero es verdad. El que sí es muy original es el nombre de la productora: Grueso calibre. Este hombre nacido en Puerto Tejada-Cauca, estaba condenado a la grandeza en la dinastía Zape. Todos sus hermanos jugaban fútbol y para Pedro Antonio –el más entrañable de ellos, Constantino, ya fallecido–, era mejor que él. Su inspiración. El modelo que quiso seguir.

Por eso, porque no ser creía el mejor, cuando llegó al fútbol profesional no jugaba con el número uno en la espalda, como la mayoría de los guardametas, sino con el 24 o con el 22, o con cualquier número o camiseta que no tuviera dueño. El número nunca tuvo nada de especial, sólo que estuviera disponible. Pedro Antonio no era el más alto, pero sí el más ágil. No era el más fuerte, pero sí el más corajudo para enfrentar a las tribunas del Pascual Guerrero cuando lo silbaban. Afirma sin titubeos que cuando lo ofendían atajaba de todo. Su partido era una lucha aparte contra la dignidad. Jamás sufrió delirios de grandeza y todavía hoy, mira al piso como buscando respuestas ante el que considera un inmerecido homenaje. Tal vez por esa humildad que nunca fue necedad, era un tipo cuya calidad en aquellos tiempos a casi nadie le cabía en la imaginación.

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A él tampoco le cabía ni en la cabeza ni el corazón que el auditorio principal de la Escuela Nacional del Deporte estuviera tan lleno y que tantos amigos del fútbol hubieran acogido el emocionante llamado de la distinción reservada para aquellos que sobresalen de la manada. Varias veces los ojos de los asistentes auscultaron detrás de las gafas del portero, si las lágrimas se asomarían en los ojos algo apagados pero pícaros de un hombre sinigual; o atendieron con sigilo si la voz se le quebraría, pero el arquero estiraba su espíritu con un silencio breve y despachaba la nostalgia con una sonrisa, que es como uno de esos saques que promueve un contragolpe certero, que por supuesto, termina convertido el gol.

Cada vez es más extraño encontrar a una persona a la que todos quieran sin reparo alguno. Hasta sus regaños y ‘putiadas’ en medio del juego y los entrenamientos, se recuerdan con cariño. La mayoría lo considera el número uno. Sí, el mismo que nunca buscó tener en su espalda y ahora porta como estandarte en el espíritu, en el corazón, en el alma, en cualquier de esos lugares intangibles donde se guarda lo que no se puede tocar, pero se puede sentir. Son cosas del alma, dice. Guarda silencio. Parece melancólico. Baja la cabeza. Se acerca el micrófono y remata: “Son cosas de alma, del almanaque”. Como buen humorista, no se ríe. El auditorio estalla en una sonora carcajada.     

A reventar, así estaba el lugar en el que se dieron cita viejas glorias del fútbol. Muchos merecen iguales o mejores homenajes. Le dieron todo al fútbol y éste les devolvió un par de monedas y muchas patadas, algunas de ellas con nombre propio: indiferencia y olvido. Algunos como Jairo el Maestro Arboleda y Ángel María el Ñato Torres se conservan bien, atléticos y con una figura longilínea. Aunque canosos y con los pliegues de la vida como medallas en el rostro. Eduardo Niño, como si no hubieran pasado los años y el Profe Barragán, en lo suyo, el liderazgo. Norman Emilio el Barby Ortiz, Oscar el Moño Muñoz y Pedro Nel Ospina, unos abuelitos adorables que evocan sus años mozos con una picardía apenas comparable con la del ahora reposado Jairo el Tigre Castillo.

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A muy pocos les rinden homenajes en vida. A muy pocos los medios de comunicación respetan y consienten. Y uno de ellos es Pedro Antonio Zape Jordán. Su agilidad ahora es mental y no física. Ya no se abalanza como un felino sobre la pelota, pero sí sobre un suculento sancocho o cualquiera de los platos típicos de su Puerto Tejada del alma, cuyo estadio lleva su nombre. Es otro tributo en vida, otro reconocimiento a su grandeza y a su nobleza. Ni su guayabera azul cielo ocultó su prominente panza, ni su voz la inmensa nostalgia por una vida deportiva que toma visos de leyenda. Una y otra vez aseguró no tener palabras para expresar lo que sentía, mientras su economía verbal sentenciaba sabiduría. Varias veces manifestó no merecer tanto y cada vez que lo hizo el público grito: “Claro que sí y mucho más”.

La suya –como subraya el subtítulo del documental, es una historia de fortaleza y victoria. La primera, una condición menoscabada por los años y los achaques de la edad; pero la segunda, una condición reservada para los elegidos, para los ungidos por los dioses para ganar aun en la derrota, para vencer siempre, incluso cuando la vida de a poco se va yendo y llegará la derrota final a manos de la parca. Pero los ídolos nunca se mueren del todo. Pedro el grande lo sabe y se mofa del comentario de otro grande de los tres palos, Julio César Falcioni: “Estamos viejitos y por eso nos hacen homenajes”. No es sólo por viejos Julio, es por grandes. Y entonces las manos fuertes y firmes que atraparon tantos balones –ahora un poco temblorosas y rígidas- se unen en un acto de sumisión sobre su pecho para agradecer a toda la concurrencia. Gracias a vos Zape por las atajadas, por las voladas, pero, sobre todo, por el pundonor y el arrojo como ejemplos para la vida. ¡He ahí tu grandeza!

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