Para muchas personas, enero no solo marca el inicio de un nuevo año, sino que también se siente como un mes interminable. La percepción de que “enero dura más” no es casual ni solo una frase popular: tiene explicaciones psicológicas, emocionales y sociales que se conectan directamente con lo vivido en diciembre y con la forma en que el cerebro procesa el placer, las expectativas y la rutina.
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Asimismo, la psicóloga Ángela María Orozco, con más de 12 años de experiencia en el trabajo social comunitario en el oriente de la ciudad y vinculada actualmente a una fundación que acompaña a niños, niñas, adolescentes y sus familias. Explica que todo comienza mucho antes de que termine el año.
Según ella, “las expectativas son muy altas desde diciembre, incluso desde meses atrás, cuando ya empezamos a escuchar mensajes de celebración, planes y propósitos”.
Desde ese momento, el cerebro empieza a organizarse mentalmente alrededor del disfrute.
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Influencia de diciembre y sus fiestas
Durante diciembre, se activan con mayor intensidad neurotransmisores asociados al placer, como la dopamina. El cerebro, el sistema nervioso y el hipotálamo entran en una dinámica orientada al goce, la planificación de viajes, encuentros familiares y gastos sin tanta preocupación inmediata.
“En diciembre sentimos que podemos comprar, invertir y disfrutar, porque todo está asociado a la recompensa y al cierre del año”, señala Orozco.

El contraste aparece con la llegada de enero. De forma casi abrupta, el cerebro debe pasar del placer a la responsabilidad. Facturas, deudas, arriendos, matrículas escolares y rutinas laborales reaparecen con fuerza.
En ese cambio, la dopamina disminuye y entran en juego otros procesos emocionales que confrontan los propósitos hechos semanas atrás. Es allí donde muchas personas sienten que el tiempo avanza más lento.
“Enero se percibe largo porque toca volver a poner los pies en la tierra”, explica la psicóloga. La mente debe reorganizarse, evaluar si los planes son viables y asumir que la vida cotidiana continúa. Además, muchos no se prepararon emocional ni económicamente para este regreso, lo que incrementa la sensación de carga y lentitud.
Finalmente, enero es también un mes de ajuste y conciencia. Obliga a replantear hábitos, organizar prioridades y retomar lo verdaderamente importante. Aunque se sienta largo, cumple una función clave: es el punto de partida para construir, con mayor realismo, los propósitos del nuevo año.

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