El Domingo de Ramos marca el inicio de la Semana Santa, una de las celebraciones más significativas para el cristianismo católico, y recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, un acontecimiento que ha trascendido en el tiempo como símbolo de humildad, esperanza y transformación espiritual.
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Según relatan los cuatro evangelios —Mateo, Marcos, Lucas y Juan—, Jesús entró a la ciudad montado sobre un pollino, un asno que nunca antes había sido montado, en cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento (Zacarías 9:9).
Mientras avanzaba hacia el templo, multitudes lo aclamaban como el rey prometido, extendiendo mantos y ramas de palma a su paso, exclamando: “¡Hosanna al hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
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Para los judíos de la época, este acto despertó un profundo anhelo. Como lo explicó el padre Sergio Jesús Marín, párroco de la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, “el pueblo de Israel vivía sometido por el Imperio Romano, y esperaba la llegada de un Mesías que rompiera esas cadenas”. Veían en Jesús, que ya había hecho milagros, ese rey victorioso que venía a liberarlos, como lo hizo el rey David en el pasado.
Un reinado distinto: de amor, humildad y entrega
Sin embargo, Jesús no llegó como el líder militar que muchos esperaban. Su entrada en un asno, símbolo de humildad, dejaba claro que su reinado no era de este mundo. No venía con ejércitos, ni imponiendo poder.
“Su reinado era distinto: un reino de misericordia, de paz, de sencillez y de humildad”.
Precisó el padre Marín.



Por eso, aunque fue recibido con júbilo, los mismos que lo aclamaron con palmas, pocos días después gritaron “¡Crucifícalo!”, al ver que no cumplía sus expectativas terrenales.
El propósito de Jesús era claro: proclamar su identidad como el Mesías y Rey de Israel, pero de un reino espiritual. Entró en la ciudad santa para enseñar, sanar y finalmente entregar su vida en la cruz.
“Cada Domingo de Ramos que celebramos es la oportunidad de renovar ese acto de fe, de permitir que Cristo reine en nuestra vida, no desde el poder, el dinero o el prestigio, sino desde el amor, la entrega y la paz”.
Concluyó el párroco.
Así, el Domingo de Ramos no es solo un recuerdo de una entrada triunfal, sino un llamado a dejar que Jesús entre también en nuestros corazones y transforme nuestra vida con su amor.
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