Colombia es uno de los países con mayor actividad volcánica en América Latina debido a su ubicación en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico.
Justamente, la presencia de estos sistemas geológicos se debe a la interacción de las placas tectónicas de Nazca, Caribe y Sudamericana, cuyo choque genera el levantamiento de las cordilleras andinas y, con ello, actividad magmática.
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Volcanes activos en Colombia
Según cifras y recuentos históricos del Servicio Geológico Colombiano y de la Sociedad Geográfica de Colombia, en el territorio nacional existen más de 20 volcanes activos y cerca de 70 estructuras volcánicas identificadas. Entre activos, inactivos y potencialmente activos.
De acuerdo con el monitoreo oficial, Colombia cuenta con alrededor de dos decenas de volcanes activos principales que presentan actividad reciente o señales constantes como emisión de gases, sismicidad o deformación del suelo.
Entre los más conocidos se encuentran:
- Nevado del Ruiz
- Galeras
- Nevado del Huila
- Puracé
- Cumbal
- Cerro Machín
Estos volcanes están bajo vigilancia permanente debido a su potencial eruptivo y al impacto que podrían generar en poblaciones cercanas.
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Volcanes inactivos o dormidos en el país
Además de los activos, el país posee decenas de volcanes considerados inactivos o dormidos. Esto significa que no han presentado erupciones recientes, pero tampoco se descarta completamente su reactivación en escalas geológicas.
Algunos ejemplos incluyen antiguos complejos volcánicos erosionados o sin actividad registrada en tiempos históricos, ubicados principalmente en la Cordillera Central y la Cordillera Occidental.

Zonas volcánicas del país
Ahora bien, la mayor concentración de volcanes se encuentra en el suroccidente colombiano, especialmente en los departamentos de Nariño, Cauca, Tolima y Caldas.
Allí se ubica el llamado Complejo Volcánico de los Andes del Sur, donde destacan sistemas como:
- Nevado del Tolima
- Doña Juana
Justamente, el seguimiento constante permite anticipar riesgos y proteger a la población. La tragedia de Armero en 1985, tras la erupción del Nevado del Ruiz, evidenció la necesidad de fortalecer la vigilancia científica.
Hoy, gracias al monitoreo sísmico y satelital, Colombia cuenta con sistemas de alerta temprana que reducen el impacto de posibles erupciones.
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