Durante el Festival de Literatura Oiga, Mire, Lea, la periodista y escritora mexicana Lydia Cacho compartió su experiencia de más de tres décadas en el periodismo de investigación. Una labor que ha transformado la manera en que se narran la violencia y los derechos humanos en América Latina.
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Cacho recordó que eligió el periodismo de investigación desde muy joven y que, en 35 años de carrera, ha trabajado en 143 países y publicado 22 libros, muchos de ellos centrados en delitos como la trata de personas, la explotación sexual y la pornografía infantil, temas que en los años noventa aún se consideraban tabú.
Para ella, este tipo de periodismo no solo informa, sino que también debe dar voz a las víctimas, contrarrestando la narrativa dominante de la delincuencia organizada.
Explicó que cubrir estas problemáticas requiere el mismo rigor y cuidado que un corresponsal de guerra, pues un error en la narración puede poner en riesgo a las personas afectadas.
“Si cometes un error de comunicación puedes revictimizar y poner en mayor peligro a quienes confiaron en ti”, advirtió.
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Un compromiso con las víctimas: el periodismo
Su compromiso con las víctimas la llevó, junto a un grupo de activistas y feministas, a fundar un refugio de alta seguridad para mujeres y niñas sobrevivientes de violencia y trata.
Sin embargo, esta labor también la convirtió en blanco de amenazas y atentados. Lo que la obligó a desarrollar protocolos de seguridad personal para continuar con su oficio.
Dirigiéndose a las nuevas generaciones, Lydia Cacho subrayó la importancia de la preparación constante. Recomendó estudiar los manuales de autoprotección para periodistas elaborados por organizaciones como Artículo 19, la Fundación Gabo y la Universidad de Columbia, y ejercitar escenarios de riesgo de manera colectiva. “Leerlos en grupo y simular situaciones ayuda a comprender mejor cómo reaccionar ante amenazas reales”, señaló.
Finalmente, destacó el valor del Festival Oiga, Mire, Lea como un espacio que fomenta el aprendizaje y la participación de los jóvenes en la construcción de nuevas narrativas. “Cali es una ciudad viva, con jóvenes que quieren defender a su país y contar historias distintas. Colombia ha sido una gran escuela de periodismo para América Latina, y esa tradición debe reivindicarse constantemente”, concluyó la comunicadora Lydia Cacho.
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