La sala de Tatiana Restrepo se fue llenando poco a poco de bolsas plásticas, de residuos que otros descartaban y que ella empezaba a ver con otros ojos. Su proyecto de impacto convivía con la vida cotidiana al no tener lugar de almacenamiento, entre montones de bolsas desechadas nació Makkú.
Con el tiempo, ese espacio se quedó corto. El crecimiento del emprendimiento exigió otro ritmo, otro orden, otro lugar. Así, el proceso se trasladó a un taller en el barrio Terrón Colorado, al oeste de Cali, donde las bolsas plásticas dejaron de ser basura y empezaron a convertirse en materia prima.
“Al principio yo empecé en mi apartamento, no tenía lugar de almacenamiento, toda la sala estaba llena de material plástico, de residuos, de basura que llaman. Y ya ahorita que tengo un taller.”
Allí, entre montañas de residuos que otros descartaron en segundos, Tatiana Restrepo empezó a hacerse preguntas incómodas. Qué hacer con aquello que tarda décadas en desaparecer y apenas minutos en usarse, cómo transformar un problema cotidiano en una oportunidad colectiva. Esta psicóloga de formación y magíster en innovación social, encontró en los desechos una ruta inesperada para intervenir la realidad.
“Siempre he estado preguntándome qué se puede hacer para contribuir a la sociedad y al medio ambiente”
Su inquietud nació mientras cursaba la maestría, entre lecturas sobre sostenibilidad y modelos de impacto apareció una certeza: la contaminación plástica desborda cualquier escala. En ese panorama, un material en particular llamó su atención. Las bolsas plásticas, tan ligeras y tan fugaces, pueden tardar hasta 50 años en descomponerse; se usan unos segundos y terminan, en la mayoría de los casos, en rellenos sanitarios, ríos o playas. “Ese plástico se usa cinco o diez segundos y ya. Después va a los vertederos. Hay más contaminación”, afirmó. Frente a esa paradoja, Tatiana decidió no quedarse en la pregunta y dio el paso hacia la acción.
Así nació Makkú, un emprendimiento social que toma forma desde el suprarreciclaje o upcycling, la técnica propone resignificar los residuos y elevar su valor ecológico, social y económico. El proceso, en apariencia simple, es también una cadena de decisiones conscientes. Todo comienza con la recolección. Rutas trazadas entre casas, amigos y empresas. Bolsas, banners publicitarios, costales y carpas de camión. Materiales que llegan por recomendación, por curiosidad o por falta de alternativas.
Luego viene la transformación. En el taller, los residuos se limpian, se clasifican por color y densidad, se cortan según el diseño imaginado. Luego, la termofusión los convierte en un cuero plástico, una materia prima nueva que después pasa a manos de confección. De allí emergen billeteras hechas con tres a seis bolsas, cosmetiqueras de hasta diez, tarjeteros de múltiples capas y medallas sostenibles. Cada objeto posee una característica distinta, pero todos comparten un origen, aquello que alguien descartó.
El camino ha tenido momentos inesperados, pues un video en redes sociales, hecho casi como experimento, terminó conectando a Makkú con la empresa Alquería, que vio en esos prototipos una posibilidad de colaboración. También hubo un estand en la COP16, en el Coliseo del Pueblo, cuando el proyecto apenas comenzaba, posteriormente, participó en la Semana de la Biodiversidad en el 2025.
Y, quizá más importante, la llegada a territorios rurales, donde los talleres sobre economía circular se convierten en espacios de aprendizaje y creación para madres cabeza de familia y comunidades con acceso limitado a este tipo de conocimiento.
Es allí donde el propósito de Makkú se amplía, ya que, para Tatiana, democratizar la economía circular implica que la información deje de circular únicamente en ciertos espacios académicos o técnicos. Significa que cualquier persona pueda entender qué hacer con sus residuos, cómo transformarlos, cómo convertirlos en una fuente de ingreso o en una solución local. En cada territorio hay materiales distintos, saberes propios, técnicas ancestrales que pueden dialogar con la innovación.
En esa visión aparece también el sentido profundo del nombre. Makkú, inspirado en la lengua de la comunidad Kankuama del norte del país, significa manantial de vida. La palabra condensa la intención del proyecto. Ser una fuente que genere oportunidades, que active procesos creativos y que responda a problemáticas ambientales y sociales desde lo colectivo.
“Quise que Makkú fuera una fuente de muchas oportunidades y de mucha vida”.
La innovación, en este contexto, deja de ser un concepto abstracto. Se traduce en experimentación constante, en diseño, en metodologías como el design thinking aplicadas a la vida diaria. Cada nuevo material recibido, cada producto diseñado, cada taller impartido es una forma de explorar soluciones distintas, es por ello que, para Tatiana, ese ejercicio permanente de creatividad es lo que permite abrir caminos donde antes solo había residuos.
“La innovación y la creatividad permiten buscar soluciones diferentes a problemáticas ambientales y sociales”.
El proyecto también avanza hacia su formalización ambiental. Actualmente, Makkú se encuentra en el proceso de certificación como negocio verde ante el DAGMA, un paso que implica cumplir con criterios técnicos, ambientales y sociales que respalden su impacto. Es un camino exigente que apenas comienza, pero que representa una validación importante dentro del ecosistema de emprendimientos sostenibles. A futuro, este emprendimiento social aspira a convertirse en una empresa B y ampliar así el alcance de su modelo.
Mientras tanto, el taller permanece en movimiento. Las bolsas siguen llegando, pasan por las manos que las limpian, las cortan y las transforman, y en ese proceso se convierten en nuevas historias. Tatiana imagina a Makkú creciendo, abriéndose camino en el país y llegando a más poblaciones rurales en Colombia. Piensa en ese manantial de vida extendiéndose poco a poco, desde los residuos, hacia otras formas posibles de habitar el mundo.
Datos que deberías saber…
- Bolsas plásticas: 100–300 años en degradarse. Fuente Greenpeace
- MAKÚ significa “manantial de vida” (pueblo kankuamo)