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Unos mujerones del planeta hermosura

Todos dicen que Nueva York ya no es la misma.

Unos mujerones del planeta hermosura
Especial para 90minutos.co

Todos dicen que Nueva York ya no es la misma.

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Bueno, todos es una exageración. Todos aquellos con los que conversé en español y son latinos que llevan años despabilándose del sueño americano. Además de la pandemia, a la ciudad la cambiaron presidentes como Donald Trump y alcaldes como Rudy Giuliani, que vienen siendo la misma cosa y socios del mismo bufete. Yo que no la conocía la veo igual. Aunque la mirada de un turista se rige por el asombro y la novedad, lo que se ha visto, escuchado y leído sobre la Capital del mundo, sigue tal cual. Es imponente y avasalladora. Todo es monumental. Sus puentes o sus harlistas tan rosados como barrigones y tatuados, que se creen de 25 y son una mezcla de peace and love, cerveza, bigote, cuero y rugido de motores. Los edificios de la ciudad volvieron famoso el término ‘rascacielos’ que hoy araña Dubái. En un mundo de cabezas agachadas y pulgares digitando, Nueva York obliga a mirar hacia arriba. Manhattan es el símbolo de la riqueza, la exageración y el crecimiento vertical y exponencial. Times Square es un derroche de luz y publicidad, una calle tobogán por donde se llega a esa piscina profunda e infinita llamada consumismo. Queens es un resumen de Latinoamérica donde cada país tiene su nicho y cada nación sus espacios de nostalgia. Pedazos de patria, ese intangible que existe gracias a la añoranza que acecha con la familia dejada, la comida de cada cocina y las bebidas espirituosas. Brooklyn es la visión, la ubicación y esplendor.

Como todo el país, aquí todo está diseñado para comprar y gastar. Hay mucho trabajo y mucho desperdicio. Mucho reciclaje también.  La ciudad hierve y el vapor sale por las alcantarillas como si un monstruo fumara en sus entrañas. Hay otra ciudad debajo de la ciudad. Si Venecia en Italia huele a cañería, Cartagena de Indias a orines y el D.F. en México a grasa, Nueva York huele a bareta. Por todos lados y a toda hora gente de todos los colores y edades fuma marihuana. Es el nuevo juguete y el viejo vicio recién aprobado. Nada que envidiarle a cualquier barrio caleño o de cualquier ciudad o pueblo en Colombia. Solo que aquí no es ilegal. En las calles, en los parques, en las esquinas, afuera del Madame Tussauds o al frente del Hilton, en la parte exterior de la Gran Estación o del Museo de Arte Moderno, en la Roosevelt o en la Northern Boulevard, en Long Island o en Brooklyn, en el Bronx -donde ya olía-, en Harlem, en Chinatown, en Little Italy, huele a mofeta, ese olor terroso y penetrante de este cáñamo salvaje cuyo aroma puede durar 90 días impregnado en el cabello, 30 en la orina y 48 horas en la saliva y en la sangre. Indigentes pululan. También alcohólicos. Como en cualquier andén del Tercer Mundo aquí también hay pobreza, marginalidad y olvido. El estado subvenciona y los vagos lo saben. La pandemia llegó con ayudas y ahora muchos quieren vivir solo del auxilio.

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Lo de siempre es lo de siempre. Libertad y gente extraña. Mucho loco sin costal y perfumado. Una pareja de gais sesentones camina uno detrás el otro con una ropita entre ridícula y extravagante, como recién salidos de una boutique para payasos. Un zapatero ecuatoriano arregla calzado gigante a abogados millonarios en el sector de las Altas Cortes. Una familia mexicana de ocho integrantes camina por Times Square con sombreros de fieltro en clara señal de identificación en caso de extravío. Dos mozalbetes orientales recorren el puente de Brooklyn tomados de la mano y vestidos de forma idéntica. Dos muchachas colombianas con sus cuerpos cubiertos solo con pintura venden fotos a hombres y mujeres que quieren detallar si la bandera de sus senos ondea o es solo una ilusión óptica. Un mexicano casi enano revisa su celular con paciencia, está vestido con el traje de El Chapulín Colorado. Su esposa es Blancanieves. Hay otros muñecos de Disney cobrando por acompañar fotografías. El Bronx hace presencia con sus raperos cuyo espectáculo dancístico se mezcla con ese humor de stand up comedy que se burla de público que llena sus gorras de dólares. Hasta en la Quinta Avenida hay rubios arrumados en el piso por las drogas, consumiendo a la vista de todos y con sus harapos en contraste con las grandes marcas y diseñadores del mundo.

Aunque toda Nueva York impresiona, el lugar donde quedaban las Torres Gemelas, el nuevo World Trade Center, es sobrecogedor. Es la piedra angular de la reconstrucción de la zona que en breve cumplirá 20 años de haberse hecho trizas por cuenta de alguna mente enferma. Los sistemas de seguridad humana en todos los aspectos superan todos los códigos de Nueva York. A pesar del barullo de la ciudad allí hay un silencio casi sepulcral. El nuevo edificio es un grito de imponencia, hasta de soberbia. Algo digno de admiración. Una mezcla de modernidad e historia. De superación e imperio. Las Torres duraron 28 años, 4 meses y 7 días en pie, pero sin duda el monumento, el Parque Memorial, puede anhelar la eternidad. En sus extremos hay dos grandes fosos con un fondo que parece infinito, donde el sonido del agua retumba mientras en el contorno de la inmensa depresión hueca se leen los nombres de todas las víctimas del 9-11. Dos ardillitas juegan y trepan uno de los árboles del lugar. Son muchos, pero ese es el único que sobrevivió a los atentados. Se le rinde culto. Más que cuidarlo es una especie de tótem, de monumento natural a la vida y a la salvación. Nadie puede tocarlo. El museo es el escenario para que no se repita la historia. Una evocación de la tragedia que se recorre con escalofrío. Sea como haya sido, debió ser terrible ver ese par de íconos de acero y poderío comercial derritiéndose como mantequilla al calor de hectolitros de combustible para avión. La Estación del tren allí no hace más que confirmar la magnificencia del lugar. Una mole de mármol blanco pensada para impresionar y ratificar que lo funcional también puede ser bello.

Pero lo mío nunca ha sido la belleza es cierto. He debido ofrecerme ante el espejo un espectáculo cada vez más deplorable. Pero lo de Bogotá a Miami (antes de Charlotte-Nueva York) fue espantoso. Si yo era uno de los más agraciados calcule usted el nivel de ‘feura’ de un viaje sacado como del averno. Una fila de tres horas y nada estético para la vista. Pero como Dios sabe cómo hace sus cosas, luego de eternas horas de filas aquí y allá, bajó como del cielo un equipo de jugadoras argentinas, no tengo idea de qué. Unos mujerones del planeta hermosura. La más bajita me sacaba sin empinarse una cabeza sobrada. Y la menos linda era más bonita que todas las novias de mi vida juntas. Mirarlas era un éxtasis apenas comparable con alguna genialidad Maradoniana. Ninguna era rubia del todo, pero todas más blancas que mi conciencia. El entrenador era un bobo litro sobre el que todas ellas orbitaban. Pero había una especialmente excelsa. Tenía tatuado un delfín en el tobillo izquierdo. Qué digo tobillo, en el extremo sur de esa pierna que cual cordillera se erguía imponente en la Patagonia de esos Andes majestuosos. Y la cara. Por Dios, si era el rostro de la santísima… tampoco, no creo que fuera virgen, pero cómo se le parecía. Me vio mirándola y me regaló una limosna de su sonrisa. Una migaja de su lindeza. Traté de recordar alguna línea del cuento de Gabo, El avión de la bella durmiente, para decirle algo, pero además de bella era astuta y previendo que le hablaría se puso los audífonos, echó su cabeza hacia atrás y su volátil falda color guayaba dejó ver un par de muslos más tersos que todos los cutis analizados en la fila del aeropuerto El Dorado. No sé cómo, pero me dormí.

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Ya en Charlotte, Carolina del Norte, caminé con mis piernas escuálidas e insignificantes al lado de ella un instante eterno. ¿Lo leíste?, preguntó. Yo balbuceé. Un mortal nunca está preparado para que una divinidad le hable así no más. No todo, le respondí, con una cara de estúpido inigualable. Es magnífico, sentenció. Era un libro de Gay Talese que yo llevaba en las manos y vaticinaba el momento: Retratos y encuentros. Leer despista el miedo sin duda. Pedirle una foto, pero al son de qué. No supe qué jugaba. Por la faldita, podía ser tenis. Por la estatura, baloncesto. Por las piernas, halterofilia. Por toda ella, tiro. ¿Has leído a Caparrós? me disparó. Sí claro, me encanta. Y me despaché un listado de autores argentinos de crónica latinoamericana que recité ya casi sin aire. Cada tranco de esta Amazona era la zancada de una gacela altiva y burlona ante el viejo y famélico felino que la acechaba. ¿Vives en Miami? ¡Y yo sin recuperarme de la pregunta anterior! Pensé en mentirle. Reaccioné. Soy colombiano. Y cuando me iba a despachar una presentación más formal se despidió. Chao. Me dijo su nombre y tomó otro pasillo. Yo la vi alejarse cómo se escapa una ilusión. Era pecosa, como si Dios hubiera estornudado macadamia sobre ella con delicadeza. Puntitos casi imperceptibles. Pero sus ojos, sus ojos eran dos puntos verdes para ratificar la esperanzadora profundidad de su belleza.

Era cuestión de esperar la escala a Nueva York. El viaje ya había valido la pena. No cruza uno palabras todos los días con la mujer que puede torcerle el destino a cualquier mortal. Me senté a descansar y a pensar en semejante advocación. Y comienza ante mis ojos el desfile de gente descomunal. Gringos gigantones de cuyo brazo tatuado pueden salir tres niños etíopes. Negras en cuyo culo puede dibujarse varias veces África entera. Gente rara. Muy grande. Más grande que ella. Mucho más, pero nadie tan bella. Personas sin sentido de lo estético o el recato. En bermudas y en chanclas. En sudadera. En pantaloneta. Descomplicadas. Descualquieradas. Sin pretensiones de lindura. Libres. Felices. Si en el qué dirán como estandarte. Sueltos de prejuicios. Zafados de la vanidad. Obesos o flácidos. Rubios o rosáceos. Homosexuales. Todos van para delante. Nadie atisba al del lado. No hay morbo. Tampoco murmullo. Se habla y se ríe en voz alta. Se engulle comida y se bebe cerveza sin reparo. Pasa un rasta de agua dulce. Y lo siguen dos chinos en safari. Unos jamaiquinos casi morados. Tres albinos no sé de dónde. Una familia mexicana con sombreros tejanos. (Sí, los mismos de Times Square) Y de repente, pasa ella. Sí, otra vez ella. La divinidad albiceleste. Me levanta las cejas y me tira otra moneda. Ustedes ya saben, otra sonrisa. No fue una estrella fugaz. Más bien una aurora boreal indestructible.

Solo una mujer de las que vi en Nueva York logró quitarle la corona. Se le arrimó bastante Nathalia, la barrista de una discoteca en Queens. Una mujer con una espalda tan ancha como negro y liso su cabello. Es de Armenia-Quindío, pero parece Sioux, una Pocahontas preciosa con unos brazos enormes y unas piernas formidables. Tampoco la mujer rubia de Manhattan que debe sumergirse días enteros en Chanel Number 5 para dejar esa estela sublime a su paso, esa esencia de mujer bonita que esparcía con su florido vestido de seda y sus sandalias almendras, sutiles y tenues. Ni la hermosura negra que casi no cabía en su enterizo ceñido, por la callejuela peatonal del puente de Brooklyn. O las agraciadas europeas del Ferry, la paraguaya de Starbucks, las españolas del museo, la polaca del Central Park que me hizo evocar a su santidad Karol Wojtyła. Solo una destronó a Laura, la divinidad argentina. La mujer por la que vale la pena la vida: la libertad. Sí, la Estatua de la Libertad. Aquí todos son esclavos del trabajo y el consumo, pero le rinden tributo. Y este todos es real, literal y total. Ir a Nueva York es recordar a José Martí. Es conocer el monstruo por dentro.

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La arrogancia de las ‘vacas sagradas’

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos.

La arrogancia de las ‘vacas sagradas’
Especial para 90minutos.co

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos.

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Escribió el eminente George Steiner que una de las grandes arrogancias culturales de los judíos es que es casi posible definirlos como aquellos que siempre leen lápiz en mano porque están convencidos de ser capaces de escribir un libro mejor que el que están leyendo. El autor de Pasión intacta (1997), se refiere al judío como su “pequeño y trágico pueblo”; y en un atrevimiento del tamaño del universo me permitiré tomar prestadas sus palabras para referir la actitud de ciertos profesores y escritores caleños que seguro no han comprendido que un intelectual es apenas alguien que lee con un lápiz en la mano, para recoger sólo la mitad de la sentencia leída en medio de los diecinueve magníficos ensayos que componen el libro aludido.

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos. Lo escrito, de muchas maneras, ya no nos pertenece y como afirmó Susan Sontang, otra mente brillante de origen judío, “aunque me lleve y me contenga, aquello sobre lo que escribo es diferente de mí”. Si bien hablar de los propios libros es peor que escuchar a esas señoras que hablan sólo maravillas de sus hijos, una incómoda situación en medio de un conversatorio al que fui invitado para hablar de Si en Nueva York llovía en Cali no escampaba. Migración, salsa y caína (2022), obliga.

Respondo cada que me preguntan cómo surgió la idea de escribir este libro, que el trabajo recoge la experiencia de dos viajes realizados a Nueva York -y a otras ciudades de los Estados Unidos- con la intención de explorar un tridente que sirve de subtítulo al texto y contar de primera mano una primera visión e intención que surgieron con el acercamiento a otros dos libros y autores: La salsa en tiempos de nieve. La conexión latina Cali-Nueva York (1975-2000) del profesor Alejandro Ulloa Sanmiguel; y Allende el mar: crónicas migrantes del también profesor Oscar Osorio, los dos de la Universidad del Valle. Lo anterior no supone una validación absoluta de sus contenidos, sino más bien unas referencias que de hecho luego llegaron a convertirse en fuentes testimoniales. Decir lo contrario, es vana especulación.

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Que me absuelvan los aludidos de ser condenado a las catacumbas del rechazo por osar controvertir su abominable veneración absoluta a personajes relacionados con la salsa, pero en esta Cali convertida -por cuenta de las industrias culturales y sus estrategias de mercado- en ciudad mercancía, ni la salsa ni sus prácticas son lo que eran antes. Y no se trata ojo, de una superficial mirada nostálgica, de querer que nada cambie y todo siga igual, o desconocer la tradición y los aportes, sino de reconocer que, con esta explosión circense, turística y mercantil, alejada de la espontaneidad del barrio que apropió melodías e historia, cadencias y ritmos para elaborar nuevas prácticas culturales, hoy convertidas en simples espectáculos, no se va en contra de la ciudad, al contrario, se procura una nueva visión de la misma. Hay un pequeño y trágico grupo de seres anclados al pasado y a su protagonismo, que pareciera negarse una realidad insalvable: ya no es, ya no son.

Acercarse a un espacio físico, histórico y cultural para conducir al lector por una realidad pasada y confrontarla con las realidades actuales de Nueva York, una ciudad monstruo de más de 20 millones de habitantes donde los caleños se las ingeniaron para construir un pequeño ‘Cali York’ en Queens, a través de la crónica como género que humaniza, no es un tratado de historia o geografía y menos una investigación etnográfica, antropológica o sociológica al compás de salsa, sino un ejercicio de periodismo literario que pone al servicio de la reportería las técnicas de la literatura para hacer más ameno el cuento, menos acartonado que esos libros a los que sólo acuden los ácaros y el comején en los vetustos anaqueles de las lóbregas bibliotecas universitarias. Esta saga de relatos breves en la que se vuelca un torrente de sensaciones de aquellos que migraron de Cali en búsqueda del Sueño Americano y se encontraron en la Gran Manzana con una bonanza producto del narcotráfico, no es una condena ni un señalamiento, menos una sentencia inexorable. Solo la edición de unas voces nostálgicas que me contaron su sentir.

Comprendo que hay cierto desdén con el periodismo y algún tipo de aberrante exclusión con la investigación que este oficio demanda, entre quienes no la reconocen ni validan y en cambio sí, dan por sentado que lo erudito por experiencia o vivencia y lo académico por definición, son más que cualquiera otra consideración narrativa. Debo decirles que no. No señores. El tiempo de las vacas sagradas ha pasado. Ellas pueden pastar, rumiar, bramar y cagar todo lo que quieran, pero hay otras voces que pueden expresarse diferente en torno de un fenómeno que se ha trasformado, que ya no es el mismo, que como todo enfrentó los rigores del cambio social y de las dinámicas de las sociedades.

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Se publica para ser leído, sin que sea condición padecer el ególatra síndrome del aristócrata británico Benjamín Disraelí que afirmaba: “Cuando necesito leer un libro, lo escribo”. Narrar con la naturalidad que suelen tener las historias referidas por las personas cotidianas, sin títulos ni reconocimiento, sin reservas ni prejuicios, fastidia a quienes sólo avalan lo propio, lo académico, lo ilustrado, lo decimonónico, en suma, a quienes no han abierto ni sus ojos ni sus oídos a otros testimonios, a quienes no han pegado el salto poscolonial que permite decires diferentes sobre lo mismo, porque hay quienes aún velan por sostener unas identidades impositivas. La pulsión periodística enciende el fuego de la narración que habita unas historias que no son propias, pues después de escuchar las experiencias de tantas personas, a lo sumo el escritor articula a ritmo tal vez trepidante unas representaciones que ya no son, ni deben ser, comunes.

Hablar mal de un libro que no se ha leído es como hacer lo mismo de una persona que no se conoce. No reconocer el influjo del narcotráfico -que lo permeó todo en este país, pero sobre todo en Cali- en el circuito salsero, es tan absurdo como deliberado. Desconocer que varios de sus protagonistas se lucraron desde diversos escenarios con sus dólares y ayudaron a instalar en el colectivo ciertos aspectos de la identidad caleña, no es sólo injusto sino temerario. Por suerte la vida de los libros es más larga que la de los seres y el tiempo dirá que esta visión que puede si se quiere asumirse como desafío, es apenas un auténtico intercambio de testimonios y letras con caleños que siguen en la Capital del mundo, evocando la Cali convertida en museo vivo de la salsa. Contario a los principios de la naturaleza, señores, el vil metal es menos duradero que la palabra, más fuerte y eterna si logra pasar de la fragilidad del papel a las fibras del corazón de un lector, que a la cabeza enmarañada de un intelectual con intereses. ¡Judíos!

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La voz de los olvidados se oirá en el Congreso

A partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente.

La voz de los olvidados se oirá en el Congreso
Especial para 90minutos.co

A partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente.

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Los colombianos estamos frente al reto de trabajar unidos para cerrar las grandes brechas sociales que nos afectan y que nos impiden avanzar en la construcción de un país más justo e incluyente. Y es que a pesar de que el Gobierno ha logrado recuperar la economía de los efectos de la pandemia, todavía queda mucho por hacer.

Si bien, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional, en 2022 el PIB de Colombia crecería un 6,3%, una cifra muy superior al de la región, la misma entidad advierte que por efectos de la desaceleración económica, el próximo año, se espera un alza de 3,5%. Entre tanto, de acuerdo con un informe del Dane, durante junio de este año, el 47,6% de los hogares expresaron que su situación económica actual era o peor o mucho peor que hace un año.

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Esa difícil realidad la he podido palpar en mis recorridos por las regiones del país, en los cuales me he encontrado cara a cara con la gente para escuchar sus necesidades más sentidas y sus anhelos de que existan mayores oportunidades de empleo, que haya acceso a la salud y a la educación con calidad, para que disminuyan las brechas sociales y la desigualdad.

Precisamente, a partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente. Como punto de partida radicamos 13 iniciativas que son de autoría de los nuevos representantes y senadores del Partido, quienes se constituirán ante el Congreso, en la voz de las mujeres, de los jóvenes, de los campesinos, de los líderes sociales, es decir, en la voz de los olvidados de Colombia.

Una de estas propuestas propone combatir el flagelo del hambre, que es un grave factor de inequidad. Se trata del acto legislativo ‘Derecho a la alimentación’, que tiene como finalidad establecer constitucionalmente que el Estado les garantice a los colombianos el derecho a la alimentación adecuada y a estar protegido contra el hambre y la desnutrición. También busca promover que existan condiciones de seguridad y soberanía alimentaria en el país.

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De otra parte, atendiendo las peticiones de nuestros campesinos, quienes sienten que hacen parte de los olvidados del país, radicamos una propuesta para fortalecer la economía campesina. Se trata del Proyecto de Ley, ‘Transformación agropecuaria’, para reconocer, proteger, dar lineamientos y fortalecer la economía campesina, a partir de los grupos asociativos. La iniciativa permitirá acompañar institucionalmente a estas organizaciones para la elaboración de un Plan Estratégico de producción campesina, establecer líneas de acceso a microcréditos segmentados y reducir las brechas de infraestructura vial que existe en el campo, entre otros beneficios.

Entendiendo que un factor fundamental de transformación social es la educación, también presentamos el proyecto de Ley ‘Incentivos a la educación dual’, con el cual se busca promover una política de formación en educación media a través del Sena y de las instituciones educativas. La idea es que los estudiantes adquieran competencias y a la vez puedan laborar en sectores que dinamizan la economía como el de la construcción, actividades inmobiliarias, comercio electrónico e información tecnológica. Para ello, se daría incentivos a los pequeños y medianos empresarios. Esto significa una gran oportunidad para nuestros jóvenes, que son el presente y el futuro del país.

También, nuestro partido incluyó en su agenda legislativa el Proyecto de Ley ‘Valorización de residuos sólidos y economía circular’, a través del cual se busca crear una regulación sobre el mercado de valorización de residuos sólidos, así como establecer una tarifa diferencial entre los productos aprovechables y no aprovechables. Entre otros beneficios, la medida va a permitir establecer las condiciones para que los recicladores se vinculen a las empresas prestadoras de servicios públicos, además de impulsar programas para involucrar a la ciudadanía en la valorización de los residuos sólidos. De este modo, contribuimos al desarrollo sostenible.

En total serán 21 proyectos que el Partido de la U radicará durante la nueva legislatura. Todos y cada uno de ellos surgen como respuesta a las necesidades que hemos escuchado en nuestros diálogos y recorridos por las regiones, porque nuestro compromiso es y seguirá siendo con los olvidados, es decir, con los millares de colombianos que sueñan con vivir en un país más justo, incluyente y en paz. Tengan por seguro que su voz se oirá en el Congreso.

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Huertas comunitarias 2.0

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero, producción y consumo responsable y acción por el clima.

Huertas comunitarias 2.0
Especial para 90minutos.co

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero, producción y consumo responsable y acción por el clima.

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El cambio climático es un hecho, y  tenemos que encontrar la manera de enfrentar problemas venideros, como la crisis alimentaria. Esto es un gran reto que exige estrategias de inmediato, para el corto, mediano y largo plazo, y Cali puede liderar la región para enfrentar estas dinámicas tan complejas. En toda la ciudad, tanto en la parte urbana como rural, aparecen huertas comunitarias, que debemos fortalecer con herramientas diferentes y novedosas, que generen un mejor rendimiento.

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En primer lugar, debemos crear una Secretaría de Agricultura que respalde lo existente y posibilite la creación de más huertas, y que lleve prácticas como la hidroponía a la mayoría de los ciudadanos. En segundo lugar tenemos que considerar la modificación genética en algunos cultivos, para proteger los cultivos y para que haya una mayor productividad.

Esto se puede hacer a través de nanotecnología, es decir, organismos microscópicos que cumplen distintos propósitos en semillas alteradas genéticamente. Estos avances ya se están utilizando con seguridad para hacer envases biodegradables, para mejorar la vida útil de los alimentos y para prevenir el riesgo de intoxicación.

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Por otro lado, los nanosensores pueden aumentar el rendimiento de los cultivos, y reducir el esfuerzo requerido para obtener una buena cosecha. Israel es el mayor ejemplo del uso de esta tecnología. Ellos llevan décadas administrando el agua para sus cultivos de esta manera, creando y automatizando las condiciones óptimas requeridas para cada cultivo; usando big data (con la medición de información en tiempo real) y fuentes alternativas de energía (como paneles solares).

Cali puede hacer que sus huertas comunitarias estén a la vanguardia y preparadas para los escenarios más complicados; aunque el sector público no esté tan evolucionado en estos temas agrícolas. Sin embargo, la empresa privada y la academia han logrado progreso en este campo. Un ejemplo es el programa de investigación Optimización Multiescala In-silico de Cultivos Agrícolas Sostenibles (ÓMICAS) que busca, a través de siete proyectos, desarrollar e implementar estrategias científico-tecnológicas para mejorar variedades agrícolas y aportar a la seguridad alimentaria. Ómicas suma esfuerzos de 16 instituciones, siendo la Universidad Javeriana de Cali la entidad ancla.

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero; producción y consumo responsable y acción por el clima. Cali debe convertirse en una ciudad líder con estas huertas comunitarias 2.0 y con la agricultura urbana, para asegurar su futuro.

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