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La letra tiene poder (y la música también)

El otro día mencioné en este blog una pregunta que ronda mi cabeza desde hace mucho, y voy a citarme: “¿Qué va a recordar esta generación dentro de 20 años si no existen propuestas masivas con la calidad y el nivel de permanencia de la música de otras décadas? ¿Cómo va alguien a saber lo […]

La letra tiene poder (y la música también)

El otro día mencioné en este blog una pregunta que ronda mi cabeza desde hace mucho, y voy a citarme: “¿Qué va a recordar esta generación dentro de 20 años si no existen propuestas masivas con la calidad y el nivel de permanencia de la música de otras décadas? ¿Cómo va alguien a saber lo […]

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El otro día mencioné en este blog una pregunta que ronda mi cabeza desde hace mucho, y voy a citarme: “¿Qué va a recordar esta generación dentro de 20 años si no existen propuestas masivas con la calidad y el nivel de permanencia de la música de otras décadas? ¿Cómo va alguien a saber lo que es buena música si no se ve expuesto a ella?”.

Llámenme anticuada, pero sé que el club es grande. No soy mojigata, ni me creo la Madre Teresa. Tampoco pertenezco a la venerable Inquisición. Respeto las preferencias ajenas, pero defiendo mi derecho a la libre expresión cuando algo me molesta. Al punto: El tema de moda para indignarse en Colombia -esta semana- es el uso de nombres ofensivos para distinguir colores de una reconocida marca de esmaltes de uñas… (aquí voy al punto: es igual sentirse “Fufurufa” que “Bendecida”. Son estereotipos. Pero si a usted no le gusta algo, ¡NO LO CONSUMA! ¡NO LO APOYE!). Se puede saber (perdón por la impertinencia de preguntarlo) ¿qué hacen las indignadas del esmalte de uñas cuando suena un reggaetón? Me atrevería a decir sin temor a equivocarme – y para no ser exagerada ni injusta calcularé por lo bajo- que por lo menos el 50% se para a bailar. (Y dije bailar para no usar un término que se salga de lo “políticamente correcto”).

¡Seamos consecuentes! Vivimos indignados pero se nos olvidó lo que es dignidad.
Y no hablemos sólo del reggaetón porque no quiero “sectorizarme”. Hablemos de la música –y la cultura- en general. Ahora a falta de talento, lo que se vende es polémica. En la era de la “irreverencia”, el reality show y la narco-serie… en una época en la que lo más chocante, ofensivo, ordinario, tramposo, absurdo, cliché, barato, hiriente, chabacano, burdo, desagradable o agresivo es simplemente “lo que vende”, observo lo que domina el mercado y me dan ganas de llorar.

Dirán que son pequeñeces. Pero de pequeñeces se compone lo grande. Estamos llenos de pequeñeces y frioleras desde hace mucho y éstas se han convertido en una bola de nieve que va rodando y recogiendo más… y ya se salió de control. Para remitirme a la música, primero nos escandalizaba Madonna en los 80 con actividades que se salían de los límites. Por lo menos ella revolucionó la música. La prueba es que a sus muchísimos años todavía convoca público a donde vaya. Aunque su voz jamás fue extraordinaria, no puedo acusarla de usar auto-tune en los 80, ni de ser aburrida. Es una cantante que se ha reinventado docenas de veces. Y sigue haciéndolo, aunque sus inventos a veces resultan siendo desastrosos.

Ahora vemos a cantantes adolescentes –Madonna ya era adulta, estas chicas no- recreando –y sobrepasando por mucho- los actos que antes a muchos les parecían inaceptables ¡y eso vende!

Se puede saber ¿a qué horas dejamos de comprar música por comprar lo grotesco? Hoy existen personajes “famosos por ser famosos”. Y a esos les da por grabar un disco o decir que son genios y esta sociedad desinformada –porque al haber demasiada información disponible, no sabemos cuál es la verdad- los sigue como borregos y les cree. ¡Y les compra! Sólo ver a Kanye West masacrando un ícono sagrado como Bohemian Rhapsody en el festival de Glastonbury me hizo llorar de impotencia. ¿A qué le estamos apostando? ¿A la baratija? ¿Al oropel?

A otro punto sin salirme del mismo: ¿Cómo va a saber esta nueva generación de valores, de cosas positivas, de sentimientos grandes, si tampoco se ve expuesta a ellos?

Ahora mismo lo doloroso, lo que avergüenza, lo que antes permanecía oculto es lo que todo el mundo quiere ver y en ocasiones tristemente imitar. La drogadicción, el maltrato, el pasado oscuro, eran cosas que los artistas de antaño trataban de esconder infructuosamente porque no se sentían orgullosos de ser sus exponentes. No apoyo la hipocresía: es bueno que la gente sepa que los ídolos también sangran. Pero al menos no hacían apología a cosas que por más reales que sean, no implica que sean buenas ni correctas. Los artistas somos –lo queramos o no, nos guste o no-, ejemplos. Paradigmas de vida. “Con gran poder, viene gran responsabilidad” decía el Tio Ben de El Hombre Araña; y la popularidad es poder.

Ahora todos los antivalores se exhiben como medallas al mérito. No hablemos de la trágica vida y muerte de Amy Winehouse cuyo talento rayaba en lo absurdo y cuyo deceso demasiado temprano dejó un enorme vacío y un montón de preguntas entre las que se destaca “¿Y si alguien le hubiera ayudado a tiempo?”. Hablemos de Miley Cyrus –una niña desubicada sin norte ni sur-, Lindsay Lohan –una niña MUY desubicada-, Rihanna –una chica maltratada-, Demi Lovato –al menos de ella rescato que lucha contra sus problemas y adicciones- y si me extiendo, la lista es bastante larga. Pese a su belleza y a su –cuestionable- talento, son tristes exponentes de lo grotesco de nuestra sociedad. Una no se ubica en el mundo. No sabe si es niña, niño, bicho raro o ejemplar de laboratorio. Otra pasa más tiempo en la cárcel que en su casa. La otra en vez de ser adalid de otras maltratadas, hizo apología a los golpes premiando a su novio al volver con él-. A muchas les gusta exhibir sus cuerpos de forma exagerada. Y sospecho que pronto habrá que usar un atlas de anatomía para saber qué presa están mostrando. ¡Ah! El viejo Hollywood… aquel en el que sugerir una pantorrilla era más sensual que destaparse el escote… ese murió.

Quisiera que tocáramos fondo de una vez por todas, porque una vez se alcanza el límite, lo único que queda es ir hacia arriba. No estoy obligando a nadie a ponerse hábitos o a retirarse al Tíbet. Pero si usted se queja de la falta de respeto, de lo superficial de la vida actual, de la falta de sentido que tiene todo, de lo escandaloso y de lo agresivo, recuerde que la palabra tiene poder. La letra tiene poder. Y la música… también. Fíjese en lo que oye. En lo que consume. En lo que sintoniza por televisión. En lo que hace en las redes sociales y en todo lo que aplaude. Así verá qué clase de universo está creando a su alrededor.

No soy Osho, el Dalai Lama, ni Chopra. Pero le aconsejo algo desde el sentido común: ¡Deje de quejarse y cambie lo que no le gusta! Escoja lo que quiere para su vida y transfórmela. ¡Funciona! Créame. Lo sé por experiencia. En fin… cada cual que haga lo que quiera con su vida pero ahí les dejo el tip. Yo por lo menos miro mi playlist y no veo en él ni un solo reggaetón. Y cuando voy a hacerme el manicure sólo digo “Francés, por favor, con rayita al medio”.

(Y si va a oír música, esta semana le recomiendo a los clásicos irreverentes: Los Beatles… Los Rolling Stones… Mozart… ¡Beethoven! (Es en serio. En su época fueron absolutamente escandalosos).

Addendum:

 "Pronta mejoría a Elkin Ramírez, la voz líder de Kraken. Es un luchador y queremos que salga muy pronto de esta pelea!"

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La Ciudad Inteligente es una necesidad para Cali

Tal propósito empresarial y tecnológico se puede hacer a través de nuestras empresas municipales de Emcali.

Tal propósito empresarial y tecnológico se puede hacer a través de nuestras empresas municipales de Emcali.

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Tal propósito empresarial y tecnológico se puede hacer a través de nuestras empresas municipales; apalancando financiera y tecnológicamente el componente de telecomunicaciones de Emcali.

Lea también: ¿Cómo hacerle frente a la ola de inseguridad y violencia en Cali?

La empresa tiene un capital humano extraordinario; que, con el apoyo de la Alcaldía, sacará adelante este importante proyecto para la ciudad.

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El balance del año

Cali no solo enfrentó una crisis económica profunda por la pandemia, sino que se convirtió en el epicentro de las movilizaciones sociales.

El balance del año

Cali no solo enfrentó una crisis económica profunda por la pandemia, sino que se convirtió en el epicentro de las movilizaciones sociales.

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A pocas horas de concluir el año 2021, resulta inevitable hacer un balance de lo que hemos vivido como ciudad en este tiempo. Cali no solo enfrentó una crisis económica profunda por la pandemia, con el desempleo más alto entre las grandes ciudades del país y con un retroceso de casi 20 años en indicadores de pobreza, sino que se convirtió en el epicentro de las movilizaciones sociales más fuertes que ha tenido Colombia en años. En un coctel de insatisfacción popular mezclada con grupos violentos que aprovecharon el desorden, Cali vivió una espiral de destrucción de capital social y físico sin precedentes del que aún no nos recuperamos totalmente.

El primer semestre de 2021 nos dejó una ciudad con los homicidios al alza por primera vez en una década, con 680 muertes violentas al 30 de junio. En materia de recuperación del empleo, la ciudad avanzó a menor ritmo que otras capitales como Barranquilla y Medellín y el deterioro de la percepción de la ciudadanía en sus instituciones llegó a niveles preocupantemente bajos, lo que nos debe alertar sobre la necesidad de recuperar la confianza de la gente. Sin ese aspecto, es muy difícil que la gente se sienta parte de una ciudad que avanza y participe del cambio que necesitamos.

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Cali es una ciudad con un inmenso potencial y una gran capacidad de recuperarse. En este segundo semestre, a pesar de duros debates alrededor de hechos que comprometen la credibilidad de las instituciones ante los ciudadanos, hemos podido avanzar. Para noviembre, teníamos la tasa de desempleo más baja desde el inicio de la pandemia y se recuperó el sector nocturno y las industrias culturales. Si bien aún tenemos unos retos gigantes en movilidad y seguridad, por citar dos temas de gran preocupación, resulta fundamental reconocer que en Cali se está intentando recuperar la vida que se llevó la pandemia y es un propósito colectivo.

Lea también: EMCALI, una prioridad

La reconstrucción de Cali pasa por algo más que rehabilitar infraestructuras destruidas como la del MIO. En 2022, en conjunto con la sociedad civil, los empresarios y el sector público, se deberán enfrentar retos enormes para la recuperación de la confianza de la gente, cuya pérdida hoy constituye la mayor y más profunda crisis que atravesamos. Ese capital social es clave para la reconstrucción de Cali, para que vuelva el civismo, la cultura ciudadana y las perspectivas dejen de ser sombrías.

Si el año 2021 fue el segundo año en crisis profunda, 2022 debe ser el año de la recuperación. Poner los ojos en el empleo, en detener la espiral de violencia e inseguridad, desarrollar proyectos estratégicos como el tren de cercanías y devolverles credibilidad a las instituciones públicas son objetivos fundamentales sobre los cuales debemos sustentar el avance en la siguiente década. Que esta sea la última Navidad en medio de esta crisis profunda.

¡Feliz Año caleñísimo!

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Los retos frente a las comunidades afro del Pacífico

Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de estas comunidades, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste.

Los retos frente a las comunidades afro del Pacífico
Especial para 90minutos.co

Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de estas comunidades, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste.

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Las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras, representan cerca del 10% de los colombianos. Se trata de una población que con su trabajo y riqueza cultural ha contribuido a la construcción de lo que hoy somos como país. Sin embargo, en mis recorridos por sus territorios he podido palpar cómo sus gentes padecen el atraso y el abandono, una deuda histórica que estamos obligados a pagar.

Basta con revisar los índices de pobreza multidimensional. Por ejemplo, en el Pacífico, antes de la pandemia, en 2018 este indicador estaba en 11 puntos por encima de la media nacional, una situación que ha sido agravada por la crisis sanitaria. Y vemos casos como en Nariño, donde el promedio superó los 23 puntos.

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Si bien, desde el Estado se han emprendido acciones para aliviar la dura realidad de esta región, son muchos los retos que existen para superar la inequidad, que persiste. Por ejemplo, se expidió la Ley 70, que busca reconocer a las comunidades negras que han venido ocupando tierras baldías, pero no se ha reglamentado en su totalidad.

Considero que es necesario que la ley reivindique este derecho a las comunidades organizadas que existen tanto en la zona rural como urbana. La reglamentación de la ley permitiría que las comunidades Narp tuvieran mayor incidencia en los planes de desarrollo y en los instrumentos de planificación existentes en los entes territoriales.

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De otra parte, es importante materializar políticas de desarrollo económico y social de largo plazo las cuales deben garantizar la participación de las comunidades en la toma de decisiones. Además, en estas iniciativas la bioeconomía y el ecoturismo deben tener un papel preponderante. También, es necesario incentivar mercados ágiles y funcionales, aprovechando la ubicación geográfica estratégica para atraer inversión internacional, y desarrollar una planificación con enfoque étnico, que impacte positivamente a las comunidades al identificar las subregiones y sus diferentes vocaciones productivas.

Lea también: ¡Brindemos con viche por el Pacífico!

Otro reto fundamental es la salud, cuya problemática se puede resumir en la falta de centros de atención, talento humano insuficiente y escasos recursos para el transporte de los enfermos de las zonas rurales, entre otros factores.

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Para mitigar esta situación es urgente desarrollar un modelo de atención primaria integral en salud con enfoque etnocultural. También, reforzar el Plan Decenal de Salud Pública, que desarrolle una red integral e integrada en salud, que vaya desde la promoción y prevención, hasta la rehabilitación del paciente y además, estimular económica y académicamente a los profesionales de la salud para que laboren en estos territorios.

Pero no podemos olvidar que la violencia generalizada en el Litoral es un factor que frena muchas iniciativas sociales y económicas. Por eso es importante propender por una cultura política de paz, que garantice los derechos humanos, el desarrollo y el fin de la pobreza extrema. Para lograrlo se necesita la presencia integral del Estado. Esto debe ir de la mano con el desarrollo de oportunidades para la población. Finalmente, se debe fortalecer jurídicamente al Sistema Nacional de Atención y Reparación a las Víctimas, con una mayor articulación entre las entidades nacionales y territoriales encargadas de hacer efectivo el goce de derechos de las víctimas del conflicto armado.

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Apoyar el desarrollo de las comunidades afro, ha sido uno de mis mayores compromisos. Así lo demostré en mi labor como gobernadora del Valle del Cauca, en donde fuimos el único departamento de Colombia que construyó un capítulo étnico - afro en el marco del plan de desarrollo, además creamos el Plan Decenal, una política pública para la población afro. También, a través de la Universidad del Valle se aumentaron los cupos para el acceso de esta población en la educación superior, del 4 al 8%, y creamos el canal de televisión Orígenes, dirigido a las comunidades étnicas, entre otros logros.

Es necesario que desde el país también exista un mayor reconocimiento, respeto y transparencia en el desarrollo de políticas en favor de las comunidades afro de nuestro Pacífico. Esto es posible a través de un liderazgo colectivo, que nos permita tomar decisiones firmes pese a las dificultades y así podamos crear caminos para la construcción de un país más equitativo, más justo, con más inversión, crecimiento y oportunidades para todos.

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