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El Cóndor Herido

¿Ustedes recuerdan la Operación Cóndor? Lizandro Penagos, en su columna habla sobre el panorama político en Latinoamérica.

El Cóndor Herido
Especial para 90minutos.co

¿Ustedes recuerdan la Operación Cóndor? Lizandro Penagos, en su columna habla sobre el panorama político en Latinoamérica.

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¿Ustedes recuerdan la Operación Cóndor? Pues bien, todo lo que está pasando en Latinoamérica me la recuerda. Por aquellos años Estados Unidos impuso dictaduras en varios países. Ahora impone presidentes interinos (Juan Antonio Guaidó Márquez en Venezuela, Jeanine Áñez Chávez en Bolivia, etc.) y supuestos ‘gobiernos alternativos’ para reemplazar democráticos a los que llaman “dictaduras”. Aunque debe reconocerse que la palabra preferida de cualquier oposición es esa: dictadura. Se tergiversa información y se manipula como nunca. Lo de Cuba y Venezuela es el mismo libreto: bloquean un país y lo llevan a la miseria en compañía de sus élites privilegiadas e históricas; y después quieren intervenirlo ‘humanitariamente’ para salvarlo. ¡Hombre por Dios!, es cuestión de analizar un poco. EE.UU. no tiene amigos, solo intereses económicos y socios.

El Plan Cóndor –basta echarle un vistazo en san Google-, también conocido como Operación Cóndor, fue una campaña de represión política y terrorismo de Estado respaldada por Estados Unidos que incluía operaciones de inteligencia y asesinatos de opositores en el llamado ‘Cono Sur’ de su ‘Patio Trasero’. (Disculparán ustedes tantos lugares comunes, pero Latinoamérica no es más para ellos). Por supuesto, todas eran operaciones encubiertas en las que los sistemas de seguridad e inteligencia (sí, así se hacen llamar) de los países ‘intervenidos’, brindaban información sobre focos subversivos, pues el Tío Sam no quería ver repetido el modelo cubano. Solo su idea de desarrollo, promovida por el presidente Harry Truman en 1949, que era otra más en la histórica lista de imposiciones.

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La cuestión se basaba en una estrategia escalofriante: Estados Unidos imponía las dictaduras en Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia y Uruguay; al tiempo que ejercía terrorismo de Estado contra los opositores de izquierda para imponer su modelo económico. En Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela también se violaron Derechos Humanos, pero las oligarquías blindaron sus gobiernos de bolsillo. Eso no cambiado de forma sustancial, por lo menos en la bananera Colombia. Corrían las décadas del 70 y 80 y los vientos de la Guerra Fría literalmente congelaban cualquier otro modelo que no fuera el de los EE.UU o la U.R.S.S. los dos elefantes que luchaban mientras sufría la hierba. Sobre ese tema, los dictadores tropicales y sus absurdas y sanguinarias medidas aupadas desde arriba, gira El otoño del patriarca (1975), una novela de GGM que muy pocos valoraron en su momento, pues estaban encandilados con Cien años de soledad (1967).

En los llamados “Archivos del Terror” hallados en Paraguay en 1992 se registra la cifra de 50.000 personas asesinadas, 30.000 desaparecidas y 400.000 encarceladas, en tiempos de ejecución de la Operación Cóndor. Colombia, entre tanto, -en uno de los casos más extraños de dictaduras en el mundo- había tenido a Gustavo Rojas Pinilla en el poder (único dictador en Colombia en el siglo XX entre 1953-1957), un militar puesto y depuesto por los dos partidos tradicionales –conservadores y liberales- que bañaron la nación con sangre y no han asumido ni asumirán su responsabilidad histórica al respecto. (300.000 muertos en la época de La Violencia bipartidista son el cálculo más bajo). Por lo que para ese momento en Colombia el Plan se ejecutó con la anuencia de ‘supuestas’ democracias plenas. Valga recordar que en nuestro país (y es dato de la Comisión de la Verdad) los desaparecidos suman más que en toda las dictaduras latinoamericanas juntas, más de 100.000.

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De modo que lo que ha ocurrido en las décadas recientes (para no extendernos tanto) en Venezuela con el ascenso de Hugo Chávez al poder, su muerte y la llegada de Nicolás Maduro; en Colombia con la consolidación de la derecha con Uribe, Santos y Duque, cuestionada por oscuras financiaciones, corrupción y el crecimiento de la izquierda en las urnas con Carlos Gaviria y Gustavo Petro; en Ecuador el fenómeno Rafael Correa, que si bien fortaleció la educación y la economía, fue perseguido hasta el exilio y de nuevo llegó la desestabilización a la vecina nación; en Perú, una inestabilidad que apenas hace unos días con el triunfo aun no reconocido por todos del socialista Pedro Castillo, pareciera borrar la sombra nefasta de la casta Fujimori; en Bolivia, una transformación que la convirtió en una de las naciones con mayor desarrollo de la región pero que cegó a Evo Morales a una transición democrática que permitiera seguir el avance, ahora con la continuidad en cabeza de Luis Arce; en Chile, Argentina y Uruguay, el regreso de derechas moderadas; y en Brasil, un Bolsonaro asquerosamente ‘facho’, son caldo de cultivo para nuevas intervenciones de los señores de la bandera con trece barras y cincuenta estrellas.

Estados Unidos suele vendernos la idea de cambios quiméricos que beneficiarán a Latinoamérica –ojalá ocurra pronto-, antes con Obama o ahora con Biden, pero en el fondo todos deben actuar en algún momento como Trump, porque el sistema los obliga. Allá también han padecido la reelección y la manipulación de votantes es un hecho irrefutable, pero no lo es menos que la xenofobia y otros virus están presentes en los millones de seguidores del rubio y misógino magnate. Una actitud que por ejemplo se podría explicar con los guiños del actor, productor y director Mel Gibson, a esa política racista hasta los tuétanos e incluso antisemita. Reconocido entre otras por películas como Corazón Valiente (1995), El Patriota (2000), La pasión de Cristo (2004) y Apocalypto (2006), -además de sus cintas de acción-, y donde destaca valores como la independencia, la lealtad, la bondad, la abolición del dominio, la esclavitad y la injustica, sus declaraciones públicas suelen ser contrarias, políticamente incorrectas, porque una cosa en la fórmula para triunfar el Hollywood y otra, muy diferente, defender los Derechos Humanos. Business are business.

Estados Unidos no soporta la ‘dictadura’ de Daniel Ortega en Nicaragua, que derrotó a la saga dictatorial de los Somoza que tuvo siempre el aval de la Casa Blanca; pero tampoco el gobierno progresista de Andrés Manuel López Obrador en México. El primero es un peligro para sus intereses; y el segundo, también. Peor aún, el bienestar de los mexicanos le quitaría a USA una de las fuerzas laborales más grandes de su economía. Nadie se iría tras el mal llamado ‘sueño americano’, una pesadilla de la que solo los despierta el precio de dólar que sobrepasa las devaluadas monedas latinas, que sus grandes entidades multilaterales han llevado a tal estado de postración. Pero la desvergüenza es lo ocurrido en Haití y en Cuba. La potencia, que se cree y actúa como el policía del mundo, se ha negado a intervenir humanitariamente en el país más pobre del hemisferio tras el asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, pero quiere intervenir en Cuba, llevada a la miseria por ellos mismos, dizque para “salvar a su pueblo del estallido social provocado por la dictadura”.

Ya es legendaria la sentencia sobre un dictador nicaragüense que se le atribuye al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt: “Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Está claro entonces que a EE.UU. no le importa lo que ningún hijueputa haga con su pueblo, sea de la izquierda o de la derecha, dictador o demócrata, del centro o de la periferia política, siempre y cuando no afecte sus intereses comerciales y capitalistas, como líderes del Primer Mundo, con China y Rusia respirándoles en la nuca; sin atender el Segundo Mundo que son los países socialistas, casi extinguidos por sus acomodadas interpretaciones teóricas; ni del Tercer Mundo donde caben todos los que las dos categorías anteriores excluyen y que ellos invaden ‘intervienen’ cuando pueden.

El símbolo de la espiritualidad andina está herido hace décadas, siglos incluso, y al borde de la extinción. Él no dice nada. Carece de laringe y por eso no emite sonidos. Pero ya nunca será posible otra Operación Cóndor, por lo menos que no tome menos tiempo descubrir.

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La arrogancia de las ‘vacas sagradas’

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos.

La arrogancia de las ‘vacas sagradas’
Especial para 90minutos.co

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos.

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Escribió el eminente George Steiner que una de las grandes arrogancias culturales de los judíos es que es casi posible definirlos como aquellos que siempre leen lápiz en mano porque están convencidos de ser capaces de escribir un libro mejor que el que están leyendo. El autor de Pasión intacta (1997), se refiere al judío como su “pequeño y trágico pueblo”; y en un atrevimiento del tamaño del universo me permitiré tomar prestadas sus palabras para referir la actitud de ciertos profesores y escritores caleños que seguro no han comprendido que un intelectual es apenas alguien que lee con un lápiz en la mano, para recoger sólo la mitad de la sentencia leída en medio de los diecinueve magníficos ensayos que componen el libro aludido.

Cuando se escribe y se publica, el sometimiento al escrutinio es inexorable. Y, en consecuencia, también a la crítica, por lo que deben recibirse con beneficio de inventario tanto los aplausos y los abrazos, así como los madrazos y escupitajos. Lo escrito, de muchas maneras, ya no nos pertenece y como afirmó Susan Sontang, otra mente brillante de origen judío, “aunque me lleve y me contenga, aquello sobre lo que escribo es diferente de mí”. Si bien hablar de los propios libros es peor que escuchar a esas señoras que hablan sólo maravillas de sus hijos, una incómoda situación en medio de un conversatorio al que fui invitado para hablar de Si en Nueva York llovía en Cali no escampaba. Migración, salsa y caína (2022), obliga.

Respondo cada que me preguntan cómo surgió la idea de escribir este libro, que el trabajo recoge la experiencia de dos viajes realizados a Nueva York -y a otras ciudades de los Estados Unidos- con la intención de explorar un tridente que sirve de subtítulo al texto y contar de primera mano una primera visión e intención que surgieron con el acercamiento a otros dos libros y autores: La salsa en tiempos de nieve. La conexión latina Cali-Nueva York (1975-2000) del profesor Alejandro Ulloa Sanmiguel; y Allende el mar: crónicas migrantes del también profesor Oscar Osorio, los dos de la Universidad del Valle. Lo anterior no supone una validación absoluta de sus contenidos, sino más bien unas referencias que de hecho luego llegaron a convertirse en fuentes testimoniales. Decir lo contrario, es vana especulación.

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Que me absuelvan los aludidos de ser condenado a las catacumbas del rechazo por osar controvertir su abominable veneración absoluta a personajes relacionados con la salsa, pero en esta Cali convertida -por cuenta de las industrias culturales y sus estrategias de mercado- en ciudad mercancía, ni la salsa ni sus prácticas son lo que eran antes. Y no se trata ojo, de una superficial mirada nostálgica, de querer que nada cambie y todo siga igual, o desconocer la tradición y los aportes, sino de reconocer que, con esta explosión circense, turística y mercantil, alejada de la espontaneidad del barrio que apropió melodías e historia, cadencias y ritmos para elaborar nuevas prácticas culturales, hoy convertidas en simples espectáculos, no se va en contra de la ciudad, al contrario, se procura una nueva visión de la misma. Hay un pequeño y trágico grupo de seres anclados al pasado y a su protagonismo, que pareciera negarse una realidad insalvable: ya no es, ya no son.

Acercarse a un espacio físico, histórico y cultural para conducir al lector por una realidad pasada y confrontarla con las realidades actuales de Nueva York, una ciudad monstruo de más de 20 millones de habitantes donde los caleños se las ingeniaron para construir un pequeño ‘Cali York’ en Queens, a través de la crónica como género que humaniza, no es un tratado de historia o geografía y menos una investigación etnográfica, antropológica o sociológica al compás de salsa, sino un ejercicio de periodismo literario que pone al servicio de la reportería las técnicas de la literatura para hacer más ameno el cuento, menos acartonado que esos libros a los que sólo acuden los ácaros y el comején en los vetustos anaqueles de las lóbregas bibliotecas universitarias. Esta saga de relatos breves en la que se vuelca un torrente de sensaciones de aquellos que migraron de Cali en búsqueda del Sueño Americano y se encontraron en la Gran Manzana con una bonanza producto del narcotráfico, no es una condena ni un señalamiento, menos una sentencia inexorable. Solo la edición de unas voces nostálgicas que me contaron su sentir.

Comprendo que hay cierto desdén con el periodismo y algún tipo de aberrante exclusión con la investigación que este oficio demanda, entre quienes no la reconocen ni validan y en cambio sí, dan por sentado que lo erudito por experiencia o vivencia y lo académico por definición, son más que cualquiera otra consideración narrativa. Debo decirles que no. No señores. El tiempo de las vacas sagradas ha pasado. Ellas pueden pastar, rumiar, bramar y cagar todo lo que quieran, pero hay otras voces que pueden expresarse diferente en torno de un fenómeno que se ha trasformado, que ya no es el mismo, que como todo enfrentó los rigores del cambio social y de las dinámicas de las sociedades.

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Se publica para ser leído, sin que sea condición padecer el ególatra síndrome del aristócrata británico Benjamín Disraelí que afirmaba: “Cuando necesito leer un libro, lo escribo”. Narrar con la naturalidad que suelen tener las historias referidas por las personas cotidianas, sin títulos ni reconocimiento, sin reservas ni prejuicios, fastidia a quienes sólo avalan lo propio, lo académico, lo ilustrado, lo decimonónico, en suma, a quienes no han abierto ni sus ojos ni sus oídos a otros testimonios, a quienes no han pegado el salto poscolonial que permite decires diferentes sobre lo mismo, porque hay quienes aún velan por sostener unas identidades impositivas. La pulsión periodística enciende el fuego de la narración que habita unas historias que no son propias, pues después de escuchar las experiencias de tantas personas, a lo sumo el escritor articula a ritmo tal vez trepidante unas representaciones que ya no son, ni deben ser, comunes.

Hablar mal de un libro que no se ha leído es como hacer lo mismo de una persona que no se conoce. No reconocer el influjo del narcotráfico -que lo permeó todo en este país, pero sobre todo en Cali- en el circuito salsero, es tan absurdo como deliberado. Desconocer que varios de sus protagonistas se lucraron desde diversos escenarios con sus dólares y ayudaron a instalar en el colectivo ciertos aspectos de la identidad caleña, no es sólo injusto sino temerario. Por suerte la vida de los libros es más larga que la de los seres y el tiempo dirá que esta visión que puede si se quiere asumirse como desafío, es apenas un auténtico intercambio de testimonios y letras con caleños que siguen en la Capital del mundo, evocando la Cali convertida en museo vivo de la salsa. Contario a los principios de la naturaleza, señores, el vil metal es menos duradero que la palabra, más fuerte y eterna si logra pasar de la fragilidad del papel a las fibras del corazón de un lector, que a la cabeza enmarañada de un intelectual con intereses. ¡Judíos!

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La voz de los olvidados se oirá en el Congreso

A partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente.

La voz de los olvidados se oirá en el Congreso
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A partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente.

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Los colombianos estamos frente al reto de trabajar unidos para cerrar las grandes brechas sociales que nos afectan y que nos impiden avanzar en la construcción de un país más justo e incluyente. Y es que a pesar de que el Gobierno ha logrado recuperar la economía de los efectos de la pandemia, todavía queda mucho por hacer.

Si bien, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional, en 2022 el PIB de Colombia crecería un 6,3%, una cifra muy superior al de la región, la misma entidad advierte que por efectos de la desaceleración económica, el próximo año, se espera un alza de 3,5%. Entre tanto, de acuerdo con un informe del Dane, durante junio de este año, el 47,6% de los hogares expresaron que su situación económica actual era o peor o mucho peor que hace un año.

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Esa difícil realidad la he podido palpar en mis recorridos por las regiones del país, en los cuales me he encontrado cara a cara con la gente para escuchar sus necesidades más sentidas y sus anhelos de que existan mayores oportunidades de empleo, que haya acceso a la salud y a la educación con calidad, para que disminuyan las brechas sociales y la desigualdad.

Precisamente, a partir de esa escucha a la comunidad, para esta nueva legislatura el Partido de la U elaboró una serie de proyectos de Ley con el fin de buscar soluciones a esas problemáticas reales que padece la gente. Como punto de partida radicamos 13 iniciativas que son de autoría de los nuevos representantes y senadores del Partido, quienes se constituirán ante el Congreso, en la voz de las mujeres, de los jóvenes, de los campesinos, de los líderes sociales, es decir, en la voz de los olvidados de Colombia.

Una de estas propuestas propone combatir el flagelo del hambre, que es un grave factor de inequidad. Se trata del acto legislativo ‘Derecho a la alimentación’, que tiene como finalidad establecer constitucionalmente que el Estado les garantice a los colombianos el derecho a la alimentación adecuada y a estar protegido contra el hambre y la desnutrición. También busca promover que existan condiciones de seguridad y soberanía alimentaria en el país.

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De otra parte, atendiendo las peticiones de nuestros campesinos, quienes sienten que hacen parte de los olvidados del país, radicamos una propuesta para fortalecer la economía campesina. Se trata del Proyecto de Ley, ‘Transformación agropecuaria’, para reconocer, proteger, dar lineamientos y fortalecer la economía campesina, a partir de los grupos asociativos. La iniciativa permitirá acompañar institucionalmente a estas organizaciones para la elaboración de un Plan Estratégico de producción campesina, establecer líneas de acceso a microcréditos segmentados y reducir las brechas de infraestructura vial que existe en el campo, entre otros beneficios.

Entendiendo que un factor fundamental de transformación social es la educación, también presentamos el proyecto de Ley ‘Incentivos a la educación dual’, con el cual se busca promover una política de formación en educación media a través del Sena y de las instituciones educativas. La idea es que los estudiantes adquieran competencias y a la vez puedan laborar en sectores que dinamizan la economía como el de la construcción, actividades inmobiliarias, comercio electrónico e información tecnológica. Para ello, se daría incentivos a los pequeños y medianos empresarios. Esto significa una gran oportunidad para nuestros jóvenes, que son el presente y el futuro del país.

También, nuestro partido incluyó en su agenda legislativa el Proyecto de Ley ‘Valorización de residuos sólidos y economía circular’, a través del cual se busca crear una regulación sobre el mercado de valorización de residuos sólidos, así como establecer una tarifa diferencial entre los productos aprovechables y no aprovechables. Entre otros beneficios, la medida va a permitir establecer las condiciones para que los recicladores se vinculen a las empresas prestadoras de servicios públicos, además de impulsar programas para involucrar a la ciudadanía en la valorización de los residuos sólidos. De este modo, contribuimos al desarrollo sostenible.

En total serán 21 proyectos que el Partido de la U radicará durante la nueva legislatura. Todos y cada uno de ellos surgen como respuesta a las necesidades que hemos escuchado en nuestros diálogos y recorridos por las regiones, porque nuestro compromiso es y seguirá siendo con los olvidados, es decir, con los millares de colombianos que sueñan con vivir en un país más justo, incluyente y en paz. Tengan por seguro que su voz se oirá en el Congreso.

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Huertas comunitarias 2.0

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero, producción y consumo responsable y acción por el clima.

Huertas comunitarias 2.0
Especial para 90minutos.co

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero, producción y consumo responsable y acción por el clima.

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El cambio climático es un hecho, y  tenemos que encontrar la manera de enfrentar problemas venideros, como la crisis alimentaria. Esto es un gran reto que exige estrategias de inmediato, para el corto, mediano y largo plazo, y Cali puede liderar la región para enfrentar estas dinámicas tan complejas. En toda la ciudad, tanto en la parte urbana como rural, aparecen huertas comunitarias, que debemos fortalecer con herramientas diferentes y novedosas, que generen un mejor rendimiento.

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En primer lugar, debemos crear una Secretaría de Agricultura que respalde lo existente y posibilite la creación de más huertas, y que lleve prácticas como la hidroponía a la mayoría de los ciudadanos. En segundo lugar tenemos que considerar la modificación genética en algunos cultivos, para proteger los cultivos y para que haya una mayor productividad.

Esto se puede hacer a través de nanotecnología, es decir, organismos microscópicos que cumplen distintos propósitos en semillas alteradas genéticamente. Estos avances ya se están utilizando con seguridad para hacer envases biodegradables, para mejorar la vida útil de los alimentos y para prevenir el riesgo de intoxicación.

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Por otro lado, los nanosensores pueden aumentar el rendimiento de los cultivos, y reducir el esfuerzo requerido para obtener una buena cosecha. Israel es el mayor ejemplo del uso de esta tecnología. Ellos llevan décadas administrando el agua para sus cultivos de esta manera, creando y automatizando las condiciones óptimas requeridas para cada cultivo; usando big data (con la medición de información en tiempo real) y fuentes alternativas de energía (como paneles solares).

Cali puede hacer que sus huertas comunitarias estén a la vanguardia y preparadas para los escenarios más complicados; aunque el sector público no esté tan evolucionado en estos temas agrícolas. Sin embargo, la empresa privada y la academia han logrado progreso en este campo. Un ejemplo es el programa de investigación Optimización Multiescala In-silico de Cultivos Agrícolas Sostenibles (ÓMICAS) que busca, a través de siete proyectos, desarrollar e implementar estrategias científico-tecnológicas para mejorar variedades agrícolas y aportar a la seguridad alimentaria. Ómicas suma esfuerzos de 16 instituciones, siendo la Universidad Javeriana de Cali la entidad ancla.

La meta final es fortalecer la agricultura urbana orgánica en la ciudad, estableciendo acciones en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) como hambre cero; producción y consumo responsable y acción por el clima. Cali debe convertirse en una ciudad líder con estas huertas comunitarias 2.0 y con la agricultura urbana, para asegurar su futuro.

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