Desde hace más de 45 años, la Fundación Chiquitines ha sido un refugio seguro para cientos de niñas y niños en situación de vulnerabilidad en el suroccidente colombiano. Esta organización, ubicada en Cali, se ha convertido en un ejemplo de compromiso con la protección de la infancia, trabajando en alianza con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y otras instituciones.
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Jessika Palacios, directora de protección de la Fundación, explica que el enfoque principal está en atender a niños de 0 meses a 8 años bajo la modalidad de acogimiento residencial. Además, Chiquitines es la única institución autorizada para promover procesos de adopción en esta región del país.
“Sabemos que cada niño y niña tiene un potencial enorme, no los vemos desde la carencia. Por eso trabajamos también con el adulto cuidador, para que tenga las herramientas necesarias para brindarles un entorno seguro y amoroso”.
Afirma Jessika.
Más que atención, transformación
Uno de los mayores retos que enfrenta la Fundación es atender los múltiples traumas con los que llegan los niños: maltrato físico, psicológico e incluso violencia sexual. Sin embargo, lejos de enfocarse en la adversidad, el equipo de profesionales convierte cada historia en una oportunidad.
El acompañamiento no solo se centra en los menores, sino también en sus familias. Desde el primer día, se construye un plan de reintegración con los padres o familiares extensos, con el objetivo de que los niños puedan regresar a su entorno en el menor tiempo posible y de manera segura.
“Pasamos de procesos que duraban hasta dos años, a lograr reintegraciones en solo seis meses. Lo hemos conseguido gracias al trabajo directo con las familias”.
Destaca la directora.
Creer en la familia, apostar por la niñez
La convicción que mueve a la Fundación es clara: el mejor lugar para un niño es su hogar. Por eso, gran parte del trabajo está enfocado en fortalecer a las familias para evitar futuras separaciones.
“Lo que buscamos al final del día es volver a creer en la familia y acompañarla para que nunca más ocurra una vulneración”.
Asegura Jessika.
No obstante, el sostenimiento de este proceso requiere un esfuerzo constante. La Fundación depende de recursos económicos y humanos que muchas veces superan sus capacidades. Aun así, gracias al apoyo de organizaciones nacionales e internacionales, han logrado mantener la calidad de su atención.
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Más allá de las cifras y los desafíos, lo que realmente llena de sentido el trabajo de la Fundación son las pequeñas grandes victorias del día a día: niños que vuelven a sonreír, que asisten por primera vez a una escuela, que aprenden a confiar en un adulto después de haber sido lastimados.
“Cuando un niño vuelve a usar su voz y dice: ‘Yo siento, yo pienso, aquí estoy’, sabemos que todo el esfuerzo ha valido la pena”.
Concluye Jessika Palacios
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