Vie, 03/18/2016 - 16:57
Tan es así, que en Semana Santa le daba por aparecerse en Juanchito, donde hay rumba desde 1955, cuando se cambió el viejo puente de madera Carlos Holguín Mallarino -inaugurado el 7 de agosto de 1922-,  por el colgante, tan obsoleto hoy como los vapores que transitaron el río Cauca. El “putas” bailó en Agapito, el quiosco enorme que desde 1970 embotelló la rumba caleña, y en Changó, la discoteca que consagró a Leoncio Amú en 1988, luego del éxito de Don José
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En Cali tienen ribetes míticos casi todos sus lugares emblemáticos. Basta con revisar la historia de uno de sus cerros tutelares y reseñar la del otro -que esta Semana Santa estará cual hormiguero en fuga-  para deleitarse con el fermento de la memoria, que no es otro que la imaginación.

Cristo Rey, el emblemático y acorralado monumento religioso de Cali, se inauguró con salvas de fusil para conmemorar los 50 años de la guerra de los Mil Días. Balas benditas. ¡Benditas balas! Ocurrió el domingo 25 de octubre de 1953. Nadie imaginó que su abrazo inmenso fuera a terminar cuidando antenas y un atracadero por todo lo alto. El obispo, el gobernador, el alcalde y un coronel, por orden del presidente de la república, consagraron la comunidad caleña al Sagrado Corazón de Jesús. Monseñor Miguel Antonio Medina, Diego Garcés Giraldo, Jaime Lozano Henao y Deogracias Fonseca.

La orden partió de Gustavo Rojas Pinilla, que guardaba buenos recuerdos de la ciudad, pues en 1948 había sido comandante de la Tercera Brigada y recibido honores del presidente Mariano Ospina Pérez por haber disipado los coletazos de El Bogotazo el 9 de abril. La historia no cuenta que fue más fácil, por el aguacero que aquella tarde cayó sobre la ciudad. Una llovizna es un diluvio para los caleños. El Valle del Cauca también le tributó agradecimientos por la pacificación del departamento y la ecología habrá de agradecerle algún día darle alas y mucho viento a “El Cóndor” en Tuluá.

Las Tres Cruces se ubicaron para espantar a Buziraco, un diablo expulsado del Cerro de La Popa, en Cartagena, que llegó a Cali e incubó la viruela, la lepra y el dengue. En sus ratos libres prendió incendios, empolló la prostitución y cundió de plagas las escasas cosechas del villorrio. En esas andaba, cuando fray Juan y fray Vicente Cuesta, un par de monjes franciscanos llegados de la Real Audiencia de Quito, lo encerraron. El 3 de mayo de 1837, subieron en procesión con tres cruces de guadua y exorcizaron al demonio.

Idos los tales capuchinos (calificados de entrometidos por los “calíbales” de la época) fray Damián Gonzáles asumió el reto de confinar a satanás, pues había llegado con más bríos. Pero al reverendo lo enganchó la parca y la tarea la asumieron los habitantes del barrio Santa Rosa, que con banda incluida convirtieron la romería en refunfuña.

Y claro, el 7 de junio de 1925, 88 años después, el leviatán -tal vez cansado de ver cómo cedían las enfermedades pero crecía el meretricio-, se liberó. Un temblor de 6.8 en la Escala de Richter acompañó la fuga.

Sería el padre Marco Tulio Collazos quien propondría, para recapturar al maligno, construir las cruces en hierro y cemento. La tarea arrancó el 26 de mayo de 1937 y finalizó el 6 de enero de 1938. Ese día, Belcebú olía a incienso, se ungió con mirra y se adornó con oro. ¡Un mago! Dicen que está atrapado. Yo creo que prefirió quedarse en Cali. Su escenario natural. Un paraíso.

Tan es así, que en Semana Santa le daba por aparecerse en Juanchito, donde hay rumba desde 1955, cuando se cambió el viejo puente de madera Carlos Holguín Mallarino -inaugurado el 7 de agosto de 1922-,  por el colgante, tan obsoleto hoy como los vapores que transitaron el río Cauca. El “putas” bailó en Agapito, el quiosco enorme que desde 1970 embotelló la rumba caleña, y en Changó, la discoteca que consagró a Leoncio Amú en 1988, luego del éxito de Don José. El antiguo llegaba, bailaba y se esfumaba. Alto, fornido, hermoso. De blanco impecable. Las quemaduras de la damisela que galanteaba para ponerla en calor, eran insufribles. El olor a azufre, asfixiante. Que tenía cascos, que eran pezuñas. Ella murió. ¡No! Enloqueció. Yo vi la cola, dijo alguno. Lucero reparó en los cachos y su marido en que Lucifer fue el primer ángel que despertó y la más grande criatura de magnificente belleza en la aurora cósmica. ¡Un lucero!

Por eso, cuando recogieron a Teófilo Quiñónez, taxista de profesión, y le preguntaron que le había pasado, solo decía: “¡Era el diablo! ¡Era el diablo!”. Dejó una carrera y giró en la calle 26. Luego tomó la carrera Primera. Era la 1:00 a. m. Sobre la acera del Cementerio Central, una pequeña hincada guardaba su rostro entre la cara interna de sus rodillas. Teo paró su taxi. Se bajó.

-¿Qué haces aquí?

-Dormir.

¿Cómo te llamas?

-Luzbella.

¿Y no te da miedo el lugar?

-Sí, cuando estaba viva.

Y se escuchó una carcajada que aún retumba en la conciencia de quien jamás volvió a trabajar de noche.

Hay que rezar, sobre todo por Satanás. Es increíble que en casi XXI siglos nadie haya rezado por el pecador que más lo necesitaba.