Lunes, Enero 27 2020

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Una zurda de oro que nació en el Obrero: Alex, el eterno diez americano

Alex Escobar pertenece a la estirpe de ídolos de los Diablos Rojos. Campeón como jugador y técnico sufre ahora como hincha. A escasas horas de la final con Junior, ‘El Pibe del barrio Obrero’ recuerda la gloria que lo tatuó en el alma roja y envía un mensaje de aliento a los chicos que buscarán la estrella número catorce para los escarlatas.

Una zurda de oro que nació en el Obrero: Alex, el eterno diez americano
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Diciembre de 1985. América viene de una mala racha en el octagonal final de la liga colombiana y anímicamente golpeado después de perder su primera final de Copa Libertadores frente al Argentinos Juniors. Es miércoles y enfrenta a un poderoso Millonarios en el que brilla con luz propia el ‘Bufalo de San Luis’, Juan Gilberto Funes. Ya el médico Gabriel Ochoa había anunciado que para poder retener el título ganado el año anterior, necesita ganar doce puntos de doce. Los embajadores golpean con un gol tempranero y un Pascual Guerrero semivacío se convierte en un cementerio. Nadie grita, todo es silencio. El temor de una derrota comienza a sacudir de nuevo a los americanos. De pronto, cerca de la media hora del primer tiempo, salta de la banca un ‘muchachito’ de crespos al viento, más bien de baja estatura, pero con pinta de crack. Como se dice en el barrio, en el ‘caminao’ se conoce al que juega bien. Todos los que estamos esa fría noche en el estadio lo hemos visto desplazarse con elegancia con la pelota pegada al botín porque ha sido la figura de la Selección Valle Juvenil, pero también reconocemos que está muy ‘tierno’ para semejante responsabilidad. Le dicen ‘El Pibe’, pero este a diferencia del ‘mono’ que juega con los  vecinos, es del Obrero, el barrio caleño que se tatuó el alma de color rojo.

Alexánder Escobar Gañán tiene apenas 20 años en ese momento, y el médico Ochoa lo envía a la cancha para que salve la Patria. No es cualquier reto. En ese mismo césped hay demasiada calidad deslizándose sobre el prado verde. Es el equipo de Cabañas, Gareca, Battaglia y el gran Willington Ortiz. El chico es recibido con una ovación por la poca hinchada que acompaña. Y a pesar de todas esas estrellas que iluminan el cielo escarlata, las esperanzas están cifradas en el ‘pibito’ que llega desde el banco con la misión de torcer una derrota que se avecina.

Alex tira un caño, hace un regate, pone un pase largo, mete un sombrero, la pide, toca de primera, se junta, abre el espacio y, por supuesto, el empate no tarda en llegar. El segundo es una joya, recibe dentro del área, amaga con salir por derecha, saca de línea a Prince y con un taco deja todo servido para que Cabañas marque el segundo. El resto es un concierto de la joya del barrio Obrero. La tribuna se rinde ante la magia de Escobar. Ese día el chico que desde los once años llegó a probar a las divisiones inferiores comenzó, sin poder advertirlo, su andadura de ídolo escarlata.

Darío Gómez, coordinador de noticias y conductor de Cali Hoy por Hoy de Caracol Radio, es uno de aquellos hinchas que ha vibrado con el rojo y recuerda que Alex era un referente para todos los jóvenes de aquella época.  “Yo Lo veía cuando pasaba por su casa materna, pero la sensación era muy especial por su señor padre, don Hernán Escobar, ya que mi papá me decía que allí vivía un jugador de la vieja guardia”. Pero además de esto, Darío tiene un sentimiento adicional y es que la madre del periodista nació “en el querido barrio Obrero, donde escuché muchas historias de fútbol y del Cali viejo”.

Gómez desata sus recuerdos y no se mide en los elogios al crack caleño. “Un zurdo único. De goles desde fuera del área o de tiro libre. Exquisito y de tacos, pases filtrados precisos y de sombreros. A Alex lo vi jugar en la Selección Valle y sabía de él  porque lo veía en mis tránsitos hacia la casa materna”.

El mago del Obrero

Han transcurrido 34 años desde aquel partido con Millonarios y ahora Alex Escobar espera al equipo de periodistas de 90 Minutos en su hábitat natural, es decir, en una cancha, más precisamente en la del antiguo Seguro Social. Allí en la Calle 70 con Autopista Sur, ‘El Pibe del Barrio Obrero’, un poco más fornido que otrora, aún guarda la suficiente calidad en su zurda de oro para regalarles a unos chicos que nunca lo vieron jugar unos pases, lanzamientos largos y toques que saca del sombrero de prestidigitador que lo acompaña. Su primera clase resume la lección del mago: “Hay que tratar el balón con cariño”.

Me acompaña Carlos Rojas, un periodista de las nuevas generaciones que no alcanzó a ver jugar a Alex, pero que al ser también zurdo, percibe una afinidad especial con el eterno diez escarlata. Así es el fútbol, tejiendo complicidades donde uno menos lo espera.

Escobar nos recibe ansioso, con la mente puesta en la final con el Junior, como un hincha más. “Una cosa es cuando uno es jugador, está como en una burbuja y no se da cuenta de nada. Pero afuera, uno esperando que llegue el día del juego, hay mucho nervio, ojalá todo salga bien y quedemos campeones”, me dice este ‘calidoso’ que si de algo sabe es de ganar campeonatos. Escobar es un consentido de la fanaticada roja. Jugó durante trece temporadas con los rojos y ganó cinco títulos de la liga colombiana (1984-85-86, 1990-92). Es el jugador que más veces ha vestido la casaca escarlata al disputar 570 compromisos, tuvo hasta una barra dedicada a su nombre. En su carrera como futbolista anotó más de cien goles y de ellos 88 los hizo con los Diablos. Pero además es el único que puede darse el lujo de decir que fue campeón con ‘La mecha’ en calidad de jugador y también como técnico, pues era el asistente de Diego Edison Umaña en el 2008, el año de la última estrella roja.

De ese equipo justamente recuerda que era muy compenetrado, de transiciones rápidas y que tenía una gran humildad. “A pesar de las dificultades construimos un conjunto con una expresión futbolística muy alta. Al lugar que íbamos llenábamos el estadio, ese América jugaba muy bien”.

Alex Escobar reconoce que el equipo actual de Alexandre Borges Guimaraes es diferente al de hace once años. Y, por supuesto, practica un fútbol muy distinto al que el propio Alex desparramaba en las canchas. Advierte que aunque este equipo no tiene un derroche de fantasía futbolera, sí sabe a lo que juega, no se descompone en la cancha y tiene una gran aplicación táctica. “Para mí el jugador diferente, el que destruye los esquemas contrarios y el que puede hacer una gran diferencia es Duván Vergara, ese chico es talento puro”, dice. Confía en alcanzar la estrella número catorce, pero pide a los chicos estar concentrados y no dar un centímetro a los barranquilleros para que armen su fútbol, “allí va a estar la clave”.

La tensión hace que Alex no pueda contener más el torrente de su memoria y  recordar aquel clásico en el que derrotaron 3-0 al Deportivo Cali y se coronaron campeones en 1992. Ese día, Alex Escobar no hizo gol, pero estuvo en lo que mejor sabía hacer: recibir en espacio libre, amagar y entregarle el balón servido a su gran socio, otro ídolo americano, Anthony de Ávila. Justamente, le pregunto cuántos goles le debe el Pipa, Gareca o el Pony Maturana, pero Alex dice como esos buenazos volantes de armado de antes: “A mi casi ni me gustaba hacer goles, lo mío era ponerlos, que otros lo hicieran, esa era mi satisfacción”.

Esto lo corrobora el también periodista deportivo de El País, Juan Carlos Pamo, quien recuerda que Alex Escobar era un exquisito con el balón. “Tenía una zurda prodigiosa, era el diez clásico, de esos que ya no se ven. Alguna vez que hablé con Gareca me contó, a manera de anécdota, que gran parte de los goles que consiguió en América se los debía a Alex porque era el que lo ponía a cobrar. Su capacidad técnica era muy superior, realmente fue un gran jugador y por eso se convirtió en ídolo del América”.

Alex es un agradecido de la hinchada y no se cansa de reclamar que tiene hueso rojo. Sabe las múltiples alegrías que le brindó al América y que la hinchada le tiene reservado un altar donde también están, entre otros,  Julio César Falcioni, Cabañas, Gareca, Willington, Battaglia, De Avila, Reyes, Gilberto Cuero, el Indio Montaño, ‘Shinola’ Aragón, Camilo Cervino o La Fiera Cáceres. Un puñado si se quiere injusto con la larga lista de grandes jugadores que dejaron huella en las diferentes generaciones rojas. Pero lo que sí puedo decir es que aquella generación de los ochenta-noventa, la que vio el gran América de todos los tiempos, la que conoció el pentacampeonato, la que sufrió con las derrotas en la Copa Libertadores, transformó en ídolo al chico de la zurda mágica y cosió para siempre en el corazón a este ‘pibe’ que no podía ser de otro lugar, sino del gran barrio Obero de Cali.

 

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