Martes, Junio 25 2019

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“Yo te amo desde el día que nací”

Todos sabemos que la ternura es una capacidad que vamos perdiendo en el transcurso de la vida y que recuperamos cuando -como a los niños- nos importa un carajo la opinión de los demás.

“Yo te amo desde el día que nací”
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

No encontré otro lugar con mejor sombra para rendirle tributo a la vida, que no fuera bajo un viejo árbol de matarratón en el minúsculo cementerio de Santa Rosa en Caldono-Cauca. Allí, es muy probable que las almas deban sostenerse, para no rodar falda abajo hasta la polvorienta cancha de fútbol donde vuelan más helicópteros que arqueros. Es la paz de los sepulcros. Son apenas un puñado de cruces cansadas de tener los brazos abiertos. Así esta ella, cansada. Demacrada. Entristecida. Afligida. Su cabeza está golpeada, sus neuronas confundidas, las células impacientes en su tarea incesante de renovación, pero las fibras de su corazón intactas.

Solo alguien que deberá aprender a vivir sin haberse muerto del todo, puede hablar con tal grado de idealismo y expresar con más ternura que la de una inocente chiquilla, el sentimiento supremo. “Yo te amo desde el día que nací”. No quiero creer que fue un error de concepción. Todos sabemos que la ternura es una capacidad que vamos perdiendo en el transcurso de la vida y que recuperamos cuando -como a los niños- nos importa un carajo la opinión de los demás. Y lo dijo con su mirada infinitamente triste. Sin inmutarse. Puede acaso haber algo más triste que no reflejar con el rostro, los estados de ánimo, la salud del alma, el brillo de una mirada. Una mirada absorta, apagada, como su sonrisa, como la proyección de un espíritu que comienza de nuevo, pero no de cero.

Es complejo el pensamiento, las conexiones, los impulsos, la voluntad, los límites, los placeres, los dolores… cuánto dolor hay ahora en su mirada, cuánto dolor transmite sin sentirlo. Unas secuelas físicas que trastocan el pensar, pero contra las que lucha el sentir. Un cerebro que se desinflama mientras intenta recuperar el control de todo. Pero aún no puede. Aún pueden escaparse palabras sin revisión, ideas extraviadas, recuerdos inconexos. El lenguaje elemental y sin barreras informa que son buenas las noticias y que la alegría volverá pronto. Ella es fuerte, impetuosa y con carácter. El combate interno ha de ser violento. La vida quiso írsele y ella la aferró con sus tenazas. No la tienes fácil con una escorpión.

Es tan pequeña la cabeza y tan infinito el pensamiento. Es tan básico el instinto y tan complejo el amor. Unos gestos limitados, pero unas palabras tan profundas, tan hermosas como insondables, emergen de esa cavidad hermética y misteriosa, encubierta y gris. Es tan perfecto el cerebro y tan desconocido. Nadie sabe cómo evoluciona, cómo se sana él mismo, cómo se rehace, cómo entreteje sus enlaces para que las trabazones se deshagan y fluya de nuevo el pensamiento lógico y ordenado. Tal vez por eso los neurólogos jamás se atreven el optimismo, porque no se estudian los milagros en las universidades. Ella lo es. ¿Qué piensas? ¿Cómo luchas? ¿Por qué tanto esfuerzo para algo que te resultaba tan sencillo? Una sonrisa, una caricia, un hasta luego. No sabes del accidente. Eso no importa. Cuenta ahora que estás viva, que la tarea no ha terminado, que apenas empieza esa segunda oportunidad que pocos tienen sobre la tierra y en este mundo.

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Necesitaba estrechar tu mano y saberte en este mundo, luchando por la vida, como lo has hecho siempre. Tus palabras y tus gestos, incluso sus intentos de llanto, me llegaron al alma. Quisiera que toda mi alegría fuera tu recuperación. Y entonces quisiste llorar. Y cierras los ojos y te tomas la frente y aprietas mi mano con la fuerza apenas de quien sabe lo efímera que es la vida. Resuellas para espantar el calor de tu pecho y entonces sentencias: “Es la vida”. Y la emoción me recorre como un torrente porque sé que recuerdas. C’est ma vie. Salvatore Adamo. Un himno. Tu canción. Una de tantas de las que nos apropiamos para sentir, para decirle al otro y al mundo que la gente también se puede morir de amor.

Y ahí estás, combativa como siempre, de cara a la adversidad, de frente a la vida y con el desafío como estandarte. Disminuida en lo físico, pero grandiosa en lo espiritual. Dices que debes rezar mañana. Habrá un mañana y será mejor. Te mueves inquieta, como quien quiere salirse de un cuerpo maltrecho, de una cárcel que es templo y palacio en recuperación. Ella, que siempre me dijo -con una grado de responsabilidad que no le he conocido a nadie-, que no podía enfermarse, que no le quedaba tiempo. Y soltaba una carcajada descomunal. Ahora hasta sus dientes están tristes, pero sé que volverá a reír.

Mira y calla. Respira y suspira. Habla poco, creo que piensa mucho. Vuelve a sollozar. Intenta otra lágrima, pero también llorar es difícil. Todo es un proceso. Es como si alguien le hablara al odio. “Yo te voy a cuidar siempre”. Como si la luz buscara las hendijas de su pensamiento eterno. Las palabras no se corresponden con su expresión. Está sin estar, se busca en sus recuerdos, se mueve inquieta. Se incorpora y me repite. “Yo te amo desde el día que nací”. No fue un error. La frase es de una belleza sublime. Conmueve. Se nace muchas veces. No sé cómo te las arreglas con tu memoria, pero yo no voy a olvidar esto nunca. Es cierto aquello de que es tan corto el amor y es tan largo es olvido. No haces caso. Y eso me alegra como nunca.

Una lagartija pasa presurosa tras una mariposa que se posa en una florecilla amarilla. Si hasta en los cementerios florece la vida, por qué no he de confiar en que volverás más alegre y vital que siempre. Recuerdo tus girasoles, tus delfines azules y esa fe inquebrantable en la Virgen de Guadalupe. Bendícela. Las une mucho más que el misterio de sus ojos. Yo te amaré hasta el día que me muera.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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