Lunes, Octubre 22 2018

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Yo sé quién sabe

Hace 37 años, el último hombre en lucir corbatín en Colombia, irrumpió en la televisión de nuestro país con un programa que vale la pena citar ahora que la moda es hacer solo periodismo de reacción. “Yo sé quién sabe lo que usted no sabe”. La estructura era sencilla. Alfonso Castellanos -cuyos pantalones estaban a …

Yo sé quién sabe

Hace 37 años, el último hombre en lucir corbatín en Colombia, irrumpió en la televisión de nuestro país con un programa que vale la pena citar ahora que la moda es hacer solo periodismo de reacción. “Yo sé quién sabe lo que usted no sabe”. La estructura era sencilla. Alfonso Castellanos -cuyos pantalones estaban a la altura de las falsas costillas, gracias a unas tirantas o calzonarias que hacían juego con el corbatín- aparecía en cámara, daba información histórica sobre el lugar donde estaba parado, leía la pregunta del televidente, le agradecía y anunciaba al experto que respondía con sapiencia y experticia. El programa fue un éxito hasta 1987. Intervisión, luego Universal Televisión Uni-TV y finalmente Tevecine, lo programaron a la altura de los hoy clásicos Romeo y Buseta y El show de Jimmy.

La fórmula era la escencia de un señor que en periodismo ha hecho de todo y más. Desde jefe prensa de la presidencia, director de periódicos y noticieros de radio y televisión, de transmisiones especiales, hasta columnista y escritor. Preguntar, esa era la fórmula. Esa es la tarea de un periodista. Preguntar. Indagar. Averiguar. Pero los tiempos cambian y el periodista debe trascender en su tarea. En su profesión u oficio. Valerse y nutrirse de otras disciplinas. Debe dar ese paso de reportero a periodista. A comunicador integral. Ese que pregunta, pero que también analiza, contextualiza, infiere o deduce, con base en documentación, en investigación depurada, en la decantación precisa de lo averiguado. De lo contrario, sus espacios en las salas de redacción, en las cabinas de radio, en los sets de los noticieros y en los portales de Internet, los seguirán llenando expertos economistas, politólogos, ecologistas, literatos, etc. que saben de qué están hablando y no se limitan a la simpleza de recoger reacciones.

El llamado a erradicar este tipo de periodismo -el de limitarse a recoger reacciones- lo hicieron esta semana Álvaro Leyva e Iván Márquez a través de twitter. El primero escribió: “Lo afirmo con conocimiento de causa: lo dicho por los medios sobre el acuerdo en materia sustancial no es correcto. Ninguno conoce el texto.” Y el segundo fue mucho más allá y expresó: “Las publicaciones de hoy sobre el acuerdo solo muestran una cara de la moneda. Medias verdades terminan siendo mentiras”. Y con más vehemencia: “Hay que frenar la difusión de cierta versión sesgada del nuevo acuerdo de paz. Es imperativo que el país conozca el acuerdo completo”. En suma, se anuncia que están listos los ajustes del acuerdo en La Habana y salen despavoridos los periodistas a recoger testimonios de los líderes de opinión -quienes muy probablemente- tampoco se han leído los acuerdos completos.

Es una cuestión de tiempo si se quiere, pero también de responsabilidad y sensatez. Algunos medios expresan que el país votó a ciegas en el plebiscito y ellos en su mayoría han informado miopes en este proceso de paz. Y en todos los fallidos que le antecedieron, valga la claridad. Medio siglo cubriendo la guerra y no han descubierto que en estos tiempos el frenesí de la chiva es una soberana estupidez. Una cuestión de segundos. De un par de minutos a lo sumo. Ya nadie logra una primicia absoluta, aunque sobreviven las exclusivas. Esas filtraciones adrede. La información está a un clic de todos. Pero no el análisis. Las historias. Y ahí está la clave para generar nuevas audiencias.

Hoy se afirma en Colombia con una ligereza abrumadora que los jóvenes ya no leen -y mucho menos periódicos-, que no gustan de la televisión nacional y adoran Netflix, y que la radio les resulta obsoleta porque están embebidos en los dispositivos móviles y las redes sociales. No pocos le declaran la muerte al medio impreso. Y tanto periódicos como revistas, la radio y la televisión, fortalecen sus plataformas e incursionan en otros negocios transmedia para no desaparecer, o mejor, para figurar en el mundo virtual y no dejar escapar más ganancias. Pero el problema es que la falla está es en el discurso, en el lenguaje, y no en las plataformas. Subir los medios a las redes es como aprender inglés e irse a vivir a Miami, donde todo el mundo habla español. La cuestión es generar interactividad y diálogo con los jóvenes. No luchar contra los aparatos. El advenimiento tecnológico es irreversible.

Hace 4.000 años los babilonios andaban diciendo que los jóvenes no iban a ser capaces de sostener la cultura. Y Hesíodo (720 A.C.) y Sócrates (470 – 399 A.C.) que su mala educación y la falta de respeto hacían prever un futuro nefasto, un fin del mundo inexorable. Y a nuestros padres -y algunos abuelos ya- les criticaron el peace and love, la píldora, la marihuana, el rock and roll, el disco, porque la discrepancia generacional hace parte de la dinámica social. Y el mundo sigue. Y esa forma de progreso a la que llamamos desarrollo, nos avasalla. Y ahí están los aparatos -y habrá más- y los nuevos lectores están esperando nuevos discursos.

Y eso lo sabe a sus 82 años don Alfonso Castellanos, quien por recomendación de sus cardiólogo vive en Santa Marta concentrado al frente de su computador y hurgando en su memoria -y cuando ésta falla y lo traiciona, en los libros y no en Google- para avanzar en la escritura de seis libros que se llamarán La historia no es como nos la han contado y de una enciclopedia de 24 tomos que se llamará -a qué no adivinan cómo-, Yo sé quién sabe lo usted no sabe.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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