domingo, octubre 25 2020

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¡Ya ni medios!

Porque en las calles, en las esquinas, en cualquier parche social de aquellos en los que se conspira para sobrevivir, el periodista está en términos de imagen por debajo del congresista, del policía y del ladrón.

¡Ya ni medios!
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

De todos los balances posibles que pueden hacerse por estas calendas, hay uno que por primera vez emerge como gran novedad. No es la sordera de la sinvergüenza clase dirigente, que ha llegado a la desfachatez de negar lo evidente. Tampoco la corrupción, que hace rato supero “las justas proporciones” sugeridas por la mole con raíces sirio-libanesas que hablaba por la nariz. Ni el desastre humanitario provocado por quien convirtió a Colombia en una gran fosa común. Y menos las fruslerías navideñas de las promesas incumplidas. No. Ninguna de las anteriores es la noticia que debería estar discutiéndose en todos los consejos de redacción. Y que no estará, por obvias razones, en la agenda nacional. Y esa es, que desde que se tiene registro, por primera la imagen negativa de los medios de comunicación, supera la positiva.

Y lo tienen más que merecido, por eso no hablarán del tema, porque jamás se han visto hacia dentro. El periodismo es una especie de astrolabio moderno que permite determinar la posición y altura de los astros y las estrellas, pero falla a la hora de registrar con veracidad el tiempo que le ha correspondido en la historia. Y el periodista -en su gran mayoría- un vetusto catalejo que funciona en una sola posición y en tantas direcciones como movimientos laborales le sean posibles. De ahí que los dueños de los medios –que no suelen ser periodistas- seguirán buscando la solución a la situación de sus empresas mediáticas, en los despidos masivos, en las alianzas con grupos económicos y en la actualización tecnológica, como en un canto de sirenas, sin atender la real dimensión de la producción de sus contenidos.

Dos firmas encuestadoras a las que aún les queda prestigio después de las más recientes elecciones, Gallup y Datexco, entregan cifras similares frente a la imagen negativa de los medios: 55 y 52% respectivamente. Es cierto que el porcentaje de colombianos que no cree en las encuestas es más alto, el 62%, por lo que debe reconocerse que a pesar de todo, a los medios les sigue yendo bien. Muy bien, según ciertos analistas de esos a los que se les paga para que sus interpretaciones se muevan en las movedizas arenas de la credibilidad. Porque en las calles, en las esquinas, en cualquier parche social de aquellos en los que se conspira para sobrevivir, el periodista está en términos de imagen por debajo del congresista, del policía y del ladrón. Y los militares haciendo el deber de ganarse la medalla de plomo. Ya hasta las prostitutas, que han resignificado su imagen, están por encima de ellos en la lista.

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La legitimidad de los medios en el mundo está en crisis y no son pocos los tanques de pensamiento gringos, que se la achacan a urdidas conspiraciones de Rusia o China, que quieren arrebatarle el primer lugar a la potencia. Otros culpan a la tecnología. A los ataques, espionajes, manipulaciones, noticias falsas y filtraciones cibernéticas, que ya no solo distorsionan el mensaje, sino la percepción. En Irán, Singapur, Israel o Brasil, este es otro negocio de alta rentabilidad. Pero una cosa es clara, aunque pueden existir factores externos en la imagen negativa de los medios de comunicación en Colombia, lo cierto es que al margen de influencias exógenas, ellos son culpables de la desfavorabilidad porque vienen haciendo mal la tarea. Menosprecian la voz del pueblo.

En las protestas, los periodistas no son bien recibidos. Son abucheados, silbados e incluso, agredidos. Acusados de desinformar, tergiversar, ocultar, cambiar, modificar y un montón de verbos más amplio que las protestas mismas. En Chile o en Bolivia, en Argentina o Brasil, en Francia o Líbano, en China o México, en España o Cataluña, han sido las redes sociales las que han permitido un acercamiento a la verdad, a la realidad que los medios esconden, maquillan o moldean. El mundo ya sabe quiénes son sus dueños y cómo opera el manejo de la información. Trinó Félix de Bedout: “Menospreciar desde una tribuna de privilegio la voz de una ciudadanía, cada vez más activa en el proceso de comunicación, no parece buena idea”. Y no lo ha sido, no lo es y no lo será nunca.

No es el registro oficial el que hoy escribe la historia. No son los gobernantes ni los vencedores, los que la dictan. En la poscolonialdad, esta voz es muchas voces. Y una de ellas es el buen periodismo, el que funge como boceto de la historia. Un esbozo que hoy tiene tantas voces como matices, que no pueden quedarse por fuera de su discurso. Es menester comprender el nuevo campo de comunicación en el que se juega, las diversas realidades que ya no solo se construyen a través de los medios convencionales. La televisión –por ejemplo- no va a desaparecer, pero requiere adaptaciones, transformaciones que atiendan las redes y sus contenidos. No hacerlo, es darle la espalda a la función primordial del periodismo televisivo: que además de ser puente entre los hechos y la sociedad, permite ‘estar’ y pensar en lo que se ve.

Y la mayoría de los medios masivos de comunicación en Colombia –y debo precisar, sobre todo los noticieros de televisión- no lo vienen haciendo bien. No son ni mediadores, ni intérpretes, ni siquiera simple reflejo del acontecer. Parecieran no la cara oculta, sino la opuesta, de un mundo ajeno que no representa a la gente. No puede ser –para citar uno de los cientos de casos, acaso trivial-, que en medio de las protestas del paro nacional, a lo sumo se reseñe el concierto Un canto por Colombia, que inundó la Séptima en Bogotá con 250.000 personas, el mayor número de personas en concierto alguno en la historia del país; y en cambio, hayan desplegado toda su capacidad técnica y humana para transmitir el concierto Venezuela Aid Live, en el que por espacio de una semana se alinearon con el propósito fallido de derrocar el gobierno de Nicolás Maduro, al que insisten en llamar régimen, cuando a la luz del Derecho es una democracia, con múltiples desaciertos y la metástasis de la corrupción, pero al fin y al cabo democracia.

Y los medios nacionales no están ayudando a fortalecer la nuestra, fallida y viciada, pero con fama de ser la democracia más antigua y estable de Latinoamérica. Por el contrario, alimentan todos los mecanismos para su desestabilización. Ni siquiera se han dado cuenta, que la protesta también es en su contra. Solo cubren y no descubren. Ya ni medios son, solo cuarticos de comunicación. Ahora que la imagen desfavorable de Uribe es del 60% es posible que desenfoquen su realidad, para enfocarse en la del patriarca en decadencia, o en cualquier otra cortina de humo que les permita seguir desviando la atención de sus audiencias y protegiendo, como buenos perros guardianes, los intereses de sus amos.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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