Miércoles, Noviembre 13 2019

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Y volarán con Ochoa

En cuestiones literarias nada está escrito y cualquier ponderación definitiva es un artilugio. Pero difícil será que se escriba algo mejor sobre este hombre y su tiempo. Sobre su paso por el fútbol y por la historia de Colombia.

Y volarán con Ochoa
Crédito de foto: Especial para www.90minutos.co

La desgracia de alguien a quien le gusta escribir, es que lo dejen sin palabras. Y apelo al gusto y al lenguaje figurado de la vieja metáfora -no a la autodefinición-, porque solo pueden los lectores, calificar a alguien como escritor. Y aquí advertirá algún avezado lector, que si ese alguien se queda sin palabras –y no es por afonía-, pues no merece el apelativo. Sin más rodeos, los autores del libro Gabriel Ochoa Uribe. El técnico más grande de todos los tiempos (2019), me dejaron absorto con la humildad de sus dedicatorias. Demostraciones de amor, pasión y compromiso por el oficio. Debí digerir sus palabras con la admiración y el afecto que les profeso, para atreverme estas líneas. Hay que deshacer los nudos de la garganta, cuando los amigos nos amarran frases en el alma.

Ocurrió en el lanzamiento de su obra, el día de cierre de la Feria Internacional del Libro de Cali. Se ha vuelto una buena costumbre que los autores firmen sus textos, a quienes los compran, así sea para leerlos, regalarlos o acopiarlos en una biblioteca. Es un valor agregado que otorga cierto prestigio al lector, enriquece el adorno y convierte a los escritores en instrumentos directos de la publicidad. La consagración –debe confesarse- se mide por la extensión de la dedicatoria. De su amigo, William. Con afecto, Mario. Con respeto, estas historias: A. Molano. O simplemente, Gardeazábal. O, Germán. William Ospina, Mario Mendoza, Alfredo Molano, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Germán Castro Caicedo y hasta Juan Manuel Santos, firman tantos libros, que se sabe de casos de síndrome del túnel carpiano. Por eso la rúbrica, más que un trazo personal e inigualable, es una firma cansada.

Salvo algún dolorcillo lejano en la muñeca -por la falta de costumbre-, César, Kike y Hugo Mario, firmaron libros con hermosas y claras dedicatorias. Porque aquí viene otra realidad: con el paso del tiempo y de los libros, los escritores escriben menos en las dedicatorias y más ilegible. Se pueden escribir volúmenes tratando de descifrar una frase. Pero lo de estos tres tenores (disculparán la obviedad del símil, pero es verdad) del periodismo, fue claro y contundente. Eso habla muy bien de ellos, de sus familias y de sus amigos. Tres colegas que se fajaron una obra tremenda, que será referente obligado para quien quiera conocer la vida de un hombre que es todo ejemplo y admiración. Nada de humor, hay que decirlo. El médico, siempre fue como técnico, como hombre público, un hombre adusto, circunspecto, casi hermético con sus sentimientos.

El fútbol, es una solo una disculpa para rendirle un homenaje a Gabriel Ochoa Uribe. Un antioqueño que salió adelante a pesar de esos dos apellidos. De hecho, la editorial, Penguin Random House, definió con acierto que no se titulara solo con el Ochoa. Es un apellido espolvoreado con blanca y teñido de rojo, que cabalga por la historia de Colombia montado en señalamientos y condenas judiciales. También el segundo; y el de los hermanos dueños del equipo escarlata. Pero uno no escoge a los padres, aunque sí, a los patrones. Sin llegar al ocultamiento de información que hoy no solo es evidente y comprobada, además de no poner a nadie en riesgo, se percibe cierta sutileza en el manejo de la misma, frente a un fenómeno que como el narcotráfico permeo todo en nuestra sociedad. Y todo, es, absolutamente todo.

Tal vez, sea esa la única flaqueza de este gran trabajo periodístico. Los perfiles suelen limpiar las impurezas humanas del perfilado, atenuar los errores mundanos del protagonista y acercarlos a la condición de dioses, porque ya son héroes. Solo el periodista Iván Mejía, uno de los once entrevistados, se acerca a esos meandros. América de Cali fue una selección suramericana, gracias al poderío financiero de los hermanos Rodríguez Orejuela, por cuenta del narcotráfico. Eso queda claro en el libro. Pero muy poco se habla de la intimidación; y nada, de la compra de conciencias, de árbitros, de técnicos, de empresarios y de jugadores de equipos contrarios, que se vendieron para que el equipo de los patrones alcanzara los títulos.

Lo anterior no le resta méritos al trabajo del médico Ochoa, ni al de los tres autores del libro. Quienes alguna relación han tenido con el fútbol, saben que equipos llenos de estrellas, amén de no brillar, se han quedado por el suelo cuando no resplandece el faro guía. Y que en un trabajo periodístico, hay mucha información que se queda por fuera, porque regla principalísima de la buena escritura, es desbrozar la maraña para que florezcan las ideas. Y este libro, es una prueba excelsa de que es posible zanjar la estrecha y conflictiva relación, entre periodismo y literatura.

En cuestiones literarias nada está escrito y cualquier ponderación definitiva es un artilugio. Pero difícil será que se escriba algo mejor sobre este hombre y su tiempo. Sobre su paso por el fútbol y por la historia de Colombia. Que otros se jacten de las páginas que han escrito, decía Borges. Y remataba, como siempre genial: a mí me enorgullecen las que he leído. Y este libro rinde homenaje a esta sentencia Borgiana. Con este trabajo, los autores toman distancia del periodismo que se escribe para el olvido y se inscriben en aquel que se hace para la posteridad. Toman prudente distancia de los textos que nacen entre el afán de la redacción y el cierre; y aquellos cuya trascendencia está garantizada. César Polanía, Jorge Enrique Rojas y Hugo Mario Cárdenas, dieron el salto de periodistas a escritores, con zarpazo incluido.

Y otro gran mérito, en medio de tantas lindezas, es el tono del libro. Parece escrito por una sola persona. No emerge el Hugo Mario expositivo y denunciante, de sus reportajes; ni el César editor que atiende con estoicismo, la previsible agenda deportiva; tampoco el Jorge Enrique cáustico y punzante, de sus columnas. Se volvieron uno solo. Se escucha la sinfonía y no el instrumento. Patearon la individualidad, para triunfar como equipo. Se fundieron para alumbrar. Cada frase puede ser de cualquiera y cada idea es propiedad intelectual de este monstruo de tres cabezas. Este Cancerbero moderno, que no vigila las puertas de ningún inframundo para que no se escapen los muertos, si no que ladró fuerte para que nunca se muera la imagen del hombre que retrataron con palabras escritas.

Gabriel Ochoa Uribe. El técnico más grande de todos los tiempos (2019) será presentado el 5 de noviembre, en la Librería Lerner de Bogotá, con la moderación de Hernán Peláez y con invitados de la talla de Jorge Luis Pinto, Willington Ortiz y Francisco Maturana. El 20 de noviembre el médico cumplirá 90 años y su nombre volará a otras latitudes, como volarán con este libro maravilloso, tres seres humanos admirables.

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