martes, octubre 20 2020

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Volare

Muchachos nacidos en al campo que ya no quieren ser más campesinos y para los que esa idea de ‘ser alguien en la vida’ se mueve en el dilema legal o ilegal de empuñar un arma y portar un uniforme para perseguirse y matarse entre iguales.

Volare
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Pienso que un sueño así ya nunca volverá

Me pintaba las manos y la cara de azul

De repente fui raptado por el viento

Y empecé a volar en el cielo infinito…

 

Doménico Modugno y Johnny Dorelly

 

Vuelven los heridos al Hospital Militar y los muertos al seno de sus hogares. Dos desaparecidos se habían sumado a los 90 mil que ha dejado este conflicto perpetuo y que engrosaba la cifra más alta de Latinoamérica. Fueron hallados y se suman ahora a la lista de víctimas fatales. Lo que no tiene nombre regresa: Madres entierran a sus hijos. Para ese dolor el ser humano no ha podido encontrar bautizo. En ninguna palabra cabe semejante tragedia, ninguna es capaz de encerrar tanto dolor. Si en las tres letras de mar caben todas las aguas de los océanos, en ninguna palabra caben las lágrimas de una madre acongojada. Piedad Bonnet lo intentó en su libro Lo que no tiene nombre, para tratar de comprender la muerte de su hijo Daniel; y también lo hizo Isabell Allende en Paula, para dejar ir a su hija tras una larga agonía; y ya lo había hecho Marco Tulio Cicerón en Sobre la muerte, para consolarse por la partida de su amada hija Tulia; pero ningún libro alcanza para narrar este afligido sentimiento. Poco harán estas letras.

La guerra se sacia con la sangre de quienes sudan el uniforme, cualquiera que este sea. Las familia inmediata se inunda con llanto, la cercana con tristeza y el país adormecido con tantas noticias intrascendentes asiste impávido a otra tragedia que se olvidará en breve. Como se olvidan tantos asesinatos impunes de gente pobre. Aquí es historia que lo urgente no deja tiempo para lo importante y que lo sustancial se tapa con el pañete de la corrupción para que no se agriete más la democracia. Los amigos y conocidos postean la notica para crear su propia imagen de la realidad y su proyección social ante los otros, ese otro yo perfecto que ponen a circular en redes copiando hasta la saciedad ideas que otros han pensado. La intimidad se hace pública y la idea del sentimiento solidario se viraliza. Ya nada pareciera escapar de esa tendencia absurda de parecer más que ser. Es el imperio de la insignificancia. Un escenario virtual en el que las personas intentan reconfigurarse, sin saber que solo logran hundirse en sus abismos de ignorancia.

Ojalá todos los estados de WhatsApp y todos los me gusta de Facebook sirvieran para alentar a una madre a la que el viejo remedio de matarnos, devolviera algo del ser que parió de sus entrañas y que la violencia se lleva de este plano terrenal y físico. Muchachos nacidos en al campo que ya no quieren ser más campesinos y para los que esa idea de ‘ser alguien en la vida’ se mueve en el dilema legal o ilegal de empuñar un arma y portar un uniforme para perseguirse y matarse entre iguales. Una carrera técnica o universitaria es algo que está lejos de sus posibilidades, pero en el mundo castrense la necesidad de enrolar jóvenes que se convierten en carne de cañón, es una prelación para quienes no tienen más opciones. La vida no puede medirse con números, una sola existencia perdida, es un universo de ilusiones arrojadas a la nada. El sufrimiento no sabe de bandos ni el dolor de confrontaciones. Todos los muertos duelen porque todos tenemos raíces y por más que alguien intente desprenderse, la familia es un lazo que ata nudos que no se desligan jamás. Once militares caídos en Guaviare valen tanto como todos los asesinatos de gente anónima que cae todos los días abatida por el raudal de violencia que como el del río Inírida ahogó las esperanzas de quienes luchan por una Colombia mejor.

El capitán Esneider García Vargas -una de las once víctimas fatales-, es hijo de una prima que está inconsolable. Martha Cecilia ha sufrido lo indecible con sus dos hijos, a los que la vida escogió como militares. Marthica es grandiosa, pero está derrumbada. ‘Chopito’ tenía 33 años, esa enigmática edad de Cristo que la cultura popular califica como peligrosa; y una carrera meteórica en el Ejército Nacional. Había heredado el remoquete de su padre. En Tolima, chopo es un arma hechiza que los campesinos fabrican o adaptan para cazar. Desde niño desdeñó los carritos para jugar con aviones y helicópteros. Nunca quiso ser nada más. Solo piloto. Y era de los mejores (1.464 horas de vuelo), con su pecho henchido de condecoraciones y premios. Acaso por rociar plomo desde el aire en alguna espesura de la selva desde un viejo Black Hawk (1978). Para eso los entrenan, para matar o para morir. Para seguir llenando los cementerios con héroes. Circunspecto y serio hasta la médula desde muy pequeño, solo lo emocionada hablar de lo que quería ser y fue. De nada más. Bueno, hace seis años también de su hija, la pequeña Ariana Sofía, que deberá crecer sin él, sin de dónde aferrase para existir. La misma que jugó debajo del féretro donde yacía su padre cubierto con la bandera de Colombia, que hizo sobre el mismo un camino con pétalos de clavel y que sus manos inocentes arrojó puñados de tierra en el cementerio.

 

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Las exhaustivas investigaciones durarán un par de meses y es muy probable que mientras el país se ocupa de otra desgracia en este torbellino de noticias malas y falsas, la cúpula militar desmienta lo que las tozudas evidencias gritan: que el helicóptero fue impactado y lo tumbaron. Iban por alias ‘Iván Mordisco’ y los mordió el rabioso perro del infierno. Fue un encuentro macabro de los cuatro elementos. El fuego enemigo partió la aeronave en dos: una cayó en tierra y hubo sobrevivientes; la otra, se precipitó desde el aire para hundirse en las profundas y oscuras aguas del Inírida, que podría ser cualquiera de los cinco ríos del Hades: el del fuego, el de la pena, el de los lamentos y el del olvido, además del Estigia, el río sagrado en el cual bañaron a Aquiles para hacerlo inmune a las armas, excepto por su talón. La vulnerabilidad es humana y la guerra lo sabe. ¡Cuánta razón tenía Albert Camus!: “Hay causas por las que merece la pena morir, pero no por las que merece la pena matar”.

Ha circulado entre familiares, amigos y conocidos de Dolores, el pueblo donde estudió y desde donde escribo, una fotografía de Esneider con una especie de epitafio popular: “Los aviadores no mueren, solo vuelan más alto”. Muy similar al de los camioneros: “Un conductor nunca muere, solo hace su último viaje a la eternidad”. Son expresiones compartidas del común de las gentes que demuestran apoyo, porque el sufrimiento abismal -todos sabemos-, es del núcleo familiar inmediato. Estas metáforas del sentimiento colectivo que intentan solidarizarse con el inmenso dolor de sus padres y hermano, de su abuela y de algunos otros, dan fe de esa existencia virtual que hoy -fiel al rito tradicional- hace presencia en los momentos aciagos. Muchas banderas y muchos honores en el recorrido. Vivir es un riesgo, pero cada profesión u oficio encierra un grado diferente de ese contrato con la muerte, que al final a todos nos será cobrado.

La antigua galería de Alpujarra -el municipio vecino- fue la primera estación del cortejo fúnebre. Ahora es un espacio para eventos lleno de sillas en cuyo respaldo se lee AMA (Alcaldía Municipal de Alpujarra) y al que solo pudimos acceder los familiares. Luego en la iglesia, algunas otras personas y los discursos y actos protocolarios de la gobernación, el ejército y la alcaldía. Y la misa. Muchas palabras y decretos que hicieron pequeños los lugares para tanta aflicción. Los honores militares marcaron la diferencia en estas honras fúnebres. El sonido de la trompeta luctuosa copó el silencio de un lugar perdido en la geografía nacional, donde un sepelio es un acontecimiento social para todos. La distancia era la norma y el pésame distante otra gota de amargura. Y eso que solo se podía ver la mitad de la tristeza. Tapabocas y alcohol por doquier. Ya rumbo al cementerio, guardia de honor y un helicóptero surcando un atardecer con más pétalos, ahora de rosas. Ya para este momento el pueblo entero estaba volcado sobre el suceso. Los celulares -que nunca dejaron de grabarlo todo- ahora apuntaban al cielo. La cenizas de una quema pusieron luto al empinado camino a la fosa. Mas honores. Más fotos. Mas videos. Menos fe y casi nada de conciencia y respeto. Ya no se vive, se graba. Disparos. Banderas. Un sable. Un kepis. Tantos símbolos y protocolos y una sola madre destrozada.

Ahora este hombre orgulloso y sereno seguirá en el recuerdo de quienes lo amarán por siempre, eso es la vida eterna. Y Marthica, se levantará todos los días a repasar sus recuerdos para no morir en el intento de sobrevivir pensando en lo que pudo haber sido y fue, en ese vuelo fatal y en ese que ahora emprende su hijo del alma, más alto que el sol que se ocultaba y aún más alto del que se negó a seguir alumbrando tanta tristeza, y al que seguro llegará el capitán Gelmer Esneider García Vargas, mientras su mundo poco a poco desaparece. Cayó la noche.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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