miércoles, julio 28 2021

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Un adiós al templo de los recuerdos de Cali

Evocación, la emblemática Taberna de Don Dago, situada en el barrio Libertadores, no pudo reponerse de los golpes de una crisis que la condujo al cierre. Un recorrido por las largas noches de melómanos que arribaron a Evocación buscando una historia perdida en el tiempo… Crónica con aroma de nostalgia.

Un adiós al templo de los recuerdos de Cali

Por: Gerardo Quintero Tello
Jefe de Redacción de 90 Minutos

Después de permanecer más de 35 años en el mismo lugar, a una cuadra del Club Noel, su llama se fue apagando. El acoso de las deudas y la incertidumbre de un regreso pleno que aún no permite esta triste melodía pandémica, silenció por siempre a Evocación, el templo de la memoria musical y el lugar al que acudíamos a reencontrarnos con los viejos recuerdos que se niegan a marcharse.

Evocar es “traer algo a la memoria. Llamar a los espíritus”… No tengo dudas de que se trata de una de las más bellas definiciones de una palabra que existe en el idioma español.  De hecho no habría una mejor manera de expresar esas sensaciones que experimentamos todos aquellos que pasamos por la tradicional taberna Evocación, ese mismo espacio esquinero del barrio Libertadores que tantas noches bohemias nos alumbró.

Y lo menciono de esa manera porque quienes íbamos a Evocación siempre llegábamos buscando algo, una historia perdida, un recuerdo indomado, una pena en el alma, una excusa para sacar una espina del corazón. Yo mismo arribé una noche de viernes a la barra y le pedí al viejo Dago, el alma de ese lugar, que me pusiera ‘Del Triunfo’, una hermosa interpretación de 1935 del Cuarteto de don Pedro Flores, ese genial compositor puertorriqueño de comienzos del siglo pasado. Recién había fallecido mi querido tío Guillermo y no había podido despedirme porque murió sorpresivamente en Chicago sin cumplir el sueño de volver a su terruño amado. Y justo llegué a Evocación pesimista porque no creía que semejante joya musical, que había conocido gracias a mi tío, pudiera tenerla Dago entre sus reliquias musicales. Pero al viejo solo le bastaron unos segundos para pensar y sacar como un mago de su sombrero, la caratula precisa en medio de esas eternas filas de ‘long plays’ que forraban las paredes del pequeño, pero acogedor sitio. La deuda quedó saldada con mi tío. Recuerdo que serví dos tragos de ron en su memoria, no sin antes ofrecerle un tercero a Dago en agradecimiento.

 

Un dulce recuerdo

Recuerdos, solo recuerdos, como también le sucedió a Osiel Villada, el jefe de redacción de la web del diario El País, un melómano de vieja guardia, cuya banda sonora está marcada por los boleros, tangos, guarachas y son cubano que se escuchaban en los barrios populares de la ciudad. Osiel no duda en decirme que cuando visitaba a Dago iba en busca de la infancia perdida porque esa era su manera de conectarse con esos sonidos que tenía almacenados en lo más profundo de su corazón.

Pero, además, trae a la memoria a ese otro Dago, ese hombre que se convertía en un cómplice de la noche, en otro compañero de remembranzas. “Cuando uno podía tener un mejor espacio en la barra, se descubría allí detrás a un hombre con una gran sensibilidad para programar música, una verdadera biblioteca musical andante”.

Eso ha sido parte del encanto de Evocación, un esquinero habitáculo de los amantes de la añoranza, sin mayores pretensiones arquitectónicas, más bien pequeño, más bien incómodo, más bien caluroso, pero que nos hacía sentir a todos como si estuviéramos en la sala de nuestra propia casa.

“Hoy que la lluvia entristeciendo está la noche y las nubes en derroche tristemente veo pasar viene a mi mente la que lejos de mi lado el cruel destino ha posado solo por verme llorar y a veces pienso que es tal vez mi desventura la causa de esta amargura que no puedo soportar, quiero estar al lado de ella para decirle que de ella, para decirle que nunca podré dejarla de amar”

Y así, con la música del arrabal taladrando en el oído llegaba Osiel a pedir ‘Lejos de Tí’, de Raúl Garcés, el tango que su padre le dedicaba a su madre en aquellas noches solitarias cuando tuvo que huir de aquello que llamaron violencia en los años cincuenta y que aún no parece terminar.

La melancolía hecha música

Eso siempre ha sido Evocación, el rincón popular donde comienzan y terminan los recuerdos de una noche, la melancolía hecha música… el espacio que don Jesús Dagoberto Hernández, este manizalita de 84 años, amante de los tangos, boleros y sones antillanos, pero sobre todo de la buena melodía, no dejó cerrar nunca, incluso ni en los años noventa cuando comenzó a implementarse la Ley Zanahoria y muchos negocios quebraron. Pero Evocación sobrevivió y continuó erguido, sostenido en esas más de ocho mil ‘panelas’, verdaderas reliquias de 78, 45 y 33 revoluciones por minuto que no dejaron nunca de sonar. Los ‘malos tragos’ llegaron el año pasado cuando la aguja del tocadiscos se silenció, una pandemia que nos fastidia como el sonido de un LP rayado puso a Evocación contra las cuerdas sin permitir que volvieran a escucharse los acordes de esas viejas melodías, como ‘A la luz de la luna’, de Enrique Cardozo, una joya de 1905 que el viejo Dago conserva como un tesoro y que sólo truena a una velocidad de 78 revoluciones por minuto.

El cronista de la vida, Luiyith Melo, es otro de esos veteranos enamorados de la noche, de rumba de largo aliento y de nostalgias, muchas nostalgias. Recuerda que a Evocación llegó por dos razones. La primera, porque su ejercicio profesional de contar historias lo condujo hasta donde Dago y la segunda porque el tango es una herencia musical que le dejó su padre y él necesitaba continuar con el legado. “Lo que más me impresionó inicialmente fue lo pequeño del lugar, pero al mismo tiempo la cantidad sorprendente de acetatos que forraban las paredes el bar en aquella taberna. Me senté en la barra y comencé a hablar con Dago y rápidamente me di cuenta que era una enciclopedia ambulante de la música del arrabal”.

Melo aún se asombra al evocar la memoria prodigiosa de don Dagoberto, capaz de ubicar cualquier tema solicitado con una rapidez sinigual. De hecho cuando algún corazón maltrecho lograba acercarse a la barra para solicitar ‘Mano a mano’, el viejo Dago era capaz de ir soltando una breve reseña del disco, el año en que fue éxito y algunos detalles de la carátula del ‘long play’ que en segundos estaría sonando.

Siempre fue un sitio de la antigua bohemia caleña, que se convertía también en el tertuliadero de periodistas, abogados, médicos, pero también de la gente del pueblo que encontraba en Evocación un pedazo del terruño que se perdió con el paso ineluctable de los años. Melo hace una pausa en su relato, escudriña en su memoria y rememora la vez que el abogado ambientalista Armando Palau recitó en el lugar los versos del ‘Velorio de Papá Montero’, del destacado escritor y poeta cubano Nicolás Guillén.

 

Bebedor de trago largo
garguero de hoja de lata
en mar de ron barco suelo,
jinete de la cumbancha:
¡ qué vas  a hacer con la noche,
si ya no podrás tomártela,
ni qué vena te dará la sangre que te hace falta,
si se te fue por el caño
negro de las puñaladas…”

 

Este vate del periodismo recuerda ese instante como “una noche de tremenda jaculatoria poética, donde además de Palau, un amigo en otra mesa pedía milongas a Dago, mientras yo le suplicaba por el tango ‘Niebla del riachuelo’, inmortalizado en su versión original por Roberto Goyeneche, que le gustaba tanto a mi viejo”.

Pero Luiyith también apela a su buena memoria para relatar lo bien que se escuchaban los boleros, el son cubano y hasta cuando se bailaba, porque de vez en cuando Dago sorprendía con alguna cumbia de Lucho Bermúdez o un porro de Pacho Galán. “Es que definitivamente Evocación ha sido un templo de la bohemia y la buena música de Cali”, piensa en voz alta Melo.

Nostalgias del ayer

Bebedor de trago largo, buen cantor, guitarrero y chupacaña…  Así podría arrancar el perfil de Áymer Álvarez, otro aventurero de la vida, reconocido fotoperiodista y excelso bailarín de tango, bolero y son cubano. De la mano de Marta Mejía, la dueña de la escuela de Música Astor Piazolla, llegó Áymer a Evocación y se volvió un visitante asiduo del lugar, tanto que allí mismo desplegaba con gran talento sus dotes de bailarín de tango y milonga. “De tanto ir, me volví amigo de Dago y su esposa. Lo que más me sorprendía de Evocación eran esas sensaciones que dejaba apenas uno cruzaba la entrada. La energía tan especial del sitio, esas nostalgias del ayer, la cantidad de vinilos que sorprenden. Un hombre admirable, pequeño en tamaño pero gigante en conocimiento musical”, recuerda el laureado reportero gráfico hoy retirado de las lides periodísticas, pero aún con la mecha humeante en la rumba caleña.

Y es que el gusto por la música le viene a don Dagoberto desde su niñez, en su Manizales del alma. Allá aprendió que de las mujeres mejor no hay que hablar, como dice ‘Tomo y Obligo’, ese famoso tango interpretado por uno de sus grandes ídolos musicales, el gran Carlitos Gardel. Hace casi 60 años inició una colección que nunca suspendió, buscando tesoros musicales de Daniel Santos, Charlie Figueroa, Julio Jaramillo, Los Trovadores de Cuyo o Agustín Magaldi. Todos grandes cantantes de épocas idas que marcaron la historia musical de esa Cali de los años cincuenta y sesenta.  Allí en Evocación, ese cofre de recuerdos musicales, don Dago encontró su segundo hogar y hoy es su nieto Andrés el que intenta tomar la posta a pesar de los estragos que ha dejado este cierre inesperado.

‘Tengo una pena en el alma’

Para Ana Milena Gutiérrez, periodista y presentadora de Caracol Televisión, don Dagoberto es una Biblia de la música popular y recuerda cómo para un trabajo periodístico fue con la intención de conversar unos quince minutos y terminó sosteniendo toda una tarde de entretenida charla con el veterano melómano. “A Evocación, que es un sitio muy pequeño pero acogedor, lo hace grande no solo la gran colección de vinilos existente sino, sobre todo, el carisma y la buena compañía que es Dago. A leguas se siente el amor que le tiene a ese lugar, a ese rincón que es tan importante para su familia, para él y para todos los caleños. La taberna se quedó para siempre en mi corazón”, dice Ana Milena sin ocultar la tristeza que hoy le deja el inminente cierre de una historia musical de la ciudad.

Una pena que comparte con Lina Jaramillo, una politóloga caleña que se encuentra desde hace dos años estudiando en New York, a quien le duele la agonía de Evocación y lamenta que la última vez que estuvo en la ciudad, en diciembre pasado, no pudo visitar la taberna. A pesar de ser una mujer joven, que no supera los 30 años, Lina se formó en un ambiente musical donde Rolando La Serie, Julio Jaramillo, Toña La Negra, eran invitados permanentes en las reuniones familiares. Por eso para ella era sagrado ir por lo menos una vez al mes al refugio musical del barrio Libertadores.  ‘Eres todo para mí’, de Frankie Figueroa; ‘La copa rota’, de Alci Acosta; ‘Te esperaré’, de Julio Jaramillo, y ‘Hola Soledad’, de Rolando La Serie, hacían parte de esa selecta ‘play list’ que a esta politóloga no le podía faltar en la mesa de Evocación, siempre acompañada de un buen licor amarillo.

“Una pena en el alma”, así describe el cierre de Evocación Manolito Vergara, otra leyenda del mundo musical de Cali. Desde El Habanero, el icónico Grill de Alameda, Manolito lamenta el cierre de Evocación, un patrimonio cultural de Cali. “Se nos muere ese sitio de regocijo, el mundo lúdico de Dago, un espacio para la tertulia y la bohemia”.

La tristeza de Manolito rápidamente se convierte en rabia. “Un bar único en la historia de Cali. No quiero ver esa música. Miles de discos en cajas de cartón arrumadas. Esos discos fueron para enaltecer la creatividad y engrandecer la cultura, ya mi memoria no alcanza a recordar tantos momentos de boleros, tangos, pasillos, guarachas, rumbas, poemas”.

El dueño de El Habanero recuerda que hace unos años montó en Nueva York un negocio con el nombre de Evocación y antes de hacerlo les pidió permiso y la bendición a Dago y su esposa. “En la capital del mundo, Evocación y Dago eran recordados nostálgicamente… Allá en el Evocación newyorkino se vibraba con sabor caleño. Duele y mucho lo que está pasando. Los bohemios estamos  de luto musical. Sentimos ya el vacío de la pícara mamadera de gallo de Dago”.

Manolo termina con una melancólica sentencia que resuena como un tango triste: “El cierre de Evocación es solo la punta del Iceberg que comienza a destruir el gran buque cultural de la rumba en Cali”.

Y es que con el cierre de Evocación se muere un pedacito de Cali, se debilita un trozo de la memoria, se marchita un fragmento de corazón.  Ahora solo nos queda hacer propia la confesión de Carlos Arturo, ese señor del bolero que tantas noches remendó corazones fracturados en ese pequeño rincón de los recuerdos: “Muchas gracias viejo amor por haberme hecho feliz en los días que nos quisimos, hoy que evoco tu querer quisiera volverte a ver y de nuevo estar contigo”.

Acerca del Autor

Gerardo Quintero

Comunicador social-periodista que ejerce el bendito oficio desde hace 26 años. Actual Jefe de Redacción del Noticiero 90 Minutos. También se desempeñó como jefe de cierre del Periódico El País y editor internacional y de Cali. En esa casa periodística trabajó durante más de 20 años y aún está vinculado a través de la columna de Opinión Hora de Cierre. Durante un par de años se desempeñó como Editor Nacional y del Pacífico de Semana Rural. Ha ejercido la docencia en las universidades Autónoma de Occidente y Católica. Los ritmos caribeños han hecho parte fundamental de su legado periodístico y sus mejores piezas periodísticas, tanto en prensa como en televisión, tienen como eje central personajes e historias que surgieron alrededor del impacto de este género en su ciudad del alma, nuestra amada Cali.

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