Martes, Octubre 16 2018

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Venganza, Desquite, Revancha…

Tanta tinta -como sangre en el país- ha corrido por cuenta de la muerte de once militares en Buenos Aires (Cauca). A pesar de ello, todo se reduce a la espectacularización, a una sed insaciable de sangre y no al respeto por la vida que se pierde con ella. Tanto se ha escrito y tan …

Venganza, Desquite, Revancha…

Tanta tinta -como sangre en el país- ha corrido por cuenta de la muerte de once militares en Buenos Aires (Cauca). A pesar de ello, todo se reduce a la espectacularización, a una sed insaciable de sangre y no al respeto por la vida que se pierde con ella. Tanto se ha escrito y tan poco se ha dicho, porque la información es tendenciosa y porque es políticamente incorrecto expresar algunas cosas. Por ejemplo, que la masacre pudo evitarse, que hubo confianza de la tropa, que aún estamos en guerra, que Colombia es un país de odios, de venganzas, de ajustes de cuentas, de revanchas, de ataque aleves, de Taliones siempre insatisfechos que dejarán a la humanidad nacional sin ojos y sin dientes, sin nada. Una nación que no ha querido entender que está negociando con un enemigo que no ha podido derrotar en 50 años.

El presidente es rechiflado y apenas hay murmullos para las FARC. País de chiflados. Una multitud indignada y un presidente indigno. Unos empresarios enviando cartas, tal vez para ocultar las que se jugaron cuando apoyaron a quienes con más sangre pretendieron garantizar la seguridad y la democracia. Una sociedad mojigata arrollada y arrodillada por múltiples formas de violencia, incluida la del Estado, que no sabe de religiosas mejillas vueltas a poner y justifica a través de todos los medios, esa maniquea visión del orden social, a todas luces injusto e inequitativo. 

                Hace cinco años, William Ospina se refirió en una columna a ‘El viejo remedio’. A esa propensión nacional a creer que los problemas se solucionan con muerte, con bala, con bajas, con más sangre. Valdría preguntarse, si no hubiesen sido 11 sino 20 los muertos en el polideportivo de la vereda La Esperanza, en Buenos Aires, y no hubieran sido soldados sino guerrilleros, habría el país reaccionado de la misma manera. Estaría acaso la sociedad alborozada, llena de júbilo, honrando al presidente. Valen más unas vidas que otras.

                Debe reconocer el presidente, Comandante en Jefe de la Fuerzas Militares; el ministro de Defensa, jefe inmediato de los altos mandos; y la sociedad en general, que la muerte de estos once militares en la emboscada de las FARC tiene mucho de error militar. Táctica y estratégicamente, no se siguieron los protocolos básicos de seguridad. Y no es cuestión de justificar o defender al comando guerrillero que perpetró el hecho, sino examinar las circunstancias a fin de no derramar más sangre.

La historia refiere varios hechos de sangre que bien podrían reforzar una lección que a pesar de tantos muertos no hemos aprendido. Con uno en particular, repasaré la historia. En la ‘Guerra de los Mil Días’, el general Tulio Varón, guerrillero liberal tolimense llamado ‘El machetero’, lideró una masacre en La Rusia, corregimiento de Doima, municipio de Piedras, donde murieron entre 400 y 600 personas. La cifra jamás pudo precisarse porque el general acostumbraba descuartizar a sus enemigos, pero los relatos de la época aseguran que la sangre llegó a los tobillos de los victimarios y los sobrevivientes. Un soldado agonizante, movido por la angustia, quiso dejar constancia de lo ocurrido. Tomó un tizón y escribió sobre una blanca pared de bahareque ¡Nos cogieron dormidos! Cuando el general Tulio Varón llegó al sitio, echó mano de otro carbón y escribió ¡El que tiene enemigos no duerme!

Cuando el periodista y escritor Víctor Prado Delgado, ‘Vipadrel’, me contó la historia en Ibagué, los medios registraban cómo eran incinerados los uniformes de los soldados ejecutados en el Cauca. Y  todos los entrevistados pedían justicia, lo que es apenas lógico; y que se examine el proceso de paz, lo que resulta obvio también; y que se le pongan límites, lo que es un exabrupto. Se está dialogando con un enemigo al que no se ha logrado vencer y ningún contrario acepta condiciones impositivas, pues la complejidad determina una dinámica de mutuo acuerdo. En este proceso las treguas han sido unilaterales, porque el conflicto persiste, las dos partes acordaron dialogar así, bajo  el fuego, y como aún no se ha firmado la paz, cualquier confrontación armada puede ocurrir. El resto, es manipulación mediática o simple especulación moralizante.

Bien me recordó ‘Vipadrel’ las atrocidades de La Violencia en Colombia. Nadie como él retrató tanta barbarie, tanta mutilación, tanta sangre derramada para nada. Para que sigan naciendo monstruos armados, de lado y lado, se maten y el problema no se acabe. Campesinos huérfanos que con uniforme y fusil asesinan por órdenes superiores e infundados odios inferiores. Una parábola de muerte que se repite incesante y que es preciso detener. Sus libros estremecen, revuelcan las vísceras, aprisionan la conciencia, producen náuseas, quitan el aliento y deberían ser de obligatoria lectura para que nunca jamás se repita tanta bestialidad y sevicia. Para que cesen las hegemonías y las venganzas y como país se tengan objetivos comunes. Para que las diferencias no se zanjen con la muerte y para que por encima de todas las ideas, se respete la de la vida. Todos los violentos son hijos de la violencia.  

Pedro Antonio Marín, ‘Tirofijo’, volvió a las armas tras el asesinato de su cuñado Jacobo Prías Alape, ‘Charro Negro’, a manos de Jesús María Oviedo, ‘Mariachi’, en Gaitania, corregimiento de Planadas. José William Aranguren, ‘Desquite’, en la plaza del Guamo, juró llorando desquitarse, pues su compinche Guillermo Suárez, ‘Terruño’, murió a patadas y palo policial. Quien fuera Cabo Primero del ejército, llegó a matar 42 personas en una sola mascare. Ocurrió en La Italia, en La Victoria, Caldas, el 5 de agosto del 63. Nacianceno Hernández Ramírez, ‘Punto Rojo’ o ‘Proveedor’, comenzó a delinquir siendo casi un niño, luego de haber visto asesinar a su padre, junto a 26 campesinos más en Los Guácimos, sector de la vereda Montegrande en Alvarado. En represalia, José Manuel Carvajal, ‘El Pollo’, lideró la matanza de 22 conservadores en La Caima. Edilma López, ‘La Aguilita’, amante de Jacinto Cruz Usma, ‘Sangrenegra’, traicionó al bandolero porque éste no auxilió a su cuñado, Jesús Antonio Calderón López, ‘Sereno’. A ‘Sangrenegra’ lo vendería por 100 mil pesos, su hermano Felipe Cruz Usma, quien participó de la operación donde murió y cobró la recompensa. En solo dos días, el 20 y el 21 de septiembre de 1963, ‘Sangrenegra’ asesinó 58 campesinos, 29 en cada incursión, en las fincas La Ermita y El Topacio, en la vereda Totarito de Santa Isabel. Teófilo Rojas, ‘Chispas’, vio morir a sus padres incinerados. Su finca, La Esperanza, quedó en cenizas. Tenía 13 años. Un año antes habían violado y matado a unas familiares. Él y Noel Lombana Osorio, ‘Tarzán’, solían decapitar a sus víctimas e introducir las cabezas en las boquillas de las estufas de leña. Roberto González Prieto ‘Pedro Brincos’, decapitaba con la pica como una forma de la reivindicación campesina.

Todas éstas, y otras historias, con fotografías desgarradoras, aparecen en los libros de Víctor Eduardo Prado Delgado, ‘Vipadrel’, un hombre que captó una parte de la historia de la nación, en el Tolima, el último departamento al que llegó La Violencia, pero donde se enraizó con más fuerza.

Falta contar muchas otras violencias y levantar museos de este holocausto, para que nuestra historia no se siga escribiendo con sangre y para que todas las generaciones, presentes y futuras, sepan y entiendan que no es con venganzas, desquites y revanchas, que se logra la paz.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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