Domingo, Junio 17 2018

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Una forma divertida de ser pobre

Como suele ocurrir con los hombres ilustres, la paternidad de las frases memorables se la disputan varias personas y no menos lugares. No es mi intención precisar quién dijo de la que me ocuparé y menos en qué lugar y momento. Ante semejante joya del arte supremo de la definición, solo resta hincarse. Y bueno, …

Una forma divertida de ser pobre

Como suele ocurrir con los hombres ilustres, la paternidad de las frases memorables se la disputan varias personas y no menos lugares. No es mi intención precisar quién dijo de la que me ocuparé y menos en qué lugar y momento. Ante semejante joya del arte supremo de la definición, solo resta hincarse. Y bueno, replicarla, adorarla, repetirla, compartirla y balbucear algunas especulaciones. Tratar de interpretar tan providencial sentencia a la luz de la utopía que ha vendido siempre el ejercicio periodístico y la mediocridad que hoy lo avasalla, es sencillo, pues se prueba con suficientes evidencias.

                Ser periodista es una forma divertida de ser pobre.

               Que la dijo Ryszard Kapuściński en su libro Los cínicos no sirven para este oficio. Lo he vuelto a releer y nada, el polaco no la menciona allí. Que la reseñó el periodista español, Mario Ferrer Peñate. Lo cierto es que se la endilga en una columna a un joven y anónimo periodista costarricense con quien dice haber compartido ideas en un viaje por Italia. Que fue Leonardo Tarifeño en su libro Extranjero siempre, crónicas nómadas. Y sí, allí aparece la frase, pero entre comillas. Y con unos aderezos deliciosos, como la editorial que publica el libro: Producciones salarios de miedo; y esta otra, que nadie jamás envidará la cuenta bancaria de un periodista. Que fue Daniel Samper Pizano el que la advirtió hace unos años, dice el lector de El Espectador, Felipe Abondano, en su columna La arena y los delfines. Yo le he leído y escuchado otras frases al más inteligente de esa familia, como que el periodismo es una forma noble de hacer política y entendí porque los Samper tienen fama de chistosos, pero no la de la forma divertida de ser pobre.

               Daniel papá, que no es travieso, sino tremendo periodista, dijo alguna vez que cuando uno hace un trabajo honrado de investigación en el periodismo se echa enemigos. Que lo diga él, que hace parte de la oligarquía colombiana -que recomienda no debe confundirse con la plutocracia-, y que en estricto sentido no es un hombre pobre, pero tampoco millonario, es por lo menos reconfortante. Debe recordarse eso sí, para entender lo anterior, la frase de un ser convertido en prohombre nacional en los medios, Pablo Escobar Gaviria, cuando su fortuna no comenzó a caberle en los bolsillos, ni en los bancos, ni en las caletas y no disminuía a pesar de tantos excesos: “A mí me aterra lo pobres que son los ricos de Medellín”.

               No importa quién haya dicho o escrito que ser periodista es una o la forma más divertida de ser pobre. No importa, porque es tal su certeza que ratifica lo que sobre las definiciones se define: toda definición es tautológica y contradictoria. Si se revisan los sueldos de Julio Sánchez Cristo, Yamit Amat, Darío Arismendi, Gustavo Gómez, Néstor Morales, Claudia Gurisatti y Vicky Dávila, amén del de algunas presentadoras y conductores de programa que hacen parte del Jet Set criollo, la definición se cae por los pesos que a razón de sueldos y publicidad ingresan a sus cuentas bancarias. Pero con esas cifras nadie se hace rico, rico de verdad. Puede sí, rozar el esmoquin del poderoso en el restaurante de moda o mezclar su humor corpóreo en la discoteca de turno. Jamás logrará con ello estudiar a un hijo en Harvard, tener una cuenta en Suiza o unas vacaciones el Dubái, a lo sumo un efímero matrimonio en Cartagena y dos fotos en TVyNovelas.

               Lo que el periodismo permite es apenas rozar el poder, no codearse con él, aunque muchos colegas -no sé si ingenua o estúpidamente- no lo sepan. Entrevistar al político, al gobernante, al empresario, al narcotraficante, al jefe guerrillero, no es lo más importante. Estar al lado de la figura rutilante del espectáculo o poder entrevistar al ídolo deportivo, no hace al periodista, al contrario, lo obliga a construirse como puente entre la información y la sociedad. Una función que las nuevas tecnologías parecen desestimar. Todos se sirven del periodista y el periodista en el fondo lo sabe, o debería saberlo, y asumirlo. Entonces emergen las dádivas, las parcialidades, las defensas, los ocultamientos, las manipulaciones. Esa es la pobreza: creerse el cuento. Creerse más importante que la noticia y ponerse a la altura de la fuente. Y no es cuestión de clase o estrato, es simple condición humana y conciencia profesional. Y aquí no importa si atendemos la profesión o el oficio, si tenemos título o tarjeta profesional, si somos de la academia o empíricos, vale solo el tacto y la mesura, no solo en el manejo de la información, sino en la actitud que se asuma tanto en la relación con las fuentes, como con las audiencias. El periodista es un testigo y como tal su función social es entregar su testimonio, lo más documentado posible.

                Tiene razón ese anónimo. Ser periodista y hacer periodismo, es asumido por muchos, como pobreza. Conceptual, informativa, personal. Es divertido hacer parte del borrador de la historia, como llamó al periodismo Phil Graham, quien llegó a ser director del Washington Post, gracias a su matrimonio con la hija del dueño, que lo dejó a cargo mientras él presidía el Banco Mundial. El hispanista británico Paul Preston habría de corregir la frase muchos años después: el BUEN periodismo es el borrador de la historia. Pero la mayoría de nuestros periodistas no conoce de historia, ni sabe de las relaciones entre el poder y la economía, entre capitalismo y progreso. Sobre ese cúmulo de hechos históricos ignorados u olvidados que unas veces se repiten como tragedia y otras como farsa. Ni de cuestiones tan básicas como la incidencia del consumismo en la degradación del planeta o esa idea de desarrollo que nos está llevando al abismo. Ni de redacción y ortografía. Ni de gramática y sintaxis. Ni de la diferencia entre reportería y periodismo. Ni de la relación intrínseca entre periodismo e investigación. Ni de las distancias conceptuales entre el periodismo interpretativo y el periodismo de opinión. Ni de tantas otras cosas que por no saberlas nos enfrentan a una gran paradoja: mientras el periodismo se consolida en la cúspide de los negocios, la situación de los periodistas cae en la depresión de lo prescindible. El resultado de su trabajo está a un clic de cualquiera y gratis. Vale más cualquier otro saber, porque él casi no sabe nada, y debe hacer de todo. Al periodismo lo está matando el mercado.        

                La riqueza a la que debe aspirar un periodista, radica en la posibilidad que tiene de hablar con la gente, escucharla -que nos dice Alfredo Molano es una manera olvidada de mirar-, es un privilegio que debe asumirse como una de nuestras más nobles funciones, entregar el testimonio libre del tiempo que nos ha correspondido vivir. Leer el entorno, situarlo en un contexto, sintetizarlo si es necesario y entregárselo a la sociedad.

               Ser periodista es una forma divertida de ser pobre.

               Y ser pobre es no tener nada que sobre. En suma, sería muy ingenuo pensar que la situación del periodismo va a cambiar para bien. Empeorará. Lo absurdo sería que los periodistas no se preparen para ello.

 

Adenda:Este será el tema de la charla que dictaré en Palmira, el próximo jueves 26 de febrero, en el Centro de Convenciones de esa ciudad, invitado por la Asociación de Trabajadores de Medios de Comunicación (ATCP).

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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