martes, octubre 20 2020

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Un solo destino

Hacer periodismo no es solo recolectar información. Los meros datos no son investigación, así como conversar no es solo cruzar palabras. Se necesita dialogar con el otro. Compenetrarse con su historia de vida sin intromisiones absurdas.

Un solo destino
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Por cuenta de la pandemia, del confinamiento y ahora de la tal nueva normalidad y el autocuidado, que es más de lo mismo, pero con tapabocas -la mayoría mal puestos y técnicamente inservibles- el ejercicio periodístico cambió. El aislamiento supuso una reportería en la distancia, sin el contacto y a través de medios audiovisuales. Y todos sabemos que un correo es una forma de comunicación, pero no un diálogo. Lo puede complementar, pero no lo reemplaza. Lejos está hoy el trabajo de campo de las recomendaciones de Alfredo Molano o Ryszard Kapuściński ayer, para citar solo dos exponentes idos ya de este plano. Recorrer el territorio y escuchar a la gente, dialogar con ella para ver escuchándolos y editar su voces. O la maravillosa reflexión de quien fuera considerado el mejor reportero del mundo y en la que nos habla de Los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir, pensar. Ahora pareciera que ya no es posible. Que tanto el ejercicio como el aprendizaje del periodismo están amordazados. La censura siempre agazapada a la sombra del miedo, los encarceló en sus espacios, los encadenó a tantos temores, muchos infundados. La paranoia les puso bozal. La libertad para moverse se redujo a la decisión temeraria de zafar las nalgas del asiento de la casa o la oficina.

Además de los dos maestros arriba citados y que viven a través de sus libros y sus trabajos periodísticos, nombres como Jesús Abad Colorado, Yineth Bedoya, José Navia, Laura Restrepo, Mauricio Gómez, Ignacio Gómez, Gloria Castrillón, Hugo Mario Cárdenas, Paola Guevara, y otro puñado de caminantes, son referentes de una condición sin la cual no es posible contar la compleja realidad de Colombia: recorrerla y hablar con la gente. Estar en el lugar donde más que vivir se sobrevive. Ver cuáles son las condiciones de esos seres marginados y excluidos. Oír sus voces, sus realidades y sueños. Compartir sus espacios y territorios. Pensar en aquello que algunos historiadores han planteado como la razón para soportar tanto: ninguna nación toca fondo, porque no son los países sino las personas las que lo hacen. Y desde abajo, desde la Colombia profunda que puede estar en el semáforo de la esquina o en la carreta de los aguacates, es desde donde narran los huyentes de esa forma de hacer periodismo que no sale del salón, de la casa o de la sala de redacción.

De metáforas con las que grandes periodistas se refirieron al trabajo de campo, están llenos los manuales de periodismo, que son como las cartillas para aprender sobre la sexualidad: absolutamente nulas sin la práctica efectiva. Carl Bernstein y Bob Woodward se bajaron de semejante responsabilidad diciendo que la investigación que suscitó el escándalo del Watergate y la consecuente dimisión del presidente Richard Nixon, se debió a unas buenas piernas. Caminar y caminar para ir detrás de los testimonios, hasta que se les apareció Garganta Profunda, la fuente secreta y prodigiosa que lo único que exigió fue develar su nombre solo cuando muriera. Los asistentes a la ceremonia de entrega del premio Pulitzer no quedaron tan complacidos con la respuesta: se puede vivir sin piernas, pero jamás sin garganta. Un parafraseo a la respuesta de los hombres The Washington Post se la escuché a José Alejandro Castaño, un literato que se embolató en el periodismo: “Los buenos periodistas no tienen barriga”. Conozco gordos geniales, como Soriano, Lanata o Gossaín.

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La consigna es recorrer para narrar. Saltará algún jovenzuelo de estas generaciones a las que marcaron con las últimas letras del alfabeto, a decir que el periodismo de datos es posible sin moverse. Y es cierto. Pero una cosa es periodismo de datos y otra el periodismo ortodoxo. El primero navega, rastrea, compara, analiza datos virtuales que se pueden visualizar -y viralizar- a través de múltiples formatos. El otro periodismo es con el otro. Cara a cara. Cuerpo a cuerpo. Voz a voz. El otro periodismo es ponerse en el alma del otro y no solo en sus zapatos, porque puede estar descalzo. Y para el caso, la metáfora de cualquier prenda se queda corta ante la complejidad del pueblo. El otro periodismo es escuchar al otro. Verlo, tocarlo, sentirlo, analizarlo y comprenderlo. Bien lo resumió la golosa Marilyn Monroe tras la casi erótica -sensual y profunda- entrevista con Truman Capote: “Ha sido el único hombre que me ha desnudado sin quitarme la ropa”.

Tal vez el concepto de trabajo de campo se asocie más con la arqueología de datos, la investigación etnográfica, la antropología social o cualquier otra disciplina, pero bien sabemos que un buen periodista es la suma de todo aquello que no es. En su obligación de investigar, nos dice Miguel Ángel Bastenier, “es político, historiador, novelista, sociólogo, científico”. Podríamos agregar: psicólogo, antropólogo, economista, abogado, fotógrafo, profesor, traductor y tantas otras como necesite para reconocer sin miedo, que no lo sabe todo. Como lo hacía don Alfonso Castellanos con una frase estandarte que utilizó para bautizar un entretenido programa de televisión de los ochentas: “Yo sé quién sabe lo que usted no sabe”. Cuánta humildad y sabiduría para saberse y aceptarse como un simple mediador entre los hechos y la comunidad, entre los sucesos y la sociedad, que está en la obligación de hacer reportería. Así de sencillo.

Hacer periodismo no es solo recolectar información. Los meros datos no son investigación, así como conversar no es solo cruzar palabras. Se necesita dialogar con el otro. Compenetrarse con su historia de vida sin intromisiones absurdas. Una entrevista no es un hilo sino una red, una atarraya que se arroja para capturar y para dejar ir. Una aproximación a una persona que no conocemos y con la que tendremos unos minutos de la eternidad, tal vez un par de horas, para que el resto de la humanidad sepa algo de ella. Una plática inacabada siempre donde las preguntas y las respuestas se tejen entre dos. Pero por cuenta del trabajo en casa -ya ni siquiera en las salas de redacción- el periodista se ha convertido en un navegante solitario que como en laboratorios asépticos no se unta de vida para no contaminarse. Navegantes solitarios donde parece más fácil comunicarse con el mundo virtual, que con la señora que atiende los oficios de la casa, porque la suya se la quitó el desarraigo. Ni las piernas, ni la garganta, ni el corazón de las fuentes ni el de los lectores. Solo distancia y miedo. Acaso mediocridad disfrazada de obligada comodidad.

Sobre estas y otras ideas disertarán el próximo miércoles 7 de octubre entre las 10:00 y las 11.30 a.m. los invitados a la HORA DEL PERIODISMO, https://meet.google.com/ohf-kceo-jfs en un evento de la Facultad de Comunicación y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Occidente titulado: Periodismo y trabajo de campo. Realidad y virtualidad. Ignacio Gómez, subdirector de Noticias Uno; Hugo Mario Cárdenas, editor de la Unidad Investigativa de El País de Cali; y José Navia, considerado uno de los Nuevos Cronistas de Indias. Un diálogo con sus saberes para intentar comprender a los demás y narrarlos con sensibilidad y equilibrio. Para que todos sepamos de sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades y sus tragedias. Y así convertirnos todos en un solo destino.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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