Martes, Septiembre 17 2019

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Un lazo entre lo etéreo y lo terrenal

No fue fácil escribir sobre la inmolación de una niña, su hija. Tampoco es fácil hacerlo para un médico que no es escritor.

Un lazo entre lo etéreo y lo terrenal
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

Hay escritos de todo tipo. De superación, de amor, sobre educación familiar; sobre muerte y suicidio, muy pocos. Jesús Alejandro García, autor de “Cuando te gustaban las cosas”, es un padre que vivió un proceso de búsquedas incansables y de muchos aprendizajes. Un escrito que formó parte de su duelo.

Resentimiento, ira, frustración, angustia y un sinfín de recuerdos rondan en su mente. Acto seguido, Alejandro sintió un impulso indescriptible por escribir. Comenzó, plasmando en una libreta, ideas vagas que se cruzaron por un capítulo difícil, quizás el peor por el que puede pasar un padre. Un suceso que cambió su vida por completo.

“¿Yo que voy a hacer?”. Era una de las preguntas por las que se cuestionaba. Estaba seguro de que no podía pararse en la Plaza Bolívar de Palmira, a gritarle a todo mundo y explicarle qué pasó. Quería dar una respuesta por él y por otros padres que pasaron por lo mismo.

Otra razón fue la culpa. Todo padre que pierde un hijo siente culpa. Por ventura, para Alejandro pasó muy rápido ese sentimiento de fallo  -yo necesitaba que la gente me escuchara. La única manera de hacerlo, sin dar oportunidad para criticar o discernir, era que me leyeran-. 

María Alejandra, el motivo más grande de ese manuscrito. La pérdida de su hija a causa de un suicidio a sus 15 años, fue un hecho que marcó su vida para siempre. El 7 de enero del 2012, a las 12:30 de la madrugada, se lanzó desde la azotea de un edificio en Medellín. María decidió dejar este mundo. Tal vez un hecho injusto y cruel para una persona “tan sensata, responsable, confiable, sociable, inteligente, correcta, fiel, culta. Tan perfecta”. Pues así decidieron recordarla sus seres más queridos, a través de cartas publicadas en el libro. Como una persona que siempre tenía lo mejor para dar, “una sonrisa ligera que se le escapaba a cada instante.”

Otro porqué de ese libro, fue la estigmatización del tema mismo. Para él, nunca fue algo anómalo o aberrante. Era simplemente una forma diferente de arribar la muerte. Luego de que pasó por una situación de esa magnitud, se dio cuenta que la sociedad miraba con desconcierto y ofuscación el suicidio.

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Mandó mensajes. No de ayuda, sino de reclamo “los padres que pierden una hija por suicidio no son tratados de la misma manera que los que la pierden por otro motivo.” Dicen que en las malas situaciones es que se nota quien está verdaderamente acompañándolo. Muchos se alejaron, unos cuantos estuvieron constantes, otros más los aislaron. La gente mira, señala y habla.

Adolfo León Posso, fue una de esas amistades incesantes. Su firmeza siempre estuvo presente desde su crianza compartida con Alejandro. Los cambios se hacen evidentes luego de una pérdida, más si es una hija. -Después de la muerte de María, él ya no es el mismo. Es como tener una herida que nunca le sana- advierte con vehemencia. Está ahí. A veces se manifiesta con dolor. Otras veces simplemente no se siente. Alejandro y María siempre tuvieron muchos gustos en común. Eran amantes de la literatura y la disciplina no faltaba para cada una de sus actividades. –Alejandro siempre tuvo la ilusión de escribir un libro-asegura mientras sonríe con orgullo. María ya no estaba y no quería hacer de su partida, algo vano. Ella deseaba que sus padres cumplieran sus sueños. Entonces dejó una carta para poder recordarles, “a papá y mamá”, que cumplieran sus sueños.

Luis Fernando Peña, docente e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana, habla del trabajo de escribir como cualquier otro “escribir no es sólo inspiración, sino también transpiración. La buena escritura es el resultado de muchas horas de trabajo, de armar y desarmar, de coser y remendar, de podar y reescribir, no una sino muchas veces”. A Alejandro le tomó casi dos años, dentro de sus posibilidades, escribir “Cuando te gustaban las cosas”. Un título que no necesita explicación alguna. Los primeros 6 meses de este proceso fueron de arduo trabajo. Insomnios que lo levantaban a las 3 de la mañana, vacaciones a las que decidió renunciar, encierros de 7:00 de la mañana hasta las 12:00 de la medianoche. Muchas obras, escritos, estudios, poemas que tuvo que leer y, que además quiso -siguiendo recomendaciones de expertos como Diana Cohen Agrest-, para tener bagaje en el tema. Su propia experiencia no fue suficiente. Calmó su fiebre por textos que trataban lo extracorporal como ‘vida después de la vida’ de Raymond Moody, pasó por libros de duelo y luego sobre suicidio, muy desordenadamente.

Angélica Sánchez, esposa y testigo de un dolor compartido, aconsejó a Alejandro para asistir a un taller de escritura que dictaba Julio César Londoño en el edificio de Comfandi. Era evidente, que ni lo vivido ni lo leído era suficiente para publicar un libro. Se dio cuenta que existían técnicas literarias, que los gerundios no quedaban bien, que lo diminutivos no eran bien vistos… Tuvo que encontrar la manera de reducir. Para Alejandro, el éxito de un libro es quitarle. Si se tenían 10 páginas, se tachaban 8.

Era un libro cargadísimo de rabia. Representaba la fase por la que él pasaba. Pasado el año de haberlo escrito, a punto de ser publicado y comercializado, Angélica y él hablaron con un escritor y poeta palmirano. Coincidió en lo mismo: era un texto cargado de odio. Derramarse en prosa para hablar sobre su hija muerta, es algo que él consideró poco acogedor.

Sin embargo, contó con la ayuda de familia. Un sobrino que diseñó la portada, una prima que hizo las correcciones literarias, el esposo de ella que aportó algo de historia, un cuñado que colaboró con las fotografías, la parte bibliográfica a cargo de su hermana. Es un libro de casa, un trabajo en familia.

Hay asuntos que el autor dice que parecían tontos. Por ejemplo, los zapatos rojos en el título del libro. Pero, los zapatos rojos le quitaron ese toque luctuoso a una historia tan fuerte.

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Elegir el color del papel, el tamaño de la letra, el espaciado. Fueron otras cuestiones que debió considerar. Cantidad de correcciones que les tomó, a su esposa y a él, un mes y medio. Después de casi dos años, con un temor que les ponía en duda el éxito del libro, sacaron 1000 copias. No alcanzaron a hacer el primer conversatorio sobre el libro y ya habían vendido el millar.

No fue fácil escribir sobre la inmolación de una niña, su hija. Tampoco es fácil hacerlo para un médico que no es escritor.

En 1964 cuando en la Universidad de California en Berkeley, la policía arrestó a 800 estudiantes del Movimiento Libertad de Expresión que protestaron contra la Guerra de Vietnam; cuando Martin Luther King recibió el Premio Nobel de Paz; cuando en Inglaterra se creó la banda Pink Floyd; cuando en Sudáfrica, Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua por sabotaje y cuando “I want to hold your hand” de los Beathles, ocuparon el primer lugar en las listas de éxitos en los Estados Unidos; también nació Jesús Alejandro García Echeverry, médico profesional graduado de la Universidad del Valle.

“Los libros de duelo no se venden, los libros de suicidio menos”. Alejandro decidió hacerlo. Para él, escribir sobre el duelo fue algo necesario. Es un libro demasiado humano. En éste, contó el suceso de la pérdida, escribió recuerdos sobre ella, una biografía de María -muy sensible y personal-, hizo anotaciones de expertos sobre el suicidio, habló sobre el paso por el taller de escritura, hizo agradecimientos, publicó cartas a María y testimonios de otros padres, esos que carecen de denominación.

“¿Cómo se les llaman a los hijos que pierden sus padres? Huérfanos. ¿Cómo se les llaman a las mujeres que pierden sus esposos? Viudas. ¿Cómo se les llaman a los padres que pierden sus hijos? Lo que no tiene nombre.” Lo escribió Piedad Bonnett a los tres días de la pérdida de su hijo por suicidio.

Hay diferentes formas de subsanar. Unos prefieren viajar, otros se dedican a trotar, hay aquellos que dejan el trabajo para dedicarse a otras cosas, unos más leen. Alejandro decidió leer y escribir. Es incierto afirmar si eso le ayudó o no, si eso le dio paz y tranquilidad o no, si le dio respuestas o no. Él prefirió ya no preguntarse nada. Sin embargo, de alguna u otra manera este libro tejió un lazo entre lo etéreo y lo terrenal. Letras que unieron, y siguen uniendo, a Alejandro y a María.

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