Sábado, Diciembre 14 2019

.

Un articulito

Colombia no es la misma, por supuesto. Hemos progresado sin desarrollo. No es la misma nación en transición demográfica de nuestros padres y, tampoco, la bipartidista rural de nuestros abuelos; pero como vamos, exacerbando el extractivismo y el capital, no es la de nuestros hijos; y solo si cesa el fracaso, será la de nuestros nietos.

Un articulito
Crédito de foto: Especial para www.90minutos.co

Podrá rompérsele el culo a todas las cacerolas de Colombia y nada va a cambiar, porque los colombianos somos más fácticos que simbólicos. Las abolladuras de la conciencia nacional están hechas callosidad. Podrá el Esmad patear la cara de muchas mujeres, disparar a la espalda de muchos hombres, herirlos, lesionarlos, asesinarlos, y nada va a cambiar. Las heridas provocadas en 200 años de vida republicana, se han vuelto burdas cicatrices. Podrá el vándalo –autónomo, infiltrado o pagado- gritar, agredir, destruir y manchar, y nada va a cambiar. Porque el resentimiento hace metástasis, tanto como el poder. Podrá el ejército bombardear más civiles y matar más menores de edad, y nada va a cambiar. La violencia se justifica y no debería, pero quien intenta explicarla, es un transgresor. Podrá el pueblo ignorante, manoseado y manipulado, elegir al que sea, y nada va a cambiar. El sistema es un remolino putrefacto, un huracán cuyo ojo es la corrupción y la codicia. No es fácil convencernos de que hemos fracasado de nuevo, pero vale la pena seguir intentándolo.

 

“Podrá el vándalo –autónomo, infiltrado o pagado- gritar, agredir, destruir y manchar, y nada va a cambiar. Porque el resentimiento hace metástasis, tanto como el poder.”

Reconocer que no hemos progresado en términos morales o éticos, es el primer paso. Han sido inútiles todos los esfuerzos por domesticar la bestia humana que nos habita. El chiste común de que todo colombiano lleva un paraquito por dentro, es una terrible realidad. Subyace en la conciencia nacional un ser prehistórico que a la menor provocación empuña lo que sea para agredir a sus iguales. No importa si son piedras o palos, si balas o gases, si decretos o leyes. Hay una violencia incubada que eclosiona con la más mínima calentura, que se carga en el espíritu y se recarga con cualquier toma de decisión, que acompaña al ser nacional sin importar su clase o condición social. Es un escenario de lo físico que se sobrepone a lo mental, la fuerza por encima de la razón, la vociferación por encima de los argumentos, la histórica costumbre de eliminar voces contrarias, en suma, la barbarie como negación de la civilización. Porque en medio de los destellos del desarrollo, persiste en nuestra idiosincrasia un hálito cavernícola impúdico: matar a los malos. Y eso, solo deja asesinos.

 

Colombia no es la misma, por supuesto. Hemos progresado sin desarrollo. No es la misma nación en transición demográfica de nuestros padres y, tampoco, la bipartidista rural de nuestros abuelos; pero como vamos, exacerbando el extractivismo y el capital, no es la de nuestros hijos; y solo si cesa el fracaso, será la de nuestros nietos. Liberar la razón, será primordial para que avancemos como nación. Pareciera que somos un país donde la injustica, la marginalidad, la exclusión, etc. se asumen como una especie de tradición insalvable, una costumbre insoslayable sobre la que no puede hacerse nada, porque pase lo pase no pasa nada. Una irracionalidad de lado y lado producto de dos educaciones: la de los gobernantes y la de los gobernados, la foránea y la mediocre. Y las dos, gestan una mentalidad que no se atreve una mirada poscolonial de los asuntos. Atendemos un discurso que desde los extremos ideológicos es anacrónico e insuficiente para los nuevos tiempos, donde el terruño lucha contra lo universal, donde ya muy poco ocurre sin que haya un registro audiovisual de esa realidad, donde la información sobre la concentración: de la riqueza, de la propiedad, de los salarios, de la tierra, de los medios de comunicación, de todo lo que está en las manos de unos pocos privilegiados, fluye como lava incandescente.

 

De ahí que cada vez sean más frecuentes los paros, y las marchas, y las protestas; que en los últimos 20 años han ido fortaleciéndose como mecanismo de expresión, pero no de presión, porque sus logros son pírricos ante la gigantesca deuda histórica del país y las inevitables e insostenibles desigualdades que produce nuestro sistema político y económico. La desigualdad en Colombia deslegitima éste o cualquier otro gobierno y configura el escenario para éste paro y todos los que sobrevengan desde diversos grupos sociales, busquen arañar beneficios, en medio de una nación que tiene más territorio que Estado y más patrones que presidente. Un gobierno sordo que cierra los canales de comunicación con el pueblo aún mudo (arengar no es argumentar), porque la dimensión de las desigualdades se le aparece por todos lados: las rurales, las urbanas, las étnicas, las de género; en la distribución de la riqueza asociada al ingreso; en el acceso a servicios sociales como educación, seguridad, salud y pensiones; o servicios públicos, etc.

 

Claro que hoy en Colombia hay mejoras físicas, pero no estructurales. Ha disminuido en algo la pobreza, pero ha crecido mucho la desigualdad y se ha concentrado más la riqueza. Y esa fractura social molesta, duele y moviliza. El 1% más rico de la población concentra el 20% de los ingresos y ese mismo 1% acapara el 44% de la riqueza. Solo el 9% de los alumnos de las familias pobres llega a la universidad, frente al 53% de las más ricas. Según la OCDE -ese club de países ricos al que a toda costa nos metieron- asegura que se necesitan al menos cinco generaciones para que un niño de extracción humilde, salga de la pobreza. ¡En Colombia necesitaría once! No es con cemento que se cimientan las bases sociales. No es solo con puentes y túneles que se llega al desarrollo. La pobreza tiene graves impactos sobre el desarrollo cognitivo y emocional. Se debe promover que la cultura y las fábricas vayan de la mano, que la lectura y los negocios no se repelan, que la investigación crezca como los condominios, que suban las ganancias de los monopolios y de las cátedras, que lo público prospere como lo privado, en suma, que de una vez y para siempre al país le vaya tan bien como a la economía.

 

Bastaría que se cumpliera un articulito de nuestra Constitución, el 13, para acabar con las protestas: “El Estado promoverá las condiciones para que la igualdad sea real y efectiva y adoptará medidas en favor de grupos discriminados o marginados”. Pero eso no va a ocurrir, porque el sistema está envenenado y solo sobreviven quienes poseen el costoso antídoto: el privilegio; y porque no se solucionan dos siglos de inequidad e iniquidad con un par de pedradas o con retórica. Nada va a cambiar si no cambia el modelo y el modelo es un pulso desigual entre el sistema patrimonial y las hordas de invisibilizados actores que lo soportan. Por ahora, es preciso soñar por cuenta propia, luchar, trabajar y respetar, para que algún día mejore la realidad de todos. Para que sin mezquindad, los gobiernos y las élites que representan hagan una mejor distribución del ingreso, que además de disminuir la pobreza, reforzaría el crecimiento económico de un país que le debe al narcotráfico el 22% de su PIB.

Acerca del Autor

Noticiero 90 Minutos

Lunes a viernes a la 1 p.m. por @TelepacificoTV. On Line en http://t.co/5CJEjpjCZf Síguenos en Facebook: http://t.co/oONUEJfx y en You Tube: http://t.co/PHKUwg

Noticias Relacionadas