jueves, noviembre 26 2020

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Un abrazo

No se puede amar sin abrazos, aunque personas sin brazos lo hacen con el alma. Y recorren el mundo sin piernas. No se puede estar en paz sin abrazos porque hasta la soledad puede abrazarse.

Un abrazo
Crédito de foto: Especial para 90minutos.co

El término se ha envilecido. Le ha ocurrido a muchos otros: amor, paz y libertad, para citar una tripleta imprescindible en la que la palabra en cuestión es determinante. No se puede amar sin abrazos, aunque personas sin brazos lo hacen con el alma. Y recorren el mundo sin piernas. No se puede estar en paz sin abrazos porque hasta la soledad puede abrazarse. Y no se puede estar en libertad total si no nos aferramos a un abrazo. No importa si es el último o el primero. O ese abrazo pendiente por diversas razones, casi siempre asociadas al egocentrismo o cualquiera otra manifestación de la estupidez humana. Pero en este mundo de redes, mensajes y memes, el abrazo se ha convertido en saludo y despedida. En una especie de comodín que acerca en la virtualidad sin aproximarse un ápice a lo que en realidad significa abrazar a alguien. Ese acto tan humano que solo algunos animales disfrutan. Menos la desdichada serpiente, que a lo sumo se enrolla para revolcarse en su ritual de apareamiento.

Acercar con los brazos a nuestro cuerpo a otra persona es abrazar su vida, es abrazar la vida misma, es abrazar nuestras vidas con amor para expresar todos los matices de ese sentimiento. No se abrazan igual los amantes que los amigos o los padres y los hermanos. Cada uno impone la distancia de los abrazos. Su calidez. Su confianza. No es lo mismo el abrazo en un bolero que el de un final del goloso baile horizontal. Un abrazo de despedida o el del reencuentro. Un pésame o una felicitación. Y qué decir de fundirse en un abrazo de perdón. Después de varios años pude abrazar a una hermana y creo haber sentido que en ese momento se fusionaron todos los años y las experiencias, todos los juegos y los afectos, todos los vacíos y rencores que rodaron por la cara convertidos en lágrimas de felicidad. Un abrazo saca todo eso que guardamos en esos lugares ocultos que nadie ve y solo nosotros sentimos. Un abrazo es un ramalazo en el espíritu que nos pone de nuevo en el plano de los afectos honestos y la sinceridad expresada.

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De alguna manera un abrazo es ponerse en el lugar del otro. Es traspasar esa barrera que imponemos para el resto de la humanidad, pero dejamos abierta para quienes queremos de verdad o amamos sin medida, que es la única medida válida en el amor. Es resto es basura, reza una foto de un par de amantes besándose en la parte trasera de un carro recolector en un respiro de su jornada de trabajo. Los abrazos hablan, dejan ver, comunican, sacan a flote aquello guardado en la cabeza o en el corazón, o en eso que llamamos alma o espíritu. En Así habló Zaratustra, Nietzsche nos dice que callar es peor, porque toda las verdades silenciadas se vuelven venenosas. Y los abrazos, aunque se den en silencio, gritan todo lo que sea necesario. Eliminan el veneno. Pocas acciones humanizan más que un abrazo. Pocas, muy pocas. Y tal vez sean aquellas que sobrevienen a uno o varios abrazos no surgidos del amor filial, sino de la sexualidad.

Lejos del erotismo o de los núcleos afectivos que puede generar el sexo, Octavio Paz en La llama doble nos deja ver que el amor verdadero alcanza un nivel sublime.  “El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida”. Por supuesto que en condiciones normales no hay erotismo en el amor filial, pero si algo sublime en el amor hacia los hermanos. No resulta extraño. Un hermano o una hermana son producto de una relación entre dos seres que crearon vida a partir de un encuentro erótico y cuyos lazos afectivos conforman una constelación de amor que en últimas es lo que conforma una familia. Esa es la diferencia con la manada. También abrazamos a los grandes amigos, pero quién puede negar que un amigo es un hermano que escogemos. Bueno, y a las amigas, que suelen ser un amor inconfeso o uno del pasado.

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Pero vuelvo con mi hermana. Tengo cuatro hermanos por parte de padre. Tres hombres y una mujer. Y tres hermanas por parte de mamá. Un matriarcado que hasta hace poco acompañó la abuelita y reforzaron mi hija y tres sobrinas. La menor cumplió 15 años y en medio de la celebración y los recuerdos, la familia más cercana se unió de nuevo para algo que no fuera un sepelio. Vino un hermano que me dejó mi papá, que no era mi padre. Un hombre de mi edad al que no me une ningún vínculo de sangre, pero al que amo tanto o más que a todos mis hermanos. Esa es la verdad verdadera. Y al sobrinito de la casa, un hombrecito que me abraza como nadie, al chiquitín que llegó hace cinco años para acompañar mis calzoncillos en el tendedero. Y los de su papá claro, mi cuñado. Otro desconocido que una hermana convirtió en familia, el compartir en amigo y la vida en entrañable hermano que se abraza sin reserva. Ese gran hermano -que sí es hermano medio de mi hermana media- pero con el que no comparto el embeleco del ADN, fue testigo de una reconciliación sellada con un prolongado abrazo.

¡Cuánta razón tenía Bukowski!: “dentro de un abrazo puedes hacer de todo: sonreír y llorar, renacer y morir. O quedarte quieto y temblar adentro como si fuera el último”. Por suave que sea, un abrazo tiene la fuerza suficiente para reconstruirlo todo. Y por fuerte que sea, no lastimara nunca. Quita cargas y arroja el peso que nosotros mismos ponemos sobre nuestros hombros. Se cierran los ojos, pero se abre la mente. Es como querer meter una persona al corazón con la fuerza de los brazos. Un hogar es un gran abrazo, inconmensurable, el cerco humano de una familia. Y los hermanos, la prolongación de tantos abrazos que se fundieron en un solo ser. Los abrazos acercan a las personas y alejan las tristezas. Así sean de despedida, los abrazos unen. Abrazar a mi hermana después de varios años no solo me arropó el alma, sino que por un instante hizo que el mundo desapareciera para poder reconocerme y reencontrarme. Porque los abrazos trascienden los brazos y estrechan sin poseer, solo acompañan los sentimientos. Y en la reciprocidad de ese abrazo sentí que muchas veces había escrito esa palabra, pero pocas, muy pocas veces, la había sentido tanto.


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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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