Lunes, Diciembre 10 2018

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Todo pasa

Armero es historia olvidada. 25.000 muertos que no sirvieron para nada. O para muy poco. O sino que lo diga Mocoa. O Manizales. O cualquier zona de alto riesgo en invierno.

Todo pasa
Crédito de foto: David Vega especial para 90minutos.co

Bajo un sol canicular los vendedores de helados persiguen a los viajeros  como la sombra a los objetos. Y a las personas. A todo. Cada uno narra  un pedazo de la historia mientras despliega la paleta de sabores. De  coco, patrón. Allí está la piedra que lo represó todo allá arriba. La que  generó el “bombazo”. A la derecha. Pesa 40 toneladas. Eso dicen. De  guanábana, madre. Nadie la ha pesado. El Nevado está allí nomacito. A  47 kilómetros. Hoy no se ha dejado ver ese mugre. Lulo, mango. Lleve  el video, doce mil. Antes y después. Esa es la cúpula de la iglesia, lo  único que quedó. El cura maldijo el pueblo por vagabundo. De mora,  también hay. Es que aquí para la época de la Violencia mataron al cura.  ¡Válgame Dios! Esa es la bóveda del Banco, el piso es el original. Había  cinco bancos. ¡Buen primor! Llévelo, hay de maracuyá y de fresa. Allá  está la tumba de la niña Omaira. Agua, agua, agua. Jugos, jugos.

El calor abrasa tanto como los fragmentos de historia incompleta,  adobada con esa oralidad tolimense que lo musicaliza todo. Las neveras  de icopor guardan los helados y la memoria colectiva descongela, de a  poco, retazos de la tragedia. La vía no se modificó. Esa fue, esa es, esa  será la principal. Atraviesa lo que fue un pueblo próspero y a un  departamento que sabe lo que es llorar muertos por montones. Las  ruinas del Hospital siguen intactas. Cada quien le quita o le pone uno o  más pisos. Depende de qué tanto quiera impactar al turista sediento. De  morbo y de información. Era de cuatro pisos, solo quedó uno. En  realidad, eran tres y solo uno emerge hoy a la vista y a la vía. Se  llamaba San Lorenzo. Como la iglesia, como el pueblo en algún tiempo.

Solo se salvaron las putas y los que ya se habían muerto. Los  acostados. Aunque a las 11:30 p.m. casi todo el pueblo estaba  durmiendo. Lo que estaba en las afueras del poblado, en lo más alto, se  salvó. ¡Mucha ironía, cierto! La reflexión es del vendedor de empanadas  y avena. Avena de Venadillo, porque la de Lérida no es tan buena. La  zona de tolerancia y el cementerio, el barrio de los finaditos. La  avalancha tuvo dos ramificaciones. Eso recita acaso el guía oficial del  lugar. El del museo, esa invención humana que le compite a la memoria.  Porta uniforme. Esta era la Estación de Bomberos, asegura. Esto no lo  tocó la avalancha. Lo que usted ve desde aquí fue lo poquito que dejó el  “león dormido” cuando se despertó y rugió. Nada más. Todo el resto  quedó debajo, sepultado de una vez.

Ya queda poco. Muy poco. El monte cubre las ruinas. No deja ver a lo  lejos. Y si hay algo para ver, asusta. Son las 3:00 de la tarde, pero la  energía es densa. Lúgubre. Y el ambiente sombrío, pesa. Ya no hay  calles, solo caminos estrechos que luchan contra la maleza. Las tumbas  están olvidadas. Las lápidas desteñidas. Las cruces caídas. Hasta lo  nuevo es viejo, ruina. El parquecito -con los cuatro obeliscos- que se  levanta donde fuera la Plaza Central, está deteriorado. Destrozado. Hay  grietas por doquier y abandono en abundancia. Las bancas dañadas.  Desde allí se puede evocar el pueblo. Armarlo en la memoria. Cada  obelisco tiene en alto relieve lo que desde allí se miraba. Pero los puntos  cardinales hoy están cubiertos. Es un lugar sin horizonte. El verde lo ha  tapado casi todo. Cuesta creer que el rio Lagunilla, un hilacho reseco y  silente, haya sido capaz de semejante tragedia.

Armero es historia olvidada. 25.000 muertos que no sirvieron para  nada. O para muy poco. O sino que lo diga Mocoa. O Manizales. O  cualquier zona de alto riesgo en invierno. Una avalancha de lodo  hirviente lo sepultó y sacó a relucir lo más bajo de la condición humana  de los colombianos. Un valle de muerte generado por una montaña de  absurdos. De imprevisión, de oídos sordos a llamados sensatos. De no  prevención, de alertas convertidas en súplicas desatendidas. Lo sabían  los campesinos. Lo sintieron los animales. No lo escuchó el gobierno.  Animales. Las hormigas, los perros, las vacas, los pájaros. Y sobre la  tragedia, la más mísera desventura: robos, saqueos, ayudas  internacionales desviadas, tierras usurpadas, fortunas perdidas, falsas  víctimas, niños entregados en adopción como huérfanos, arrancados a  sus familias, vendidos. Asesinatos en medio de ese mar de muerte.

Juan Pablo II sigue hincado. Es el único espacio libre de una tensión que  corroe el espíritu. Los vendedores no dejan de hablar, de ofrecer, de  contar, de vender. Tres pequeñas lajas de piedra guardan la espalda del  Sumo Pontífice, hoy santo. Del lugar donde oró. Donde ora tal vez.  Significan las veces que por el lugar han descendido con furia los  deshielos y lahares del Nevado del Ruiz. Tres veces. Tres tragedias. Tres  arrasamientos. Muchas vidas humanas. Y el animal vuelve al redil.  Ocurrirá de nuevo 2094, dice una anciana con la certeza de que ya no  estaremos aquí. Ya se habrán borrado del mapa hasta las cicatrices,  esos recuerdos que no se olvidan jamás. Todo pasa. Eso pasa. Ojalá no  pase y si pasa, no deba morir sino el pasado. Aunque la vida pasa. Eso  vi cuando pasé por Armero.

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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