Jueves, Septiembre 20 2018

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Tema Aparte, por Élmer Montaña

  Los falsos profetas   En el “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”, Borges relata la historia de un falso profeta que sostenía que su cara era de oro y fue visto deambulando por el desierto con una cabeza de toro, usando una máscara y acompañado de dos ciegos. A la pregunta de algún curioso …

Tema Aparte, por Élmer Montaña

 

Los falsos profetas

 

En el “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”, Borges relata la historia de un falso profeta que sostenía que su cara era de oro y fue visto deambulando por el desierto con una cabeza de toro, usando una máscara y acompañado de dos ciegos. A la pregunta de algún curioso respondió que estaban ciegos porque habían visto su cara.

El hombre que se hacía llamar Hákim hijo de Osmán, aseguraba haber tenido una vida penitencial y para justificar la máscara afirmó que el ángel Gabriel le había cortado la cabeza y luego la llevó al cielo para presentarla ante el Señor, quien le dio “la misión de profetizar y le inculcó palabras tan antiguas que su repetición quemaba las bocas y le infundió un glorioso resplandor que los ojos mortales no toleraban”.

Hákim era amante del peligro y predicaba en medio de las batallas a lomo de camello, mientras las flechas pasaban silbando a su lado sin herirlo. Delegaba los asuntos de gobierno en unos pocos leales y contaba con un harem de 114 mujeres ciegas que aplacaban sus necesidades.

Hákim fue cercado por el ejército del jalifa y cuando esperaba la ayuda de las hordas divinas una de sus mujeres que estaba siendo ajusticiada gritó que al profeta le faltaba el dedo anular de la mano derecha y que los demás no tenían uñas.  Dos capitanes invasores despojaron a Hákim de la máscara y dejaron al descubierto su cara que había estado en los cielos. En lugar de una hermosa cara de profeta observaron un rostro carcomido por la lepra. Sin embargo, Hákim no tuvo recato en intentar un nuevo engaño y comenzó a decir: “vuestro pecado abominable os prohíbe percibir mi esplendor…” Enseguida lo atravesaron con lanzas.

Algunos líderes son como Hákim. Labran su imagen de personas honestas y espirituales que luchan por el interés colectivo. Se presentan como profetas, ungidos por Dios, el Espíritu Santo o el destino con la misión de llevar a sus seguidores a la tierra prometida de un país seguro y próspero. Usan una máscara que cautiva por su dulzura y firmeza, tras la cual dicen esconder una belleza sin igual que solo el “Señor” conoce. Predican la abstinencia, el decoro, la prudencia y la fortaleza como las mayores virtudes, mostrándose implacables contra el vicio y el desenfreno moral.

Estos émulos de Hákim cuentan con seguidores fieles, enceguecidos por el fervor, pero sobre todo  obedientes y disciplinados. Van por el mundo prometiendo un infierno eterno de increíbles tormentos para sus enemigos y un paraíso de insondables placeres para sus aliados. Al defender su condición de elegidos se colocan por encima de la ley humana. Desde ese lugar, dan rienda suelta a su desmedida ambición, haciendo de la soberbia una cualidad del carácter y mostrando el abuso y la corrupción como actos propios de una inteligencia superior. Por eso no conocen límites y cualquier medio sirve para el logro de sus fines.

Los Hákim modernos no predican en el desierto sino en lujosos salones o en auditorios controlados por sus fieles. La predica no corre de voz en voz, es transmitida por los medios afines que magnifican las palabras del profeta. Los contradictores y adversarios son perseguidos cruelmente por su cohorte de seguidores hasta eliminarlos o lanzarlos al exilio o a la cárcel.

Visten una gruesa armadura que repele cualquier ataque y es inmune a los dardos de la justicia. No se doblegan ante nada, excepto ante otro profeta con mayor poder. Desprecian el dolor ajeno, tanto como a la verdad y aman la guerra sobre todas las cosas, porque de ella surge el odio que alimenta su prédica y congrega a la turba.

Con voz pausada y meliflua mienten sin cuartel y cuando son desenmascarados, no dudan como Hákim en insistir en el engaño y proclamar que el pecado impide a sus enemigos apreciar su divino rostro.

 

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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