Viernes, Junio 22 2018

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Tema Aparte, por Élmer Montaña

  La paz como arma política   En su afán de ganar la presidencia de la república, las campañas en disputa no han vacilado en poner a consideración de las mayorías los temas del derecho penal, las relaciones internacionales y la guerra, con grave riesgo para la democracia y el futuro del país. De vieja …

Tema Aparte, por Élmer Montaña

 

La paz como arma política

 

En su afán de ganar la presidencia de la república, las campañas en disputa no han vacilado en poner a consideración de las mayorías los temas del derecho penal, las relaciones internacionales y la guerra, con grave riesgo para la democracia y el futuro del país. De vieja data se sabe que estos asuntos deben sustraerse de la aprobación de las masas, porque estas son volubles e influenciables y pueden llevar a naciones enteras a la devastación. En una democracia, cualquier decisión al respecto es responsabilidad, exclusiva, de los legisladores y del presidente de la república.

¿Qué sucede cuando se pone en manos del pueblo estas decisiones? Repasemos algunos hechos históricos. Poncio Pilatos, no quiso ordenar la muerte JESUS DE NAZARETH, para evitar problemas de orden público. Hábil político, delegó la responsabilidad en la muchedumbre. Todos sabemos lo que pasó: por amplias mayorías los judíos decidieron salvar a BARRABÁS, condenando al Mesías a la cruz. A sabiendas que la sangre por derramarse mancharía las manos del rebaño y no las suyas, Pilatos se las lavó, en un acto que se ha convertido en metáfora desde entonces.

El político sabe muy bien que para ser exitoso debe “masificar su discurso”, saber “llegar a las masas”, “hablar el lenguaje del pueblo” y que para lograrlo debe dirigirse a sus emociones, tocar sus sentimientos, motivar sus pasiones, avivar sus instintos. El procedimiento se reduce entonces a despreciar al individuo como ser racional y convocar a la turba, por esencia asustadiza, pasional y vengativa.

Después de la Primera Guerra Mundial, HITLER interpretó el sentimiento de odio y revancha del pueblo alemán contra los aliados, por las humillantes condiciones impuestas en la rendición a través del Tratado de Versalles y se erigió como líder absoluto. Todo comenzó en una célebre cervecería de Múnich, escenario de sus acalorados discursos que encendieron los corazones de las tropas vencidas. Cuando la efervescencia resultó incontenible, animó las huestes haciéndoles creer que eran racialmente superiores y que por lo tanto tenían derecho a gobernar el mundo. En menos de una década HITLER, organizó el Partido Nacionalsocialista, eliminó a la oposición política y con el beneplácito del pueblo inició la colonización de Europa, provocando una guerra que dejó cerca de 50 millones de muertos.

El mundo reconoce que HITLER y sus secuaces fueron los directos causantes de esa gran conflagración, sin embargo, no podemos olvidar que tuvieron el respaldo, casi unánime, del pueblo.

Hay muchos más ejemplos, pero volvamos a nuestra realidad.

Los bandos en disputa lograron dividir el país entre quienes apoyan la propuesta de paz y los que apoyan que continúe la guerra sin cuartel contra las guerrillas. Las demás propuestas de los candidatos perdieron valor. Así las cosas, si gana A, tendrá un cheque en blanco para continuar con el proceso de paz, hasta llevarlo a buen término. Si gana B, el cheque será para que rompa el proceso e inicie una guerra de exterminio. Al menos así lo entienden la mayoría de los colombianos. Por cuenta de la politiquería, que todo lo pervierte, los diálogos de la Habana podrían convertirse en un esfuerzo fallido y alejar por mucho tiempo la posibilidad de un acuerdo de paz con la insurgencia.

Los negociadores y el presidente no tuvieron la malicia suficiente para proponer la aprobación de una ley que convirtiera el proceso en una política de Estado, prohibiendo que el tema fuera objeto del debate electoral. Ya es tarde. Ahora nos toca esperar que llegue el 15J, (como si fuera el fin del mundo) y que cualquiera sea el ganador asuma con responsabilidad los destinos del país y entienda que la paz es un valor supremo, una meta a la que tenemos derecho a llegar  todos los colombianos.

 

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Acerca del Autor

Elmer Montaña

Caleño, padre de familia, abogado santiaguino especialista en D.I.H y cultura de paz, derecho administrativo.Ex fiscal, profesor universitario, asesor y consultor, defensor de derechos humanos y director ejecutivo de la Fundación Defensa de Inocentes.

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