Domingo, Septiembre 23 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  Chao, Cheo Chao, Gabo   Una semana. Ocho días bombardeados por la futilidad mediática. Se fueron dos grandes y como en la canción de otro inmortal -Ismael Rivera- le tocó la mala suerte a José Luis Feliciano Vega de haberse muerto el mismo día que Gabriel García Márquez. Y los medios lo minimizaron hasta …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

Chao, Cheo

Chao, Gabo

 

Una semana. Ocho días bombardeados por la futilidad mediática. Se fueron dos grandes y como en la canción de otro inmortal -Ismael Rivera- le tocó la mala suerte a José Luis Feliciano Vega de haberse muerto el mismo día que Gabriel García Márquez. Y los medios lo minimizaron hasta la invisibilización. Escribió Tite Curet Alonso y cantó Héctor Lavoe en Periódico de ayer: “…y en la tarde, materia olvidada”. Bastaron poco más de diez horas, y en una oda al realismo mágico, un muerto mató a otro muerto. Saltarán los editores a resaltar los criterios de noticiabilidad y la manida frase de que gaseosa mata tinto ahogará este grito vagabundo. La cuestión es que se deja de hablar de todo, para hablar casi nada del Nobel. Se muestra mucho y se dice muy poco.

               Es incuestionable que los medios de comunicación deben hacer saber lo que pasa, el problema es que se dedican sobretodo a hacer creer y a hacer sentir, con muy poco criterio y bajísimo conocimiento. Si quiera que la muerte del escritor no coincidió con la de Pacheco o con la de Jesús, porque no sé qué hubieran hecho los noticieros, no quiero imaginármelo. Hubieran comparado sus barbas y construirían metáforas de crucifixión con la vara de Animalandia, amén claro, de registrar con detalle y precisión lo menos importante de sus vidas y trayectorias.

               La prensa ha sacado la cara, pero lo de la mayoría de la televisión, es lamentable. La radio ha hecho lo suyo. Una televisión de reacción, con corresponsalías superfluas y llenas de banalidades. Un festín carroñero que convierte la muerte en espectáculo y no atiende las verdaderas dimensiones de quienes comienzan a vivir en otro espectro, el de la inmortalidad, cuando abandonan este plano. Aquí estuvo, aquí comió, aquí cagó, como hubiera dicho el Coronel Aureliano Buendía, que necesitó toda la vida para responderle a su mujer lo que comerían si no llegaba la bendita pensión y se gastaban todo en el gallo: mierda.

               García Márquez conocedor del oficio periodístico y obsesivo con la precisión, debió -en medio de su memoria deteriorada y la lucidez de su inteligencia- disponer todo para después de su muerte. Que nadie vea el cadáver, no para no morirme del todo, sino para que no monten un espectáculo con mis despojos, debió sentenciar. Sabía que era inmortal antes de morirse, que la lucha de todo escritor -por desconocido que sea- es contra el olvido, cuya máscara preferida es la muerte. Lo sabía y se negó a convertirse en ese espectáculo. Otra cosa es el homenaje.

               Hoy se llora noche y día, porque como al negrito bembón, a Gabito todo el mundo lo quería. Y digo Gabito para que me rime con negrito, no porque -como todos ahora-, resulta que yo también fui su gran amigo. No, ni más faltaba. No tengo tantos años y nada que se parezca a los pergaminos. No me emborraché con él en La Cueva, ni trabajé con él en El Espectador o en El Heraldo, ni aguanté hambre con él en París, no me crucé cartas con él, no me firmó libros, no me consiguió trabajo, no bailé ni canté vallenatos en medio de parrandas memorables, no me llamó el 21 de octubre de 1982 para contarme que le habían dado el premio, ni estuve con él en Estocolmo el 12 de diciembre recibiéndolo, ni visité su casa en México, ni me pasó manuscritos para que los leyera, pero les juro que me he leído toda su obra. Toda. Desde sus Textos Costeños y Textos Cachacos, sendas recopilaciones de sus columnas periodísticas, hasta Vivir para contrala, una autobiografía que -como todas- escribió para justificarse. Esa es mi relación con él.

               Hay que leer tanto a Gabo como escuchar a Cheo. Ese es el mejor homenaje. Lectura y música. En escuelas, en colegios, en universidades, en la vida. Buen periodismo. En prensa, en radio en televisión. Bueno, y un acueducto para Aracataca, para no seguir asistiendo a tantos funerales hipócritas y circenses, y paliar algo de la vergüenza mundial por tantas mediocridades y bajezas.

               Lo que escribió Gabo ayer se reflejará hoy y siempre. Con lo que se gastó el gobierno y la comisión que viajó a México al homenaje, hacen un Aracataca nuevecito y ultramoderno, no esos pueblos de mentiras que arman para la visita de los políticos. Donde tapan cambuches con escenografías pintadas y esconden mendigos, donde lanzan pajaritas de papel al aire y prenden ventiladores para sofocar el sopor y hacer que vuelen las pajaritas. Lo dejó plasmado en Muerte constante más allá del amor, el senador Onésimo Sánchez visitó el Rosal del Virrey, un pueblecito sin rosas ni virreyes, una dársena furtiva donde nadie creería que viviera alguien capaz de torcerle a destino a nadie. Y allá estaba Laura Farina, con su belleza y su cinturón de castidad y con un padre que quiso tumbar al político.

               Pasarán muchos años para que se mueran del todo, pero mientras tanto es preciso iluminarnos e iluminarlos con sus letras y sus ritmos, con su profundidad y su cadencia, con su narración y con su canto, con su sensibilidad y su crítica. Sí, los dos, Cheo y Gabo, hacían lo mismo: arte para entretener y entender el mundo. Solo que los pescaditos de oro o las colas de marrano de Gabo sonaron más que El ratón de Cheo. Cien años de soledad opacó a la vieja Anacaona, de muchos más años. El Coronel no tiene quién le escriba salió más a esperar el correo que Salí porque salí. El otoño del patriarca personificó mucho más el sufrimiento que la bella letra de Sentimiento. Y El amor en los tiempos del cólera supera con toda su lírica y rigor, a ese bolero ya legendario, Amada mía.

                Es cierto que Gabo escribió más que Cheo, pero con unas líneas del segundo despedí a mi padre en su epitafio y con las mismas despido esta reflexión: Sobre las tumbas de gente que se ama, humildemente una flor de llanto quiero dejar… quiero dejar… quiero dejar…

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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