Viernes, Septiembre 21 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  ¡Los Toreros muertos revividos!   Con la imagen más cercana a Jack Nicholson que a la de su propio yo, Pablo Carbonell -con la irreverencia intacta- revivió en Cali al grupo que hace un cuarto de siglo revolucionó el rock en español. Lo revolucionó para mí, valga la precisión, que no sabía ni sé de …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

¡Los Toreros muertos revividos!

 

Con la imagen más cercana a Jack Nicholson que a la de su propio yo, Pablo Carbonell -con la irreverencia intacta- revivió en Cali al grupo que hace un cuarto de siglo revolucionó el rock en español. Lo revolucionó para mí, valga la precisión, que no sabía ni sé de rock en español, ni en ningún otro idioma. Alguien pondrá por encima de ellos a Charle García, Fito Páez,Soda Stereo, Los Rodríguez, Enrique Bunbury, Maná, Los Héroes del Silencio, Los Hombres G o Los Prisioneros, pero para mí Los Toreros Muertos son el antes y el después del género. Así es la ignorancia y, debe reconocerse, el gusto.

Siguen intactos en la memoria, en los tiempos idos. Los años se han convertido en kilos en casi todos los integrantes del grupo -pero especialmente en él-, y les han arrancado el cabello -sobre todo a él-, y se los ha blanqueado casi todo -únicamente a él-, y la panza -es probable a todos-, no les deje ver por dónde emerge su agüita amarilla.

Pero estuvieron aquí y no estaban muertos, estaban tan vivos como el finado de la canción que andaba de parranda. La armaron en la Carpa Club San Fernando y el pobre Lucho Bermúdez hubo de revolcarse en la tumba como lo hicieron los cuarentones que con devoción -y algunos otros porros- entonaron todos sus éxitos: Mi agüita amarilla, Yo no me llamo Javier, Twist as loca, Pilar, Soy un animal y tantos otros.

Los Toreros Muertos marcaron una época, rompieron los cánones del rock en español y los estándares de lo que se cantaba hace 25 años. Su puro nombre era una provocación en España, la cuna de los toros, de los toreros (en especial de los 55 que hasta el momento han muerto en el ruedo) de la tauromaquia toda, con su sangre y sus luces, sus clarines y sus timbales, sus nalgas y huevos apretujados, y esa libertad para andar por el mundo pregonando que son arte.

Se burlaron de todos y de todo, incluido su público, y sus fans, sus pobres fans, que como Pilar suelen no tener bicicleta, pero si un buen par de tetas y de razones para adorarlos. Con unas letras simples y profundas, profanas y veleidosas le dieron a la historia por detrás. Eso dice una de sus canciones, que son verdaderos compendios de sarcasmo e ironía llevados con gracia a los terrenos literarios y melodiosos.

Su música en cambio, era igual, o peor. Con la batería como eje escandaloso y rítmico. Con bajo y guitarra, con el -por entonces- novedoso sintetizador y con pitos de fiesta o con una castañuela agitada sin pudor. Fanfarrias elementales y sabrosísimas, como de barras bravas, con algo de morbo y el acelere propio de los revoltosos.

Un aullido aparte merecen los eufonías guturales y las muecas sonoras emanadas de la garganta y la cara del showman que sobre tarima bailaba, deliraba, sudaba, brincaba, desorbitaba sus ojos y mirada, a veces también su voz y personalidad, y enloquecía a las chicas que sacudían su mota Alf y a los chicos que zarandeaban la cola de su impecable corte zeta. Hubo ahora tan poco para sacudir.

Los Toreros Muertos eran una locura y lo fueron de nuevo la noche del pasado viernes en Cali. Pablo Carbonell, su loco mayor, su hombreperformance, su payaso genial y actor excepcional, el que jamás habla en serio, el que escribe canciones absurdas que dicen verdades absolutas, el más boquisucio de una nación boquisucia y gilipollas, se robó de nuevo el show. Los años han hecho mella en su cuerpo pero no en su espíritu. Tampoco en nuestros recuerdos.

No hay duda, la potencia de esa Cali que empujó la cultura artística al ámbito de la industria, alcanza para reencauchar artistas. Hace apenas unas semanas Leo Dan, deleitó a los asistentes escondido detrás de una barriga prominente; el irreconocible Lukas, más hippie y melenudo que cualquiera, encantó con su único tema: mi gran loco y dulce amor; y los hombres lloraron con King Clave; y las mujeres con Billy Pontoni; y toda la nostalgia de Galos, Terrícolas e Iracundos inundó el diamante de béisbol de la ciudad. Hit. Éxito total. En buena hora.

Adenda 1: el domingo a las 5:00 p.m. ya sabremos quién es el presidente de la República 2014-2018 y añoraremos que no tenga por lo menos el 10% de la inteligencia de Pepe Mujica, del talante económico de Rafael Corea o de la sensibilidad social de Luiz Inácio Lula Da Silva.

Adenda 2: el destino -o los saberes ocultos del Candomblé- quiso que los dos jugadores de la Selección Colombia con presencia brasilera en sus nombres, no jugaran la Copa del Mundo en ese suelo: Falcao y Aldo Leao.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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