Lunes, Julio 23 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  Patiño, Petronio y Peregoyo: ¡una tríada del putas!   Le gustaban las mujeres negras y las guayaberas blancas, sobretodo. Las comidas de las negras y los secretos de su preparación. Las historias ocultas, es decir, la historia subalterna, la no oficial y las de la tradición oral. La piel de las negras, sus cálidos …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

Patiño, Petronio y Peregoyo: ¡una tríada del putas!

 

Le gustaban las mujeres negras y las guayaberas blancas, sobretodo. Las comidas de las negras y los secretos de su preparación. Las historias ocultas, es decir, la historia subalterna, la no oficial y las de la tradición oral. La piel de las negras, sus cálidos aromas y sus ardientes efluvios. Las tertulias con gente de todos los colores y la propensión siempre a buscar las raíces de todo hecho cultural. Los bailes de las negras, la música de los negros y los instrumentos de los dos. La literatura casi toda -pues jamás cometió poesía y menos ficción- y los escritores negros. Le gustaban también el Marlboro y otras yerbas.

              Tenía unos apellidos premonitorios. El Patiño, antes de asociarse con un lugar en España -en su original Escocia-, era dado a las personas que vivían cerca de una colina o Iglesia. Y Germán vivió buena parte de su vida en Cali, en el barrio San Antonio, en una casa con ventana chiquita y veranera frondosa donde leía y escribía arropado por la brisa y el humo inspirador. El Ossa, que se asumió en España como voz y centinela, dado su origen vasco y su significado: el lobo, lo enarboló. Germán lo fue de la cultura y la historia con especial osadía. Tenía pelos encima de la nariz y en el arco de las orejas, pero no en la lengua. Unas cejas pobladas y unos cabellos de plata.

               No era un hombre rico, aunque se le haya criticado su cercanía con el poder local y sus varios cargos oficiales, fue un hombre mesurado. Su riqueza, su inmensa riqueza, era intelectual. Lo mismo que su estatura. Su mirada era pícara, como su sonrisa. Y su olfato periodístico acorde con su nariz: grande y redondeado. Era ante todo un historiador, un escritor minucioso y un lector preciso, en busca siempre de identidades y elementos de pertinencia reivindicatorios de quienes en su opinión más han sido invisibilizados en nuestra historia: los negros. De los indígenas y mestizos también investigó y publicó, pero consideró siempre que habían ganado ciertos espacios que aún no los negros. Aseguraba que todo hecho cultural obedece a un proceso dinámico que no se detiene jamás, que se transforma de manera permanente y que es menester hacer inmersión en él para atreverse a contarlo.

               Lo vi alegar en la Registraduría su derecho a salir en la foto de la cédula con guayabera y no con traje y corbata. La detestaba. Le oí decir que la sociedad capitalista arrasa con formas de vida ancestrales que podrían no solo enseñarnos sino salvarnos de esa idea de desarrollo que no contempla progreso. Le escuché debatir con argumentos y desmontar con los mismos, falsos homenajes a próceres de la provincia más súbditos lambones que luchadores reales. Le vi renunciar al conductor asignado por Telepacífico y bajar el mismo a comprar sus cigarrillos. Le escuché atento sus recomendaciones cuando me ordenó ir a cubrir como director del programa Amaneciendo el asesinato de un niño de 14 años por parte de la Farc en Belálcazar-Cauca. Lo noté molestó cuando defendió con ahínco que los premios en televisión no deben ser para los canales sino para los periodistas. El programa Aquí Vamos, marcando el Paso se había ganado un premio dedicado a reconocer a quienes trabajan por los Derechos de la Niñez y la Adolescencia. Lo admiré cuando en un almuerzo casual en la Universidad Autónoma de Occidente me comentó que renunciaría a la dirección de la Biblioteca, porque ya no soportaba ver como la mayoría de las universidades se parecía cada vez más a institutos técnicos donde enseñan a hacer y no a pensar. Acogí con respeto un reparo puntual a mi primer libro: un dato histórico que no aparecía. Tito Cortés ya había grabado Mi Buenaventura, cuando Enrique Urbano Tenorio “Peregoyo” internacionalizó, con el Conjunto Vacaná, la composición de Patricio Romano Petronio Álvarez Quintero.

               Germán Patiño Ossa vio la luz en la misma fecha que Cali cumple años de fundada y esa luz se apagó hoy, el día de San Germánico, porque tal vez su corazón se cansó de padecer que su creación, el evento que mayor reconocimiento le dio a él, a la ciudad y a los negros, se trastea cada vez que los vecinos del lugar donde se realiza se quejan por el alboroto y la congestión que genera tanta negramenta enrumbada. Del CAM al Teatro al Aire Libre Los Cristales, luego a la Plaza de Toros Cañaveralejo, después al estadio Olímpico Pascual Guerrero, a las Canchas Panamericanas y el más reciente, en el estadio Panamericano. No es una cuestión de espacio, sino otra forma de exclusión. El man ya debe estar tomando viche y arrechón con quienes se le adelantaron y completando una tríada del putas: Petronio, Peregoyo y Patiño.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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