Martes, Septiembre 18 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  La metáfora y el reflejo   Con los años, la pérdida de cabello, la ganancia de canas y algo de experiencia profesional en el ámbito de la docencia y el periodismo, he comenzado a notar que en Colombia cuando se acaban los argumentos para tratar de explicarse algún fenómeno, no queda otra salida que …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

La metáfora y el reflejo

 

Con los años, la pérdida de cabello, la ganancia de canas y algo de experiencia profesional en el ámbito de la docencia y el periodismo, he comenzado a notar que en Colombia cuando se acaban los argumentos para tratar de explicarse algún fenómeno, no queda otra salida que una añeja y desgastada metáfora, la del reflejo. El fútbol, es el reflejo de lo que somos; el Congreso, es el reflejo de lo que somos; nuestra televisión, es el reflejo de lo que somos; la minería, es el reflejo de los somos; el narcotráfico, es el reflejo de los que somos. Y así, una infinita sucesión de reflejos que cuando un ataque de creatividad invade al emisor, dirá entonces: es el espejo de lo que somos. Las elecciones, la moda, el diseño de las ciudades, el crecimiento desordenado de las ciudades, los periódicos, los centros comerciales, las galerías, los pueblos, las universidad, la educación, el comercio, la economía, la movilidad, el Transmilenio, el MIO, y claro, el conflicto.

          La cuestión, es que casi siempre la metáfora resulta apropiada. Baste citar ésta de Alfredo Molano: ”Excepción hecha de las motos, el Día sin Carro refleja el país tal cual es: la alta burocracia y la élite social tienen licencia de salir a la calle con escoltas como si nada; la clase media toma taxi y el pueblo anda igual que siempre, en bus. O a pie”.

          Ahora, que todo tiene que ver con los diálogos en La Habana, pues la metáfora del reflejo se ha vuelto a utilizar hasta el cansancio para referirse, bien o mal, a todo lo que se dice o deja de decir en Cuba, por parte de los negociadores del gobierno o de las Farc. Entonces una vez más algún avezado periodista titula: El ABC de los diálogos. Y remata con una bajada sinigual: reflejo de lo que somos. Comandantes millonarios que comen caviar y fuman puros; y guerrilleros que comen mierda y fuman marihuana.

          Varios colegas me han confiado lo que en muchas zonas de Colombia es un secreto a voces: que negocien los que están allá, nosotros seguimos con lo nuestro. Y en Bogotá, pues lo mismo. El gobierno en pleno monta sus discursos sobre el andamio de la paz y sus políticas y medidas siguen el inefable curso de la iniquidad, la corrupción, la desigualdad y la pobreza, con todas sus consecuencias. 

           Y el periodismo, que dicho sea de paso -no sé si alguien lo haya pensado o dicho- es el reflejo del país, con sus grandes medios centralistas y sus pequeñas visiones de nación, sigue atento las directrices que marca cada gobierno, o la tendencia ideológica de turno, que no ha cambiado sustancialmente en el último siglo. Entonces ahora se está hablando de periodismo en el postconflicto o en la postguerra o cuando se firme la paz o cuando se logre la paz o periodismo después de todo y antes que nada. Es decir, reflejos en burbujas de jabón. Bien lo dijo Yukio Mishima. Las mujeres: burbujas de jabón; el dinero: burbujas de jabón; la fama: burbujas de jabón. Los reflejos sobre las burbujas de jabón son el mundo en el que vivimos. Lo cierto es que el cubrimiento del conflicto es el reflejo del periodismo que tenemos. Y cuál es, un periodismo que desde que descubrió el precio de la información dejó de interesarse por la verdad. Un periodismo amañado, un periodismo que como nunca antes atiende los intereses del grupo que lo sostiene, un periodismo amordazado por la pauta y por los diversos poderes, un periodismo que no refleja una realidad sino que crea una realidad mediática, un periodismo que no contextualiza, que no indaga la historia, que no forma a las audiencias y que, en últimas, no se interesa por ellas.

           Ese es el problema, para citar de nuevo al escritor japonés arriba nombrado, que el entorno político colombiano ha comenzado a actuar con la irresponsabilidad propia del arte, reduciendo la vida y la información a un concierto absolutamente ficticio; ha transformado a la sociedad en un teatro y al pueblo en una masa de espectadores. La independencia y la libertad, todos sabemos por cuenta de Gerardo Reyes, no son más que comodines retóricos para los discursos del día del periodista, pero es posible informar mejor en medio del negocio.

          En el cubrimiento periodístico de los diálogos de paz en La Habana-Cuba, los medios ni siquiera se han puesto de acuerdo en “la edad” de las FARC. 40, 50, 60 años. Desde que comenzaron, y con la supuesta reserva del gobierno como estrategia -y talanquera-, lo que se informa sobre lo que ocurre en Cuba no pasa de la especulación y la superficialidad. Todo en nombre de una confidencialidad que se rompe al antojo de los intereses de momento y de los actores. No de otra manera puede entenderse que se haya hablado de la ropa de los negociadores, los relojes de los guerrilleros, el maletín de Oscar Naranjo, la guayabera de Humberto De la Calle, la foto de Iván Márquez en una Harley-Davidson o la tomada de sol en el Catamarán, la sonrisa de la víctima Ángela Giraldo al victimario comandante guerrillero o las relaciones íntimas de Clara Rojas con un guerrillero raso.

          Han pasado 18 períodos presidenciales, incluido el doblete de Álvaro Uribe Vélez, y los medios de comunicación no han aprendido a informar sobre la guerra en Colombia. Tampoco sobre la paz, aunque solo tengamos un solo proceso exitoso para mostrarle al mundo, el adelantado con el M-19 en 1990 y cuya desmovilización ocurrió el 8 de marzo en Santo Domingo-Cauca. De otros procesos, como el llevado a cabo con las Guerrillas de los Llanos Orientales, solo hay una estela de sangre y muerte, luego de la negociación. La situación, sin embargo, difiere para Bogotá y para la provincia, para el centro y para la periferia. En las zonas de conflicto los periodistas trabajan con el fusil en la sien o al hombro, en la capital lo hacen como actores mismos del conflicto. Hay casos excepcionales, pero en general los medios no han asimilado su deber social y su responsabilidad histórica.

          Y no han aprendido porque solo es posible contar la guerra con distancia y los diálogos con mesura, y ni lo uno ni lo otro, encaja en la dinámica del espectáculo. La información es muy importante para dejarla en manos de los periodistas, pareciera ser la consigna de Serge Halimi que aplican los poderosos. Se informa siempre desde un lugar de enunciación equivocado. Ajeno. Impropio. Cuando no es que lo hacen desde uno de los bandos, lo hacen desde las indicaciones de la empresa, desde su “política editorial” o lo adelantan con la desinformación como estandarte. O lo que es peor aún, en medio de los combates, como sí lo más importante fuera la sangre y no la vida que se pierde sin ella. Han pasado incontables cúpulas de las fuerzas militares y todas sin excepción han utilizado a los medios como cajas de resonancia de heroicos actos de guerra, que luego termina sabiéndose –de algunos– son montajes, asesinatos aleves, y en la historia reciente, falsos positivos. No hay igual rotación en las FARC-EP -cuyo Secretariado cambia solo por muerte de sus integrantes- pero cómo han aprendido sobre manipulación y golpes de opinión. Y el periodismo, amplía.

          Todos los medios recurren al lenguaje del exterminio de los gobiernos (terroristas, sediciosos, malhechores, etc.) y se montan en el bus colectivo del anhelo de paz (quién no quiere la paz, estamos cansados de la guerra, etc.), sin investigación, sin profundización histórica, solo aupados por la superficial capa de la actualidad. Desconocen que bajo ella, existen otras muchas sedimentaciones de tipo cultural, político y económico, que permiten informar de manera más integral, con contexto, sin prejuicios y con responsabilidad.

          ¿De qué va a informar el periodismo si se acaba la guerra?

          Habría entonces que comenzar por revisar el modelo informativo y buena parte de los criterios de noticiabilidad.

          Sobre éstos y otros puntos al respecto del periodismo en el posconflicto disertará el próximo viernes en el auditorio Xepia de la Universidad Autónoma (10:00 a.m. a 12:00 m.), Francisco Miranda, Editor Consejero de la Revista Semana en el marco de la Cátedra Semana, que adelanta el Área de Periodismo de la Facultad de Comunicación Social de la UAO.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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