Lunes, Diciembre 10 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  Las amenazas y los vacíos   Justo ahora que se está hablando del postconflicto en casi todos nuestros ámbitos, emergen de nuevo en Cali las amenazas a periodistas. Ocho de ellos han sido declarados “objetivo militar” por ‘Los Urabeños’ a través de un panfleto. En medio de la multicausalidad y la complejidad extremas de …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

Las amenazas y los vacíos

 

Justo ahora que se está hablando del postconflicto en casi todos nuestros ámbitos, emergen de nuevo en Cali las amenazas a periodistas. Ocho de ellos han sido declarados “objetivo militar” por ‘Los Urabeños’ a través de un panfleto. En medio de la multicausalidad y la complejidad extremas de nuestro conflicto, deberemos esperar si el grupo en mención lo reconoce o lo descalifica, o si otro se lo adjudica o si uno más se lo endilga, o si a otro le da por achacárselo a otro más, o culpa a uno que no figura. No faltará la versión de que fue uno de los mismos periodistas amenazados el que lo escribió, porque su ortografía y redacción son pésimas. Asistiremos entonces solo a otro capítulo de esa otra faceta de la guerra que se libra con la información o la contrainformación o la reinformación. Por ahora, nadie lo ha desmentido, fueron ‘Los Urabeños’. Una de las muchas organizaciones delictivas conformadas luego de la desmovilización de la autodefensas y que, según la Defensoría del Pueblo, ha supuesto un incremento en las amenazas a los periodistas en Colombia.

          En el panfleto, ‘Los Urabeños’ llaman a los periodistas mentirosos, los conminan a investigar más, a buscar la verdad, y además -en un cínico ataque de dignidad- aseguran estar cansados de sus señalamientos y ataques. Si a alguien le queda duda sobre la complejidad de la situación, pues que lo relea con detenimiento. Una organización delincuencial, al margen de la ley, que asesina, que trafica, que comercia con la muerte, que extorsiona, que se mueve en el bajo mundo, que tiene en sus filas a mercenarios del hampa y el sicariato, exige verdad, se presenta como víctima, exalta y reivindica su accionar frente a otro eufemismo nefasto acuñado por la degradación ética y moral en la que se ha sumido Colombia: la “limpieza social”. La sociedad entonces sale a deberles a estos prohombres de la patria porque matan a quienes ellos consideran “ratas”.

          No importan si son ‘Los Urabeños’ o el ‘Clan de los Úsuga’, o ‘Los Rastrojos’, o ‘Los Comba’, o ‘La Oficina de Envigado’, o las ‘Águilas Negras’ o del color que quieran, o las Bacrim, o las Farcrim, todos sin excepción acusarán y amenazarán al periodismo cada que sus intereses se vean afectados por un ejercicio profesional que es más peligroso cuanto más lejos esté de Bogotá. La violencia en Colombia es un modus vivendi  y lo es hace varias décadas. Varios de estos grupos son el resultado de un proceso de paz y deberían en teoría haberse rehabilitado e incorporado a la vida civil. Pero lo cierto es que en nuestro país siempre han negociado los jefes y los rasos que se quedan por fuera, y como no saben o no quieren hacer otra cosa, arman sus estructuras particulares. Esa es una realidad que pareciera desconocer todas las autoridades y algunos colegas. El periodismo, querámoslo o no, siempre termina por llenar los vacíos institucionales del Estado, que son en últimas los vacíos estructurales que nos han llevado históricamente por esta senda de terror y muerte. La sociedad le va a pedir más al periodismo de lo que éste puede ofrecer en el postconflicto, sin saber o reconocer que el postconflicto es una posibilidad no una realidad, no sabemos cuándo va a pasar, o peor aún, si va pasar. Es un anhelo si se quiere, que hoy se negocia en La Habana, con un solo grupo al margen de la ley. Pero y todos los demás, todos los que hoy trafican, asesinan, amenazan, etc. qué va a pasar con ellos y con las comunidades que los padecen.

          Las autoridades se han pronunciado. El gobernador del Valle, Ubeimar Delgado, tildó la acción de cobarde y a sus autores de inescrupulosos. Nada que no pueda decir alguien con la más mínima injerencia en el devenir de sus conciudadanos. Una opinión común, de quien debería tener un pronunciamiento puntual y una directriz gubernamental. El gestor de paz del Departamento, Fabio Ariel Cardozo, a su vez siguió la misma línea y aseguró que estas amenazas no pueden atentar contra la democracia y la libertad de prensa. Gestor, el remedo de democracia que tenemos, lo mismo que el sida, es inmune a los paños de agua tibia. Y la libertad de prensa, otro remedo, no se verá afectada. A lo sumo la vida de los amenazados y de sus familias. Tal vez el defensor del pueblo, Jorge Armando Otálora, fue el más claro y preciso, al exigir medidas de protección urgentes para salvaguardar la integridad y la vida de los comunicadores. Es importante reconocer que si bien a todos nos afecta el conflicto, no todos hemos sido directamente tocados por él. A los colegas solo una recomendación: no permitan o conviertan su tragedia en espectáculo.

           No hay mejor momento para hacer periodismo. Las tecnologías de la información y la inmediatez que ellas suponen, nos han puesto y dibujado un panorama sin límites. No hay un peor momento para hacer periodismo. Ya no hay monopolio de la información, todo el mundo accede a ella y gratis. Incluidos claro, los delincuentes. Asegura Moisés Naím, en su libro El fin del poder que éste está cambiando de manos: de grandes ejércitos disciplinados a caóticas bandas de insurgentes; de gigantescas corporaciones a ágiles emprendedores; de los palacios presidenciales a las plazas públicas. Pero también está cambiando en sí mismo, cada vez es más difícil de usar y más fácil de perder. Describe la lucha entre los grandes actores antes dominantes y los nuevos micropoderes que ahora les desafían. Estos micropoderes pueden derribar dictadores, acabar con monopolios y abrir nuevas e increíbles oportunidades, pero también pueden conducir al caos y la parálisis. La tarea y los criterios del periodismo también deben modificarse.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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