Jueves, Junio 21 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  De fútbol y muerte: héroes y mesías   Ahora, que ya bajó la espuma de la cerveza y de las babas mediáticas, que Pékerman  firmó, que James juega con el Real, modela calzoncillos de una marca desconocida y descresta a los tiesos españoles con el ras tas tas; que Colombia volvió a perder con …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

De fútbol y muerte: héroes y mesías

 

Ahora, que ya bajó la espuma de la cerveza y de las babas mediáticas, que Pékerman  firmó, que James juega con el Real, modela calzoncillos de una marca desconocida y descresta a los tiesos españoles con el ras tas tas; que Colombia volvió a perder con Brasil, que Neymar y Zúñiga se abrazaron y acabaron con tanto meme estúpido y xenófobo; que Falcao se recuperó de su rodilla izquierda y Ospina se resintió de su cuádriceps derecho; que Farid se retiró y su tarifa es millón por minuto; que Yepes volvió a Latinoamérica, que Cuadrado no llegó al Barcelona, que según el ranking de la FIFA somos el tercer equipo del mundo, que las mujeres clasificaron al Mundial, a los Panamericanos y los Olímpicos, y los medios apenas si las registraron; que la Dimayor ilusiona a los hinchas del América con el ascenso, que el Cali vuelve a decepcionar a los suyos con su fútbol, que el rentado colombiano es más soporífero que los debates del Mira en el Congreso y su financiación más lóbrega que la del Centro Democrático; y ahora que yacen en sus tumbas medio centenar de colombianos que murieron en medio de la barahúnda de Brasil 2014, es preciso debatir por qué en Colombia cada triunfo de la selección hace que nos matemos.

          Acaso, así somos. Y ya. Por muchos años, el día más trágico de una historia nacional llena de tragedias, fue el día de la madre. Licor, riñas y muerte. Ahora es el fútbol. El día del fútbol. No importa si es Bogotá, Domingo, Medellín, Miércoles, Ibagué, Barranquilla o Cali. Es Colombia toda. Fue Brasil y cualquier día. Solo en el primer partido de la Selección murieron nueve personas en Bogotá. Tres por cada uno de los goles a Grecia. ¡Mucha ruina! Los dos a Costa Rica significaron una veintena de finados en todo el país. ¡Qué pobreza! Los cuatro al Japón fueron el harakiri, una goleada de heridos a pesar de que algunas ciudades capitales -y pueblos con alcaldes y gobiernos incapaces- acudieron a la Ley Seca para atenuar la catástrofe social. ¡A su Salud! Cuando llegaron los dos contra Uruguay, sin el mordelón Suárez y con el gol de James que borró de los archivos el de Rincón en Italia 90, el país y los medios -tal vez concientes del autogol ético y moral de exacerbar un patriotismo barato y aguardientero- llamaban desesperados a la mesura. Era difícil, el triunfalismo estaba exacerbado, llegaba a límites casi morbosos, mafiosos incluso. Porque colombiano que se respete canta un gol de la tricolor con el alma: ¡Golazo hijueputa!

          Ya éramos campeones. Ganamos. Nos sentíamos campeones. Los periodistas, las presentadoras, el presidente, el indigente, el guerrillo y el paraco, todos con la camiseta puesta. Pasaríamos por encima de los anfitriones. Tenemos a James. Y Falcao, quién en ese. Ah, el lesionado. Campeones mundiales. Invencibles. Poderosos. Y llegó la realidad y con ella, las lágrimas, las culpas ajenas, los insultos y de la euforia colectiva y el nacionalismo extremo, al suelo. Perdieron. Pasamos del triunfalismo enfurecido a la pérdida retraída. De una nacionalidad henchida y pasajera, a un colonialismo histórico: nos volvimos alemanes. El 7-1 de los teutones a los cariocas sació nuestra sed de venganza, esa característica nacional que debería tener símbolo y espacio en nuestro escudo. Colombia hizo 12 goles en Brasil y le hicieron cuatro. Muchas cosas a favor, es cierto, pero el país se autogoleó de muerte. Quinto puesto y 50 muertos. La culpa fue del juez. De España, que no soportó que su otrora colonia la superara. Del técnico, que sacó a doble A (Abelito Aguilar) y metió a Guarín. De los brasileros, que se nos torcieron. De los periodistas, que nos inflaron. De Zúñiga, que lesionó a Neymar y eso lo castiga mi Dios. Y de Dios, que siempre nos abandona cuando más lo necesitamos. Estaría en La Habana, digo yo.

          Vergüenza debería darnos, culpar a los demás por una derrota o por tanta muerte absurda, pero no. Somos un país sinvergüenza. Medio centenar de muertos a causa de tanta felicidad no fueron noticia. Ni punto de inflexión para otro tratamiento en los noticieros. Ni razón para diseñar alguna campaña. Y menos, para tomar medidas. Ni sastres que fueran los gobernantes. Tampoco fueron noticia hechos trascendentales que pasaron inadvertidos porque el país estaba hipnotizado, obnubilado, extasiado, digámoslo de una vez, idiotizado. El fútbol es, en principio, solo un juego. Y al final, un gran negocio. Una multinacional. Les suena SABMiller, Pacific Rubiales. El más rentable de todos los deportes, que se dividen en dos: el fútbol y el resto. Ya lo dijeron: el fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más que eso. Para Colombia acaso sea otra razón para repensar sobre una violencia enquistadacuyas raíces estamos buscando siempre en el otro y no en nosotros mismos. Es más fácil culpar a Timochenko o al Procurador. A Uribe o a Santos. A cualquiera. El fútbol en Colombia es una cuestión de seguridad nacional. Otra relación intrínseca con el alcohol y otros aromas y farmacopeas.

          Mañana la selección jugará contra El Salvador y el próximo martes lo hará contra Canadá. Los juegos no son peligrosos. No son de alto riesgo aseguran las autoridades. Ni de alto rating vaticinan los medios. Negocios de la Federación balbucean tímidas críticas. Las presentadoras se pondrán la camiseta y se pintarán la cara. Pronosticarán su marcador. Colombia gana por tres cestas. Ellos, todos, pontificarán. Colombia debe ganar a media máquina. En las oficinas se capará trabajo y en las universidades, también, además de clase claro. Cualquier razón es válida para que un colombiano eluda y evada sus responsabilidades. No habrá muertos. No tantos. No por el fútbol ojalá. En Cali los sicarios están rendidos. Pero de cansancio. Han tenido una semana pesada. 36 asesinatos. Y el alcalde Guerrero en EE.UU recibiendo el premio Roux por el modelo Desepaz. Al menos una nefasta coincidencia. Una gran paradoja o una ironía de la vida, o de la muerte, que siempre gana.

          Porque sigue ganando Bavaria con Cerveza Águila, patrocinador oficial de la Selección Colombia. Alguien ha osado proponer siquiera comenzar por ahí para salvar vidas. No faltará quien proponga cambiar el cóndor del escudo, casi extinto, por el águila cervecera y carroñera, para no perder la escencia. Siguen ganando los medios y la publicidad. Los estancos y las licoreras. Los hospitales y las funerarias. Negocios son negocios. A Costa Rica, que derrotó a dos campeones mundiales y salió invicta de Brasil 2014, la patrocina Arroz y fríjoles Don Pedro. No les costó ninguna vida el Mundial. Bueno, es un país sin ejército. Nosotros tenemos varios. Legales e ilegales. Porque en Colombia los héroes si existen. Y los estamos buscando a toda costa y hora. En todo momento. Héroes y Mesías providenciales. Salvadores mágicos. Redentores inmediatos. Ídolos pasajeros. Semidioses que con su esplendor encandilen tanta miseria.

          Cuando lo que necesitamos es hombres como el costarricense Oscar Arias, que donó en su totalidad el dinero que le dieron por el Premio Nobel de Paz en 1987, para una Fundación que trabaja desde entonces en tres frentes: el progreso humano, la participación organizada, y la paz y la reconciliación.

          Para finalizar les brindo un dato. Bavaria vendió en cada partido de la Selección Colombia en Brasil 140.000 cajas de Águila en todo el país, equivalentes a 4’400.000 botellas de 330 cm3, generando un aproximado de $5.720 millones por encuentro. Sin contar claro, las botellas de aguardiente que cada departamento vendió para financiar salud y educación.

         Sobre éstos y otros goles disertarán los invitados a La Hora del periodismo, el jueves 9 de octubre de 2014, de 10:00 a.m. a 12:00 m. en el auditorio Xepia de la Universidad Autónoma de Occidente.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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