Viernes, Junio 22 2018

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Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

  ¿Cali cómo vamos? en la UAO   La primera frase de un texto es siempre la más difícil. Para salir de ella, diré en la segunda que no soy caleño, pero que llevo 40 años viviendo en esta ciudad. Y en la tercera, que el momento en el que me he sentido más caleño, …

Sobre Verbos, por Lizandro Penagos

 

¿Cali cómo vamos? en la UAO

 

La primera frase de un texto es siempre la más difícil. Para salir de ella, diré en la segunda que no soy caleño, pero que llevo 40 años viviendo en esta ciudad. Y en la tercera, que el momento en el que me he sentido más caleño, fue la tarde del 22 de noviembre de 2007. Ese día, el escritor William Ospina leyó un texto memorable: Reinventar la ciudad. Lo hizo en el marco del Segundo Foro de Cultura Ciudadana y Políticas Públicas, realizado en el Centro Cultural, de dónde si no, que de Cali. Dijo muchas cosas, evocó muchas otras y envolvió con su inteligencia y su prosa a un auditorio absorto con esa pareja eventual, que se dejaba ver coqueta a través de la cadencia de su voz. Todos nos sentimos más caleños que el vecino. Los raizales y los que no, los que llegamos por cualquiera de las razones que hicieron de Cali el centro migratorio del suroccidente colombiano. La Violencia, una tragedia natural, una humanitaria, más violencia, o las posibilidades de trabajo.

          Recordó el escritor tolimense, haber leído que Cali fue fundada en el lugar que hoy ocupa porque los fundadores consideraron que estaba en un lugar privilegiado, por su cercanía a Quito y Panamá. Y cuestionaba con asombro cuánto nos hace retroceder el progreso, porque hoy nadie cree que esas ciudades estén cerca. A lo sumo que una de ellas es paraíso fiscal (y jurídico agregaría yo); y la otra, funda de un Correa. Los indígenas, que ya llevaban aquí 300 años, lo habían hecho por una razón tan elemental como poderosa: una fertilidad extasiada entre la montaña y la llanura. Lejos de las frías cumbres y de las inundaciones. Con caciques como Jamundí o Petecuy, condenados hoy a ser emblema del cholado y hotel que comenzó en rosa y terminó en roja. En zona roja. Esa Cali bucólica que comenzó en lo alto y se fue desparramando en busca del Cauca, es hoy un ícono, un orgullo, una realidad, una esperanza y varios problemas. Sigue gobernada por un Guerrero y no es indígena, ni belicoso.

          Cali ha progresado, sin duda, bajo este modelo mundial de desarrollo que también, sin duda, ha fracasado. Explosión demográfica, contaminación, depredación de los recursos, pobreza, concentración de la riqueza, etc. Ha construido varios monumentos a la inconciencia: una montaña de basura, una bocatoma de acueducto 150 metros después de donde arroja las aguas residuales, una ciudad dentro de la ciudad en terrenos rellenos propensos a la licuefacción en caso de terremoto y un sistema de transporte masivo que comenzó por dónde menos se necesitaba y continuó sinuoso, entre otros monolitos. Por lo demás, Cali es la sucursal del cielo, la capital mundial de la salsa, la capital deportiva de Colombia y de América, y la sultana del Valle. Seré más frívolo. A Cali puede dedicársele sin ambages el fragmento de una canción de Chayanne: fuiste tantas cosas a la vez, que me cuesta creer que hoy no seas nada, sobre todo porque no es verdad.

          Al cielo despachan los sicarios, la salsa es una industria cultural no una expresión popular, el deporte una actividad menor centrada en el fútbol y del sultán que la hizo sultana no se sabe nada. Cuánto hemos progresado. En 1793 Cali tenía seis mil quinientos cuarenta y ocho habitantes; y de éstos, mil ciento seis eran esclavos. Hoy somos la segunda ciudad de Latinoamérica con población negra. Hay más negros en Cali que en todo el Chocó. Y una semana para ellos: la del Petronio, que ya no saben dónde ponerlo. Cali tuvo nueve conventos y una piedad célebre. Quien no se confesaba era excomulgado. Si moría sin confesión perdía la mitad de sus bienes. Se ayunaba. Se iba a misa sagradamente. Pasaban años sin que se registrara un robo, menos un asesinato. Para la época un hombre robó una novilla. Fue condenado al presidio y luego al destierro. Antes, le habían cortado las orejas. Salvó su lengua. La honradez era regla, no excepción. El caballo del correo, cargado con oro y plata, recorría varias leguas del camino real solo, porque el encargado se quedaba en La Chanca, una posada entre Cali y Jamundí, tomando aguardiente. Nadie lo robaba, ni a él ni al caballo, bastaban los emblemas del Rey. Había respeto, tal vez, pero era más el miedo. Hoy sobrevive solo el segundo. Y confesiones, a veces, en la Fiscalía.

          No había colegios. A los pobres les enseñaban algo los frailes y a los ricos, pues también. Solo los nobles, a los que se les hacía un estudio de limpieza de sangre, estudiaban en Popayán, en Quito o en Santafé. No se había inaugurado la Universidad de Los Andes. Había plata, riqueza, petacones, y como siempre, lambones. Acaso el más notable, el Alférez Real, que donó 100 petacones a España para financiar su guerra con Francia. De la muy noble y leal ciudad de Cali queda poco. De la ciudad cívica menos. La ciudad crece, vojabés papi, al soco. Loco le dijeron a don Ulpiano Lloreda cuando trajo el primer carro sin que hubiera carreteras. Locos seguimos hoy metiéndole carros a las mismas vías. La alfombra verde la comenzó a tejer Manuelita en 1901. Tres lustros después Providencia y Riopaila la extendieron. En 1917 la inversión pública fue de $335.318 y diez años después ascendió a la escandalosa cifra de $2´607.387. Eran tiempos de Bonanza Cafetera.

          Algo debieron calar las palabras de don Carlos Eder a comienzos del siglo XX: “Todo el mundo sabe que el Ingenio Manuelita es un buen negocio, pero a nadie se le ha ocurrido imitarme estableciendo otro Ingenio. Es que los colombianos son insolentes. No quieren trabajar. Se contentan con envidiar al que trabaja”. La azucarada idea de los Ingenios, que tantas amarguras socio-ambientales ha generado, llegó de Cuba. Allá iban los ricos a hacerse chequeos médicos. Un descendiente suyo, Alejandro Eder Garcés, también estuvo hace poco en Cuba y de allá se trajo otra idea, lanzarse a la Alcaldía de Cali o a la Gobernación del Valle.Renunció a la dirección de la Agencia Colombiana para la Reintegración y a ser negociador alterno. Desde hace un buen tiempo el apellido Eder es sinónimo de empresa, industria, riqueza, política y secuestros. A veces las cosas parece que cambian. También las personas.

          En 1910 en medio de los festejos del primer centenario de la Independencia nacional, en Cali se inauguró la primera planta hidráulica con una potencia de 150 kilovatios. En adelante fue la luz. El tranvía, la planta de teléfonos, los carros, las fábricas. Todo. Fueron las bases de nuestro comercio internacional, pues en 1914 entró en funcionamiento el Canal de Panamá y en 1915 el Ferrocarril del Pacífico. Una ironía, pues con los 25.000 dólares que nos dieron por Panamá se construyeron los Ferrocarriles Nacionales. Cali se abriría al mundo y Buenaventura a Colombia. Hoy la ruta Cali – Buenaventura es una de las tres en las que aún funciona el tren, esa cocina que arrastra un pueblo. Los otros dos son el de la Sabana, que opera un privado y mueve turistas; y el del Cerrejón, que maneja una Multinacional que se lleva el carbón. Se habla de unas santas locomotoras que marchan sobre rieles, pero no pasan de ser una desafortunada metáfora. En Buenaventura si hay un tren bala. Doce empresarios controlan un negocio que mueve el 60% de las exportaciones del país y que representan dos mil millones de dólares al año, mientras todos los males posibles hacen mella en la negredumbre del puerto.

          Como el tiempo y el espacio apremian y se acerca la frase final, más difícil que la primera, y que las matemáticas, citaré cifras. En 1925 figuraba en el primer lugar de la lista de las seis empresas más grandes de la ciudad por número de trabajadores: La Garantía (68), Cervecería Los Andes (60), Tipografía Carvajal (30), Tipografía Palau, Velásquez & Cía. (30), Gaseosas Posada y Tobón (30) y Fundición Díaz Hermanos (30). Quién puede negar hoy que no sigan siendo sendos negocios la cerveza y la gaseosa. Quién, que fueron extranjeros los emprendedores. Quién, que mejoraron la calidad de vida de la época. Quién, que de Carvajal hace las cosas bien, a Carvajal marca la diferencia hay un abismo de 8 empresas, 17 países y 23 mil colaboradores. ¿Quién?       

          Aquella tarde, William Ospina recorrió con su prosa y su inteligencia los caminos de la evaluación, del cambio, del análisis, de la proyectiva y la perspectiva, de los retos que tiene la ciudad, con la voz impetuosa pero serena, como el viento que viene del pacífico y baja por Los Farallones a preguntarle a la ciudad ¿Cali, cómo vamos?

Nota: El próximo miércoles 29 de octubre se realizará en el auditorio Xepia de la Universidad Autónoma de Occidente, entre 3:00 y 5:00 p.m., la presentación del Informe ¿Cali cómo vamos? con un foro que pretende analizar los resultados. Entrada libre. Modera: Lizandro Penagos Cortés.

 

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Acerca del Autor

Lizandro Penagos

Nací en San Antonio Abad del Páramo de Nuestra Señora de los Dolores. Un pueblecito del Tolima que produce café, ganado y mucha lástima. Hizo parte de La Cortina, un muro imaginario de las guerrillas liberales, gérmenes de las FARC-EP. Allí nací, sietemesino. Allí mataron a mi padre hace más de 20 años. Allí vive aun mi madre, sola. Y allí pienso escribir literatura. Mientras tanto, hago y enseño periodismo en la UAO. Hice televisión y una hija. Publico donde me dejan y sobre cómo leo la existencia.

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